Las oscuras y chafísimas galeras del Cinemex

* Pero Thor nada sabe de perímetros dedicados a la cultura o de municipios educadores, de la guerra con el narco, a favor del narco y se dedica a salvar su propio pellejo. Nadie espera nada de una película de superhéroes, ni siquiera del Joker de Heat Ledger –han pasado tantos años, tantos, tantos- pero las palomas son ricas de todas maneras. Y nada más por eso. Al lado, en el pequeño laberinto de salas, se escucha de pronto a Eugenio Derbez haciéndola de padre ausente para sus cuates de Televisa y los Peralta, don Alejo o, si no, el resto de ellos.

 

Miguel Alvarado

Ciudad orinada, de calles cerradas y payasos en las banquetas. Toluca, capital de pacotilla elegida sin embargo por el poder mayor del México retorcido, elegante féretro para los ejecutados del día, del día de hoy. La crónica escueta de una bala en el centro de la cabeza, de las vísceras, en el estacionamiento del Walmart o las calles más oblongas de Matamoros o Aldama. Mátame, dice un letrero pintarrajeado con cremosa pintura del abolengo más rosa, confirman las citas ineludibles, el destino del hombre final, asustado, vivo como la muerte.

El hombre del rostro casi amortajado ha llegado a la sala de Urgencias y en su mano lleva un papel. La carta de despedida de alguien que al final no fue él, se le cae de la camilla y alguien la recoge para llevarla al cesto democrático del hospital, al cesto de la basura. No hay problema después. El hombre muere, como estaba previsto y los parientes preguntan que por qué te moriste, que por qué te mataron. Yo nomás pasaba por ahí, subido en un camión, como hace tres años le hago, todos los lunes armo una gira, bacanal de tráfico y fotografías por las ventanas más sucias, puercas, orinadas, si quieres pero luego los rostros se quedan. Algunos, no todos. Y de pronto el camión elige un cambio de ruta y ahí está el auto baleado, dorado o plateado, no recuerdo bien, y dos mujeres, dos chicas, diría Luis con su correcto lenguaje. Porque al final eran dos, pero nadie sabe si putas o chicas o nada más eran las muertas desde antes, desde antes que murieran. Y en un viaje así, descabezado, desrazonado, no hay nada que no pueda sentir, que no me toque, que no haya sentido, ya lo dije, ni siquiera la sacudida del camión que obliga a todos a poner las manos, los brazos por delante mientras otros, más allá, se voltean y miran el amasijo. ¿Por qué todo debe ser tragedia?

Y no, no todo lo es, ni siquiera la última versión del superhéroe Thor, que invade con todo y su martillo cuatro de las ocho salas del vejestorio llamado Grad Plaza Toluca -¿deveras son 8?-, a 45 pesos el boleto y por 200 más un hot dog, dos refrescos con hielos, unos nachos con algo amarillo encima y unas palomas (deveras, uno tiene que ser rico o algo parecido para ir y pagar así nomás). Afuera, en la cosa real, los payasos aprovechan las calles cerradas para ejercer de furcios –lo sentimos, en este momento la definición correcta de la palabra no está disponible- en un centro que de histórico tiene solamente el título. Parece que odia uno la ciudad ésta, ninguna otra, por alguna razón pero en realidad la admira, la mira, la dibuja, la escribe y siempre es una, otra, la misma.

Pero Thor nada sabe de perímetros dedicados a la cultura o de municipios educadores, de la guerra con el narco, a favor del narco y se dedica a salvar su propio pellejo. Nadie espera nada de una película de superhéroes, ni siquiera del Joker de Heat Ledger –han pasado tantos años, tantos, tantos- pero las palomas son ricas de todas maneras. Y nada más por eso. Al lado, en el pequeño laberinto de salas, se escucha de pronto a Eugenio Derbez haciéndola de padre ausente para sus cuates de Televisa y los Peralta, don Alejo o, si no, el resto de ellos. Y esa voz, que uno asocia de pronto con el burro de Shrek, recuerda también una llamada que no queremos contestar, una cuenta bancaria que no queremos corroborar, un saldo que no gastamos pero que nos cobran, como una piedra en el zapato.

Pero furcia, la palabra, sí existe. Significa puta, prostituta, etcétera. ¿Una película puede ser prostituta? ¿Es furcia la de Derbez? ¿O la de Thor? Dos horas ahí metidos, tragando perros calientes como de plástico no puede ser de ninguna manera una pérdida de tiempo. La experiencia, eso sí, suplanta cualquier acto que se precie reflexivo. Para qué quiere uno tanto conocimiento, puras monedas de cambio que no encuentran su valor comercial, ni siquiera en una corcholata de las del Orange Crush, tan ricas en el mercado (y sus tacos de plaza y el futbol y los alegatos con las manos golpeando mesas y luego a pagar los vasos rotos o nada más las salsas tiradas, volcadas en el piso recién trapeado, tapizado de quelites).

Mientras, el tipo que la hace de Thor, un dios que no quiere serlo porque se ha enamorado de Natalie Portman, una muñeca de chololoy naturalmente arrugada, y que puede ser esposa del mismísimo Jehová, se enfrenta a la furia de un fulano con una nave que semeja un arado celeste y que, porque transporta a los malos, debe ser convenientemente mafiosa. Toda negra, se estaciona sin más frente a algo que parece una biblioteca, en la pérfida capital de Albión. Y nada, Thor golpea, como debe ser hasta conseguir que todo vuelva a la mísera realidad que el universo Marvel propone. Uno puede imaginarse al Piojo Herrera relajarse en cualquiera de estos asépticos cinitos que no pasan matinés ni ofrecen permanencia voluntaria, y levantar las cejas de vez en cuando, en ocurrente estrategia deportiva que aplicará su selección nacional de futbol. Casi es posible entender ya sin peguntas que la conquista mexicana se ha consumado y que hasta pagamos por ello. Que las escuelas están aquí, en las oscuras y chafísimas galeras del Cinemex. Te amo, Diosito, me cae, no había tenido tiempo de decirlo. Y es que la ciudad, orinada y todo, merece que una nave interplanetaria se plante en la Plaza de los Mártires para que alguien venga a rescatarnos. No queremos (¿no queremos?) héroes rojos que se avienten antes su discurso de  buenaventura, tampoco canciones de Joaquín Sabina, tan poeta como Arjona, tan músico como Los Temerarios, pero tan plácido como el mejor de los domingos. Tampoco el Ché, perdido para siempre en los montes bolivianos, en las garras de Benicio del Toro. Esos no existen, pero si sí, cobrarían nada más por hacerse los aparecidos. En cambio Thor pondría su martillo al servicio de la comunidad. Con sus poderes, porque los tiene, cambiaría el cauce del Verdiguel y regañaría al doctor Ávila, conminándolo al trabajo, a que dejara de hacerse el estadista.

Las películas gringas son como este artículo –pero no todas, no exageres-. Nada más nos hacen perder el tiempo.

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