Nueva Zelanda juega como el Gas de Valle de la liga municipal en Toluca

* Por ahí del comienzo del juego un kármico Vicente Fox, de rostro dulce y bien afeitado, camisa blanca y pantalón oscuro con zapatotes, recibía en su casa o algo parecido al Dalai Lama para entrevistarlo acerca de las preocupancias espirituales del ex presidente, sobre todo, digno representante de la raza humana de Guanajuato.

 

Miguel Alvarado

Llega Oribe Peralta y anota tres goles contra Nueva Zelanda. Luego se abraza con sus compañeros y se dedica a cuidar un resultado deportivo que se transmitía a las 2 de la mañana, en vivo y directo por Televisa y TV Azteca. Peralta se llama Oribe porque así se llamaba un antiguo futbolista, tal vez argentino, que militó en algún equipo del país. El del Santos ha sido considerado el mejor delantero mexicano del último año, aunque por más que se le piensa no se le puede explotar mediáticamente –no tanto, pues- porque está feo –no tanto, tampoco-. Pero es una especie de tocado por dios, al menos uno pambolero que hincha, dirían los amigos de Messi, por el equipo tricolor. Oribe pertenece a la clase obrera del futbolista. Construyó como pudo una carrera y aprendió casi solo los rudimentos del sentido común, del cerrar la boca, del meterlas en silencio y aceptar un trajín casi heroico por equipos más o menos chafas. Luego llegaron sus goles en los momentos oportunos, como en Londres o

Como que da güeva. No es domingo y hace calor. Y Nueva Zelanda juega tan bien como el Gas del Valle, multicampeón en Toluca de la Liga Municipal de la ciudad.

Por ahí del comienzo del juego un kármico Vicente Fox, de rostro dulce y bien afeitado, camisa blanca y pantalón oscuro con zapatotes, recibía en su casa o algo parecido al Dalai Lama para entrevistarlo acerca de las preocupancias espirituales del ex presidente, sobre todo, digno representante de la raza humana de Guanajuato. El Dalai habló, como siempre, explicando sus puntos. Y Vicente, de mirada preclara, nuevo iluminado en el rigpa tibetano, asentía como un padre condescendiente. Incluso, en silencioso movimiento de labios, completaba una que otra idea con washingtoniana etiqueta. El Dalai lo sabía, pero Vicente no. Algunos se hacen los que saben, pero simulan, son otras personas, son otras las caras que nos dan, le dijo de repente. Pero el ex mandatario daba en ese momento la vuelta al mundo en 80 marthas. Solo faltaba que la ezpoza zaliera detráz del zofá y zaludara quitadízima de la pena a zuz admiradorez. Pero no. Un último apretón de manos, porque el tiempo nos come, despidió al Dalai y lo mandó detrás de cámaras.

Entonces Fox tiene un programa, que pasa por TV Azteca como a las 11 de la noche y en donde aparece una variedad casi cósmica –cósmica, cósmica- de personajes, entre abyectos y ferrizantacrucianos, que le dan sabor al caldo. En los promos se cuelan las imágenes del savant Deepak Chopra pero también el rostro de Arnold el governeitor y alguno que otro con la pura verdad en cada una de sus arrugas. Fox, muy heggeliano –no, bueno- más bien muy loretdemolesco, les pregunta. El programa se llama La Era de las Definiciones” y tiene ya sus buenos dos meses. Desde allí ha legalizado la mariguana y viajado por las cuatro nobles verdades; ha dicho sobre México barbaridades tales como que la salvación se halla en el Centro Fox y que él, es él y seguirá siendo él.

Y luego cambiaron el canal. Estaba Martinoli, muy apuntado con su micrófono y sus cocacolas, ya calentando la garganta. Es de Toluca y su trayectoria le alcanza para tener biografía en la infame Wikipedia, aunque su mención requiera “información acreditada”. Es comentarista de futbol y ha desarrollado un estilo extravagante, gracias a su florido vocabulario y a sus acompañantes, Luis García y Jorge Campos, que lo ubican como el más destacado. Y si Martinoli es el más destacado, cómo estarán los otros. Porque cronista no es, ni periodista, ni siquiera presentador. A duras penas puede con una sección deportiva paupérrima en algún noticiero de la tarde. Pero nada más le acercan el micrófono se transforma. Hábil como Borges, pero más bien de la estatura de la autora de Harry Potter, este tipo que vivió muchos años en el centro de Toluca, por la calle de Instituto Literario, se ha pitorreado de medio mundo. Ingenioso, a veces no alcanza a comprender el peso de la palabra. Recolector absoluto de frases y palabras vergoñescas, podría escribir su propio diccionario, levantar su propio idioma. A las 12 de la noche, Martinoli y su equipo son apariciones alienígenas en el desierto de la actividad deportiva. Nadie como él, afortunadamente.

Pero Martinoli es coherente. Así es, así nació y así se morirá si no se mete en problemas él solito. Su personaje es superior al periodista Fox pero minúsculo al lado de Peralta. Estos tres son el México desconocido, políticamente correcto, opciones más o menos al alcance de cualquiera, respuestas inconmovibles de la insurgencia en Michoacán o la violencia en cualquier otro estado. A Oribe, el pase mexicano al mundial de Brasil le abre una oportunidad de jugar en Europa, que es algo así como obtener un contrato para construir el tren ligero Toluca-México con fondos del gobierno. Todavía falta que los patrocinadores del Chicharito se dejen seducir y cambien al chico la Coca Zero por este representante absoluto de lo invisible. No triunfa nomás así, pero tampoco le cuesta trabajo, como al esclavo. No es un dechado de virtudes, ni técnicas ni humanas, pero podría vivir en cualquier colonia. Oribe se desmarca de sí mismo y eres tú y es aquél y a veces hasta uno mismo. Luego vendrán otros rivales que lo mostrarán en su verdadero nivel de competencia. Hay que acordarse del Gas del Valle.

Ay, Vizente.

Ay, Martinoli.

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