El Ché Guevara según Radio Red

* Un anciano toma el sol en el centro de Toluca. Parado junto a una vitrina, mece su bastón y se toca la gorra. El sol le hace daño y parece a punto de caer. Pero se sostiene y así puede platicar que él conoció a Fidel, conoció al Ché. Y eso qué. Ni se bañaban. Así es, no se bañaban pero vinieron a Toluca buscando un patrocinio, ayuda económica. Y la encontraron bien pronto.

 

Miguel Alvarado

El Ché Guevara no se cambiaba de ropa. Era un hombre de costumbres sucias. Y es que le gustaba trabajar en cosas que no le correspondían. Por ejemplo, los fines de semana dedicaba 12 horas del día a cortar caña de azúcar o daba consultas médicas. Bueno, pero estudió medicina sólo porque estaba enfermo de asma y escogió pelear en Cuba porque la oportunidad se le atravesó en el camino, no porque supiera algo de aquel país. Yo entiendo que el Ché Guevara tenía sus propias guerras, internas y terribles y que le gustaba sufrir porque, a ver, ¿qué necesidad tenía de hacer la guerra o de ir y provocarla en el Congo o Bolivia o donde quiera que estuviera? O sea, o sea, o sea, había un trastorno que le impelía a castigarse. Y luego se fue peleando con todos, como quien dice, se fue cerrando las puertas. Cometió asesinatos sanguinarios y crueles este ejemplo para las juventudes de todos los tiempos. Porque, a ver, ¿quién le da todo a nadie sin recibir nada a cambio? ¿A poco no le dieron nada al Ché? Y luego tenía relaciones sexuales con las sirvientas, sólo con ellas, como para poder justificar su ideología, que la tenía, que era marxista pero no, no era congruente. Ya ven que al final –el final que ustedes quieran- le preguntan que por qué no había escapado, allá en la sierra boliviana, del ejército de aquel país y había respondido que porque “no tenía a dónde ir”.

La versión radiofónica del Ché Guevara, desde el programa Biblioteca Pública de Radio Red, conducido por Sergio Berlioz, Verónica Medina y Mario Méndez, presentó el domingo 24 de noviembre un retrato así del revolucionario. Medina expuso aquel punto de vista que desengañaba a guevaristas de rancio abolengo, endomingados y con el cafecito en la mano, sentados oyendo el programa. Y es que sí. ¿Cómo se hace una revolución – y se gana- si uno no se cambia de ropa? ¿Y por qué no se la cambia, aunque sea ministro o consejero del nuevo gobierno? ¿Dónde las buenas costumbres? Corren rumores sórdidos de que Guevara de la Serna, miembro de una adinerada familia argentina, pero que torció el camino, llegaba a sus oficinas con las botas de trabajo, lleno de lodo y así recibía a quienes lo buscaban para resolver algún tema de nacional importancia.

Por otro lado, quien anda metido en la guerra pues seguramente tendrá que matar, incluso de la manera más cruel, a sabiendas de que cualquier muerte violenta resulta ya de por sí insoportable. Eso lo sabe bien el gobierno de Felipe Calderón, con sus 80 mil calacas y ninguna guerra oficial o la administración de Peña Nieto, con sus 17 mil fallecidos y, también, ninguna guerra oficial. Tampoco es normal que haya estudiado medicina, lo aceptamos. Porque ni siquiera se curó el asma. ¿O no era asma lo que debía curarse? Tal vez eran sus ansias de notoriedad, su don de mando o su manía por retratarse y que pareciera que no le gustara. En Radio Red nadie lo sabe, nadie lo supo, pero lo cierto es que se entiende eso de libertad o liberación, pero en el sentido de Deepak Chopra o del cantante Francisco Javier, porque no hay uno que explica las puertas cerradas, la impunidad, el beneficio común, el PIB, las jornadas comunitarias. Esclavos los hay en todos lados. No puede ser diferente Cuba o México en la organización actual propuesta. ¿Cómo es que nada cuadra, que las decisiones de los gobiernos parecen encaminarse justamente al lado más inapropiado del problema a resolver?

Un anciano toma el sol en el centro de Toluca. Parado junto a una vitrina, mece su bastón y se toca la gorra. El sol le hace daño y parece a punto de caer. Pero se sostiene y así puede platicar que él conoció a Fidel, conoció al Ché. Y eso qué. Ni se bañaban. Así es, no se bañaban pero vinieron a Toluca buscando un patrocinio, ayuda económica. Y la encontraron bien pronto. Fue el profesor Carlos Hank quien les proporcionó una casa donde vivir, una casa que está por allá atrás, por donde está la Rectoría, en la calle de Instituto Literario. Bueno, también les enseñó el volcán, para que fueran a tirar y aprendieran y se entrenaran y entrenaran a los otros. Y les dio de todo lo que pudo.

¿Y qué quería Hank con el Ché Guevara? Un relato, del columnista José Martínez Mendoza, escarba un poco. “El profesor Carlos Hank mantenía una estrecha relación con Fidel y con Camilo Cienfuegos. De vez en cuando comían o cenaban en casa de Hank. Según una anécdota (ratificada en Cuba, por el propio Jorge Hank Rhon), la noche del 27 de enero de 1956, durante una cena en la casa del profesor, en Toluca, su esposa la señora Guadalupe Rhon comenzó a sentir los primeros dolores de parto. En casa de los Hank estaban como invitados Fidel Castro y Camilo Cienfuegos. Jorge Hank Rhon lo contó así: “el 27 de enero de 1956 estaban cenando en la casa mi papá, Fidel Castro, creo que el Che Guevara, mi tío y dos o tres personas más. En ese momento mi mamá se fue al hospital para tenerme; ¡nací el 28 a la una de la tarde!”.

Fidel, Cienfuegos y Guevara estuvieron viviendo en realidad en la hacienda de Santa Rosa, conseguida por Hank para los cubanos, ubicada en Chalco. Pero y qué quería Hank, entonces. O qué querían los cubanos con Hank, que hasta cenaban en su casa. Una explicación es que Hank, de joven y viviendo en Atlacomulco, había formado un grupo que se llamaba La República Ideal, que coincidía en algunos puntos con otro joven, Castro, y que por eso se hicieron amigos. Luego la vida los llevó por otros rumbos pero nunca dejaron de serlo. ¿Y entonces? ¿Por qué Fidel andaba en la campaña para gobernador que el PRI le armó al doctor Gustavo Baz?

Todo indica, pues, que Guevara, Castro y Camilo Cienfuegos eran burgueses pero que no se aseaban por días, y que aún así tenían nexos con políticos de los años 50, no lo más importantes ni poderosos, pero que llegarían a serlo de alguna manera. Las formas del Ché no gustaban a muchos. Tampoco las de Castro o las de Cienfuegos.

No es posible, desde Peñalandia, comprender por qué alguien o algunos darían la vida por el resto, así nomás o por qué querrían mejoras comunitarias que no implicaran ganancias personales. Todo esto en México fue resumido en una tablita muy coqueta, a disposición pública en Transparencia y redes sociales, donde se anuncia que el aguinaldo de un ministro de la Suprema Corte será de 494 mil 36 pesos para el 2013; el de uno del Tribunal Electoral, 487 mil 878 pesos; el de un consejero del IFE, 448 mil 960 pesos; el del presidente de la república, 396 mil 476 pesos; el de un auditor superior de la Federación, 375 mil 695 pesos; el del comisionado nacional de Derechos Humanos, 366 mil 505 pesos; el de un consejero de la Judicatura, 347 mil 361 pesos; el de un senador, 234 mil 330 pesos y el de un diputado federal, 198 mil 187 pesos. Ahora entendemos.

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