Los desatinos de Chuayffet

* “En San Lázaro, el político mexiquense que se había apropiado de la “jefatura” del Grupo Atlacomulco probó las hieles del repudio generalizado. Entró y salió con la cola entre las patas. Si el rechazo y el desprecio parecían medidas excesivas, el tiempo se encargó de dar la razón a los legisladores de la oposición”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Golden Boy’s, editado en el 2012 por Planeta.

 

Francisco Cruz

(Las ambiciones de Emilio Chuayffet) y su poder emergieron plenos cuando, apenas lo juramentaron como secretario de Gobernación —el 28 de junio de 1995—, impuso como vocero presidencial al doctor Carlos Almada López, secretario de Administración en el gabinete estatal de Alfredo del Mazo González. El mensaje iba implícito: la comunicación social del presidente Zedillo se manejaría desde Gobernación.

Si Zedillo tenía carisma o no para ser el presidente de la República, ya no es cuestionable. La historia demostró que, en su momento, no le tembló la mano para despedir a Chuayffet de la secretaría de Gobernación, aunque éste lo ha negado rotundamente alegando que fue su decisión renunciar a su cargo.

Lo que se queda deliberadamente en el tintero es que, antes de dejar el viejo Palacio de Cobián o la sede de Gobernación, ya nadie respetaba a Chuayffet. No querían hablar con él, insistían en hacerlo directamente con Zedillo. Ese era el caso de la cúpula de la iglesia Católica, los diputados federales y senadores de los partidos Acción Nacional (PAN) y de la Revolución Democrática (PRD), al igual que de los líderes nacionales panistas y perredistas, pues Chuayffet mostró poco tacto, intolerancia y un intervencionismo abierto para evitar la instalación de la Cámara de Diputados el último día de agosto de 1997.

A partir de ese momento, y con los estragos pisándoles los talones durante todo septiembre, los chuayffetistas todavía estaban convencidos de que, a pesar de todo y contra toda la catástrofe, llegarían vivos a los comicios presidenciales de 2000. Apostaban a que su jefe encontraría las fórmulas “mágicas” de la supervivencia política.

La inexperiencia de Zedillo parecía concederles la razón. Jamás ningún chuayffetista —incluido Ernesto Nemer Álvarez, ex secretario de Gobierno con Eruviel Ávila, uno de los Golden Boy’s del peñismo, pero en aquel momento secretario particular de Emilio— entendió que el fallido golpe de Estado para impedir la instalación de la Cámara de Diputados podía traer consecuencias catastróficas, pues el país estuvo al borde de la ruptura constitucional.

“Cualquiera que haya sido el origen del hecho —sus ambiciones personales o las obsesiones de Zedillo por la animosidad hacia Porfirio Muñoz Ledo—, esa crisis, provocada para imponer por la fuerza a una diputación minoritaria del PRI, lo deslegitimó y descartó como candidato presidencial. […] Ese día también el PRI empezó a perder la Presidencia de la República. De haber tenido éxito en su intentona de “golpe de Estado” al Congreso de la Unión y haber puesto a los diputados mayoritarios a merced de los 239 del PRI —contra los 261 de la oposición— y las veleidades zedillistas, Gobernación habría hecho añicos la de por sí endeble ‘democracia’ mexicana”, como advierte en sus páginas Negocios de familia.

Gracias a la estratégica intervención del experimentado perredista Porfirio Muñoz Ledo y el aguerrido  panista Carlos Medina Plascencia se pudo frenar, al menos en ese momento, el histórico avasallamiento priista. Le dieron la vuelta al maestro Chuayffet, un priista que conocía las entrañas de la política mexicana. La Legislatura se instaló, como estaba previsto.

Malaconsejado, inexperto y con su secretario de Gobernación maltrecho, Zedillo aún tuvo fuerza, mediante una tramposa interpretación de la ley, de cuestionar la validez jurídica de la Legislatura instalada por Medina Plascencia y Muñoz Ledo. Hecho el daño y fracasada la intentona de golpe, el Presidente se aprestó a “dialogar” y envío a Chuayffet a la Cámara de Diputados.

En San Lázaro, el político mexiquense que se había apropiado de la “jefatura” del Grupo Atlacomulco probó las hieles del repudio generalizado. Entró y salió con la cola entre las patas. Si el rechazo y el desprecio parecían medidas excesivas, el tiempo se encargó de dar la razón a los legisladores de la oposición.

Jorge Díaz Navarro, político cercano a Chuayffet, recrea en su libro Feudalismo político en el Estado de México parte de esa crisis y concluye que el entonces secretario de Gobernación quería usar al Ejército para impedir la toma de protesta de los opositores y proteger a los priistas. “Instruyó al PRI para que, al día siguiente, en todas las capitales, los priistas se manifestaran en contra del espurio Congreso oposicionista. Y el Ejército garantizaría la seguridad de los manifestantes.

Al enterarse los altos mandos de las fuerzas armadas de la situación, pues se les había pedido poner en estado de alerta a todas las zonas militares, se reunieron para analizarla en los ámbitos jurídico, social, político y militar, cayendo en cuenta que las manifestaciones constituirían actos de provocación porque la Legislatura estaba legalmente constituida. […] Sin la fuerza de las armas, el PRI desistió y Muñoz Ledo, como se había elegido, contestaría el informe presidencial”.

Versiones y rumores se esparcieron por cada rincón. En círculos castrenses se insistió en que, obligado por las circunstancias y asustado por la dimensión del conflicto político, el mismo secretario de Defensa, Enrique Cervantes Aguirre, disuadió a Zedillo de usar al ejército para resolver un “problema” civil, porque las fuerzas armadas sólo debían intervenir en defensa de las instituciones. Y nadie, por lo menos no en ese momento, atentaba contra ellas. El único enemigo de las instituciones era Emilio Chuayffet.

A partir de ese momento, la caída de Chuayffet parecía inevitable, aunque un desastre natural llegó para retardarla. A principios de octubre, el huracán “Paulina” golpeó Puerto Escondido, Oaxaca. Y la madrugada del 9 de octubre se internó en Guerrero. “Paulina” se disipó en las primeras horas del día 10, pero dejó un saldo superior a 400 personas muertas, al menos 300 mil sin hogar y daños por 7 mil 500 millones de dólares.

El “apoyo” de la naturaleza de nada sirvió. Chuayffet se convirtió en uno de los damnificados de “Paulina” porque la Secretaría de Gobernación —responsable de atender a poblaciones afectadas por desastres naturales, entre ellos huracanes y terremotos— tuvo una reacción tardía y mala. En los hechos, se atribuyeron más los daños a la desidia de Chuayffet.

El funcionario — que tampoco estaba enterado de un reavivamiento de los conflictos entre indígenas chiapanecos zapatistas y los indígenas católicos controlados por el PRI— se convirtió en blanco de todos los partidos. Un país tan conflictivo, necesariamente tenía los ojos puestos en Gobernación y en su titular.

Pocos lo vieron, pero a decir verdad, los desatinos de Chuayffet habían comenzado años atrás, durante la mañana del 8 de septiembre de 1989, cuando, en su oficina de la Secretaría General de Gobierno, mientras hacía sus maletas y guardaba sus recuerdos, soltaba lágrimas redentoras frente a un reportero, negando las versiones de alta traición a su jefe, el gobernador mexiquense Mario Ramón Beteta Monsalve.

El día anterior, el presidente Carlos Salinas había ordenado cesar a Beteta, lo que disfrazó como una invitación para que éste se sumara a las tareas superiores que demandaba la República. Por más honorable que pareciera la petición del Presidente, no dejaba de interpretarse como un humillante asesinato político.

El cambio fue imperioso. Salinas lo aguantó hasta septiembre de 1989, cuando su gobierno estaba por cumplir dos años, para evitarse el problema de convocar a nuevos comicios. El mandatario no mostró el menor interés sobre las elecciones en el Estado de México porque un año y dos meses antes, el 6 de julio de 1988, había perdido todo, y ese todo se reflejó en el millón 200 mil votos que apoyaron las aspiraciones presidenciales de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en la entidad, contra los 649 mil sufragios salinistas. Cárdenas Solórzano se convirtió entonces en una pesada sombra.

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