El Santa de la Coca

* El 6 de diciembre, después del sorteo mundialista, el ayuntamiento de Toluca, un municipio educador porque, dicen ellos, alberga a muchos estudiantes anunciaba cierre de calles porque Santa Clos y sus achichincles desfilarían hacia el centro emotivo de la ciudad. Avisados, algunos tomaron precauciones pero otros, los más ingenuos, debieron seguir la rutina de sus vidas y pagar las consecuencias. El efecto causado por el Santa de la Coca es el mismo que una manifestación de la CNTE, pero sin protestas, desparramando miel y parabienes a quienes lo observan desde las aceras.

 

Miguel Alvarado

La ciudad es afortunada y vocifera su destino, agorera, en el laberinto multiplicado de calles y avenidas iluminadas por la natural ignorancia y refrescos de cola, envasados en Toluca y consumidos en todo el mundo. La operación de la trasnacional refresquera en la ciudad no es tan impresionante como parece, pero ejerce poderosa una influencia determinante en la vida cotidiana. La avenida López Mateos y la calzada del Pacífico son amargos puntos de reunión de camioneros y estibadores. Los supervisores no pueden descansar esta noche. Las llamadas a los radios, poderosos Nextel de última generación y planes de arrebato, hacen hervir la palabra luego del timbre insidioso, instalado para siempre en el ADN del voluntariado, que se sabe explotado pero que no puede expresar la razonable esclavitud. A esta hora en Toluca manda la Coca-Cola, enquistada en media docena de presentaciones y publicidad pagada para cualquier espacio que lo permita. La burbuja gasificada de la felicidad está al alcance de todos, desde 5 pesos, lo mismo que un viaje en el nuevo Metro de Mancera o la mitad de un recorrido en autobuses de Toluca, controlados por el Grupo Atlacomulco y familias prominentes que hacen del apellido un blasón, escudo guerrero a prueba de señales de radio y cobros impertinentes de agua o predial. Para ellos, la reunión del trailero en las plantas de la Coca es tan natural como las asonadas hacendarias y la narcolepsia futbolera del Mundial de la FIFA.

Porque los camioneros hablan del equipo mexicano y su mala suerte en el sorteo de grupos, pero también nosotros, apenas sacudidos por la reelección aprobada, que confirma que el poder es una heredad y que el sufragio efectivo se enterró junto con Madero, hace muchos años. Y entre el futbol y la quincena con aguinaldos, los de Coca reparten el producto. Sus propios brebajes más los incorporados no dejan tiempo para la ensoñación. Las rutas toluqueñas son cortas pero importantes. La dosis refresqueras, droga warholiana vestida de Santa Clos, se exige más que la leche y su ausencia se protesta con encono en las tienditas de la esquina o los cruceros más embotellados. Y con el refresco al alcance, la vida no puede ser más concreta que un envase o lata conmemorativa, la corcholata enrojecida por los mensajes navideños en bardas de aluminio de 5 mil pesos mensuales.

Toluca no padece manifestaciones. Nadie se queja públicamente, no hay contrariedad social ni líderes espíritus que se hacen millonarios desde casas de campañas rimando consignas con el nombre del gobernador. Para un estado con 7 millones de pobres, la realidad propuesta desde los gobiernos es la ideal. Nadie padece o lo hace, pero de a poco, a cuentagotas, en agradecido silencio. Atrás quedaron los tiempos en que hasta Antorcha Campesina reflejaba, aunque medrosa, los espasmos de clase, las profundidades salariales, el injusto pero legal aparato de justicia. Acazulco, poblado de Ocoyoacac no se queja nunca más aunque sigue enfrentado más que a muerte consigo mismo. Las tierras, los bienes que uno trabaja para otros, sabiéndolo o no, están en el medio de todo. Sus muertos y sus heridos quedan para mejor recordatorio y la Plaza de los Mártires, plancha repulsiva de pavimento, es decorada mejor con un árbol navideño y pistas de hielo, conservada por pura necesidad en un clima que todavía registra los 20 grados.

A falta de inconformes –ni siquiera los gritones pagados tienen trabajo- la Coca-Cola toma las calles. Cada año la marca lo hace en casi todas las ciudades que se respeten en todos los países de América Latina, sedientos de buenas noticias aunque ahogados en aquellas latas preciosas, diamantinas. El 6 de diciembre, después del sorteo mundialista, el ayuntamiento de Toluca, un municipio educador porque, dicen ellos, alberga a muchos estudiantes anunciaba cierre de calles porque Santa Clos y sus achichincles desfilarían hacia el centro emotivo de la ciudad. Avisados, algunos tomaron precauciones pero otros, los más ingenuos, debieron seguir la rutina de sus vidas y pagar las consecuencias. El efecto causado por el Santa de la Coca es el mismo que una manifestación de la CNTE, pero sin protestas, desparramando miel y parabienes a quienes lo observan desde las aceras. Allí recolecta saludos de los niños que pronto crecerán convencidos de su legítimo derecho al alborozo marca FEMSA, creyentes de la libertad que les permite elegir entre una centena de aguas, y porque nadie les dice qué hacer. Los modernos espartacos tendrán que madurar y hacerse acreedores a sus propios gasolinazos, elegir a sus enriques, cobijar a sus gordillos, fabricar intrigas, envasar la inteligencia en burbujas de contrariedad.

Por lo pronto Santa toma la avenida Lerdo. Rodeado de enanos fosforescidos y animalizados humanos, ríe como en las películas de la Fox y su tráiler, cortesía de la compañía avanza por el centro toluqueño resguardado por corteses policías traídos desde el Polo Norte. La Caravana Coca-Cola atraviesa la ciudad, la divide como una gigante culebra de colores que hipnotiza al que se deja y que parece devorar los manchones oscuros, donde no funciona el alumbrado público. Pero es también una suerte de metáfora de sí misma, del refresco que la patrocina porque atrás, después de gnomos y danzantes, una enfurecida turba de autos avanza a 20 metros por hora. Las filas, larguísimas, alcanzan las inmediaciones del aeropuerto y colapsan los accesos a Metepec por  cerca de una hora. Santa no es del todo equitativo porque olvidó mirar atrás y ni siquiera habla español. Los maestros de la CNTE deberían aprender que una Coca en la mano y un traje rojo con gorrito hacen milagros cuando de cerrar las calles se trata.

De momento todo termina. El municipio más educado de México debe ir a dormir o de perdida ignorar que los días más duros, donde todo costará 16 por ciento más y las ejecuciones seguirán su norte acostumbrado, están a la vuelta de la esquina. Y esto –pero tampoco aquello- no es un regalo de Santa. Ya sabemos que el gordo vestido de rojo sólo aparece en los hogares afortunados, luego de supervisar que los tráileres repartan y la Fundación Coca-Cola lleve juguetes a los niños más pobres del país, los que desde ahora compran un producto que no vale, ni siquiera, la molestia de caminar al Oxxo más cercano por la lata más pequeña.

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