Paletas de hielo

* El Informe de Pobreza y Evaluación en el Estado de México en el 2012, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, dice de la entidad que “con respecto de las 32 entidades, ocupó el lugar 17 en porcentaje de población en pobreza y el 15 en porcentaje de población en pobreza extrema. Por lo tanto, se ubica dentro de las 15 entidades con mayor pobreza extrema en el país”, refiriéndose a datos recabados en el 2010.

 

Miguel Alvarado

Vende paletas en el centro de San Felipe del Progreso. Se llama Laura y tiene 33 años, apenas la edad suficiente para parecerse a lo que nunca quiso. Tiene cuatro hijos y su esposo es campesino pero a veces sale del municipio, cuando le ofrecen trabajo. Acepta lo que sea, con tal de ganar dinero y sostener a la familia, pero también gasta mucho en otras cosas. Vive en las afueras de la cabecera municipal, donde tiene un terreno sobre el que construyeron ellos mismos. La estructura de su casa tiene todos los materiales: piedra, cemento, láminas de asbestos y metálicas, adobe, plástico, madera, pero está dividido debidamente porque el terreno era grande y aprovecharon el espacio. Una estancia para la sala y el comedor, otra para la cocina y dos habitaciones con catres les bastan por ahora, aunque no hay sala. Hay sillas plegables con anuncios de cerveza y una mesa de aluminio. En un rincón, un mueble que alberga sarapes también tiene una televisión, caja voluminosa que todo el día está encendida en los canales de señal abierta, con más ruidos que imágenes. De cualquier manera, el rincón de la tele es el más visitado por todos, aunque eso no impide que cada quién realice sus tareas asignadas. El baño está afuera, una letrina. No falta el agua ni la luz y algunos vecinos hasta tienen Sky, para ver los partidos de futbol y las telenovelas sin contratiempos. “Sólo cuando llueve nos falla”, dice entre sonrisas uno de los vecinos, sentado con ella en el jardín central de la cabecera municipal.

Los niños tienen 10, 9, 5 y un año respectivamente. Los más grandes van a la escuela de la localidad, una primaria de tiempo completo para indígenas que los retiene hasta las cuatro de la tarde. Allí, señala la madre, se supone que les darían de comer, “pero luego dicen que no tienen dinero y come hasta que llegan a la casa. Porque no les damos dinero, tienen que aguantarse, como todos nosotros, mientras hacemos nuestras obligaciones”.

El tercero la acompaña a veces a vender las paletas, que lleva en un pequeño carrito blanco que empuja por las calles del centro de San Felipe y aprovecha los días de acarreos políticos y fiestas para venderlas. “Los carritos los alquilan en las paleterías del centro, y al final nos dan una parte de lo que vendamos. Siempre vendemos, pero a veces es muy poquito”.

El niño, quemado por el sol, come una paleta. Es la segunda en 15 minutos, pero le ayuda para aguantar la jornada. Viste sencillamente: un viejo pant´s azul con rayas blancas, zapatos negros, una enorme chamarra azul marino y playera roja. Se recarga en el carrito blanco mientras sostiene la paleta, anaranjada, derretida sobre él. Su madre carga al más pequeño. Con el rebozo lo amarra a sus espaldas y allí lo transporta. No puede dejarlo solo. El niño, a esa hora, apenas se da cuenta de lo que sucede pues dormita con los ojos abiertos, envuelto en una ropa de rayas azules y verdes que lo asan literalmente. Nada lo protege del sol, aunque la madre se preocupa por echarle encima una de las puntas del rebozo. Ella empuja el carro al mismo tiempo que lleva una caja de cartón de La Moderna con conos de galleta para los helados. El otro niño la acompaña, cabizbajo, siempre junto a ella. La madre se cubre del sol con un gorro tejido y se viste con un saco gris para hombre y una camisa blanca de rayas, con diseño varonil. Sujeta su cabello con una trenza de caballo. Habla poco, en español pero también domina el mazahua. Laura no sabe escribir, pero considera que no lo necesita. Piensa que el futuro no es para ella, sino para los niños, quienes deberán salir del pueblo si quieren tener una profesión, aunque ella misma apunta que lo dice sólo por decirlo. Los números parecen darle parte de la razón a la madre, pues apenas 26 por ciento de esa población sabe leer y escribir y para un cuerpo de más de 100 mil habitantes la condición parece encerrarlos en aquella zona, creciendo para adentro. Mantienen vivas todas sus tradiciones y saben que el español es su segundo idioma. Por eso, casi todas las tiendas tienen dos letreros, un en mazahua y el otro, más pequeño en español.

Pero si Laura habla dos idiomas, aunque no escribe ninguno, no significa que el municipio presente bonanza. Nunca se ha caracterizado por su riqueza, y no porque no se trabaje.

El Informe de Pobreza y Evaluación en el Estado de México en el 2012, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, dice de la entidad que “con respecto de las 32 entidades, ocupó el lugar 17 en porcentaje de población en pobreza y el 15 en porcentaje de población en pobreza extrema. Por lo tanto, se ubica dentro de las 15 entidades con mayor pobreza extrema en el país”, refiriéndose a datos recabados en el 2010.

El escenario que venden los gobiernos se parece más a un cliché de telenovela que a la cotidianeidad que desaparecen de un plumazo cuando se contrastas cifras. Por ejemplo, desconcierta que según el estudio, en 85 de los 125 municipios (68 por ciento) más de la mitad de la población viva en situación de pobreza. Más aún, que cuatro de los municipios aparentemente más ricos y productivos albergan al mayor número de personas pobres, porque Ecatepec, lugar de nacimiento del gobernador Eruviel Ávila, tiene 723 mil 559 pobres, el 40 por ciento de su población; Neza, 462 mil 405 pobres, 38 por ciento de sus habitantes; Toluca, 407 mil 691 pobres que representan el 41.8 por ciento de su población y Naucalpan, con 264 mil 41 pobres, el 32 por ciento.

Pero los anteriores municipios sólo encabezan una lista con habitantes en pobreza, así, a secas. Porque hay otra división que clasifica la “pobreza extrema”. En ella, dice el Coneval, San Felipe del Progreso descolla sin competencia cuando registra a 43 mil 958 pobres extremos, el 43.4 de su población total. El gobernador mexiquense no se inmuta por los números y su interpretación pública apunta a una disminución de la pobreza extrema, cobijado en los mismos datos del Coneval: “la población en situación de pobreza extrema disminuyó, al pasar de 8.6 por ciento en 2010 a 5.8 por ciento en 2012; la carencia por acceso a la alimentación bajó de 31.6 por ciento a 17.7 por ciento; el rezago educativo descendió de 18.5 por ciento a 15.4; la carencia por acceso a los servicios de salud disminuyó de 30.7 a 25.3 por ciento; las carencias por calidad y espacios de la vivienda y de acceso a servicios básicos en las mismas, se redujeron de 12.9 a 10.2 por ciento y de 15.9 a 11.5 por ciento”.

Para Ávila la pobreza no tiene rostro y para Laura la pobreza carece de números, excepto cuando hay que pagar.

– Tengo algunos apoyos, todos los programas que pone el gobierno los trato de aprovechar y me inscribo. Me dan unos cuatro o cinco, no sé ni  cómo se llaman pero sólo espero a que me toque, porque ponen luego avisos en el ayuntamiento o cuando uno se inscribe le dicen dónde y cuándo recogerlos. Nomás una vez me han pedido que vote por el PRI. Pero la mayoría estamos igual. Unos trabajan más que otros, porque los hombres toman mucho y dejan de trabajar o los corren. Estamos acostumbrados a trabajar desde chicos y la escuela no nos sirve de gran cosa. Bueno, aquí nos sentimos a gusto, aunque sea vendiendo paletas”, dice Laura, mientras cobra una de limón a un transeúnte. No se queja, sabe que para ella es un ejercicio inútil y tiene el tiempo encima.

– Es que luego uno les tiene que creer a los alcaldes y los que quedan como autoridad. Que ya sabemos que prometen y no hacen nada o construyen cosas que parecen caprichos de ellos. Nunca hay trabajo, eso sí, pero siempre hay comilonas cuando leen sus informes. Luego invitan a los que están en una lista y hasta nos llevamos las carnitas y lo que sobra de los refrescos. Yo siempre vengo, aunque no me inviten.

Siempre priista, San Felipe del Progreso tiene en contraste una universidad, la Intercultural que, dice su publicidad, está al servicio de hablantes de mazahua, náhuatl, otomí, matlatzinca, y ocuilteco-tlahuica y oferta las carreras de comunicación intercultural, desarrollo sustentable, lengua y cultura, arte y diseño, enfermería y salud intercultural, pero para Laura no significa nada. “Necesitaríamos dinero para esa escuela, ¿tú les vas a pagar lo que ellos necesiten?”, dice, con el cajón de conos en las manos, observando a una familia que come tacos sentada en una banca del zócalo municipal. “La vemos de lejos y unos que conocemos mandan a sus hijos. Pero ésos tienen tiendas y hacen negocios hasta con los ayuntamiento”.

En un día bueno, Laura gana 100 pesos por la venta de paletas, pero debe entregar una parte a los proveedores, como pago por usar el carrito. Le alcanza, dice, para comer dos veces al día y para sus hijos, porque completa el gasto con lo que su marido gana y los programas. “A veces quisiera sentarme aquí y que alguien me viniera a vender una paleta, nada más para saber qué se siente que la atiendan a una”, dice, mientras observa a su niño devorar otra paleta, la tercera en menos de 40 minutos.

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