Santo contra Jacobo Zabludovsky contra H. P. Lovecraft

* Cubrió la luna una sombra ignominiosa y su tránsito quedó borrado de la vista humana. Los pisos pulidos de la casona crujieron porque sí, presintiendo sin embargo el hálito maldito de las puertas del infierno, que se abrirían puntuales a las cuatro de la noche. Santo sintió miedo por primera vez y su máscara reflejó en su tersura las arrugas inhumanas de la noche del océano.

 

Miguel Alvarado

– Lo sé, lo sé –respondió Lovecraft, arrellanándose todavía más en el sillón. Su vieja cara acaballada pareció entonces poblarse de miles de escaras minúsculas, cárnicas conexiones que se perdían en las profundidades de su cuello almidonado, agujero de moluscos abisales. Juntó las manos y jugueteó los dedos. Miró sus enormes zapatos y alisó la imperfecta raya del pantalón con un movimiento espasmódico pero lento, como si arrastrara su delgado brazo en un latigazo octópodo, pisciforme de alguna manera.

Frente a él, Santo se movía apenas. Pequeño, casi regordete, revisaba silencioso su reloj integrado a la mano en espera de una señal. Afuera, su auto, un Porsche 356 brillaba a causa de la imposible luna que atravesaba la ciudad de Guanajuato, calles de utilería fabricada en las bodegas de la familia Curiel.

Una ojeada más al trasmisor y saltaría al coche para buscar a sus enviados. Acomodó su máscara y envolvió en la capa los brazos desnudos, que de inmediato se amoldaron a su fortaleza de cuadrilátero.

– Debo decirte, Howard, que debemos acudir en ayuda de nuestros amigos. No sabemos qué les ha ocurrido exactamente y la radio ha dejado de funcionar. Nunca nos habíamos quedado sin comunicaciones y ahora se trata de una cuestión de seguridad mundial –dijo el Enmascarado de Plata ofreciendo una pipa a su amigo, quien la recibió sin aspavientos agradeciendo con un movimiento de cabeza, que pareció girar al revés en una penumbra que ya no asombró al héroe mexicano.

– Lo sé, Santo, lo sé. Por eso acudí a ti, porque tu fama ha llegado hasta Providence y tus hazañas, ahora lo veo, corresponden al tamaño de tu corazón.

Lovecraft aspiró profundamente aquella mezcla de tabaco negro que tanto le gustaba. Observó la pipa de madera, tallada por artesanos oaxaqueños y reparó en la figura que adornaba la cazoleta. Una sonrisa se le escapó apenas al escritor cuando identificó la silueta de la venerada Shub-Niggurath, aliada definitiva de otros tiempos, otros, que no debían ser nombrados. A esas alturas apenas extrañaba los potes de helado que devoraba con delectación luego de cada comida.

– Y por eso, amigo Santo –dijo Lovecraft sin rodeos- todo depende de ti.

Cubrió la luna una sombra ignominiosa y su tránsito quedó borrado de la vista humana. Los pisos pulidos de la casona crujieron porque sí, presintiendo sin embargo el hálito maldito de las puertas del infierno, que se abrirían puntuales a las cuatro de la noche. Santo sintió miedo por primera vez y su máscara reflejó en su tersura las arrugas inhumanas de la noche del océano.

– Virgen Santa de Guadalu…

– No, amigo querido, no nos apoyemos en ilusiones. Debemos ser inteligentes y abordar nuestro plan desde una realidad objetiva –dijo Lovecraft mientras se levantaba trabajosamente del sillón- Soy poseedor de un conocimiento que nos dará el triunfo o nos hundirá para siempre en la vacuidad, y debemos informar al mundo lo que está por venir. Debo hacer una llamada a un conocido mío, para que nos ayude a difundir. Sé que no estarás de acuerdo pero coincidiremos en que representa el único medio en este país al que la gente tiene alguna forma de acceso. Esta vez deberás confiar en que mi elección será la adecuada. Te pido apoyo incondicional.

– Sabes que sí, pero no entiendo…

– Llamaré a Jacobo, él podrá ayudarnos de alguna manera.

 

*

Un fuerte olor a té inundaba la biblioteca. Pesadas cortinas cubrían los ventanales y Santo se sentaba frente al hogar, ejercitando silencioso su conciencia más profunda, liminar metalingüístico que lo ayudaba a comprender el camino aquí, ahora, que lo comprometía naturalmente con las raíces más profundas de su país y su propia vida. Esa tierra amarga la llevaba en la sangre y estaba dispuesto a defenderla a cualquier costo. Recordaba que aun la más analfabeta corrupción medra en la vida por un propósito y sus voceros, a veces, no son culpables absolutos aunque sí responsables de la parte que les toca. Acudieron a su mente las imposibles anomalías que había enfrentado y sometido definitivamente pero por alguna sincronía fuera de tiempo se veía de niño, en las calles de Tulancingo, de la mano de su padre, recorriendo los puestos de calaveras azucaradas. “Es noviembre y en las calles la muerte es una risa, una constante felicidad que celebramos todos porque sabemos, aunque no sepamos expresarlo, que es una broma inocente de nuestro cerebro, que se burla de nuestros miedos ignorantes. Pero escucha con atención, una cosa es morir y otra la muerte de azúcar que festinas en este mercado”, decía su padre mientras los dos mordían un esqueleto de chocolate, que al niño se le derretía con trágica alegría. La fuerza del recuerdo lo ubicó de nuevo en el presente, donde Lovecraft conversaba con el recién llegado, que sostenía apenas la taza humeante de una infusión.

– Y es que yo he hecho muchas cosas en mi vida como reportero –decía Jacobo Zabludovsky, acomodándose los lentes, esperando atención inmediata- Yo sé que dejé de hacer muchas cosas pero fueron para poder hacer otras y yo entendí, espero que a tiempo, que yo podía ser mejor persona y yo, me dije, lo intentaría. Claro que yo puedo ayudarlos desde mi humilde tribuna para que el pueblo de México sepa que yo tengo algo importante que decir y que deben escuchar lo que yo les diga para que estén preparados. Yo mismo, Santo, Lovecraft, quiero formar parte de la expedición que han organizado y ayudarles con mis propios recursos, que no son pocos.

Lovecraft, paciente y meticuloso, sabía que habían dado un paso importante para su causa y pasando por alto el culto pero endiosado monólogo miró de reojo a Santo, quien por fin se relajaba y reía por lo bajo ante el discurso del locutor. Lovecraft sabía que su amigo había estado la noche del 2 de octubre en Tlatelolco y que jamás olvidaría las palabras tristísimas de Zabludovsky a la mañana siguiente. Sin embargo, ahí estaban los dos dispuestos a unir esfuerzos.

– Bien –dijo Lovecraft interrumpiendo con autoridad al comentarista –debemos irnos ahora. Todavía tenemos que buscar a los aliados de Santo, que no se han reportado desde hace horas. El tiempo apremia. Las luces de Nueva York se han apagado y nosotros debemos descifrar el enigma.

Los tres abordaron un auto que a los pocos minutos se perdía en el laberinto de aquella ciudad.

La estancia, la biblioteca privada de Santo quedó sumida en la penumbra donde ni siquiera los pequeños triángulos que adornaban el saco olvidado del escritor pudieron emitir su destello verdoso, piramidal, ojo ciego del opus primigenio en aquella noche iluminada por candelabros de Baviera.

Y afuera, la hiena luna.

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