Una vez en El Sarriá

* El 5 de julio de 1982 nada estaba más lejos de cristianos y lioneles que aquellos brasileños que enseñaban coreografía al oscuro Nureyev. Enfrentaban a italianos entrenados en cuadriláteros y campos de concentración que usaban rifles de asalto y tachones de aluminio reforzado para ablandar a los rivales. Maradona, todavía aprendiz de dios, fue reducido a cenizas días antes por Claudio Gentile, nacido en Trípoli, central contrahecho que después haría lo mismo con Lato, la estrella polaca. A Zico, la estrella brasileña, le pasó lo mismo.

 

Miguel Alvarado

El muro dividía las alemanias y las cicatrices iban olvidándose conforme pasaba el tiempo. Pedazos de argamasa curaban las heridas, silenciadas en las profundidades del I Ching, pervertida moneda de cambio del científico Jung. ¿Cómo explicar entonces la victoria sin alas o la fortuna de una guerra nuclear que por un instante borraría fronteras, el miedo acuartelado en noticieros y programa mentales, la proyección malsana de inadaptados crecida a la sombra de un balón? Un ramo de flores para el derrotado y una copa de oro terminarían por justificar un verano de lluvias, cachirul inaudito que acabaría por enfriarse tras las órdenes del Banco Mundial.

Hace 32 años todavía se permitían las revueltas aunque las armas no eran de quienes las usaban. Como cada cuatro años la guerra era un balón disfrazado de futbol y el moderno panbol se cocinaba en las canchas españolas, pues era su Mundial después de una dictadura que, se supo luego, no era tan mala como su actual gobierno. Pero entonces había esperanza y se pensaba que el Real Madrid era el reflejo de dios o lo que quedaba de él. Los europeos –pobrecitos, tan engañados- acusaban pérdidas cuánticas. Nadie extrañaba a Beckenbauer, negociante máximo de aspirinas, y Gunter Netzer era la sombra que pasa en las películas de James Dean. Holandeses de nombres mágicos quedaban fuera de una competición que les importaba un bledo porque Neeskens o Krol se deletreaban Plaza de Mayo y la Noche de los Lápices se escribía con la M de Diego, que por suerte nunca pisó una secundaria. Del otro lado del mundo, Hugo Sánchez acusaba de cachirules al México sin moneda, defendida como un perro por su presidente, casado -y divorciado luego- con la vedette Sasha Montenegro.

Joao Havelange era más importante que el Consejo de Seguridad y en su FIFA del diablo inscribía a más países que la ONU, dispuestos a pagar por una publicidad que nunca verían si no tenían una selección como el Scratch o rogaban al menos por hacer estadios, ponerles pasto de Cantabria, pactar armisticios con la ETA, hacerle al tango por los últimos balones con alma.

El 5 de julio de 1982 nada estaba más lejos de cristianos y lioneles que aquellos brasileños que enseñaban coreografía al oscuro Nureyev. Enfrentaban a italianos entrenados en cuadriláteros y campos de concentración que usaban rifles de asalto y tachones de aluminio reforzado para ablandar a los rivales. Maradona, todavía aprendiz de dios, fue reducido a cenizas días antes por Claudio Gentile, nacido en Trípoli, central contrahecho que después haría lo mismo con Lato, la estrella polaca. A Zico, la estrella brasileña, le pasó lo mismo. Del otro lado estaba Paolo Rossi, estafador profesional de resplandeciente sonrisa que coleccionaba títulos de goleo en sus horas muertas.

Italianos y brasileños definían un pase decisivo y se apostaba que el ganador sería a la postre campeón del mundo. Cuenta la leyenda que Éder Aleixo de Assis, delantero del Atlético Mineiro, le pegaba al balón con fuerza tal que alcanzaba 172 kilómetros por hora, pero que prefería discutirlo en bares de arrabal, ensoñecido, enmarchitado porque el futbol nada significaba si no ardía la cachaza bien destilada. Eder estaba maldito, tanto que en Belo Horizonte decían de él que era “guapo, incorregible seductor”, y después del juego atroz contra la azzurra, todavía presumió, impúdico, 16 mil cartas de sus admiradoras. No era el mejor, tampoco, porque aquel Brasil irrepetible había conseguido alinear ejecutantes sinfónicos que enseñaron que no sólo por dinero se patea un balón. La circunstancia de vivir para una pelota fue transformada en filosofía de la estética, poemario ilustrado por David Mack, artilugio en esperanto, la prueba viva de que no puede comprarse todo. Si no fuera por Pelé, el Brasil de Falcao y Sócrates sería único. Lo fue, y siempre perdió los partidos decisivos.

Esa tarde en el estadio Sarriá de Barcelona todos estaban confiados. Hasta los italianos sabían que perderían, aunque decidieron hacerlo en el campo. Tres décadas después aquel partido ha perdido lustre, la hoja de oro se ha marchitado y los artistas –algunos, no todos- podrían hoy empuñar una brocha gorda empapada en pintura Comex. Pero quedan vestigios, las carreras en frac de Bruno Conti y la soberbia sudamericana de jugar con nueve porque Pereira, el portero, ni el centro delantero, Serginho, contaban. A Brasil le faltó temor. Rossi les metió tres goles imposibles, dos de ellos por yerros de sus propios cracks y Gentile, el italiano nacido en África, se llevó a su casa pedazos de playeras consagradas, hábitos tan sugerentes como las astillas de la Santa Cruz.

Brasil pudo empatar a dos en el segundo tiempo y dio por terminado el match. Tocaba la bola como si jugara las semifinales escolares, con el maestro de educación física como árbitro y perdió de vista la trampa italiana. A ellos, dos guerras mundiales les hacían ver esos partidos como invasiones norteamericanas y Rossi, al final, les encajó el tercero, igual a un obús.

“Jugó hasta los 28 años. Jugó. Y engañando se quedó hasta los 40”, dicen de Eder las crónicas brasileñas, que lo enterraron prematuramente pero con razón. El Sarriá recuerda todavía a los jugadores amarillos volando cometas, a minutos de comenzar el partido. Junior, el mejor lateral del mundo, observaba las gradas y en su mano un colorido hilo sostenía su juguete. Detrás de él, Dino Zoff concentraba a los italianos y les quitaba el miedo con susurros, la vista al frente, dientes apretados, calceta a los tobillos. A los cinco minutos, Rossi marcaba la ventaja para siempre y señalaba a su portero, un anciano de 40 años que le aplaudía discreto la esquizofrenia de la victoria. Porque Rossi nunca volvió a ser el mismo.

Y Brasil y esa Copa del Mundo, tampoco.

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