La cuadratura del Tao

* En el 2005 cada enganchador o “buen samaritano” controlaba a 7 niños en promedio, que le generaban entre todos unos 700 pesos diarios. Hoy la cuota diaria ha subido casi al doble. El DIF estatal asegura que hay 90 niños trabajando a pesar de que las autoridades municipales de pronto niegan su presencia, como lo hizo sistemáticamente la ex alcaldesa priista María Elena Barrera.

 

Miguel Alvarado

Se asomó a la ventana y no vio nada. Estaba lloviendo y la calle apenas era la mancha pétrea reflejada en el cristal. Habían pagado el pasaje, ocho pesos cada uno, para recorrer de punta a punta aquella ruta luego de trabajar en un crucero por 8 horas. A él le fue bien. A su amigo no, porque no se había aguantado la sed y compró dos refrescos. Dos. A trece peses cada uno. No iba a entregar buenas cuentas pero como su enganchador es buena onda no está preocupado. Los niños son parte de un sistema de subempleados que mueve una industria en la que casi nadie piensa. El control comercial de calles y cruceros es una de las empresas informales más redituables de Toluca. Allí, en la calle se calcula que trabajan unos 100 niños, más los que los acompañan, otro tanto igual, aunque no desempeñan labor alguna, sólo están de apoyo y aprenden, aunque son pequeños y el destino de la mayoría no siempre se cumple en esta ciudad.

Un estudio realizado en el 2006 por Jaciel Montoya señala que la actividad más desarrollada por los niños de la calle es la venta de chicles, con 34 por ciento del total ocupacional, seguido por limpiar parabrisas, con 24 por ciento. Según Montoya, la mayoría de los niños proviene de municipios rurales y permanece hasta 5 años en la misma situación. Crecen pero sólo cambia su denominación. Se vuelve adultos, comerciantes informales o, en el peor de los casos, delincuentes.

Los dos niños en el camión observan el pegote de Stereo Joya y preguntan qué es aquello. Mientras uno se cambia el suéter y se pone ropa limpia que saca de una maleta porque su mamá lo recogerá en la bajada, el otro le dice que es una tienda de grabadoras y luego se suelta riendo. Mira a la cámara y pregunta que si la foto es para saber cómo son.

– No. Son para saber cómo soy yo.

– ¿Y cómo eres?

– Pues como ustedes, ahorita como ustedes.

– ¿Y luego?

– No sé. Tampoco me interesa. ¿A ti?

– No, no sé, no entiendo, pero eso qué. Hay muchas cosas que me interesan, pero nomás que termine de trabajar. No me gusta la escuela pero en la calle aprendo un chingo de madres. Nosotros no pasamos hambres ni fríos porque nuestros papás nos dan cobijas y comida y el que nos cuida nos da más comida después. Si se le olvida, podemos comprar cosas, como hoy- dice el más grande mientras es observado por su amigo. Se llaman Jorge y El Chava. Así se dicen. Uno tiene 12 años y el otro dice que siete. Uno lleva 120 pesos y el otro 70, lo que ganaron en la jornada. Las cosas casi siempre resultan así.

El estudio de Montoya, realizado para la colección Papeles de Población, de la UAEM, dice que en el 2005 cada enganchador o “buen samaritano” controlaba a 7 niños en promedio, que le generaban entre todos unos 700 pesos diarios. Hoy la cuota diaria ha subido casi al doble. El DIF estatal asegura que hay 90 niños trabajando a pesar de que las autoridades municipales de pronto niegan su presencia, como lo hizo sistemáticamente la ex alcaldesa priista María Elena Barrera.

Cuadras adelante sube otro niño al camión. Apenas son las cinco de la tarde y la jornada para él ha terminado. Tiene 6 años y viste una chamarra café y gorra contra el frío. Trae una caja de chicles, que intenta vender entre los pasajeros sin ninguna suerte. Luego se sienta y se permite ver la ciudad por la ventana. Él es otro de los que deben llegar con sus familias para entregar dinero y los productos sobrantes. Los niños saben qué hacen, dónde están, cómo los utilizan y conocen el valor de las monedas. Para ellos el viaje de regreso es una sucesión de imágenes, ventanas que les permiten acceso o los corre a madrazos. Es lo mismo las puertas de un parque que las entrañas de una oficina donde un contador hace los números diarios. Esa ventana, la del contador, es la opción educativa en la que uno cree que se prepara pero accede, de manera casi automática y sin sentir, a obligaciones laborales, sociales, hacendarias, casi todas inútiles. Allí se refuerzan los estereotipos del Mickey Mouse que todos llevamos dentro pero también, en contadas ocasiones, se vislumbra la antítesis, murallas de fuego donde arden oscuros ratones de orejas rojas, a la izquierda. Al final, un día, uno entiende que es lo mismo, que no merecen ni el reojo los extremos perversos. Al final las marchas contra los gobiernos se parecen demasiado a victorias futboleras celebradas en El Ángel, en la fuente del Águila. De las revoluciones ni hablar. Los pobres no las hacen pero las ejecutan y de cualquier manera el mundo sigue su marcha. Los honores para los muertos y las gestas –los gestos, más bien- para los vivos son remedos oscurísimos que laberintean en compactas programaciones al servicio de alguien, tan malo como Dios, tan humano como el Diablo.

Pero mejor que estudien porque la calle no es un buen lugar y en todo caso las oficinas, los cubículos al menos no son peligrosos. No tanto, aunque de todas maneras la cárcel, el barrote invisible del mundo acristalado de la producción, sirve lo mismo para adentro que para afuera. La diferencia, si la hay, deberá descubrirla el niño, el alumno, el profesional o quien se siente detrás de un innecesario escaparate a contar dinero, facturar para otros o para sí, de nueve de la mañana a diez de la noche, con una hora para comer y baño con toallitas de papel marrón.

Detrás de la ventana ocurre todo. Cuadrado Tao, giratoria suerte, mutación invariable, intrascendencia de la mayor importancia. La muerte a la vuelta de la esquina, en una caja de chicles o gotas que arrugan la lluvia a las cuatro de la noche, es respuesta que a todos cuestiona.

Parada ahí, esperando porque sí, en el lugar que le corresponde desde siempre la mujer se envuelve en su rebozo y se une al mundo que no la quiere o necesita, pasa por un lado y se pierde en dos movimiento de manos, como una cuenta por pagar. La ancianidad es niñez alrevesada, quizás peor porque no hay vuelta atrás. Peor cuando hay que estar bajo la lluvia, detrás del cristal, por fuera, siempre por fuera, fuego lúgubre atornillado en la mandíbula inferior.

La vuelta es una casa de paredes enormes por donde pasa el tren, aullido a las cinco de la mañana y las 10 de la noche, religiosamente, que pasa, como la misa, inalterable en su trayectoria, que lleva o eso parece, a vivos y muertos por igual.

La ventana asoma al jardín en un disturbio de bárbaros vegetales, como si cayeran en cuenta de la epifanía matinal, asunción del barrio que conserva hasta la basura para sobrevivir otro día. Toluca y sus ventanas es la misma madre aleatoria, matlazincas engallados arrastrando su fru-frú, acodados en pupitres no aptos para clases donde se enseña inglés como lengua madre y mántricos padresnuestros o santísimas vírgenes. La pobreza extrema no paga impuestos pero tiene celador, a veces dios o su digital reflejo en televisión.

Y es que el fracaso sabe a jugo de naranja, a dos refrescos de trece pesos más tapita plástica con premio incluido.

 

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