San Francisco

* Aterrizamos en Caracas hace 20 años y vimos la oscura playa del aeropuerto, oleadas de aviones de tipo comercial desde Washington y Bogotá cargados de armas y mariguana y una horda de negros taxistas peleando por nuestro equipaje miraba de vez en cuando el letrero de piedra que decía “Simón Bolívar, bienvenidos a Venezuela”.

 

Miguel Alvarado

He visto cómo una guerra sin batallas asesinaba a miles y todo para que alguien en San Francisco pudiera inyectarse una dosis de coca. Imagino las venas azuladas, apenas líneas sobre la piel blanca miserable, o negra o mexicana, miserable de todas formas y una sala donde la tele está encendida, un sofá casi nuevo pero orinado y latas de víveres en el rincón más visible, sucio de esa casa con vistas a la costa atlántica y al puto Golden Gate.

Aterrizamos en Caracas hace 20 años y vimos la oscura playa del aeropuerto, oleadas de aviones de tipo comercial desde Washington y Bogotá cargados de armas y mariguana y una horda de negros taxistas peleando por nuestro equipaje miraba de vez en cuando el letrero de piedra que decía “Simón Bolívar, bienvenidos a Venezuela”.

Un indignado de 25 años o menos y manos largas y duras armadas con uñas filosas, como dicen en la televisión acerca de los negros, arrojó al suelo 10 dólares en cambio porque para él eso no tenía valor. No teníamos billetes más pequeños, nosotros, que íbamos apenas abriéndonos los ojos, asustados luego de un viaje por 7 horas entre farsantes franceses y norteamericanos entumecidos provenientes de Los Ángeles o de algún lugar de la ciudad de México.

Las noticas narraban catástrofes globales y hasta la caída de un peso tenía en ese avión consecuencias bursátiles, alas doradas de muerte y petróleo para Venezuela y quizás México y Ucrania en el 2014.

Porque en ese avión nadie hablaba sobre el clima o el partido entre el Milan y el Real Madrid. Nadie se fijaba en las nubes como castillos que afuera se ennegrecían por el paso de las horas o llamaba a la azafata para pedir un vaso con agua, un tónic templado para el aterrizaje.

Nada. Panamá estaba debajo, brillante su canal de aguas negras porque esa maravilla del ingenio es un pedazo de mierda escarbada tierra adentro, apestando a petróleo.

Allí bajaron los franceses teléfono en mano, empleados de AT & T que por entonces era una empresa importante y se perdieron en el miasma negro de las pistas del Tocumen, con el código IATA: PTY, código OACI: MPTO y que tenía la estatua gigante de un indio guerrero como emblema.

El sudor agrio de la cocaína, en todo caso colombiana, vaporizaba las puertas, las ventanas y el sándwich se deslizaba plástico por el estómago de Selene, agarrada con sus manos a mis manos y a su ropa de lino comprada para el calor.

No me interesa que en Ucrania se maten por televisión o en Toluca abran agujeros para enterrar ejecutados. Caracas era el canto epiléptico de un ave enferma aunque llenó de amor los ojos de mi esposa, que no preguntaba si habíamos llegado ni a dónde nos dirigíamos, que miraba por la ventana los negros borrones de una carretera que me traspasaba la boca.

Nadie en Caracas hablaba español pero llovía con seriedad, con ese aspecto duro que tienen los temporales cuando alguien muere en vísperas de una fiesta, una operación cancerígena la sola espera de noticias.

La bandera ondeaba en todas partes como el lecho marino de la muerte y una tromba de mulatos comía panes en la playa, recargados en condominios de acero y cristal como torres protectoras para visitantes distinguidos.

No había nadie en las calles y pagamos 80 dólares por 4 horas de sueño en un hotel para familias de clase media, con alberca y agua caliente pero sin comida para nadie (una mariposa se mete a la oficina. Las ventanas abiertas no mitigan el calor y parece el distrito de Chacao. Se acerca como un barco y adormece su aleteo el paso de los autos, las voces albañiles y mi propia, inútil queja que recorre la sangre, mi epilepsia voluntaria).

Selene golpea el piso con la punta de su pie y se asusta cuando abre la puerta del baño y observa la taza rota, la regadera desprendida de la base y el agua caliente escurriendo en el lavabo. La ventana mira un edificio donde algunos escuchan programas de santería y magia negra y ríen con botellas en la mano. Afuera hay un club nocturno y las putas y sus padrotes esperan clientes como pasa en mi ciudad. Algunos extranjeros salen con mujeres y abordan el taxi, el mismo que nos llevó al hotel y que manejaba una anciana de 40 años de pelo crespo, cigarro en mano. Dijo que nos cuidáramos de la gente negra, negra ella misma en su taxi amarillo o blanco o verde, nunca lo recordaré, aunque dimos con ella tantas vueltas.

Fue el único auto que usamos en Caracas. Yo no veía nada, yo nunca vi nada, sólo a Selene, asustada y dolorida y la bandera de Venezuela, cementerio azul agitándose contra edificios sobre plazas públicas entre los taxis y los negros, que aventaban limones a los comensales en restoranes al aire libre.

Hoy en la casa, a la unacatorce de la tarde los cables se agitan, las compresoras hienden, los albañiles cargan, mi hermano trabaja… era tan pequeño cuando yo estaba en Venezuela y miraba a Selene metida en el mar como un charco apenas benévolo con las gentes de la montaña y los peces pasando entre sus pies (la ropa lavada escurre y el viento escupe agua hasta la ventana donde estoy. Esta vez los árboles, las barítonas voces y sus reglas milimétricas modifican la casa, cubo encementado que ahora cortan las sierras en el mármol, las trabes aceradas).

 

Ella caminaba en Caracas como llevada por el viento y miraba el Metro para extranjeros, los camiones llenos de brujas y nahuales y el mercado que vendía las tarjetas de beisbol.

Llevaba diez mil dólares en sus calcetas cuando regresamos a México. Ni siquiera me fijé en el nombre de las calles pero aún puedo recordar las estaciones de Gato Negro y Caño Amarillo y el sol de Caracas en la cara de Selene, deslumbrada porque sí en una ciudad que no podía gustarle porque ella no la había escogido.

Y allí, en esa negrura como el mar en la noche que llegamos, Caracas escupió las verdades razonables del esclavo. Nosotros nos morimos porque nos matan o vivimos porque nos dejan, comemos lo que podemos y nos queremos ir para siempre. Estamos contra todo, contra nosotros también y no sabemos sonreír.

Y Venezuela es una eternidad desmenuzada en trozos de Venezuela.

 

II

San Francisco arrasado por la bomba atómica, agria manzana de ladrillos, ni siquiera escucha el motor, el constante latido-corazón, las arterias de los cuerpos destapadas, liberadas por influjos mayúsculos de magos orates y estrellas del futbol.

Enteras estepas de nieve se convierten pronto en lapislázuli de terribles agentes asidos a la larga cabellera del no-muerto detrás del mostrador, donde alguien se inyecta y busca el libro que hasta ayer le parecía magnífico, imposible, y despaginado lo abre en el trance moribundo, miasma sanguínea de 240 mil muertos mexicanos y 240 mil fosas clandestinas y sus cruces narcocatólicas, guadalupanas, un rumor del viento solamente la tristeza.

Nada. Calle abajo los autos infectan avenidas atomizadas, aullantes sombras poémicas sobre el cuerpo destrozado de James Dean en la carretera. Escupen sus ráfagas en Visitacion Avenue, cosmódromo reticulado, kármico espejo del bien y el imperio de las minorías.

Nadie está libre del destino escrito en itálicas a 12 puntos en las revistas mensuales de Cosmo y Vogue, editadas en torno al ojo reptiloide de las mentiras verdaderas y que imprimen el seguro del desempleo en cupones accesibles de la página 78.

Y esas vistas, esas calles onduladas sobre el signo de la ese y el “cuidado con el perro” nos alcanzan hasta en el sillón orinado y la niña de 15 años desnuda en las vitrinas, a la manera de Europa.

Arriba, el Capitán América patrulla el cielo montado en helicópteros de la Blackwater que eventualmente desembarcarán en Crimea para resolver con un solo golpe petroquímico las consecuencias de una mentira televisada, editada en Adobe y After Effects. Los grupos de apoyo se disuelven mezclados con anfetaminas del mercado negro y la nafta mexicana fluye en las entrañas de la city, oleaginosa, dadora de vida.

Observa el libro y aúlla, luego la jeringa cae y la aguja quebrada encaja las últimas gotas en el piso de madera.

¿Esto es todo? ¿El ojo putrefacto del dios anfetamínico, la paz del Buda y sus esbirros, una cita por Facebook con rosas virtuales y mapas de Google de ubicación inmediata?

La noche americana me acompaña en el café de la tarde y me da las armas para enfrentar la desazón. No quiero dinero aunque sea todo lo que necesite y por 50 pesos me ofrecen terapia y música para gritar.

El yonki se desmaya sobre la taza del baño y alguien que lo mira lo empuja cuidadosamente con la punta del pie para abrir la puerta. El espejo es el verde reflejo del silencio, la paz a 15 dólares con impuestos más jeringas y cigarrillos.

San Francisco es el basurero enorme de la paz.

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