Los amos de la mafia sindical

* “Los protagonistas de esta particular gerontocracia mexicana, anclados en la impunidad o en el sindicalismo más retrógrado y oscuro están enquistados casi en todos los sectores y se reproducen fielmente en los estados. Aunque en algunas ocasiones se ha puesto en peligro la seguridad de los charros, sus nombres son de uso común: Víctor Flores Morales, Francisco Hernández Juárez, Juan Díaz de la Torre, Napoleón Gómez Urrutia, Joel Ayala Almeida, Carlos Romero Deschamps, Joaquín Gamboa Pascoe, Víctor Fuentes del Villar y Agustín Rodríguez Fuentes”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro del mismo nombre, “Los amos de la mafia sindical”, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Los “grandes” líderes sindicales de México son lo que parecen y lo que aparentan: viejos dictadores, caciques depredadores, el club de la eternidad; una relación perversa con el poder les ha permitido forjar una gerontocracia tan profundamente antidemocrática que se han convertido en representantes emblemáticos del régimen antiguo; no admiten la crítica ni ejercen la autocrítica, son adaptables a cualquier escenario, situación o ideología y un despotismo ilustrado caracteriza su comportamiento. Empero, el fraude radica no en engañar a sus representados, sino en que han traicionado sus principios. Sólo la muerte o la cárcel es capaz de arrancarles su liderazgo.

Como gestores económicos y sociales, la gran mayoría se han revelado como un desastre. Se limitan a presentar demandas y aceptar lo que les quieran dar. Por ellos, en México parece practicarse una sola política laboral: abundancia para unos cuantos, pobreza para los más; su éxito se basa en la capacidad para mostrar docilidad al presidente de la República, complacer a los empresarios y contener a los trabajadores, mantenerlos en un ejército cautivo y temeroso, utilizando todo tipo de artimañas gangsteriles o métodos “sugestivos” como la cláusula de exclusión, la lista negra y la manipulación de estatutos, autorizando su reelección “por esta única vez”, cuando se proclaman dirigentes vitalicios, líderes a perpetuidad.

A cambio, el gobierno se hace de la vista gorda, les mantiene sus prebendas, les permite usar a sus organizaciones para lograr aspiraciones personales y alcanzar poderío económico; nada trastoca su nivel de vida de ensueño ni el de sus descendientes. Mientras sus privilegiados hijos ven cómo engordan sus cuentas bancarias, aumentan sus joyas y ujieres, se divierten en el extranjero, y pueden estudiar en universidades de España, Gran Bretaña, Alemania o Estados Unidos, los hijos de los trabajadores, sus representados, enfrentan un magro porvenir. Si bien le va, éstos están condenados a vivir en “palomeras” del Infonavit; aquellos en Polanco, cuando mal les va, El Pedregal, Miami o Lomas de Chapultepec.

Los protagonistas de esta particular gerontocracia mexicana, anclados en la impunidad o en el sindicalismo más retrógrado y oscuro están enquistados casi en todos los sectores y se reproducen fielmente en los estados. Aunque en algunas ocasiones se ha puesto en peligro la seguridad de los charros, sus nombres son de uso común: Víctor Flores Morales, Francisco Hernández Juárez, Juan Díaz de la Torre, Napoleón Gómez Urrutia, Joel Ayala Almeida, Carlos Romero Deschamps, Joaquín Gamboa Pascoe, Víctor Fuentes del Villar y Agustín Rodríguez Fuentes.

A la par de estos, menos conocidos, hay otros iguales, Armando Neyra Chávez, Fernando Rivas Aguilar, Miguel Ángel Yudico Colín, Rafael Riva Palacio Pontones, Patricio Flores Sandoval, Enrique Aguilar Borrego, Patricio Flores Sandoval, Gilberto Muñoz Mosqueda, Fernando Espino Arévalo, Antonio Reyes, Miguel Ángel Palomera, Eduardo Rivas Aguilar y Francisco Vega Hernández.

Para ellos es letra muerta el “sufragio efectivo no reelección”. Todos han seguido la “escuela” que impusieron personajes de negro historial: Elba Esther Gordillo Morales, Fidel Velázquez Sánchez, Joaquín Hernández Galicia, Carlos Jonguitud Barrios, Salustio Salgado Guzmán, Luis Gómez Zepeda, Napoleón Gómez Sada, Nezahualcóyotl de la Vega García, Venustiano Reyes —Venus Rey—, Leonardo Rodríguez Alcaine o Luis Napoleón Morones Negrete.

Muñoz Mosqueda, para ejemplificar, del Sindicato de Trabajadores de la Industria Química, tiene 36 años en el poder; Rivas Aguilar, también 36 en la industria del plástico; Reyes no se queda atrás, 36 como mandamás de los trabajadores de Fonacot, y Riva Palacio cumplirá un tiempo similar en el gremio del Infonavit; Yudico Colín, líder de transportistas, no puede contar tantos años, pero sí dos decenas, los mismos que Rivas Aguilar.

Hay líderes invisibles. Ese es el caso del mexiquense Armando Neyra Chávez en la sección 12 del Sindicato de Trabajadores de la Industria Embotelladora (STIE) de la CTM. Nadie quiere recordar cuántas reelecciones lleva. En 1970 llegó a la Secretaría General y, desde entonces, una reelección tras otra.

Otros son más visibles. Joel Ayala Almeida es un mexicano conocido en los casinos de Las Vegas. Desde joven, este líder de los burócratas federales, a través de la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE) desarrolló un gusto excepcional por los pura sangre. Se le ha llegado a contar la propiedad de ocho caballos. Sobre su vida sindical, los cronistas y sus enemigos afirman que es de poderío, “traición, intrigas o corrupción” y que, ya para mediados de la década de 2000, acumulaba una fortuna cercana a 15 millones de dólares. Con mano férrea, mantiene desde 1977 su carrera, que consolidó como secretario general del Sindicato de la Secretaría de Salud. Ha sido diputado federal dos veces y senador en tres ocasiones.

Para recordar su ascenso a la presidencia del Congreso del Trabajo, el cetemista Joaquín Gamboa Pascoe usó un reloj de producción limitada en oro amarillo y movimiento cronógrafo, valuado en unos 70 mil dólares. Notorio fue desde el echeverriato, pero en 1988 quedó grabado, para siempre, en la mente de un puñado de periodistas cuando les dijo, clarito: “a mí nunca me verán con huaraches”.

En los estados no se quedan atrás, basta revisar nombres como los del prominente ganadero veracruzano Pascual Lagunes Ochoa, de Tubos y Acero de México (TAMSA), quien, demandas al margen, supera 23 años como secretario general del sindicato de esa empresa; en cuanto a los señalamientos sobre sus valiosas joyas, caballos pura sangre, y ranchos, entre otros, insiste que la riqueza parte de una herencia familiar y de su honrado trabajo como abogado.

Una nota de El Dictamen de Veracruz en octubre de 2012 da cuenta de su personalidad: “La primera vez que fue encarcelado en el (ex) penal Ignacio Allende fue de 1971 a 1979, involucrado en el homicidio de un trabajador; la segunda, tres meses, por el delito de  fraude durante la administración (gubernatorial) de Dante Delgado y la tercera, en 1990, por sedición, motín y daños contra TAMSA”. Nada le hace mella, ni las acusaciones sobre la desaparición de un fondo de 425 millones para jubilaciones. Pascual se siente libre de culpa, porque el dinero se multiplica con una buena administración.

Pero también pueden mencionarse Reynaldo Garza Elizondo, de las maquiladoras de Reynosa, del papel de Edmundo García Román en la Federación de Trabajadores de Tamaulipas; Tereso Medina Ramírez, conocido mejor como “El Charro” Medina, amo sindical de la CTM en el estado de Coahuila, quien en una década se enriqueció gracias al campo, dicen sus hombres de confianza; de Eligio Valencia Roque, que levantó el imperio cetemista en Baja California; de Jorge Doroteo Zapata, en Chihuahua, o de Silvino Fernández López, quien cumple casi tres décadas al frente del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Radio y la Televisión (STIRT) en Yucatán. Tela hay de dónde cortar.

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