Con los tenis por delante

* “La relación perversa con los grupos de poder ha permitido que los líderes sindicales hagan, por más inapropiada que parezca, ostentación pública de su gran fortuna personal: joyas deslumbrantes, inalcanzables hasta para los sueños de un trabajador, automóviles último modelo, de colección, residencias en exclusivos barrios de la ciudad de México, en zonas turísticas nacionales y el extranjero, o cuenten, cual hazaña deportiva, cómo recibían gruesos fajos de billetes, del gobierno, para gastar en Washington”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amo de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

Francisco Cruz Jiménez
Mención aparte merece el extinto Jesús Díaz de León, progenitor de la palabra que los hace tener algo en común, los une, les da identidad o los califica: charro, para designar a un líder corrupto, controlado por el gobierno y proclive a beneficiar, por las buenas y las males, a los patrones. En su oportunidad, Díaz de León, a quien le gustaba encabezar, vestido de charro, las sesiones formales de su Comité Ejecutivo, “vendió” o entregó, el combativo sindicato ferrocarrilero al presidente Miguel Alemán Valdés. El charrazo, el charrismo y los charrazos se hicieron parte del paisaje cotidiano sindical. Como quiera, el prototipo de charro no es él, sino Velázquez Sánchez, quien, por 70 años, prohijó la formación de charros en cada una de las entidades del país, incluido el Distrito Federal.
En 1986, cuando preparaba su octava reelección, muy respetuosos los periodistas preguntaron a Fidel Velázquez:
– ¿Cuándo se va, don Fidel?
La respuesta no sorprendió a ninguno:
– A mí me van a sacar de la CTM con los tenis por delante. Sus palabras fueron proféticas: 11 años después, a los 97años de edad, salió en su féretro. Fue líder sindical hasta el último minuto del 21 de junio de 1997. Nadie lo derrotó. Lidió y sobrevivió once sexenios; once presidente de la República tuvieron que lidiar con él. Puso el ejemplo.
Lo mismo le pasó a Enrique Aguilar Borrego. Veintidós años estuvo al frente de la Federación Nacional de Sindicatos Bancarios (Fenasib), que agrupa a unos 70 mil de los casi 150 mil empleados que tiene el sector bancario en el país. De la mano del PRI y gracias a su cargo, fue diputado federal y presidente del Congreso del Trabajo. Sólo la muerte logró arrancarlo de la dirigencia. El 15 de junio de 2009, cuando comía con su familia, murió de un infarto. Tenía 60 años de edad.
Acostumbrado a ese mundo, también un compendio de traiciones y venganzas, el tlaxcalteca Alberto Juárez Blancas no hizo aquella promesa de Fidel, pero como si la hubiera hecho, sólo la muerte fue capaz de arrebatarle el liderazgo de la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC). Para evitarse complicaciones, en 1975 se hizo nombrar presidente ejecutivo de esa organización. Víctima de un paro cardiaco, luego de permanecer más de 12 meses en estado de coma, murió la madrugada el jueves 27 de octubre de 2005, a los 98 años de edad. Hasta ese momento, Juárez Blancas retenía el liderazgo vitalicio de su organización.
Incuestionable su lealtad al PRI, en 2000 se sumó a la fila de dirigentes sumisos al Partido Acción Nacional (PAN). Para congratularse con el nuevo mandatario, fustigó a los “tiburones” del sector obrero que se han enriquecido a costa de los trabajadores”. Exigió castigara esos personajes, se mordió la lengua o escupió para arriba y se curó en salud: “Mis bienes y propiedades son resultado de trabajo honesto. Estoy de acuerdo en que los funcionarios corruptos y los peces gordos sean investigados. Yo no llego ni a charal”.
Y en noviembre de 2002, mostró de nuevo se incuestionable lealtad, a Vicente Fox: “Jamás los he obligado —a los trabajadores croquistas— a votar por el PRI, porque tengo el concepto de que todos los políticos sólo utilizan a los obreros para ganar votos y cuando llegan al poder ni nos conocen. No tienen por qué ser fieles al PRI, pues este sólo cuando hay fiestas nos repica las campanas y nos invita”.
De pasadita, sus pares le recordaron al “charal” que vivía de las cuotas emanadas de la segunda central obrera más grande de México, cuyo poder se extendía sobre 4.5 millones de trabajadores aglutinados en 4 mil 500 sindicatos federales y locales, así como de por lo menos 18 mil contratos colectivos de trabajo.
Eternizados en el cargos, los “favores” personales que piden les son otorgados con proverbial generosidad y forman parte de la picaresca política mexicana porque, aunque en ocasiones no lo parezca, su palabra puede convertirse en un arma capaz de propiciar el deterioro de las instituciones, incluida la Presidencia de la República; hasta ahora, ninguno ha osado abrir la boca, ni los caídos en desgracia. Todos han aguantado la humillación, el escándalo, las intrigas y el descrédito; la mayoría se ha comportado como si fueran los peores enemigos de sus agremiados. Los trabajadores son una especie de vaca lechera que se puede ordeñar a cualquier hora y la autonomía sindical una bandera prostituida que les permite acaparar fortuna y escalar posiciones políticas.
La relación perversa con los grupos de poder ha permitido que los líderes sindicales hagan, por más inapropiada que parezca, ostentación pública de su gran fortuna personal: joyas deslumbrantes, inalcanzables hasta para los sueños de un trabajador, automóviles último modelo, de colección, residencias en exclusivos barrios de la ciudad de México, en zonas turísticas nacionales y el extranjero, o cuenten, cual hazaña deportiva, cómo recibían gruesos fajos de billetes, del gobierno, para gastar en Washington.
¿Qué son necesarios los sindicatos? Los líderes lo saben, como saben todos que tienen un problema de imagen, pero parece no importarles. El derroche sólo es limitado por la imaginación. Gastan cual príncipes europeos o los “magnates” que son. Por ejemplo, la humilde profesora Elba Esther Gordillo Morales, quien llegó a humillar a secretarios de Estado, gobernadores y candidatos presidenciales, abrió 80 cuentas bancarias, se hizo de 70 propiedades, pero destacan sus espectaculares mansiones en Polanco y San Diego, frente al mar que, en conjunto, superan valuaciones de 10 millones de dólares.
A Víctor Flores, cuyo ascenso se le notó usando, cada vez más, zapatos, camisas y trajes más finos, es frecuente verlo con un reloj de oro, de 50 mil dólares, en la muñeca de su brazo derecho; Napoleón Gómez Urrutia se hizo construir una casa de descanso en la punta del cerro El Tepozteco, de 28 mil metros cuadrados —la napoleónica— valuada en 4 millones de dólares; y famosos eran los anillos de piedras preciosas —uno para cada dedo de cada una de las manos— de Morones, quizás el líder más poderoso que ha tenido México, secretario de Comunicaciones en el gabinete de Plutarco Elías Calles, el Jefe máximo de la Revolución.
En marzo de 2013, el periodista Julio Aguilar escribió: “desde Morones, la bonanza de los líderes puede apreciarse como en catálogo. […] De la prudencia del longevo Fidel Velázquez, quien evitó mostrar su prosperidad ante varias generaciones de mexicanos durante el siglo XX, al desenfrenado exhibicionismo de Elba Esther, una fashion victim en eternas compras compulsivas. Pero incluso al cauto líder histórico de la CTM hoy puede documentársele al menos una mínima parte de un patrimonio difícilmente explicable dado su modesto origen campesino y su prolongado empleo como líder obrero en un país con pobreza ancestral: vivía en una bonita residencia en las Lomas de Chapultepec”.
El extraordinario boom financiero de los dirigentes sindicales mexicanos se ha documentado paso a paso. El caso de los petroleros es emblemático: a Carlos Romero Deschamps se le ha visto dar la hora en relojes Rolex y AudermarsPiguet, cuyo precio oscila entre 50 mil y 200 mil dólares. Como los demás dirigentes, tiene una obsesión especial por los bienes raíces: su “casita” en el bulevar Kukulcán, en Cancún, tiene un valor cercano al millón y medio de dólares en el mercado inmobiliario mexicano.
Sus hijos Carlos y Paulina representan la imagen más acabada de la opulencia, el derroche y el exceso: él manejando un Ferrari Enzo; ella, paseando en lujoso yates y aviones privados. En 2011, Romero Deschamps recibió 282 millones de pesos por concepto de “ayudas al comité ejecutivo” del sindicato, y 200 millones de cuotas sindicales.

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