El nuevo cine mexicano

* El Crimen del Cácaro Gumaro es nada más un retrato en fotochop del México lindo y qué herido, hermoseado por el trasero de Ana de la Reguera, quien por otra parte desarrolla ejemplarmente su personaje de femme fatale de pacotilla. La cinta es una especie de recopilación de filmaciones nacionales y toma como fondo de batallas al cine Linterna Mújica, desadaptación perversa pero enjundiosa de aquel Cinema Paradiso, tan tierno y tardío en la vida de algunos.

Miguel Alvarado
Bueno, tampoco hay nuevo cine mexicano. Lo que hay es lo vemos y nada más. Mexicano como género no existe en las actividades realizadas por por gringos, guatemaltecos o los de Cuautitlán Izcalli. Tampoco hay la tan manida mexicanidad o el amor a la camiseta, que se traduce por apoyar las ilusorias capacidades deportivas de la selección nacional de futbol, para empezar. Ya después, por inercia televisiva, aquel concepto se aplica hasta para comerse la sopa desabrida de la querida mamá.
Entonces, no se puede juzgar al Güiri-Güiri por hacer su película con apoyo oficial y toda la cosa, porque sería no ponerse la camiseta. Andrés Bustamante esperó y esperó y esperó para hacer su proyecto. Además el trabajo, una farsa al estilo de Tarantino, pero en pesos mexicanos, cumple el cometido de hacer reír. Uno diría que también Eugenio Derbez roba una sonrisa o el mismo Chómpiras y los habitantes del inframundo chespiriano. Pues sí, pus sí, ni modo que qué.
Bustamante es buen cómico, adaptado desde El Hijo del Cuervo y la televisión para sobrevivir en proyectos extraños, achilangados y joseramonfernandescos, pero ingeniosos y toda la cosa, pasando siempre por el escenario del bajo presupuesto y la chispa intelectualona. “El Crimen del Cácaro Gumero” es imposible. Allí donde nadie pensó que hasta Chabelo encontraría su nicho, es posible verlo tripulando un Mazinger-Z modelo Xochimilco para darle en la torre a la retorcida figura del crítico de cine de arte o de lo que sea.
De pronto el pueblo de Güemes, donde se desarrolla la historia, es testigo del más bizarro jurado para un festival de películas, organizado por el doctor Cuino, alter ego de Bustamante. De inmediato recuerda cualquier foro de TV y Novelas y sus absurdas luminarias. O los Óscar, ilusión premiada que generan miles de millones de dólares a partir de la sublimación de un deseo absolutamente inútil, pero necesario hoy porque representa esas dos horas de sana diversión y esparcimiento a la que todo el mundo tiene derecho.
El Crimen del Cácaro Gumaro es nada más un retrato en fotochop del México lindo y qué herido, hermoseado por el trasero de Ana de la Reguera, quien por otra parte desarrolla ejemplarmente su personaje de femme fatale de pacotilla. La cinta es una especie de recopilación de filmaciones nacionales y toma como fondo de batallas al cine Linterna Mújica, desadaptación perversa pero enjundiosa de aquel Cinema Paradiso, tan tierno y tardío en la vida de algunos.
Hay una especie de halo que envuelve al espectador cuando ve tantos personajes. Como en Los Indestructibles, donde los fortachones y sesentones héroes de películas de acción gringa, cuando Chuck Norris arrasa todo un pueblo y limpia de malos él solito la calle de un bajo fondo croata o serbio, así es la apuesta del Cácaro Gumaro.
Porque qué necesidad de ver a Jorge Rivero hacerla de pajarero en el mercado de la localidad. O la inigualable presencia de Juanito, alias Rafael Acosta o al revés, aliado de López Obrador en alguna negritud electoral. La suma de chistes parece fácil, o lo fue para El Güiri-GÜiri, a quien sin embargo se le debe reconocer que ese rompecabezas en el que convirtió su trabajo encaja perfectamente en cualquier criterio, así como el desarrollo de sus personajes, que al mismo tiempo encarnan estereotipos como el de Pepe El Toro y que fueron sencillos.
El éxito económico de Eugenio Derbez obliga a la comparación con Bustamante. Pero Derbez, infantil y aprovechado, oportunista y autocomplaciente, no podría hacerlo peor. El gran descubrimiento del hijo pródigo de Televisa era aquel Sammy disléxico y explotado, según la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal que lo defendió del atroz cómico y la televisora, pero que nunca preguntó por su estado de salud. Sammy representó para el actor de Azcárraga el motivo fundamental de la barra de programas en los que aparecía. Nadie como él para hacer reír, que era lo fundamental, o en todo caso, indignar sanamente a las autoridades de la inservible Comisión.
A la creación del doctor Chunga no le faltaron ingredientes. Hasta supo que lo más inn en este momento son los zombies de Sahuayo y se dio el lujo de invitar a los moneros Jis y Trino para una escena de 35 segundos. Y si uno quisiera verse muy actual, preocupado y comprometido por los constantes michoacanazos o las metidas de pata del gobernador mexiquense Eruviel Ávila, no habría de qué preocuparse. Porque el drama o tragedia o montaje poco ortodoxo o farsa de la vida real de El Crimen… también aborda sus situaciones sociales. ¿Para qué darse golpes de pecho con el asunto de la piratería, a la que abonan también las empresas de cinematografía, actores e involucrados en general? Para Bustamante en un tema que bien vale la construcción de un barco pirata sobre un enorme camión sacado de Lola la Trailers Tres, que estaciona en la plaza principal de aquel pueblo y que ofrece los últimos estrenos clonados con la mayor calidad del mundo mundial.
La historia mexicana pasa revista en algunos segundos de un hecatómbico baile del Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo, que se echa un rap-tecno-banda para regocijo de quienes no estamos de acuerdo con la versión que nos presentó la escuela o los libros de Catón. Y es que Hidalgo rapeando no tiene precio y es como escuchar a Carlos Salinas decir que no mató a Colosio o a Peña Nieto pronunciar un discurseishon en puritito inglés.
Poco a poco al Güiri-Güri se le acomodan las escenas, aunque nunca encuentra virtuosismo -quizás porque nunca lo buscó- y si bien hay uno que otro bostezo, al cuento le salen alas, como a las palomas de Cinépolis.
La propia invasión zombie, resultado de la alimentación que hacen tragar a la población -palomitas, chescos, saldiuvas, jotdogs- y que termina en un ataque nuclear norteamericano es tan verídica como los diálogos entre un coronel del Pentágono y el malvado don Cuino. Finalmente, la devastación llega a Güemes a pesar de que todo está bajo control y el trasero de Anita se mantiene incólume, como la Suave Patria. Las noticias, leídas por Brozo, atribuyen la destrucción final a cualquier cosa, menos a la verdad sospechada. Y por allí una voz muy parecida a la de López Dóriga pregunta en alguna parte que why the rito?
Bustamante cae bien o mal. Y la película es buena y mala al mismo tiempo, eso no importa, luego de entender la trágica farsa del cine hecho en México por mexicanos con apellidos como Calva, Rojas, Ochoa, Del Castillo, Rojo y Corona y con estelares apariciones como las de Mascarita Sagrada (creo), Alfonso Zayas y el Polivoz sobreviviente, Eduardo Manzano. ¿Por qué todos actúan bien?, ¿por qué parece que saben actuar? Hasta Carmen Salinas y Kate, la hija de Érick, en sus 45 segundos de gloria, lo hacen de maravilla.
El Crimen del Cácaro Gumaro es una película imperdible (ay, güey) porque, entre otras cosas, le da un zape al chico Derbez, a quien nada más faltó invitarlo para tener el México referencial por el que los sesudos se pelean en describir todos los días.

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