Como Genaro Gatusso

* Pier Paolo se dedicaba a criticar una sociedad todavía más exhausta que la mexicana. La Italia sojuzgada y que iba a la guerra como si se tratara de un partido de fut, le daba la oportunidad. Para cualquier lado que volteara, encontraría excusas, buenos pretextos incluso nomás para ejercitar su pluma, su máquina de escribir.

 

Miguel Alvarado
Pasolini Pier Paolo me la pela. Los primeros años de la década de los 70, en el siglo pasado, Pasolini vapuleó a cuanto escritor se le cruzaba enfrente. No era nada más decir, hacerlo. Ponía toda una teoría cuántica en movimiento para justificar.
El italiano era toda una figura. Él mismo contradictorio, amante del futbol e hincha del Bolonia -¿quién le puede ir al Bolonia? Ni los de Bolonia- era sin embargo un hombre de convicción. Con su cara de defensa central al estilo de Franchino Baresi, el cineasta, poeta y novelista comunista fue retratado jugando al calcio en las barriadas romanas. Murió el 2 de noviembre de 1975 en un descampado de aquella ciudad, tal vez asesinado porque estaba en contra de todo y molestaba con la fuerza de la imagen, la palabra y “por homosexual, comunista y guarro”, dijo uno de sus asesinos sobre lo que sus compinches gritaron al masacrarlo a golpes. Pero sus fotos de futbolista son elocuentes. De traje riguroso, corre detrás de una pelota blanca mientras sus cuates, los jóvenes pobres le dejan hacer, sonrientes, alguna jugada de abuelo juventino.
El futbol y la lectura lo llevaron a comportarse como Genaro Gatusso pero con la elegancia de Gigi Riva. Su pataleo surtió siempre efecto, pues publicaba cotidianamente una sección de libros en el semanario Il Tempo. Madrazos terribles se llevaron de él las grandes figuras, incluidas las de héroes desarrapados como Eros Alesi y algunos latinoamericanos consagrados, a los que ni las moscas podían sobrevolar. De Alesi, un poeta de 20 años y símbolo de la rebeldía porque sí, Pasolini escribía, a propósito de una antología poética, que “todos los demás son irrelevantes, incluso Eros Alesi, del cual se presenta un mero y simple documento de vida (murió en el manicomio a los 20 años de edad, después de hacer un viaje a la India, drogadicto y con mala compañía de Piazza Bologna. Su padre era jockey y se emborrachaba y maltrataba a la madre. De aquí la acostumbrada tragedia que todos hemos vivido más o menos. Sólo que en estos años la moda ha querido que esta tragedia fuese intolerable y enfática, y ha pretendido soluciones extremas. No siento ninguna compasión particular por este desgraciado muchacho, débil e ignorante, que murió por la misma razón que se deja crecer la melena…)”.
No es que se le quite nada al Eros, pues sus 20 poemas y el viaje a la India quedarán por ahí, en plaquetas y para siempre, como una confesión de lo que pudo hacer, por ejemplo, el Rimbaud o el James Dean si se hubieran decidido a hacer alguna otra cosa. Claro, no podían hacer otra cosa.
Pasolini no era ingrato. Siempre endulzó sus palabras con un estilo de sobada y trancazo que equivale en estos tiempos, por decir algo, a la publicidad que mantiene a diarios y revistas ensartados en el tejemaneje de la subvención pública. O los discursos públicos de la Presidencia sobre el petróleo, la energía eléctrica y las reformas hacendarias. O los dueños de periódicos en Toluca, que publican gacetillas escritas en las oficinas de comunicación de las dependencias, las hacen pasar como información documentada y encima se hacen llamar periodistas.
Pero viéndolo bien, la verdad o al menos las certezas no sirven para nada. Esta Toluca de 34 grados centígrados a finales de marzo funciona muy bien desde la simulación y el precio aceptado de los limones como diamantes en bruto, con un gobernador, Eruviel Ávila, que pretende que la inseguridad es una situación temporal y promete resultados dos años después de asumir sus encargos. Todos la hemos padecido, ya de refilón o en carne propia. Pero la vida no se detiene, es el mensaje del priista, hay que seguir y confiar en que una administración pública equivalente a una especie de consorcio comercial privado, resuelva las cosas.
Pier Paolo se dedicaba a criticar una sociedad todavía más exhausta que la mexicana. La Italia sojuzgada y que iba a la guerra como si se tratara de un partido de fut, le daba la oportunidad. Para cualquier lado que volteara, encontraría excusas, buenos pretextos incluso nomás para ejercitar su pluma, su máquina de escribir.
Así, de Octavio Paz, también incluido en esa antología, apunta algunas pocas líneas, pero le rompe el esquema con la palabra “desilusiona”, y al genialísimo Gabo lo tacha, afortunado el colombiano, de simple guionista. “Otro lugar común (parece) es el de considerar una obra maestra “Cien Años de Soledad”, de Gabriel García Márquez, que acaban de reimprimir. Esto me parece simplemente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche del tradicional manierismo barroco latinoamericano, hecha como para los grandes estudios cinematográficos norteamericanos”. La deliciosa comedia continúa una página más y concluye que García ha debido convencer al jefe de la editorial para publicar su trabajo antes incluso de pensar en la obra literaria. Que así fue adaptándola. A Pasolini no se le escapó ese producto, cuyas correcciones realizaron los cuates de Márquez en la ciudad de México. Y estos cuates eran casi todos publicistas, en todo caso escritores metidos de publicistas. Gabriel tuvo el atino de hacerles caso.
Ahora que todas las autoridades conmemoran el natalicio de Benito Juárez y que se pasa revisión a al asesinato del priista que viera un México con hambre y con sed de justicia, Luis Donaldo Colosio, parece que hemos perdido lo mejor de cada uno de nosotros. Luego cae el veinte. Colosio no pudo ser el mejor hombre, ni siquiera uno medianamente destacado. Su asesinato lo convirtió en mártir porque así lo decidieron sus asesinos, pero no había tal compromiso social, intelectual. De todas maneras nunca lo sabremos y ya no es importante sino como antecedente del nadie hace nada. De Juárez queda más el recuerdo de aquella estatua que un alcalde mandó pintar de verde para que se pareciera al Increíble Hulk que el legado político del oaxaqueño. ¿Legado político? ¿De verdad? ¿A 200 años? Bueno, Juárez es incólume, por decirlo de alguna manera. La memoria se evapora en cinco minutos, lo que tarda el refresh del facebook en cambiar los contenidos, porque vacíos y todo, pero contenidos.
Pasolini fue muerto porque usó la palabra y la imagen para perpetuar sus convicciones, erróneas o no. Nadie mata a los del gobierno federal, por ejemplo, cuando publican sus comerciales sobre Pemex. Y si los matan, son ellos mismos.
Italiano y todo, Pasolini es una figura universal a pesar del Bolonia y sus viejos baggios. Tuvo el atino de procurarse editoriales y casa fílmica. En México habría sido otra cosa. Esclavos casi todos, metidos sin saber, sin querer, en simples esquemas sociales que determinan el rol, los mexicanos aceptamos todo, hasta a Pasolini. El panorama es sobrecogedor y no es necesario obtener información de alta clasificación para enterarse. Basta recorrer una calle, la que sea, y abrir los ojos. Las rejas invisibles de Pasolini aplican lo mismo para nosotros. Pobrecitos encadenados.
El libro que recoge las columnas periodísticas de Pasolini se llama Descripciones de Descripciones, editado por Conaculta y traducido por Guillermo Fernández, otro poeta asesinado, éste en Toluca, por no se sabe qué y no se sabe quién o quiénes. Esto lo debe el gobierno de Ávila.
Y Pier Paolo Pasolini no me la pela. Casi, pero no.

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