La cueva de Alí Babá

* Con él, con Gómez Z, comienza la historia que rige el presente del movimiento ferrocarrilero, con él también se fincan los procedimientos, fraudes y malversaciones que incidirían y decidirían su futuro y el futuro de un sindicato histórico y revolucionarios, hasta casi su extinción, con Víctor Félix Flores Morales, mejor conocido como Víctor Flores.

Francisco Cruz Jiménez
Los sindicatos aparecen, en papel, como asociaciones que tienen por misión defender los derechos del trabajador. El diccionario de la Real Academia Española lo define con claridad: “Asociación de trabajadores constituida para la defensa y promoción de intereses profesionales, económicos o sociales de sus miembros”.
Los amos de la mafia sindical rescata diez historia de larga duración que muestran no sólo a los diez dirigente más poderosos del país, sino las perversiones y deformaciones de una burocracia sindical que se queda con la enorme fortuna de las cuotas de sus agremiados sobre las cuales no hay transparencia ni control, una elite que ha hecho del sindicalismo mexicano un lastre para la sociedad.
Como todas las buenas historias alrededor del sindicalismo en México, la de Ferrocarriles empieza mucho antes de la llegada del charro sumiso Víctor Félix Flores Morales; comienza ésta con una lucha y un hombre fiero y de principios que la encabeza. Su nombre: Demetrio Vallejo Martínez, memoria viva y uno de los máximos símbolos de la lucha obrera por la reivindicación del sindicalismo independiente; un oaxaqueño altivo, indoblegable hombre de hierro que en junio de 1958 llegó a la Secretaría Nacional. No hubo ni una duda, ni protesta: 56 mil votos contra nueve de Salvador Quiroz —aunque en algunos registros aparece también el nombre de José María Lara—, impulsado por la Secretaría del Trabajo.
Por añadidura, se le otorgó la Presidencia de la Gran Comisión pro Aumento de Salarios del gremio. Vallejo tenía una comprensión intuitiva de los problemas de sus compañeros y era dueño de una impresionante perspicacia y astucia. Su movimiento rescataba las líneas que, desde su fundación el 13 de enero de 1933, había establecido el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM), cuando contaba entre sus filas con 35 mil trabajadores: “Eliminar los obstáculos que dificulten el progreso y la consecución del poder para los trabajadores”. Vallejo era congruente. Desafió a los presidentes Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos. Entre finales de marzo y principios de abril de 1959 estuvo a la cabeza de la huelga histórica de los rieleros.
Con el líder campesino morelense Rubén Jaramillo Némez, estaba en los primeros lugares de los personajes que López Mateos quería eliminar desde que empezó su administración el 1 de diciembre de 1958. Pero ni éste ni su antecesor, Ruiz Cortines, encontraron la fórmula para acabar con la popularidad de Vallejo y Jaramillo. La hostilidad y persecución contra el primero empeoraron con aquel paro del 59. La represión dejó un saldo de al menos 3 mil trabajadores detenidos en todo el país, entre ellos Vallejo, Hugo Ponce de León y Alberto Lumbreras. Luego se les se sumaría otro histórico luchador, Valentín Campa Salazar.
El vallejismo venció al miedo, marcó para siempre las luchas del siglo XX, unificó a trabajadores de todo el país, involucró a sectores de la sociedad que no tenían relación con los ferrocarrileros y resistió los embates del gobierno, pero el ejército le respondería con la tortura y otras medidas salvajes: de los 3 mil detenidos, 800 lo fueron por largos periodos, 150 fueron acusados de ser agitadores comunistas y al menos 500 fueron a juicio. El encarcelamiento de Vallejo se dio a través del alegato de imaginarios delitos contra la República: sabotaje y disolución social. Casi 12 años lo mantuvieron en prisión—allí en el Palacio Negro de Lecumberri, la cárcel más infame de México—, pero también tras las rejas desafío a la Presidencia de la República. Lo encarcelaron, pero no lo doblegaron.
Sin embargo, su encarcelamiento fue un golpe brutal para el sindicalismo obrero. Como primera medida de control el gobierno lopezmateísta impuso a los ferrocarrileros el liderazgo dócil de Alfredo A. Fabela hasta 1962. Ese año, a través del golpeador y represor chiapaneco Salomón González Blanco —desde su despacho mayor en la Secretaría del Trabajo—, el presidente López Mateos apretó las tuercas todavía más y llevó a la Secretaría Nacional del sindicato a un charro mayor, quien alguna vez intentó navegar con la bandera de democrático: Luis Gómez Zepeda o Luis Gómez Z, como le gustaba ser llamado.
Corrompiendo y corrompido, éste se quedaría allí hasta 1968 y mantendría el control de la organización hasta 1992 a través de sus marionetas José C. Romero Flores, Mariano Villanueva Molina, Tomás Rangel Perales, Jesús Martínez Gortari, Faustino Alba Zavala, Jorge Oropeza Vázquez, Jorge Peralta Vargas y Lorenzo Duarte García. Y con él, con Gómez Z, comienza la historia que rige el presente del movimiento ferrocarrilero, con él también se fincan los procedimientos, fraudes y malversaciones que incidirían y decidirían su futuro y el futuro de un sindicato histórico y revolucionarios, hasta casi su extinción, con Víctor Félix Flores Morales, mejor conocido como Víctor Flores.
Ajustado a los intereses del charrismo sindical y a la desproporcionada repartición de la riqueza —a manos llenas para líderes, y mendrugos para el trabajador—, el nombre de Víctor Flores está rodeado por secretos a voces, referencias de abuso, insinuaciones sobre crímenes, denuncias públicas de corrupción, compra de periodistas y gangsterismo. Su imagen como líder del sindicato ferrocarrilero ha quedado detenida en los vericuetos del poder y una maraña de complicidades; en términos rieleros, sortea el camino de tierra fangosa, cascajo, durmientes apolillados y residuos de cualquier abandonado taller de trenes. Muchos desean acabar con el reinado de este viejo bailarín, maestro de vals, que forjó su ascenso al más puro estilo priista y lo robusteció durante el gobierno de los panistas Vicente Fox Quesada y Felipe de Jesús Hinojosa, pero nadie se atreve a hacerlo.

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