Un salto a otra realidad

 

 

 

* Pasen y compren: todo está cuidadosamente envuelto en polvo.

La catástrofe geológica se espera jugando: origen del arte, que es un hacer burlas con la muerte.

Alfonso Reyes, El Ensayo Mexicano Moderno. FCE, México 1958.

 

 

Selene Hernández León

Nunca está de más recurrir a la historia de las cosas, de la gente. El Carmen Totoltepec es un poblado en los límites de la ciudad de Toluca y Metepec por su parte del puente Pilares.

Son escasos los servicios con los que cuenta esta población. Y esto es evidente en uno de sus accesos, por el lado de la carretera México-Toluca, donde con todo descaro muestra sus vísceras abiertas un desagüe, que en pleno festejo por ser día de plaza, regala a los transeúntes su mayor orgullo: un olor nauseabundo y restos fecales.

Esta localidad se encuentra dentro del corredor industrial de Toluca, y sus calles hacen alto contraste con todos los servicios con que sí cuentan, la empresa cervecera que patrocina a los diablos rojos del Toluca, y el resto alrededor.

Pocos servicios pero mucho ingenio. Cada semana se inaugura el local de algún micro-micro empresario. Gorditas, discos, papel higiénico sin marca, tarjetas de pokemón y del juego de moda.

Cada miércoles, sábado y domingo cientos de locatarios rentan el gigantesco predio que sirve de marco a este mercado de objetos de segunda mano, llamado la pulga.

Cosas que han saltado de mano en mano hasta caer en desuso. Ropa, zapatos, historias. Incluso nombres de personas. En la primera página de algunos libros que se venden allí, puede encontrar, por cinco pesos, al dueño o coleccionista de títulos en francés, italiano, español e inglés. Una galería de versiones.

Y del dueño ¿qué habrá sido? Habrá muerto y los familiares han tirado por la ventana todo aquello que le fue tan caro en vida. Eso imaginamos, mientras se recorren los desaliñados pasillos del zoco en una búsqueda certera por el objeto a rescatar.

Casas completas parecer haber sido saqueadas con el sólo fin del deleite de aquellos quienes gustan de hurgar la intimidad de otro.

Mitades por mitad. Pero nunca en precio. Aquí es posible encontrar cosas usadas al mismo costo público que novedades en tiendas de departamento, pero con un aderezo exclusivo: polvo a prueba de infidelidades.

Con cada cambio de clima –tantos y tan drásticos al día en Toluca- el viaje apresurado de estos objetos en camionetas destartaladas de vuelta a su casa temporal, acendra de manera perfecta su aspecto de abandono.

Un microcosmos de polvo y viento, de plástico usado y herramientas de jardinería. Quien encuentra una botella de buen vino se abstiene de comprarla. No sea que en vez del gusto se incendie el intestino o quede sin ojos para reclamarle a quien se la vendió.

Tesoros con pátina de olvido y la posibilidad abierta de reencontrarse con algo conocido. Una exploración por un museo más interesante y vivo que muchos del Instituto Mexiquense de Cultura. Los objetos se palpan, despiertan la imaginación, el deseo exacerbado por tener todo aquello que no necesitamos.

Un recordatorio de las posibilidades del azar y la sensación de que nada está en su sitio, que algo no pertenece. A ese paisaje no le falta nada. Hasta la naturaleza comparte uno que otro remolino, tan alto y de tan atemorizante presencia, que en su ojo puedes encontrar un modelo a escala del mundo: bolsas y objetos desechables.

 

En primera persona

 

De pronto una mirada sobre ti y un cíclope de viento desplaza su centro hasta tus pies. Entras al recinto del hombre empobrecido ante la naturaleza. Los demás te miran pero nada cambia.

En esta trapería la propiedad es un limbo. Pues tampoco esos objetos repasados con la vista, expuestos sobre lienzos y telas raídas, son de quien los vende. Parecen haber llegado a sus manos por mera fortuna geográfica. Megáfono, ungüento, desagüe. Los remolinos y un rayo de sol contra una esquina de un marco dorado son la única imagen nueva y sólo porque la semana anterior no había espacio para exponerlos.

De pronto una superficie, un matiz y a abrirse paso entre otras personas al frente. Has encontrado algo: una posibilidad tangible de aplicar por fin la palabra Cosa.

Entre olores tristes a caja y a bodega, este mercado da empleo y sustento a centenares de familias no contempladas en los proyectos humanitarios de nuestro gobierno estatal.

Finos lienzos de polvo en cada bocanada y el viento se integra a los tejidos cutáneos y avanza en desbandada contra el que sigue. Ajusta cuentas por quién sabe qué venganza.

La ley del más fuerte inicia su pugna en un puesto de aparatos electrónicos con el precio aplicable a todo aquello que hace el hombre –como lo dice el más desafortunado concepto que sobre cultura se haya dado— y que termina con todo aquello de lo que se deshace y el riesgo inminente de pagar mil quinientos pesos por un estéreo para auto, una computadora, un dvd multirregión, una escoba, que si no sirven, nadie ha de reponer.

Y luego la negociación con la conciencia, por el mismo estéreo pagas quinientos pesos o más en una tienda departamental y no promueves prácticas ilegales, pero en cualquier esquina te lo roban, mientras suspendes tu jornada en el taxi y te desayunas un jugo de naranja. Allí tampoco habrá nadie para auxiliarte, mucho menos la policía.

Estás sólo en tu decisión. Y entonces has entrado al juego. El pensamiento te roba la tranquilidad, alguna idea. Luego te las vende baratas y vuelves a la calle vestido con ideas y tranquilidades guangas.

Aquí, como al cielo, no todos entran, ni todos acuden. Bocados polvorientos de riesgo. Los objetos que llegan han recorrido ya las carreteras de la frontera norte o de la ciudad de México hacia acá, y se trata en su mayoría de ropa y basura que los Estados Unidos y los controles de calidad ya daban por desaparecida.

Cadenas biológicas en venta. Y si su cachorrita salió con su domingo siete, pues venga y se deshace de los perritos panzones y lombricientos.

Cajas de galletas con y sin marca, cosméticos caducos con y sin marca, refacciones con o sin marca.

Las mejores camisetas de Morrison, del Toluca, de las Chivas, de Kurt Cobain, de Manson están aquí. El circo entero del rock & roll ha llegado.

En otro punto de la ciudad, como en guión de cómic, se levanta el mercado de El Piojo. Éste, en Metepec, oferta el mismo tipo de cosas pero en menor cantidad.

Aquí se puede encontrar de todo.  Incluso, en medio de las telas, de un entramado plástico o de los platos y tasas viejos, viajará algún bichito inoportuno. Y, quien lo encuentre, derechito al hospital, con un día de plaza en el estómago.

Quizá el escritor Alfonso Reyes no encontraría interesante este nicho de polvo y personajes simples, pero ya que hemos conseguido ahí su libro, en medio de limaduras de tierra, nos vienen bien algunas líneas suyas de su Palinodia del polvo para agitar la memoria, Acaso el polvo sea el tiempo mismo, sustentáculo de la conciencia. Acaso el corpúsculo material se confunda con el instante.

 

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