El líder vitalicio

“Todos se robaban a todos y todos robaban a la empresa. Ferronales —empresa en la que los requisitos de ingreso fundamentales eran el parentesco o derecho de sangre, el más importante y que dio nacimiento a la llamada realeza ferrocarrilera, recomendación del líder sindical, compadrazgo, “parentesco” matrimonial y, de cuando en cuando porque tenía a su disposición personal 101 de las 711 plazas de confianza, el dedazo directo de la Gerencia General”, escribe el periodistas Francisco Cruz en su libro, Los Amos de la Mafia Sindical, publicad por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

Amparado en la protección de los secretarios de Comunicaciones, Luis Gómez Zepeda se había tomado otras “pequeñas” licencias, como desaparecer el sistema de talleres de fundición para hacerse de un negocio personal con la chatarra de los ferrocarriles —de motores de las máquinas a las vías—. En el saqueo, escribió Leyva Piña, “algunos trabajadores participan como ‘hormiguitas’, poco a poquito se llevan lo que consideran que ‘está mal puesto’, desde alambre, estopa, instrumentos de trabajo, todo lo que sea posible para compensarse los bajos salarios. También es frecuente que los empleados de la vigilancia estén en complicidad con bandas de delincuentes para atracar los furgones de carga”.

Todos se robaban a todos y todos robaban a la empresa. Ferronales —empresa en la que los requisitos de ingreso fundamentales eran el parentesco o derecho de sangre, el más importante y que dio nacimiento a la llamada realeza ferrocarrilera, recomendación del líder sindical, compadrazgo, “parentesco” matrimonial y, de cuando en cuando porque tenía a su disposición personal 101 de las 711 plazas de confianza, el dedazo directo de la Gerencia General— fue aceptando como normales las prácticas corruptas desde el liderazgo sindical y administrativo, o desde la plaza en la categoría más baja del escalafón hasta la de más alta remuneración. Entre sindicalizados y de confianza, la corrupción era vista como una especie de complementación económica, una esperanza de vida. Como en ninguna otra empresa aplicaba el señalamiento “la corrupción somos todos”.

Por esa malsana normalidad nadie quiso mirar al pasado cuando en febrero de 1986 fue impuesto, en la Secretaría Nacional del Sindicato, un asesino convicto. Los oscuros hilos que tejen esta historia son contados por Fernando Miranda Servín en su libro La otra cara del líder. La historia de un capo sindical ferrocarrilero, de 1992, que dio paso en 1993 a La otra cara del líder. Otro delincuente en el sindicato, cuya edición fue financiada en su totalidad por el propio Víctor Flores, en aquella época el ambicioso tesorero del STFRM. A este libro seguiría, en 2006, el proyecto inconcluso de Un asesino en el sindicato, texto que, por falta de editores, fue dado a conocer al público a través de un blog en Internet con el mismo nombre. En este último documento, el autor reconocería y confesaría cómo y por qué aceptó escribir por encargo contra el entonces dirigente Praxedis Fraustro Esquivel, víctima en 1993 de un atentado con arma de fuego.

Hoy, ya sereno, amable como es desde siempre y en una vivienda modesta, muy alejado de la política sindical ferrocarrilera, Fernando acepta que no está muy orgulloso con la presentación de aquel texto en el que, “a petición de Víctor Flores”, hizo en la portada dos señalamientos mordaces y violentos que impactaron directo en los de por sí endebles cimientos ferrocarrileros y sacaron a la superficie el desbarajuste sindical: “Caso Lombardo —titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes— es homosexual: dice Praxedis Fraustro” y “otro delincuente en el sindicato ferrocarrilero”.

Bajo la premisa de que haber escrito un libro por encargo suele convertirse en un bumerán, Miranda Servín no se esconde ni agacha la cara: “cometí errores, es cierto; no estoy orgulloso de eso; sin embargo, pese a todos los señalamientos que me hicieron y siguen haciendo —traición, chantaje y extorsión, entre otros; además de una lista interminable de calificativos— ninguno de los líderes sindicales ni los ferrocarrileros me acusó de mentir. Por el contrario, el libro vendió y vendió muy bien porque la información salió de los obreros, porque estuve en las entrañas del sindicato y porque entre mediados de 1991 y principios de 1992 viví una contienda interna en la que dos delincuentes se disputaron la Secretaría Nacional.

”En la primera, segunda y tercera edición exhibí las corruptelas de la mafia sindical ferrocarrilera gomezetista, que, hasta ese momento, había ostentado el control absoluto de este sindicato. Luego, invitado por el mismo Praxedis, colaboré en su equipo de campaña ayudándole a redactar su plataforma política y algunos de sus discursos. Le ganamos al grupo charro de Gómez Zepeda, pero el esperado cambio nunca llegó, ya que Praxedis resultó ser igual que los anteriores secretarios y este hecho también lo expuse en la cuarta edición corregida y aumentada de La otra cara del líder.

”Pueden acusarme de ser mal escritor, de inconsistencias en la redacción y en las secuencias verbales, de haber acomodado mal la denuncia pública e incluso de usar un lenguaje poco apropiado, pero, transcurridos 20 años desde la primera aparición de estos libros de autor, nadie ha dicho que mentí. Ni siquiera se descalificó aquella polémica cita sobre Caso Lombardo. Todo estuvo apoyado en documentos internos del sindicato, que me proporcionaron ferrocarrileros cansados de la rapiña de la cúpula sindical”, sazonada por la presencia de un Víctor Flores que se elevaría hasta convertirse en el líder que es hoy.

Las luchas sórdidas del sindicato han acaparado muchas páginas de la prensa mexicana que validan la posición de Fernando: a fines de agosto de 1993, dos meses después de la aparición de la cuarta edición de La otra cara del líder, se hicieron señalamientos y acusaciones públicas para indagar a Gómez Zepeda, líder vitalicio del grupo Héroe de Nacozari y que de 1946 a 1992 —con la breve interrupción de Vallejo entre junio de 1958 y marzo de 1959— controló al sindicato ferrocarrilero; al veracruzano Peralta, líder de 1986 a 1989; y al secretario salinista de Comunicaciones y Transportes, Andrés Caso Lombardo, “ante la sospecha de que alguno o todos ellos pudieran tener” alguna responsabilidad en el atentado que costó la vida a Praxedis, como publicó la revista Proceso el día 23 en el reportaje “En el sindicato ferrocarrilero, disputa por el poder y la riqueza; trasfondo de la muerte de los líderes Lorenzo Duarte y Praxedis Fraustro”.

Enrique Isaac Fraustro, hijo del asesinado dirigente; Jesús Godoy Alvarado, jefe de seguridad; Francisco Peña Medina, responsable de prensa, y el abogado Juan Medardo Pérez cuestionaron el resultado de las investigaciones oficiales y aportaron informes para que la policía capturara a los verdaderos responsables del crimen. Enrique Isaac fue un poco más nítido en sus declaraciones a la revista: “Desde 1986, cuando Peralta Vargas fue secretario general del STFRM, una persona le dijo a mi papá que Víctor Flores había llegado de Monterrey con instrucciones de matarlo. Mi papá decidió presentar la denuncia, en la que responsabilizó a Peralta de lo que le pasara a él y a su familia”. Las declaraciones de Isaac Fraustro quedaron sepultadas en una maraña burocrática-judicial que avanzó poco, por no decir nada, en la investigación. Por otro lado, la peligrosidad de Peralta ha sido ratificada por muchos otros testimonios.

Credo

Christian Emmanuel Hernández Esquivel

Creo en Dios, todopoderoso,
creador del cielo y del infierno,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en Jesús como un personaje histórico,
nacido en Belém, hoy Palestina,
en tiempos de Herodes “El Grande”,
que fue crucificado en Judea, hoy Israel,
en tiempos de Poncio Pilatos
y de cuya vida se sabe solo lo que dejaron
los historiadores y El Vaticano.

No creo en la iglesia católica.
Niego toda virtud de sus jerarcas.
No creo en el “Juicio Final”.
Ni en el regreso de Jesús-Cristo.
No creo en la resurrección de los muertos.
De existir una “vida futura”
debe darse mediante la reencarnación.
El karma no perdona los pecados.
Tendrás que volver al mundo y experimentar
cientos de vidas diferentes
hasta tomar consciencia de tu lugar en el universo.

Amén.
* Maestro en Psicología y Licenciado en Letras Latinoamericanas por la UAEMex. También colabora en La Colmena, revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, y escribe el blog http://www.hernandezesquivel.blogspot.com

Un globo del comandante Tacho

* Había visto al mismísimo Subcomandante Marcos muy de cerca. Pude conocer los Acuerdos de San Andrés. La vida en la selva a través de una vestimenta. Había escuchado las demandas, las tres señales que los entendidos dijeron no tuvieron eco en el gobierno. Esta visita me permitió recordar lo precavidos que son nuestros indígenas, quienes en caravana, nunca se separaron ni aceptaron otro hospedaje que aquel que se dispuso especialmente para ellos.

 

Selene Hernández León/ Publicado en el 2004
No recuerdo con exactitud cómo fue que me enteré que venían los zapatistas rumbo a la ciudad de México. Y que además visitarían Temoaya, Toluca y Metepec. Luego de algunos días todo mi mundo giraba en torno a la visita de gente que no conocía y con la cual ni siquiera compartía mi forma de entender el mundo. Lo cual, en ese tiempo, era un crimen total, lo mismo que no ser indígena.
En ese mes de febrero de 2001 rentaba un departamento en Metepec, en Infonavit San Francisco. Era un departamento sumamente sencillo pero cobijado por cuadros que mi compañero de cuarto pintaba sin cesar y por los que se había ganado el mote de “el Rembrand de nuestro tiempo” pues en todos los cuadros había un rostro conocido: el suyo.
Para mí, la carrera de sociología había descubierto la postura social, las diferencias. Y de las diferencias, lo insalvable. Pero también los grandes clichés de mi época.
Mi interés por los zapatistas se había reducido a una total apatía por la figura del general Zapata montado a caballo. Hombres así me recordaban a mi abuelo, un hombre neurótico y altanero que se había jugado en las cartas toda la herencia familiar. Y de quien, además de haber heredado el carácter, recuerdo su cuerpo espigado, recargando su silla contra la pared bajo el pórtico del rancho en Guanajuato. Por toda compañía sólo aceptaba una mesa metálica de la Corona en la que ponía además de su pistola, su sombrero. Todas las tardes se le servía una polla de jerez.
Para mi hermano pequeño y para mí la diversión era pasar frente a él para que nos gritara de groserías. Escondernos en la esquina de la casa y escucharlo cantar. Zapata era entonces un hombre de esa época lo que en mi memoria infantil se grabó como una figura represiva.
Creo que lo que me movió en realidad a acercarme al zapatismo se detonó el día que miré las fotografías de las mujeres indígenas haciendo barrera humana frente al ejército. Pero también que en este mundo existiera la posibilidad de rebelarse por una “verdadera causa”. De tomar un pasamontañas de abandonar todo y de largarse a la selva a detonar las palabras contra el gobierno.
Desde el día que inició la “ruta verde” hasta el primero de enero de 2004 han sido tantos los silencios del zapatismo, pero también muchos los recorridos de la palabra y de las imágenes zapatistas en todo el país.
Aún no tengo muy claro por qué fui el 24 de febrero de 2001 al Centro de Salud de San José la Pila. Asistí también al zócalo de la ciudad de Toluca a ver y conocer a los comandantes y comandantas, escuché junto con otros los “papacito” y los “hazme un hijo”, los “¡Zaaapaaataa viiive, la lucha sigue y sigue!” que gritaban estudiantes de Humanidades, Sociología, de Ciencia Política, de Antropología, los niños, las mujeres, los hombres. Todas aquellas y aquellos interesados realmente en el movimiento zapatista y también aquellos que, como yo, apenas descubríamos los rostros ocultos, el poder que tiene una voz que apenas y se asoma del pasamontañas.
La “banda” comenzó a escucharse días antes de la llegada del convoy zapatista. Correos electrónicos de los cuates de México, de los de Toluca y otros lares comenzaban a rolar para saber qué onda, qué se va a hacer.
Con el delegado de La Pila, de cuyo nombre no puedo acordarme, podías “inscribir” tu casa para recibir en ella a las personas que acompañaban a los zapatistas. Y si eras muy cuate, a los zapatistas mismos. En la calle que está junto al Centro de Salud de La Pila, en Metepec, un templete esperaba a Marcos y Compañía.
Una runfla de extranjeros muy guapitos –entre ellos dos jóvenes noruegos y una chica de la que sí recuerdo su altura y su bello rostro- pululaban por todos lados pero en ellos era evidente la mala suerte para encontrar una regadera.
La banda de Humanidades, siempre dispuesta, portaba gafetes de “organizadores”. Apenas y saludaban para no tener que decirte que no te podías pasar del otro lado para ver a los zapatistas. Era el momento de los VIPS de abajo.
De este lado, corresponsales de prensa hasta de MTV.
Y, ¡Santo Dios!, tantos italianos como nunca en mi vida he visto. Hormigas blancas de manos tejidas unas con otras. Inamovibles. Recuerdo que con el rostro totalmente fuera de control les grité en itañolo que se quitaran, que quería ver a Marcos, no su trasero. Algunos, entre indignados e intrigados esbozaron un guiño y siguieron inmutables. Otra loca más, otra de las tantas que a través de todo el recorrido por Chiapas, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Morelos, Hidalgo seguramente se habían topado. Y habrían de toparse.
La noche del 24, luego de un acalorado discurso por parte de algunos zapatistas y de los gritos y coros de la multitud que allí nos encontrábamos, caminé de regreso con Mónica, una amiga de la ciudad de México a quien invité a quedarse en casa. Con cámara en mano recogió muestras fotográficas de todo ente que hubiera perdido la vida en el asfalto. Rastros de sanguinolienta basura, restos descompuestos de una botella de tequila, de una lata de coca cola… y perros muertos, tantos perros muertos como no recuerdo antes.
Ella también se había “contagiado” de algo que no llegamos nunca a determinar con exactitud, pero que esa noche nos mantuvo juntas, platicando sobre pasamontañas.
Mi globo del comandante Tacho ya se había desinflado antes de llegar a los tacos de la esquina. Aún lo guardo. Y para cuando regresamos a casa nos esperaba un auto negro de vidrios polarizados del cual bajó un hombre entrado en años y que preguntó por mí. “Allí le encargo a estos dos muchachos”, me dijo mientras encendía la marcha del auto y se marchaba. “Hola, me llamo Verónica y él es John”.
No pude ofrecer mucho, una cena escasa y un buen café que nos entretuvo poco.
Al otro día, los chavos se despedían, intercambiábamos correos electrónicos y me regalaban un libro en inglés que a John le habían encargado leer y que no volvería nunca a la Universidad de Berkeley. Así que ni indígenas ni zapatistas en casa. Nuevos amigos, eso sí.
De regreso a La Pila, bullicio real. Más gente y medios de comunicación. Gritos contra Televisa, pues estaban también de moda.
De El Comité de Apoyo a la Lucha Zapatista “Amigos de Chiapas”, de Trento-Italia, no he vuelto a leer. Tampoco de sus “acciones”, de sus “peticiones” a personalidades políticas italianas.
Dos correos electrónicos de Verónica desde Chiapas, una inscripción fallida a la página de los zapatistas y una vergonzosa carta que escribí a la Presidencia de Acción Nacional no son recuerdos gratos. Como tampoco fue grato que a partir de entonces en una de mis cuentas de correo recibiera los boletines diarios del SWAT (fuerza antimotines) de Estados Unidos y que luego de entender que no se trataba de la cuenta de ninguna blanca, pero si de una mona, dejaron de enviar.
De algún modo mi curiosidad quedó satisfecha. Había visto al mismísimo Subcomandante Marcos muy de cerca. Pude conocer los Acuerdos de San Andrés. La vida en la selva a través de una vestimenta. Había escuchado las demandas, las tres señales que los entendidos dijeron no tuvieron eco en el gobierno. Esta visita me permitió recordar lo precavidos que son nuestros indígenas, quienes en caravana, nunca se separaron ni aceptaron otro hospedaje que aquel que se dispuso especialmente para ellos.
Sobre todo, creo haber visto entre las líneas de la gente que asistió, aquellos ya lejanos días de septiembre, a muchos como yo. Capaces de actos tan viscerales como enviar una carta contra el gobierno de la República y decirle al fin lo que sientes. Actos por entender a este Nuestro México, a uno mismo a través del otro, el que vive por allá en las selvas y a quienes les han matado a las familias, se les quita la tierra, no tienen servicios médicos. Una radiografía cuyos relieves nos cercan y compartimos ya en cualquier parte del país.
Un cambio idealizado o real. Algunos con armas, otros quizá lo pretenden con música, con letras con pintura con estudio, todos creyendo en algo o en nada nos acercamos en las diferencias y nos vemos en los ojos del que comparte nuestra comida en la mesa.
Debo decir también que desde hace ya diez años no he vuelto a escuchar en nadie un saludo así:
hermanos y hermanas, hemos llegado.