Un globo del comandante Tacho

* Había visto al mismísimo Subcomandante Marcos muy de cerca. Pude conocer los Acuerdos de San Andrés. La vida en la selva a través de una vestimenta. Había escuchado las demandas, las tres señales que los entendidos dijeron no tuvieron eco en el gobierno. Esta visita me permitió recordar lo precavidos que son nuestros indígenas, quienes en caravana, nunca se separaron ni aceptaron otro hospedaje que aquel que se dispuso especialmente para ellos.

 

Selene Hernández León/ Publicado en el 2004
No recuerdo con exactitud cómo fue que me enteré que venían los zapatistas rumbo a la ciudad de México. Y que además visitarían Temoaya, Toluca y Metepec. Luego de algunos días todo mi mundo giraba en torno a la visita de gente que no conocía y con la cual ni siquiera compartía mi forma de entender el mundo. Lo cual, en ese tiempo, era un crimen total, lo mismo que no ser indígena.
En ese mes de febrero de 2001 rentaba un departamento en Metepec, en Infonavit San Francisco. Era un departamento sumamente sencillo pero cobijado por cuadros que mi compañero de cuarto pintaba sin cesar y por los que se había ganado el mote de “el Rembrand de nuestro tiempo” pues en todos los cuadros había un rostro conocido: el suyo.
Para mí, la carrera de sociología había descubierto la postura social, las diferencias. Y de las diferencias, lo insalvable. Pero también los grandes clichés de mi época.
Mi interés por los zapatistas se había reducido a una total apatía por la figura del general Zapata montado a caballo. Hombres así me recordaban a mi abuelo, un hombre neurótico y altanero que se había jugado en las cartas toda la herencia familiar. Y de quien, además de haber heredado el carácter, recuerdo su cuerpo espigado, recargando su silla contra la pared bajo el pórtico del rancho en Guanajuato. Por toda compañía sólo aceptaba una mesa metálica de la Corona en la que ponía además de su pistola, su sombrero. Todas las tardes se le servía una polla de jerez.
Para mi hermano pequeño y para mí la diversión era pasar frente a él para que nos gritara de groserías. Escondernos en la esquina de la casa y escucharlo cantar. Zapata era entonces un hombre de esa época lo que en mi memoria infantil se grabó como una figura represiva.
Creo que lo que me movió en realidad a acercarme al zapatismo se detonó el día que miré las fotografías de las mujeres indígenas haciendo barrera humana frente al ejército. Pero también que en este mundo existiera la posibilidad de rebelarse por una “verdadera causa”. De tomar un pasamontañas de abandonar todo y de largarse a la selva a detonar las palabras contra el gobierno.
Desde el día que inició la “ruta verde” hasta el primero de enero de 2004 han sido tantos los silencios del zapatismo, pero también muchos los recorridos de la palabra y de las imágenes zapatistas en todo el país.
Aún no tengo muy claro por qué fui el 24 de febrero de 2001 al Centro de Salud de San José la Pila. Asistí también al zócalo de la ciudad de Toluca a ver y conocer a los comandantes y comandantas, escuché junto con otros los “papacito” y los “hazme un hijo”, los “¡Zaaapaaataa viiive, la lucha sigue y sigue!” que gritaban estudiantes de Humanidades, Sociología, de Ciencia Política, de Antropología, los niños, las mujeres, los hombres. Todas aquellas y aquellos interesados realmente en el movimiento zapatista y también aquellos que, como yo, apenas descubríamos los rostros ocultos, el poder que tiene una voz que apenas y se asoma del pasamontañas.
La “banda” comenzó a escucharse días antes de la llegada del convoy zapatista. Correos electrónicos de los cuates de México, de los de Toluca y otros lares comenzaban a rolar para saber qué onda, qué se va a hacer.
Con el delegado de La Pila, de cuyo nombre no puedo acordarme, podías “inscribir” tu casa para recibir en ella a las personas que acompañaban a los zapatistas. Y si eras muy cuate, a los zapatistas mismos. En la calle que está junto al Centro de Salud de La Pila, en Metepec, un templete esperaba a Marcos y Compañía.
Una runfla de extranjeros muy guapitos –entre ellos dos jóvenes noruegos y una chica de la que sí recuerdo su altura y su bello rostro- pululaban por todos lados pero en ellos era evidente la mala suerte para encontrar una regadera.
La banda de Humanidades, siempre dispuesta, portaba gafetes de “organizadores”. Apenas y saludaban para no tener que decirte que no te podías pasar del otro lado para ver a los zapatistas. Era el momento de los VIPS de abajo.
De este lado, corresponsales de prensa hasta de MTV.
Y, ¡Santo Dios!, tantos italianos como nunca en mi vida he visto. Hormigas blancas de manos tejidas unas con otras. Inamovibles. Recuerdo que con el rostro totalmente fuera de control les grité en itañolo que se quitaran, que quería ver a Marcos, no su trasero. Algunos, entre indignados e intrigados esbozaron un guiño y siguieron inmutables. Otra loca más, otra de las tantas que a través de todo el recorrido por Chiapas, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Morelos, Hidalgo seguramente se habían topado. Y habrían de toparse.
La noche del 24, luego de un acalorado discurso por parte de algunos zapatistas y de los gritos y coros de la multitud que allí nos encontrábamos, caminé de regreso con Mónica, una amiga de la ciudad de México a quien invité a quedarse en casa. Con cámara en mano recogió muestras fotográficas de todo ente que hubiera perdido la vida en el asfalto. Rastros de sanguinolienta basura, restos descompuestos de una botella de tequila, de una lata de coca cola… y perros muertos, tantos perros muertos como no recuerdo antes.
Ella también se había “contagiado” de algo que no llegamos nunca a determinar con exactitud, pero que esa noche nos mantuvo juntas, platicando sobre pasamontañas.
Mi globo del comandante Tacho ya se había desinflado antes de llegar a los tacos de la esquina. Aún lo guardo. Y para cuando regresamos a casa nos esperaba un auto negro de vidrios polarizados del cual bajó un hombre entrado en años y que preguntó por mí. “Allí le encargo a estos dos muchachos”, me dijo mientras encendía la marcha del auto y se marchaba. “Hola, me llamo Verónica y él es John”.
No pude ofrecer mucho, una cena escasa y un buen café que nos entretuvo poco.
Al otro día, los chavos se despedían, intercambiábamos correos electrónicos y me regalaban un libro en inglés que a John le habían encargado leer y que no volvería nunca a la Universidad de Berkeley. Así que ni indígenas ni zapatistas en casa. Nuevos amigos, eso sí.
De regreso a La Pila, bullicio real. Más gente y medios de comunicación. Gritos contra Televisa, pues estaban también de moda.
De El Comité de Apoyo a la Lucha Zapatista “Amigos de Chiapas”, de Trento-Italia, no he vuelto a leer. Tampoco de sus “acciones”, de sus “peticiones” a personalidades políticas italianas.
Dos correos electrónicos de Verónica desde Chiapas, una inscripción fallida a la página de los zapatistas y una vergonzosa carta que escribí a la Presidencia de Acción Nacional no son recuerdos gratos. Como tampoco fue grato que a partir de entonces en una de mis cuentas de correo recibiera los boletines diarios del SWAT (fuerza antimotines) de Estados Unidos y que luego de entender que no se trataba de la cuenta de ninguna blanca, pero si de una mona, dejaron de enviar.
De algún modo mi curiosidad quedó satisfecha. Había visto al mismísimo Subcomandante Marcos muy de cerca. Pude conocer los Acuerdos de San Andrés. La vida en la selva a través de una vestimenta. Había escuchado las demandas, las tres señales que los entendidos dijeron no tuvieron eco en el gobierno. Esta visita me permitió recordar lo precavidos que son nuestros indígenas, quienes en caravana, nunca se separaron ni aceptaron otro hospedaje que aquel que se dispuso especialmente para ellos.
Sobre todo, creo haber visto entre las líneas de la gente que asistió, aquellos ya lejanos días de septiembre, a muchos como yo. Capaces de actos tan viscerales como enviar una carta contra el gobierno de la República y decirle al fin lo que sientes. Actos por entender a este Nuestro México, a uno mismo a través del otro, el que vive por allá en las selvas y a quienes les han matado a las familias, se les quita la tierra, no tienen servicios médicos. Una radiografía cuyos relieves nos cercan y compartimos ya en cualquier parte del país.
Un cambio idealizado o real. Algunos con armas, otros quizá lo pretenden con música, con letras con pintura con estudio, todos creyendo en algo o en nada nos acercamos en las diferencias y nos vemos en los ojos del que comparte nuestra comida en la mesa.
Debo decir también que desde hace ya diez años no he vuelto a escuchar en nadie un saludo así:
hermanos y hermanas, hemos llegado.

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