dios está en todas partes

* La placita central de Metepec está divina. Nadie puede decir que Carolina Monroy, prima de sangre de Peña Nieto, no se preocupa por las apariencias. Movió unos 30 metros el zócalo y colocó a la Tlanchana en una fuente con orgánicos diseños, chorros de agua primorosos, casi tejidos a mano y diseñó un puente que ha terminado por gustarle a todo mundo, aunque no lleve a ninguna parte.

 

Miguel Alvarado
Se murió García Márquez con todo y su coronel Buendía. Y en Metepec también se moría Jesús de Nazareth bajo un clima de 35 grados a la sombra, rodeado de ambulantes y rica fruta fresca, toda de la temporada y un montón de fotógrafos que no dejaban castigarlo a gusto.
Pero las cosas son así cuando la fe resulta la explicación más razonable para este valle de lágrimas. Sólo por ella se aguantan los 87 ejecutados en la entidad, o que Eruviel Ávila y Enrique Peña disputen el poder público como si legalmente fuera de ellos y usen el recaudo hacendario para pagar proyectos personales. Y sólo para el gusto de los pro-hombres, cien mil pesos semanales para vinos. Tres millones de pesos para celulares. Dos millones de pesos para gasolina y banquetes y una serie lastimosa de desgloses a la vista de todos los convierten en milagros vivientes tocados por algún dios olvidadizo, a quien también se le ha pagado para que se haga de la vista gorda.
La placita central de Metepec está divina. Nadie puede decir que Carolina Monroy, prima de sangre de Peña Nieto, no se preocupa por las apariencias. Movió unos 30 metros el zócalo y colocó a la Tlanchana en una fuente con orgánicos diseños, chorros de agua primorosos, casi tejidos a mano y diseñó un puente que ha terminado por gustarle a todo mundo, aunque no lleve a ninguna parte. Allí, porque es donde todos lo pueden ver, levantaron el templete donde el actor que representó a Jesús sería condenado, abofeteado, empujado, azotado y conducido a su destino fatal. Los romanos mexicanos son todavía más crueles que los asalariados centuriones y cumplen gratis una jornada de masoquismo comparable sólo a un concierto de Espinoza Paz.
Jesús de Metepec cumplió con creces porque se dejó sufrir luego de macerado por más de cinco horas. Y no conforme con no tener para el pago de servicios y algunos bienes, de ganar apenas el mínimo y comer en la calle o como malamente le agandalla el hambre, encima tuvo que cargar su propia cruz de madera y hacer que moría para la salvación de otros. (Porque los iluminados no tenían necesidad de morir por otros, o decirlo, hacerlo público. Allí sentados, amarrados y vituperados, los iluminados alcanzaron el máximo dolor en las lágrimas de otros. Dejaron, sin embargo, misterios insondables en la desmemoria del creyente. ¿Sería buena suegra la virgen María? ¿Era Jesús un metrosexual jibarizado, enamorado de sí mismo? ¿Por qué Jehová permitió el Fobaproa? ¿Le va al América? ¿Toma Coca-Cola? ¿Votó por Peña Nieto? Luego, cuando uno se muere, como Nietzche, le recuerdan lo inmortal que dios nuestro señor puede resultarnos, como si fuera una cualidad, la más deseable de las aberraciones).
Metepec, con su capa elegante de polvo y barro es pura devoción envuelta en comercios sin Hacienda y tienditas donde lo primero en terminarse son las Sabritas y las aguas Bonafont. Nadie se acordaba de García Márquez, quien cometió el error de morirse antes de la crucifixión anulando así la preciosa idea de conocer el hielo y responder las críticas de Pasolini, italiano perverso encima de todo homosexual y coleccionista de playeras del Bolonia. Metepec y su Jesús no estaban para juegos. Su mañana sangrienta era trasmitida en vivo y en directo por Facebook y sus redes sociales, sus incontables aplicaciones que jubilaban de una vez y para siempre las reglas ortográficas, el más elemental deseo de orden. Porque la pasión es así, dice el eslogan de un refresco, una cerveza o un condón, no recuerdo bien, pero es cierto y habría que embellecerla con lo que esté a la mano.
El centro del pueblo es en esencia un conjunto de bares y pequeños restoranes desde 100 pesos el cubierto, explican los amables anfitriones. Una cerveza está mal por inmoderada y prohibida pero si traes 70 pesos te la tomas en el jardincito de adentro, nada más sin hacer escándalo por favor. Ya luego te vas y le sigues con tus cosas, pero no digas que estuviste aquí. La Ley Seca es cuidada por gendarmes vestidos de gala que observan con celulares la derrota del cristiano. Uno por uno, se reportan a la comandancia como si deveras esperaran el fin del mundo. En el otro extremo, Satán ronda las calles, vestido de negro y las uñas crecidas, ennegrecidas y filosas. Aparece en todos lados con sus ropones oscuros y malolientes, la cara pintada de blanco como un leproso o un adicto a la coca, a los contratos municipales. Y anda detrás de Jesús enseñando los dientes a la distinguida concurrencia, que se aleja instintiva de él y su suerte paria. Toluca, Estado de México, Municipio Educador, como firman los boletines en la Comunicación Social de aquel ayuntamiento, aporta su granito de arena para que las fiestas fúnebres transcurran en avenencia santa: 966 nuevos jóvenes alcohólicos y drogadictos cada año, y que encima consumen tabaco. Pérfida sociedad que castiga el escape elemental, el vacío desdichado y deschichado pero en cambio festina hasta con una semana de asueto, cuetes y fritangas la muerte del más buena onda o eso dicen sus adeptos.
Por lo pronto no hay sangre de verdad pero sí un par de jóvenes que representan a la infame Salomé, bailarina suculenta aunque muy distante a las princesas que Disney y el Golden Channel nos ofertan como modelos para las futuras amitas de casa. Allí, sin embargo, en ese contexto bíblico, una radiante Salomé le baila a medio pueblo trepado para entonces en el cerro del Calvario, y que observa concupiscente las evoluciones del velo sonrosado que porta la mujer.
– Oye, ¿ya sabías que el que la hace de Jesús se rompió la madre ayer, cuando lo apresaron los romanos y le llevaron prisionero?
– ¿Y por eso parece que se va a caer a cada rato?
– Sí, no mames. Lo tiraron y cayó de rodillas. No, hasta rebotó el pobre y un sangrerío. Pero íralo, aistá como buen Jesús, chingá.
La bailadora entraba en el terreno del éxtasis. Nada más caliente a las dos de la tarde que ella y su poca ropa, a la izquierda de los juegos mecánicos, entre la famosa Corona y el mercado de antojitos. ¿Por qué todo cabe en este jarro, ni siquiera sabiéndolo acomodar? ¿Es lo mismo la iglesia que el futbol? No, no manches, la blasfemia no tiene cabida.
– Oye, que el Manchester City pagará 200 millones de euros por Messi.
– Oye, que en Huetamo se madrearon a unos sicarios y que luego en Luvianos hubo seis muertos.
Y es que dios está en todas partes, menos en este calvario mordisqueado.
A ver, vemos:
– Un hombre cargando trozos de sandía comprados en la Comercial Mexicana, con un gorro de Spiderman y botas vaqueras.
– Una mujer vestida de farisea, con una cámara de video para atestiguar los garrotazos.
– Un niño bostezante, que masca la caja de cartón de un jugo de Jumex.
– Un caballo caguengue, que trota como estrella del circo Atayde.
– Un cura que observa de lejos el carnaval, mientras se aleja en su camioneta por la avenida Estado de México.
– Una chica destetada, que ama desaforadamente a su novio mientras se compran un Bon Ice.
Pero luego viene la muerte. La población sale de sus casas y forma una valla humana con el propósito de que Jesús pase por enmedio. Admiran a los romanos y sus perfectos cascos de cartón o metal dorado, sus huaraches de suela allantada y los mantos rojos, empapados de sudor. El futuro Cristo sube apoyado en sus captores aquel último tirón y se encuentra de pronto, con los ojos cerrados, llevado ya en vilo, al pie de su cruz fantástica. Es atado con cuidado y paciencia, porque si se desanuda sólo podrá meter la boca para defenderse del golpazo. En un extremo ya cuelga Judas de su propio árbol y los romanos se juegan a los dados las ropas del señor. Antes crucifican a Dimas y Gestas y por fin Jesús es izado como palo o ropa vieja y la celebración se consuma. El silencio es inexpresable. Alcanza para escuchar, a lo lejos, la narración de Christian Martinoli gritando un gol previamente grabado. Y también para contar las caras de los que profesamos la falsa fe.
-Oye, ¿ya comiste? Porque nos estamos cagando de hambre.
Si crees, respeta. Si no crees, pues no.

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