Tierra del caos

* Las tareas diarias de los luvianenses se reducen a lo esencial. Si es posible, lo mejor es quedarse en casa. Desde principios de abril corren los más descabellados rumores, y ellos saben que los peores, aquellos que escupen las armas de fuego, son la única verdad o la verdad absoluta: desde octubre de 2013 hay una guerra descarnada y abierta, a muerte y a plena luz del día, entre La Familia Michoacana, Los Caballeros Templarios y el Cártel Jalisco Nueva Generación por el control de la plaza. Al menos momentáneamente, Los Zetas han sido desplazados y el Cártel de Juárez prefiere atestiguar, agazapado, desde su refugio seguro en Atlacomulco y Acambay.

 

Francisco Cruz Jiménez

La guerra es inevitable e intermitente. Ya nadie quiere recordar fechas, cárteles, ni muertos. El pueblo está bajo asedio, atrapado en el fuego cruzado. Conscientes de una nueva ola de violencia y sus consecuencias, los habitantes de Luvianos se han organizado para evitar el peligro, al menos así lo quieren creer. La realidad es diferente. Cualquier preparación se revela casi de inmediato como un ejercicio inútil por el nivel que han alcanzado los ataques criminales recientes: al medio día del jueves 24 de abril todavía se escuchaban detonaciones de granadas de fragmentación en El Capulín, salida de la cabecera municipal a la ranchería Piedra Grande, el camino a la frontera con Guerrero, y los taxistas se negaban a entrar a esa zona ubicada a 35 minutos, caminando, de la alcaldía.

Las tareas diarias de los luvianenses se reducen a lo esencial. Si es posible, lo mejor es quedarse en casa. Desde principios de abril corren los más descabellados rumores, y ellos saben que los peores, aquellos que escupen las armas de fuego, son la única verdad o la verdad absoluta: desde octubre de 2013 hay una guerra descarnada y abierta, a muerte y a plena luz del día, entre La Familia Michoacana, Los Caballeros Templarios y el Cártel Jalisco Nueva Generación por el control de la plaza. Al menos momentáneamente, Los Zetas han sido desplazados y el Cártel de Juárez prefiere atestiguar, agazapado, desde su refugio seguro en Atlacomulco y Acambay.

“Soldados” y sicarios bien armados de cada uno de los cárteles pelean palmo a palmo cada una de los cinco grandes pueblos —Villa de Luvianos, Cañadas de Nanchititla, El Estanco, El Reparo de Nanchititla, Hermiltepec y San Juan Acatitlán—, seis rancherías —Caja de Agua, Cerro del Venado, Los Pericones, San Antonio Luvianos, San Sebastián y Trojes— y 223 caseríos que hay en los 702 kilómetros cuadrados del municipio. No hay región olvidada. Las organizaciones criminales proyectan fines de corto, mediano y largo plazos a través de la corrupción y el terror. Tienen un escalafón bien organizado: hace décadas los habitantes de Luvianos no tienen alternativas: emigran a Estados o Unidos o se quedan a vivir eternamente en la pobreza.

Los funcionarios federales y estatales, así como los mandos de las fuerzas armadas son misteriosos. Luvianos parece una palabra prohibida. Nadie habla de guerra, aunque todos saben que hay una, y los luvianeneses lo confirman cada noche cuando ven destellos o resplandores de luz de las detonaciones de algún tipo de artefacto explosivo. A pesar de los disparos y estallidos de granadas –o tal vez alguna otra arma-, cada mañana la gente intenta seguir creyendo. Hace mucho se acostumbró a la violencia y, a su manera, a lidiar con esa situación. Poco salen de noche y desde hace unas semanas viven prácticamente en toque de queda.

El gobierno municipal está conformado por tres entidades distintas: las autoridades formales electas, las fuerzas armadas y las muy estructuradas organizaciones criminales. La desconfianza de los habitantes es evidente. Entre las primeras dos reinan la improvisación y la desorganización. Los capos se han convertido en el corazón y el músculo del municipio. No sólo son audaces y proveedores auténticos en un pueblo temeroso, empobrecido y de muy alta marginación —80 por ciento de la población vive en la pobreza—, sino que ejercen un control directo sobre todas las actividades. Son arrogantes y exhiben su desmedida superioridad.

En 2009, el poder de los cárteles de la droga les dio impulso para convertirse en organizaciones mafiosas, estructuras de poder que controlan del tráfico de drogas ilegales a la venta de seguridad, trata de blancas, tráfico de personas, venta de armas, secuestro, extorsión, usura y la piratería, control de la prostitución y robo de autos.

Los enfrentamientos en El Capulín se recrudecieron al amanecer del día 19, el Sábado de Gloria. Ese día, los poquísimos habitantes la ranchería se despertaron muy temprano con el repiqueteo de las armas de fuego y estallidos de granadas de fragmentación. Una de las “balaceras” —de la que algunos temerarios recogieron proyectiles para armas de asalto M-16 (calibre 5.56 mm), AK-47 o Cuerno de Chivo y pistolas belgas Five-Seven (calibre 5.7×8) o Matapolicías, entre otros— dejó un saldo de por lo menos seis personas muertas. Y, por la tarde, en el centro de Luvianos, un grupo armado cazó a un joven hasta que le dio muerte.

Pero el número de bajas no es indicativo de lo que sucede en la región. La mañana del viernes 25 el pueblo prefirió quedarse en casa y muy pocos comercios abrieron. Los convencieron la “lluvia” de explosiones de, tal vez, granadas de fragmentación, las intermitentes ráfagas de ametralladoras, los recorridos de comandos armados de los tres cárteles y la pasividad —además de la permisividad— de los militares y policías élite enviada por el gobierno federal, así como de los agentes de la Secretaría (estatal) de Seguridad Ciudadana al mando de Damián Canales Mena.

¿Cuántos muertos hay en esta nueva etapa de la guerra narca en Luvianos? Desde poco antes que empezara la Semana Santa nadie los quiere contar. Nadie lo puede hacer; cuando lo permite la situación, cada cártel recoge a sus víctimas, a sus caídos en acción; el mismo jueves 24 de abril, por ejemplo, dos adultos —un hombre y una mujer— y un menor fueron colgados en árboles del balneario parque acuáticos Las Lomas; nadie supo quiénes los bajaron y qué fin tuvieron los cadáveres, y la madrugada del viernes un comando llegó a la Presidencia Municipal: en la Jefatura de Policía asesinó al segundo comandante y levantó —sinónimo de secuestro—al menos a siete agentes.

Para dar una muestra de su poder, la noche del jueves, el comando criminal tomó por asalto la alcaldía y la liberó hasta que, en la madrugada del viernes mató, en uno de los balcones que da a la plaza central, al segundo comandante, quien hacía funciones de subdirector y secuestró a siete policías.

Y el día anterior, el miércoles 23, se reportaron tres enfrentamientos que dejaron un saldo de siete muertos; el primero, al mediodía, sin esconderse de nadie, en la zona de Caja de Agua, salida Luvianos-Zacazonapan que conecta con Colorines, Santos Tomás de los Plátanos y Valle de Bravo; y el estratégico El Estanco, entrada a la sierra de Nanchititla; desde aquí se vigilan las idas y venidas a la Tierra Caliente de Michoacán y parte de Guerrero. Para cualquiera de los bandos, la derrota es impensable y la guerra un tema de profesionales, en la que la Marina, el Ejército, la Policía Federal, la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Seguridad Ciudadana juegan un papel de cómplices o de mirones, a la espera del cártel ganador.

Todos los habitantes del municipio, y eso es literal, recuerdan que desde octubre de 2013 la Marina Armada de México tomó Luvianos por asalto e instaló un cuartel en las instalaciones de la Feria Ganadera, y al lado del palenque improvisaron un helipuerto; ostentosos, presumieron helicópteros artillados con visión nocturna y algunos vehículos, también artillados, con los que tomarían el control de la cabecera municipal. Para meter miedo, desde la misma Marina se filtró que su personal llegaba apoyado por helicópteros G3, aeronaves que vuelan con sensores y radares que facilitan cacerías nocturnas o en condiciones climáticas adversas, equipados con armas que alcanzan rangos de disparo de hasta un kilómetro,

También se filtró que las Fuerzas Armadas tenían un segundo objetivo: apoderarse de la zona estratégica ranchería Caja de Agua. Para allá enfocaron sus esfuerzos y los luvianenses fingieron creer que la paz llegaría; y no se equivocaron, si 2013 fue un año tan violento como los que haya desde principios de la década de 1990, cuando se hizo evidente la aparición pública del narcotráfico en Luvianos, de la mano de militares de rango y empleados de la PGR, 2014 les ha probado que la delincuencia organizada no tiene principio ni fin, que la presencia de la Marina es inútil o cómplice de los cárteles que operan en la zona.

Las autoridades estatales quieren atribuir la nueva ola de violencia al llamado “Efecto Cucaracha” por la “guerra” de exterminio, apoyado en los grupos de autodefensa, emprendió el gobierno federal en Michoacán. Pero eso no es verdad, es una mera invención y manipulación oficial de los hechos, ni siquiera informan lo que está a la vista; Eruviel Ávila Villegas, como pasó con su antecesor Enrique Peña Nieto y con el antecesor de éste, Arturo Montiel Rojas, se niega a ver que en Luvianos hay una sola ley: la del crimen organizado.

Aunque ninguno lo reconoció en su momento, desde principios de la década de 1990 las organizaciones criminales conformaron un poder alterno que, en diversas etapas, se ha hecho cargo de la nómina del ayuntamiento, y ha creado una especie de banco de empleo que les permite tener al pueblo bajo control. Algunos cabecillas, como El Águila, en la región de Cañadas, se han erigido como los “verdaderos” jueces de paz. Son generosos y amigables y se hacen respetar a través del terror. Hace mucho lo aprendieron: los policías federales, los judiciales estatales y los militares sólo son sanguinarios, poco escrupulosos. No tienen reglas ni conocen límites.

La prolongada guerra de los criminales, el desdén de Eruviel, Peña y Montiel —así como el de gobernadores anteriores: César Camacho Quiroz y Emilio Chuayffet Chemor, dedicados más al trabajo político para satisfacer sus ambiciones políticas personales— y el abuso permanente de las fuerzas armadas y policiacas han tenido dramáticas consecuencias para los habitantes de Luvianos. Nadie cree que la guerra se pueda evitar, sólo están a la espera de qué cártel prevalecerá.

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