El Barco Ebrio

El Barco Ebrio

 

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El desencuentro entre comerciantes ambulantes y el ayuntamiento de Toluca es una de las más fieles e inmediatas representaciones de los sistemas de corrupción organizadas desde un gobierno municipal. También refleja lo que sucede en otras entidades, administradas por otros partidos e implican perversas relaciones políticas y económicas, pero también de narcotráfico y delincuencia.

 

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La visión “educadora” del gobierno municipal de Toluca no le alcanza para resolver lo que a simple vista parece un problema de espacios y luchas entre líderes ambulantes por las mejores “tiendas” de la ciudad. El centro ha sido siempre el sitio más ubicado para la venta ambulante, aunque las reubicaciones o programas nunca han funcionado porque se sujetan a intereses electorales.

 

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Hoy los ambulantes del valle de Toluca han organizado una coalición que pretende trabajar de la mano de la alcaldesa Martha Hilda González Calderón y promete aglutinar unas 15 mil personas siempre y cuando se abran carteras, aunque sean insignificantes y se les otorguen espacios “credencializados” para ventas, aunque sean en la punta de La Teresona. Los ambulantes, casi siempre aguerridos, están cansados de ser usados como plataformas electoreras desechables, donde ni siquiera los líderes ganan algo. Al contrario, muchos han perdido la vida al tratar de trabajar para políticos, como sucedió en los trienios panistas, especialmente en el de Armando Enríquez, hace once años.

 

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Enríquez se rodeó de grupos ambulantes que reventaron a otras agrupaciones al entregar a la policía a sus dirigentes. Marcados para siempre quedaron Gerardo Sotelo, “Alma Grande”, y su esposa, Esmeralda de Luna Sánchez, una secretaria del ayuntamiento que supo aprovechar todas y cada una de las conexión que le brindaba su escaparate de recepcionista. A “Alma Grande” apoyar a la administración de Enríquez le costó la vida. Divorciado de Esmeralda, pero al mismo tiempo despojado por ella, Gerardo Sotelo se proponía recuperar sus espacios comerciales y el poder que le diera la momentánea protección del panista Enríquez. Pero no le dio tiempo. Un día, a fines de junio del 2009, apareció muerto en la morgue de Valle de Bravo, donde llevaba días en calidad de desconocido. Buscado por todos lados debido a una denuncia por su desaparición, a Alma Grande se le encontró ejecutado en un paraje de Temascaltepec. Tiempo después su ex esposa, Esmeralda de Luna, fue encarcelada señalada de cometer el homicidio del líder comerciante pero no tardó demasiado en ser liberada por falta de pruebas. De Luna siguió en el negocio de los ambulantes y hace poco volvió a casarse, esta vez con un empresario de Cancún dedicado a la venta de quesos. Algunos aseguran que Esmeralda prepara las bases de un nuevo partido político en el Estado de México, con apoyo de panistas destacados que se involucraron con ella hasta como amantes. La lista es corta pero sustanciosa, recuerdan los propios comerciantes de la época.

 

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Pero esta historia de amor, odio, traición y muerte al estilo Televisa resulta apenas una cubierta para el verdadero drama, que se desarrollaba en los pasillos del ayuntamiento y en oficinas privadas ubicadas en la periferia de la ciudad. Allí, funcionarios panistas pactaron la entada del cártel del narcotráfico de La Familia a Toluca y estuvieron de acuerdo en que los primeros en entrar con una cuota fija serían los ambulantes. La Alameda central, ésa que hoy está en remodelación, cercada y cerrada hasta terminar invisibles trabajos, se convirtió en el primer punto para las “coperachas”. Los comerciantes denunciaron el caso ante Enríquez, pero éste no pudo o no quiso hacer nada. Los primeros homicidios por impago de protección o no querer entrarle no tardaron en registrarse. Primero, la detención del cobrador de La Familia en la Alameda, hace 9 años, dio a entender que los funcionarios panistas se habían ido por la libre, solos, sin avisar a otros involucrados, más poderosos que ellos. El detenido era también locatario en el mercado Hidalgo, donde se vende fayuca y discos pirata, en la colonia Sánchez de la ciudad. Allí, otro cobrador de cuotas fue asesinado por la espalda mientras recogía el dinero de los “permisos”. Este y otros asesinatos fueron encubiertos por la policía, que les dio el tinte de simples robos. El narcotráfico llegaba de esta forma a la capital del Estado de México en una de sus modalidades más sanguinarias. Antes de eso, apenas unos cuantos “dealers”, niños de kínder, pacifistas y candidatos al cielo católico al lado de los nuevos sicarios, se encargaban de la venta de drogas.

 

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La llegada de La Familia Michoacana, en el 2003, supuso la expansión definitiva del negocio de la droga. Ya los purépechas habían arrebatado el sur mexiquense a Zetas y Pelones, pero iban por más. En Toluca, pronto encontraron la protección de las autoridades, sin la cual nunca hubieran podido crecer y afianzarse como hasta hace meses hacía. La Familia incluso se pudo instalar en el nuevo mercado de Palmillas, donde controla un mercado interno de distribución, a la fecha.

 

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A las siguientes administraciones municipales no les quedó más remedio que aguantarse. Las reglas de la política estaban cambiando y el factor del narcotráfico era cada vez más decisivo, pues ahora participaba en la elección de las directrices de trabajo. Los llamados capitales políticos se transformaron en capitales narcosociales, con estructuras similares a la de los partidos políticos y que operan incrustados en un sistema de gobierno. En el caso de la capital mexiquense, todos los poderosos se hicieron tontos, pero algunos de plano le entraron al negocio. Los sexenios del ex gobernador Montiel y de Peña Nieto experimentaron un crecimiento en la violencia de cualquier tipo y pronto masacres que sólo se veían en el norte del país comenzaron a suceder en el sur mexiquense y hasta en La Marquesa, el parque federal más importante en el Edomex, compartido con el DF.

 

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Los siguientes alcaldes, el panista Juan Rodolfo Sánchez Gómez y las priistas María Elena Barrera y Martha Hilda González Calderón, se encontraron con un próspero narcotráfico que ni siquiera necesitaba ya de los cabildos ni de la protección policiaca municipal. Ya estaban  en otras ligas pero por si acaso se daban el lujo de imponer a funcionarios de primer nivel en el ayuntamiento, como sucedió con Germán Reyes, director de Inteligencia en la administración de Barrera Tapia, a quien se le identificó como el M1, jefe de plaza de la Familia Michoacana. Las autoridades civiles esconden que hasta ahora deben tratar los asuntos esenciales con el verdadero poder que significa el narcotráfico y que lo que se vive en Luvianos y el sur de la entidad se repite desde hace casi 12 años en oficinas del ayuntamiento de Toluca.

 

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La alcaldesa priista, Martha Hilda González, vista desde esa perspectiva, resulta hasta temeraria por haber aceptado gobernador el que ahora resulta el narcomunicipio más importante del Estado de México. Toluca, capital también del narcotráfico mexiquense, es discreta y trata de no llamar la atención. El debilitamiento o más bien la transformación de La Familia desde Michoacán ha permitido el reingreso de otros cárteles a la ciudad, como los mismos Templarios, los Zetas y los de Nueva Generación de Jalisco. No hay que buscar otro hilo negro. A quienes han visitado primero, para la nueva entrega de cuotas son, desde luego, los ambulantes.

 

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Los últimos cuatro días, hasta el 30 de abril del 2014, los diarios locales reportaba 24 ejecutados en la entidad. El panorama ha cambiado pero se ha vuelto más cruento aunque cada vez es más explicable.

 

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El negocio a partir de la explotación del ambulante es muy simple pero además es ancestral. De cada cinco pesos, uno se va para el policía de la zona, otro para el inspector, otro para el salario del vendedor y los dos restantes representan la ganancia del “dueño” de los productos. Pero también la cooperación para el mantenimiento de espacios, permisos y mordidas alcanza hoy día, pese a la prohibición del ayuntamiento, unos 800 mil pesos semanales nada más en la zona del mercado Juárez, atrás de la Terminal camionera de Toluca.

 

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Los ambulantes deben cuidarse de narco y de los políticos y sus policías, pero entienden que de algo deben vivir y eligen algún camino. Hoy están más certeros de que el apoyo partidista lo cobrarán bien y caro. Y como en el mercado, aseguran, se venderán al mejor postor. Algunos de ellos afirman que se prepara ya una mega-marcha en la ciudad de Toluca para exigir al gobernador Eruviel Ávila, mejoras sustanciales en la economía y la seguridad pública. También los ambulantes conocen los guiños correctos. Alguien les dijo que Eruviel no se quiere ir del poder y que hace falta un empujoncito. Claro, también irán estudiantes y amas de casa para que se vea que todo es parejo. La marcha está anunciada para dentro de pocos días, pero ellos están en espera de una contrapropuesta.

 

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Primero se fue Lavolpe, entrenador de las Chivas del Guadalajara, que Eruviel Ávila del gobierno del Estado de México.

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