Un asesino en el sindicato

* “El pistolero salió corriendo del lugar para abordar un auto que ya lo esperaba, según la declaración de la acompañante quien, después de unos segundos de sorpresa, subió al Grand Marquis, lo encendió y salió para tratar de dar alcance al asesino. No lo logró. En unos minutos, la noticia prendió. En el fuego vivo, las primeras conjeturas apuntaron a una riña con borrachos, un asalto o una venganza pasional. Nada de eso sería verdad. Nadie tampoco lo habría creído”, escribe Francisco Cruz en el libro “Los amos de la mafia sindical”, editado por Planeta en el 2014.

Francisco Cruz
Aunque los pormenores en archivos de ferrocarriles eran un caos con documentos reservados, en el mejor de los casos, o perdidos; y a las memorias de gestión administrativa y sindical sólo un puñado de funcionarios tenía acceso, había otras cuestiones que, vistas a la distancia, peraltistas y Gómez Zepeda no podían dejar en manos de sus enemigos porque representaban una mina de oro. Según se supo más adelante, en el gobierno del presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) se gestó un curioso acuerdo que, palabras más, palabras menos, otorgó el estatus de reserva territorial, para beneficio de los hijos de los obreros, a las casas en terrenos de Ferrocarriles Nacionales de México. Ese mismo beneficio recibían los terrenos que no fueran de utilidad para la empresa, por más que ésta —desde que la dirigió Caso Lombardo entre 1986 y 1988 y a través de contratos fantasma— los hubiera puesto a la venta a particulares con el visto bueno del sindicato de Peralta, como establecía el modelo neoliberal que se adoptó en 1982.
Desprotegidos, los obreros poco se enteraron de que, sólo en 1992, se habían regularizado 900 mil metros cuadrados, mientras que otros 610 mil metros estaban en proceso de regularización, dentro del Programa Habitacional Ferrocarrilero. Peña Medina, el vocero de Praxedis, le dijo a la revista Proceso en 1993: “En el Contrato Colectivo de Trabajo se estipuló que cuando los terrenos no sean de utilidad para la empresa, pasaran al patrimonio de los trabajadores. Sin embargo, durante mucho tiempo hubo irregularidades en el procedimiento para beneficiar a las familias ferrocarrileras, por lo que las autoridades habían decidido suspender todo trámite para desafectación del dominio público de Ferrocarriles a favor del sindicato. Pero se creó una comisión para cotejar en su momento todos los predios que ya están decretados […] Y se agilice su regularización”. Poco antes de que se pusiera en marcha el programa para concesionar ferrocarriles, se supo que en el aire estaba el destino de cerca de 70 millones de metros cuadrados de terrenos propiedad de la empresa.
El desbordamiento de pasiones en la guerra por controlar al sindicato ferrocarrilero llegó a los extremos porque la organización era y es vista no sólo como un gran negocio porque los líderes, además del control de las cuotas obreras y el manejo del fondo de los pensionados, tienen sus espacios de operación en el Partido Revolucionario Institucional. Abierta o soterrada la disputa, todas las noticias quedaron sepultadas en los primeros minutos de la madrugada del 17 de julio de 1993, cuando Praxedis Fraustro Esquivel, el secretario general del sindicato y diputado local por un distrito de Nuevo León, fue asesinado de dos balazos por la espalda apenas al llegar al hotel Pontevedra en la zona de Buenavista, casi frente a la estación del ferrocarril en la ciudad de México.
La prensa dio cuenta al día siguiente. Y la facción opositora en el sindicato puso énfasis en las versiones del homicidio del fuero común, producto de un intento de asalto; también se hicieron intentos por esparcir los rumores de crimen pasional. Fernando Miranda se dio a la tarea de reconstruir el atentado: “En el estacionamiento subterráneo del hotel, apenas el líder bajó de su automóvil, un Grand Marquis rosa chiclamino —acompañado por una mujer con quien sostenía relaciones extramaritales—, cuando, de entre la penumbra, surgió un pistolero que se aproximó con un arma de fuego y le dio dos balazos a quemarropa: uno en la nuca y otro en la parte baja de la espalda. Praxedis se hospedaba en una lujosa suite desde que había tomado posesión como secretario nbacional del sindicato. Pero esa madrugada en especial estaba en el hotel porque a las ocho de la mañana participaría en la ceremonia del Día de la Nacionalización de los Ferrocarriles, en la explanada de Buenavista.
“El pistolero salió corriendo del lugar para abordar un auto que ya lo esperaba, según la declaración de la acompañante quien, después de unos segundos de sorpresa, subió al Grand Marquis, lo encendió y salió para tratar de dar alcance al asesino. No lo logró. En unos minutos, la noticia prendió. En el fuego vivo, las primeras conjeturas apuntaron a una riña con borrachos, un asalto o una venganza pasional. Nada de eso sería verdad. Nadie tampoco lo habría creído”. Esa muerte despertó reacciones de dolor y rechazo.
Todos los ferrocarrileros, y esa era una verdad, recordaron que, en la primera semana de febrero de 1992, Praxedis le había ganado la Secretaría Nacional a Peralta, al grupo Héroe de Nacozari de Gómez Zepeda y al incrédulo Caso Lombardo. La Secretaría de Trabajo fue obligada a entregarle la toma de nota o el llamado reconocimiento de gobierno a la nueva dirigencia, lo cual, hoy todavía, no es algo tan sencillo. Hay líderes que luchan años para conseguirla y otros, de plano, nunca la reciben.
De entre lo impensable y los más descabellados chismes —lo que más había, además de la incapacidad de la Policía Judicial del Distrito Federal—, los peores se hicieron realidad: en el proceso de negociaciones por las carteras sindicales que se ocuparían aquel febrero de 1992, los derrotados, Peralta, Gómez y Caso, se apropiaron de la mayoría de los puestos clave. El más importante fue Víctor Flores. Con el fracaso electoral de Peralta, su protector, él se cayó para arriba: de la Secretaría Nacional de Ajuste por Trenes fue nombrado secretario Nacional Tesorero. Con él en esa posición, la empresa intentaría ahorcar financieramente, a Praxedis. Flores que conocía muy bien el manejo de los recursos sindicales desde que en el trienio 1986-1989 su amigo, compadre y jefe Peralta lo nombró primer vocal del Comité Nacional de Vigilancia y Fiscalización.
Si hubo estupor cuando los ferrocarrileros conocieron al equipo de Praxedis, la magnitud de su crimen fue demasiada. Y sí, hubo desconsuelo, desconcierto, desazón y miedo. El escándalo del asesinato impactó en los cimientos del sindicalismo ferrocarrilero, pero nada pasó. Los trabajadores entraron en una etapa de pánico generalizado y de allí pasaron a la inmovilidad porque ejecutaron a Praxedis teniendo a su disposición un séquito de guardaespaldas amparados en las armas. El homicidio los hizo entender, por lo menos así lo siguen sintiendo, que su sindicato tenía dueños desalmados, delincuentes capaces de quién sabe qué cosas, corriendo tras las concesiones políticas, ríos de dinero de las cuotas de los obreros —sino, ¿para qué desaparecer a dos rieleros de renombre: uno ex dirigente y, otro, el dirigente, en menos de un mes?—, así como de los grandes negocios que deja tras de sí el control de los obreros.
El drama siguió su curso; en ese momento se comprobó que hubo una traición porque, al momento del atentado y en una situación tan volátil en el sindicato, Praxedis estaba solito, apenas acompañado por su amante. Los obreros levantaron una pregunta que nadie adentro quiso escuchar y las autoridades no pudieron ni se atrevieron responder: ¿A dónde estaban los guardaespaldas de Praxedis? Muy pocos comprendieron qué estaba pasando y, por temor, otros tampoco buscaron explicaciones. Pese a la irracionalidad del crimen, nadie abrió la boca. Los restos de Praxedis Fraustro Esquivel fueron entregados a su familia y velados.
En el mismo instante en que la familia de Praxedis recibía el pésame y solidaridad por parte de los obreros, con apoyo del secretario Caso Lombardo y de Jorge Peralta, el grupo Héroe de Nacozari retomó sus viejas costumbres caciquiles —no se atrevió a exponerse al ridículo con un riguroso examen a través de elecciones extraordinarias— y maquinó el ascenso del tesorero Víctor Flores, aunque no hacía falta porque éste tenían ya un grupo propio avalado por su maestro Peralta.

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