Y los aliens, señores

* Para los que no lo conocieron, era ilustrador, pintor, escultor, fotógrafo y diseñador de set para cine. Su obra más famosa son los monstruos que se quieren comer a Sigourney Weaver y que hasta un Óscar le atrajo en 1979. También sus libros son extrañas pinturas evocadoras de las alucinaciones de Lovecraft. Los ensueños enfermizos de Jodorowsky lo hicieron mundialmente conocido.

 

Miguel Alvarado

El eminente H.R. Giger cayó de las escaleras en su casa y se mató. Poético final para el creador de las adorables pesadillas de otros mundos y pornografía para todos los gustos. Suizo, de familia controladora y rígida, no podría responder de otra manera al estímulo de un mundo enloquecido y adorador del arte que no es arte pero que sí está bien hecho. Ya era grande y sus 74 años no le alcanzaron para ganarse la inmortalidad de sus criaturas, los aliens despiadados que en vez de sangre tienen ácido por las venas, casi tan letales como los políticos mexicanos y las reformas de Peña Nieto. La diferencia radica, claro, en que los aliens pues no existen.

Para los que no lo conocieron, era ilustrador, pintor, escultor, fotógrafo y diseñador de set para cine. Su obra más famosa son los monstruos que se quieren comer a Sigourney Weaver y que hasta un Óscar le atrajo en 1979. También sus libros son extrañas pinturas evocadoras de las alucinaciones de Lovecraft. Los ensueños enfermizos de Jodorowsky lo hicieron mundialmente conocido. Luego de 1979, Giger era en realidad una marca humana, una patente con patas tan dañina como la Coca-Cola, con los mismos ánimos de lucro pero infinitamente pura. Su mundo era una experiencia casi religiosa, cantaría luego nuestro intelectual de izquierda Enrique Iglesias.

Que unas escaleras se atravesaran en sus torpes zapatos, deja mucho qué pensar. No es la muerte el fin del mundo, dice el niño que juega abajo conmigo, con los muñecos de Santo, el Enmascarado de Plata. Dice que la existencia es lo más importante y que a veces a uno le toca estar así. No vive, pero existe. Luego, de pronto, de entre las sombras de la casa aparece el hocico negro, cargado de baba y con su istmo de fauces dobles, ubicado “en la bucofaringe u orofaringe y se extiende del velo del paladar por arriba al borde superior de la epiglotis por abajo”, lo muerde experto. Su cuerpo queda allí, como diría el doctor Ernesto Zedillo, salvajemente mutilado pero vivo. Despertará después, atado a una pared orgánica, construida por la comunidad de los voraces, atrapado de brazos y piernas mediante lazos de saliva endurecidos, como un moscardón, y con un artefacto parecido a un pene en la boca, el abominable “Facehugger”, le trasmite la vital fortaleza de la muerte, la evolución a 20 gigas vía Infinitum y Telmex, el escroto de dios a disposición de la verdadera escala evolutiva, sin rezos, sin nirvanas ni infiernos, sólo dientes y estómagos que todo lo disuelven.

A Hans Ruedi le gustaba vivir así. Encontró la manera de hacer dólares con sus extravagancias y supo adaptarse al espectáculo que la muerte ofrece para el primer mundo. Mientras los gringos y hasta los suizos santurrones administran bancos, asisten a fiestas carnales y sectas iluminati –la pura envidia- en la Toluca que se despierta a las 10 de la mañana y abre sus negocios a las 11 y media, otras criaturas, igual de rastreras pero sin marketing acechan las calles y los recovecos más viles. Cuentan los graciosos que la muerte del papá de los monstruos los ha movido a la reflexión, como sucede en la Cámara de Diputados local.

– ¿Qué prefieres, tratar con un alien o con un diputado?

– Pues con un alien, porque tal vez logres escapar. Además los diputados están siempre muy ocupados en comidas y ceremonias chafitas donde escuchan su nombre un chingo de veces.

– Pero los aliens…

– Nada, nada. Ya, ándale, invítame un cigarro, güey.

Creo que son cuatro años de que el rockero más vegano, Gustavo Cerati, está en coma. Otro tipo de muerte, desaparición, desintegración, hacerse humo o dejar de hacer. Se supone que es el músico –en lo popular, nada más y tampoco, tampoco- mejor dotado de la América Latina, que supo encontrar en los versos de Gelman una interpretación para su propia música. Ahí ha de seguir su cuerpo, en algún lugar de la ciudad de la Furia, echado en su cama, atendido por algunos o alguien y recordado por la fanaticada, similar en todo caso a la Perra Brava. Y es que de verdad no hay mejor ocupación que la güeva, la inmovilidad absoluta. Bueno, sí, excepto el mundial de futbol y el arte del maestro Messi. ¿Qué sería de los argentinos sin Cerati? ¿Qué sería de los barcelonitas sin el Messi? ¿Qué será de los maestros del Estado de México sin su bono de seis mil pesos? ¿Qué harían los del SMSEM sin las cuotas sindicales? ¿Y si son 92 mil agremiados? ¿Y qué tal que son épocas electorales y el desmadre de los votos comprados le sale más caro al PRI? Los maestros, sufridos y así –ja, ja- no son muy distintos de los de la Coordinadora, aunque hay sus diferencias fundamentales. Quemar pants en lugar de manifestarse y cerrar calles es la más relevante. Pero los bandos tienen las mismas debilidades. Les gusta el dinero por encima de enseñar o preparase. Tienen líderes corruptos, reflejo del sindicalismo que ellos mismos ha permitido, les gusta no dar clases y andar por ahí, por los caminos de la vida ejerciendo la fuerza de las masas. Son prepotentes y también muy ignorantes. También los hay excepcionales, pero es su deber serlo.

Ah, pero es que tienen hambre, a ver págales tú, dice uno.

Ah, pero es que cómo van a enseñar a escribir, si ni siquiera pueden redactar una nota. Sí, los maestros.

Ah, pero a ver vete a trabajar al cerro y has un camino de cuatro horas diarias.

No manches, entonces son unos héroes, como el Ché, mínimo.

Giger murió en su casa de Zurich al pie de sus escaleras. Y por más atrocidades que se le ocurrían nunca pensó que la realidad le ortorgaba eso y más. Pero sabemos que se dio cuenta y quiso hacer de este mundo uno mucho mejor, sin sindicatos ni caudillos populares en estado vegetativo o disquisiciones sobre la importancia de llamarse Ernesto –Zedillo, pues- o participar en elecciones de antemano pactadas y hablar con políticos o que a Messi le falte lo necesario para, él solito, hacer trizas a los rivales.

Porque Oribe Peralta ya está en el América.

Porque los diputados ya están preparando su futuro.

Y los aliens, señores, son muñequitos en los estantes de Walmart a 250 pesos cada uno.

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