Pa’ naderías

* Mientras la revista Caras publica fotos logradísimas de Alejandro Fernández, un cantante a quien han bautizado como El Potrillo y anuncia que Alex Peña, nada menos que el hijo del presidente mexicano Peña Nieto es el fan número uno, se entienden las imágenes de Montiel Klint, aunque nunca tendrá foro en la revista del corazón más importante de México, a menos que se despose con una de las hijas de doña Angélica Rivera.

 

Miguel Alvarado

Un hombre sostiene en su cabeza una cubeta de lata mientras un ventilador, fuera de cámara, le sopla el pelo. Viste una chamarra y su cara nunca se ve porque está cubierta por el mismo cabello. Luego, un anuncio aparece y dice: próximamente. Todo es amarillo, ya por un filtro o por luz directa.

Otro video. Un hombre palea en un paraje semidesértico mientras otro lo observa. Lo hace por 52 segundos.

Uno más. Un burro pasta frente a una iglesia rural, amarrado. Se mueve inquieto mientras la cámara registra una especie de fotografía donde algo se mueve. Lo mismo pasa en otro, donde una mujer en Comitán, Chiapas, sitio de moda para los artistas desde hace años, observa una avioneta y banderitas de plástico restallan en el viento, mientras cuelgan.

Los microvideos son obra de Fernando Montiel Klint, un joven fotógrafo mexicano nacido en 1978 que experimenta con este tipo de escenas, fotos en movimiento con sus nubes y sus pastos bien verdes y toda la cosa. Son buenos y también son malos. Dejan con ganas de más pero también con una serie de preguntas que no obtienen respuesta. Montiel hace lo que quiere, aunque éste Montiel lo hace con la foto y trasmite algo, a diferencia de otros montieles de Atlacomulco, menos fotógrafos pero también artistas consumados de rancios robos.

No hay mucho por decir. Vendrían las razones del fotógrafo, a quien se entiende de antemano. Lo hace porque le gusta y su trabajo no debe ser necesariamente útil. Logra trasmitir al menos sensaciones y a nadie le hace daño, que a estas alturas, dicen unos, es lo importante. No es arte, sólo son fotos, un estilo de hacer foto y que está muy bien.

La etapa en la que todos se vigilan, unos a otros se delatan, registran lo imposible y lo aberrante, que por lo mismo es maravilloso y repulsivo es preludio nada más de la banalización de la intimidad. Todos tienen al menos un celular que toma imágenes, no importa la intención ni la técnica, ni siquiera que se distingan caras o se haga una identificación más o menos de la locación. Lo terrible por tenebroso ya ni asombra porque hoy, hoy, hoy, todos esperan que esté en video o en una de esas malísimas imágenes digitales que recorren en segundos la red social del agrado de cada uno. Así, hasta una superestrella del asesinato, un in cold blood-star, por decirlo como los diccionarios hiperhipsters y que creen que la mota es la neta, produce imágenes. Ahí está el Broly Banderas, convertido en una especie de guerrero maloso de culto dentro del Facebook y que aprovecha que la dirección de su fon está protegida por un plan prepagado en Movistar o Telmex para salir embarrado de sangre y cargando las armas que hicieron famoso a Rambo y señalar que nunca antes tuvo tanto pegue con las mujeres. Porque la vida vale para pura verga.

Mientras la revista Caras publica fotos logradísimas de Alejandro Fernández, un cantante a quien han bautizado como El Potrillo y anuncia que Alex Peña, nada menos que el hijo del presidente mexicano Peña Nieto es el fan número uno, se entienden las imágenes de Montiel Klint, aunque nunca tendrá foro en la revista del corazón más importante de México, a menos que se despose con una de las hijas de doña Angélica Rivera.

Pero, a poco no, El Potrillo da para unas fotos bien chidas con todo y que a veces no se le consigue encontrar el ángulo Televisa o su hermoso rostro amorenado, que presentó una y otra vez en las secuencias de su película sobre Emiliano Zapata, un aborto que debió quedarse en el regazo de su madre, el señor Emilio Azcárraga. Fernández no tiene la culpa de ser quien es ni de que le guste al hijo de Peña Nieto. Y Montiel Klint tampoco tiene la culpa de que sólo quiera tomar fotos o escenas de burros pastando frente a cándidas iglesias y vivir de ellos, ascender en planos tan holandeses como su segundo apellido -¿será holandés? y, tal vez, llamarlo arte o codearse con esos artistas a los que nadie entiende, ni siquiera cuando se les otorgan becas. Porque, pues un burro comiendo pasto está chido pero no deja de ser un asno con hambre, por mucho encuadre y sensaciones que trasmita. Y nadie tiene la culpa de ser quien es. Hay que encontrar un chivo expiatorio.

Pero esa imagen que cualquiera atrapa con sus celulares hasta de 249 pesos en el infamante Oxxo, también es trasmitida por el sicario, que más o menos sabe de estéticas sanguinarias, copiadas ya de una película o truculenciadas en reuniones de altísimo nivel en ese bajo mundo sanguinario pero fashionista, que si pudiera tendría su “narco-channel” para trasmisiones en directo de sus andanzas, como a veces sucede en el Yutub.

Al trabajo de Montiel y de todos los demás les ha tocado la mejor de las épocas. Todo es imagen y se procesa en nanosegundos. Nadie compite con nadie, excepto por estar allí y postear primero que todos. Se vale de todo, suicidios en tiempo real o los conciertos ultrachafas de Gloria Trevi, Lupita D’Alessio y la jarochísima Yuri, quienes por mucho que se entonen son pregoneras del lugar común, el reclamo como arma de ventas y la impostura de la salsa por tele o lo que dicen que es aquello. Y es que el Broly Banderas al menos no engaña. ¿O sí?

Montiel Klint es chingón. No es un fotógrafo improvisado aunque tampoco es documentalista, mucho menos fotorreportero. Hace lo que cree que está bien y al menos expresa. Y al parecer vive de ello, otra lección que nos da el arte y la mercadotecnia. México, sumido en la crisis más severa desde Carlos Salinas y con Luis Videgaray orquestando el ingreso al infierno definitivo, puede todavía dar de comer. Valiente conclusión para los 57 millones de pobres que observan al Grupo Atlacomulco atragantarse de patria, hacerla caca.

Otra vez la revista Caras se pasa de buena onda y señala que el restorán preferido de Peña Nieto se llama Morton´s, así como suena, y que está enclavado “en Paseo de las Palmas, Lomas de Chapultepec, su especialidad es la carne, la cual es importada de Estados Unidos y es de la más alta calidad. El estilo es clásico con ambiente formal y cuenta con una terraza para cenas románticas o privadas. Los precios oscilan entre los 700 y 800 pesos por persona, en promedio”.

Que Peña se llene con 800 pesos diarios no tiene precio. Los de Caras exageran el lado amable de la nota rosa y se convierten en los cronistas más críticos de los habitantes de Los Pinos. Y logran todo eso cobrando además un convenio con la familia presidencial. Nadie sabe cómo saldrían las fotos de las comidas si las tomara Banderas. O Montiel Klint. “El pan que aquí horneamos lo probó una vez el presidente Enrique Peña Nieto. Al cabo de los días llamaron de Los Pinos pidiendo la receta. Para Morton´s, algunas de nuestras recetas son secretas. Les tuvimos que decir a Los Pinos que no les daríamos la receta del pan”.

Y así, un burro prueba pan recién horneados, frente a una iglesia azul en el campo mientras alguien le toma un video y lo sube a las redes sociales.

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