Traición laboral

* Las insólitas comisiones por “retiro voluntario” han sido un cáncer de codicia que corroe a la cúpula sindical. Desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) se convirtieron en un punto de choque: sólo en 1998, tres años después de que la Presidencia de Ernesto Zedillo decretó la extinción de Ferronales, Flores logró “convencer”, por las buenas y las malas, a 56 mil 783 ferrocarrileros.

 

Francisco Cruz Jiménez

Nunca se aclaró esa intrincada maraña de negociaciones y contranegociaciones por debajo de la mesa, ni aquello del descarado reparto de secretarías a los hombres de Peralta. Tampoco hacía falta, el acuerdo dio un empate entre la familia de Salinas y el grupo de Caso Lombardo. Allí estaba la historia. Por si hiciera falta comprobación, a Praxedis se le soltó la lengua: “No estoy aquí por mis compañeros de (la planilla) Solidaridad, estoy aquí por el Presidente de la República”. Nadie buscó precisiones sobre los efectos del acuerdo. Y no era necesario: Peralta controlaría las cuotas de los obreros en activo; y Praxedis —cuyas fotos con Carlos Salinas eran ampliamente difundidas entre los rieleros, con la intención de que se notara quién detentaba el poder—tendría a su disposición recursos de los obreros jubilados, muchos y cuantiosos, por cierto, a través de la mutualista Previsión Obrera. En otras palabras, se dividieron el territorio. Fueron éstas las manifestaciones más evidentes de la corrupción.

Así se enteraron los compañeros de Solidaridad que estaban fuera del equipo y de los planes de Praxedis, que sus nuevos “patrones” sindicales serían otra vez los mismos, ahora comandados por el secretario Tesorero, Víctor Flores, marioneta de Jorge Peralta, quien despachaba desde una oficina en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, pactada con su titular Andrés Caso Lombardo. Asentado en la dirigencia nacional, Praxedis no tuvo inconvenientes a la hora de sacrificar a sus compañeros. “El poder y el dinero a manos llenas transformaron al viejo maquinista quien, por mucho tiempo, sobrevivió del porrismo sindical. “Ahora, durante los actos públicos, bastaba que hiciera una señal para que uno de sus asistentes le consiguiera de inmediato una cita con la edecán más hermosa que anduviera por ahí. De la noche a la mañana, Praxedis dejó de asistir a la Hija de Moctezuma, la famosa cantina en la colonia Guerrero, no tan lejos de la estación del tren en Buenavista. En ese abrir y cerrar de ojos mudó sus gustos a lujosos bares en la Zona Rosa, cambió los carros modestos por los último modelo, la ropa de mal gusto por trajes de casimir inglés y los zapatos gastados por mocasines italianos.

”Conforme transcurrían las semanas nos dimos cuenta que todo seguía igual o peor. Praxedis hacía lo mismo que sus antecesores, estaba en camino de imitar a Peralta. En los primeros meses asumió una cruzada: convencer a los obreros para aceptar el Retiro Voluntario. Asumió el papel de abierto colaborador del gobierno salinista. Sorprendidos, los ferrocarrileros lo vieron recorrer talleres y oficinas exhortando a sus compañeros para que aprovecharan los beneficios de ese programa. […] Por cada trabajador anotado en las listas de ese plan gubernamental, Praxedis recibía una comisión de Ferronales. Esta era la práctica más acabada del sindicalismo contemporáneo, ya no eran los patrones ni funcionarios de la Secretaría del Trabajo haciendo el trabajo sucio, eran los líderes; ellos se encargaban de convencer a sus compañeros para que, de una manera u otra, aceptaran su irse de ferrocarriles”, escribió Miranda Servín en 1993.

Nunca se supo quién, pero el 13 de febrero de 1992, a diez días de su toma de protesta como secretario nacional, Praxedis Fraustro aprovechó algunos resquicios que encontró y maniobró para nombrar a su hermano Francisco Fraustro Esquivel como administrador único del Teatro Ferrocarrilero, su salón, los camiones y todos los autos propiedad del gremio, con un salario mensual de 4.8 millones de pesos.

Las insólitas comisiones por “retiro voluntario” han sido un cáncer de codicia que corroe a la cúpula sindical. Desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) se convirtieron en un punto de choque: sólo en 1998, tres años después de que la Presidencia de Ernesto Zedillo decretó la extinción de Ferronales, Flores logró “convencer”, por las buenas y las malas, a 56 mil 783 ferrocarrileros. “Nos amenazaron, nos intimidaron, nos hostigaron y, al final, fuimos obligados a firmar un retiro no tan voluntario que exigían Flores, Zedillo y, desde Estados Unidos, quienes se harían de las concesiones del ferrocarril mexicano y de la explotación de las vías. Vinieron disque especialistas gringos para determinar cuántos años íbamos a vivir. Además, firmar era la única forma de, según ellos, conseguir empleo en las nuevas empresas. De la Sección 17 éramos poco más de 2 mil”, confío un viejo ferrocarrilero, quien pasó parte de su vida como mayordomo en la estación de Buenavista. “De aquellos casi 57 mil jubilados del 98, aún vivimos, sobrevivimos con muchas penas, unos 36 mil 838, según los números que nos entregaron, a finales de 2012, representantes de los jubilados. Y de la Sección 17 quedamos unos mil. Flores y su gente metieron en la lista de ‘convencidos’ a obreros con apenas 25 años de servicio”.

El destino de los ferrocarrileros ha estado marcado por contrastes. Según informes de oficina de jubilados, Flores obtiene casi un millón 500 mil pesos por las cuotas sindicales que les descuentas directamente de sus pensiones. Y ninguna autoridad les ha explicado el porqué del descuento, si ellos ni siquiera tienen derecho a voto en los procesos electorales internos. Desde 2007 se puso en marcha un proceso legal para que los jubilados dejen de aportar cuotas sindicales y recuperen su dinero, pero hasta ahora no les han resuelto favorablemente. Haciendo sumas y restas, se calcula que cada jubilado recibe 4 mil pesos mensuales. Y la cuota sindical obligatoria que cada uno debe aportar de manera es de 40 pesos. Así, los 36 mil 838 pensionados entregan, en conjunto, un millón 500 pesos cada mes a las arcas del sindicato, desde hace 15 años. En otras palabras, como mínimo, en ese lapso han aportado casi 19 millones de pesos anuales.

Por su estilo de vida, los relojes que presume de vez en vez y los automóviles que se le han documentado, Flores no tendría problemas en aportar, aunque nadie sabe si verdaderamente lo hace: si bien se jubiló con un salario de 56.81 pesos mensuales, se le ha documentado que cada mes recibe, por cuestiones salariales, cerca de 90 mil pesos por dos pensiones. La mayoría de los casi 37 mil obreros jubilados tiene razones para quejarse porque reciben una pensión promedio, como se dijo líneas atrás, 4 mil pesos mensuales.

Ferrocarrilero disidente despedido y vocero de las corrientes de oposición, Salvador Zarco Flores lo ha explicado de la siguiente manera cuando se lo preguntan: en el sindicato “no se luchó por conservar la plantilla laboral. Ferrocarriles Nacionales jubiló o liquidó a miles de trabajadores. La recontratación se hizo con cada una de las empresas a través de una bolsa de trabajo, figura nueva que estableció el sindicato y dejó grandes ganancias a Víctor Flores. Estableció 39 en todo el país, una por cada sección sindical, y se sabe que por cada trabajador recomendado para su recontratación llegó a cobrar 10 mil pesos o más”.

La traición a los trabajadores se cuenta con detalle: los obreros del histórico ferrocarril mexicano quedaron atrapados entre la afilada espada de los gobiernos salinista y zedillista, y, por la espalda, con el puñal que representaban las ambiciones de sus líderes sindicales. El drama siguió. A nadie —Peralta, Fraustro, Flores, Salinas y Zedillo— le tembló la mano para usar las plazas de los obreros como moneda de cambio. Al final del zedillismo, las nuevas empresas ferrocarrileras sólo habían recontratado a unos 15 mil trabajadores —aunque según algunos números hay 30 mil en activo—, pero sobre otras bases.

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