Y ahora quieren comida

* El infame Pasolini decía que el futbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. El filósofo Sergio Givone, otro atormentado por pesadillas infantiles, diría que la vida es una metáfora del futbol. “Sueño que un día nadie hará más goles en todo el mundo”, opinaba Eugenio Montale cuando pensaba que el futbol no debía tener porterías ni estadísticas pero sí jugarse el juego.

 

Miguel Alvarado

Yo ya estoy bien. Ya hasta se me quitó el hambre.

El sueño. La sed. El frío. Hasta el barro en la punta del hueso.

Hace cuatro años el México panbolero soñaba que Javier Aguirre llevaba al Tri al quinto juego y que Cuauhtémoc Blanco haría el milagro. En términos de Televisa, sólo esa empresa saldría ganando, empataran los verdes, perdieran o de casualidad lograran más goles que el rival.

Ahora en Brasil poco a poco el olvido llega con el nombre de Oribe Peralta, tipo de barrio condenado a meter goles en época de reformas y que de manera incidental es un hombre feo pero guapachoso, como la mayoría de los mexicanos somos. El conglomerado es una señal –así lo dijo mi madre cuando nos perdimos en Reforma buscando Metro Chapultepec- de que algo hay. Y esta ocasión el conglomerado se identifica con Oribe, no con Luis Videgaray o el supuesto enfermo Peña Nieto ni con Alejandro Encinas o López Obrador o las vergonzantes posiciones de las senadoras mexiquenses Ana Lilia Herrera y María Elena Barrera.

Se supone que esta nota hablaría de futbol, al menos del Golpe de Estado en Maracaná, cuando el Negro Varela sepultó literalmente el ansia brasileña y luego salió a las calles de Río para constatar la tristeza de un pueblo que ignora pero no es estúpido y sabe que a veces o casi siempre el balón es su único consuelo. Que lo fabrique Adidas es otra cosa, que lo cosan los afganos también y que lo vendan como si pesara oro, pues… Pero Varela se adentraba en las favelas, ayudado por el color de su piel. Uruguayo y de alguna manera igualado en el sentimiento de clase, entró a las cantinas y pidió de beber mientras su compañeros, Gigghia, Schiaffino, Roque Máspoli celebraban con el grupo la Copa del Mundo de 1950 y escuchó la tristeza vuelta carne, hecha tripas, sangre. Los brasileños de los ghettos bebían y mascullaban que Varela había sido el culpable de la derrota del Scratch y lloraban y bebían, no necesariamente en ese orden. Varela lo comprendió todo y aunque invitó los tragos aquella noche del 16 de julio, jamás se perdonó haberse convertido en arma absoluta de destrucción masiva. Entendió que nosotros –nosotros, ustedes, ellos, los que nos rodean- somos y seremos los esclavos en busca de migas y ahora goles, que lo demás nos vale madre porque no hay ninguna forma de cambiar a los dueños del poder, al Grupo Atlacomulco, a Lula y Dilma, que son uno y lo mismo aunque parezca que están al revés, y que la Bolivia de Guevara adquiere una luz que no es de esperanza porque eso es estúpido, sino algo parecido a un campo sagrado donde la pelota –las balas, las sogas- representa la vida.

Guevara y Varela fueron la misma cosa, pero el segundo supo que más podía hacer el futbol que una revolución, mexicana o cubana y que lamentablemente ese deporte se había convertido en una paráfrasis, una repetición pero con fondo verde, del orden social imperante. Los esclavos juegan al futbol y otros tantos los miran extasiados. Los bufones cobran por entretener y pueden ser ricos y famosos, resolverse la vida en términos económicos pero la razón indica otra cosa. ¿Y si los peñas, los obamas, los salinas, los montieles, los manzures, los obradores, los corderos, los calderones, los azcárragas, los eslimes tiene razón? Y si no nos pastorearan, ¿qué sería de nosotros? ¿Qué haría el conglomerado con al menos la sensación de ser libres? ¿Eh? ¿Y entonces el futbol en qué se convertiría? Y entonces.

El infame Pasolini decía que el futbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. El filósofo Sergio Givone, otro atormentado por pesadillas infantiles, diría que la vida es una metáfora del futbol. “Sueño que un día nadie hará más goles en todo el mundo”, opinaba Eugenio Montale cuando pensaba que el futbol no debía tener porterías ni estadísticas pero sí jugarse el juego.

Luego llegaron los Azcárraga y todo valió verga. Se inventó el lavolpismo, el lapuentismo sobre bases abstrusas, carroñeras que los hicieron pasar como intelectuales del calcio, junto a anatemas como Jorge Valdano, mediocre delantero pero eficiente relacionista público que ayudó a Maradona a ganar el Mundial de 1986 y al Real Madrid a construir su marketing asombroso de playeras y dizque leyendas, casi todas pálidas, fantasmales, ni siquiera la sombra de Obdulio el uruguayo. Eso, los televisos, los de la FIFA y sus cuates, contrapunto del que Pasolini podría decir equivalen a los contenidos del Libro Vaquero o Paulo Coelho, luego de describir en los años 70 del siglo pasado que “puede haber un futbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un futbol como lenguaje fundamentalmente poético… el catenaccio y la triangulación (que Brera llama geometría) es un futbol de prosa: se basa en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, esto es, en la ejecución razonada del código”.

Hasta la lamentable película, Goal of the dead, todavía sin estrenar, sabe que el trabajo en equipo es fundamental. Oribe, vueltos al siglo 21, Oribe Peralta es un joven envuelto en el glamur de la chafísima liga manejada por Azcárraga, donde Carlos Vela es poco menos que un traidor, vendepatrias peor que Santa Anna o Peña Nieto por no aceptar jugar con el equipo de todos. Oribe fallará, si los momios resultan acertados, a la hora de la hora y amén. Tal vez un gol contra Camerún, una asistencia, un buen pase, o quizás dos goles pero será todo. Maradona, un héroe de pierna zurda, señalaba que su favorita siempre era Brasil, y luego acercándose a los reporteros, susurraba viperino: “es que dicen que los favoritos nunca ganan”.

Toluca se prepara muy a su manera y a pesar del déficit de seguridad que arrastra de manera permanente, de las buenas intenciones de sus autoridades, que sólo son eso, lugares comunes, nasales, que casi cualquiera puede articular, pone a disposición del peatón, del ciudadano ocupado que puede aprovechar un rato de su tiempo laboral, escolar o de plano de la vagancia cotidiana en busca de la billetera más atrayente, unas cuantas pantallas gigantes en algunos puntos de la ciudad. Por ejemplo, si de gritar se trata, se recomienda acudir al Andador Constitución -¿cuál es ése?- en el centro de la ciudad porque allí sí hay ambiente carioca.

Mientras, la respetable y adinerada familia Alcántara pasa comerciales a favor de la llamada Cruzada contra el Hambre en sus camiones comodísimos equipados con pantallitas de plasma para ver películas bien chidas. Allí, antes de la viajera función, un campesino dice que ya está bien, que ya se le quitaron las ganas. Este convenio lo paga el gobierno federal y tiene un costo incluido en los 4 mil millones de pesos que el viajero Enrique se chuta cada año para autopromocionarse.

Yo, por ejemplo, ya estoy bien, sólo que ya me dio hambre.

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