El saqueo

* “Praxedis tenía grandes aspiraciones de convertirse en el hombre más poderos del sindicato ferrocarrilero, siempre bajo el ala protectora del corporativismo o del sindicalismo oficialista y estaba convencido que, gracias al apoyo que recibía desde la Presidencia de la República, según él lo hacía ver, nadie se atrevería a tocarlo. Así, cuando Miranda le entregó pruebas del fraude en el que estaba involucrado el líder sindical, Flores no hizo nada”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2014.

 

Francisco Cruz Jiménez

Con la confianza desbordada, un ego que no cabía en su oficina y su destino puesto, por convencimiento personal, en las manos de la Presidencia de la República, Fraustro cometió otros desatinos. Y éstos le abrieron la puerta a la tragedia que vino después: le dio la espalda a Lorenzo Duarte, un norteño ambicioso cuyas esperanzas eran salvar de Peralta y Flores al sindicato. De entrada, lo acusó de vivales y “de méndigo saqueador. Me dejó una deuda de más de 2 mil millones de pesos. ¡Qué poca madre! Se llevó 17 coches último modelo, casi todos Topaz y dos camionetas. Ya se quería llevar la azul que tengo allá abajo. Le dije, ‘pérame tantito, déjame siquiera esa para moverme’. Le fue bien, se compró sus ranchos. […] Y, como burla, Lorenzo nada más me dejó un retrato de Caso Lombardo, aquí, atrás de mí, en el suelo, volteado hacia la pared y patas arriba, con una dedicatoria del viejo para Duarte”, rescata Miranda Servín de las pocas charlas que sostuvo con Fraustro, días después de su toma de posesión.

Sin guardar las formas, Fraustro también responsabilizó a Lorenzo Duarte de aceptar una reducción del periodo vacacional para trabajadores sindicalizados, de 30 a 10 días, así como de la modificación de la cláusula 15 para conceder más puestos de confianza a la gerencia general de la empresa y menos de escalafón a través del sindicato. A esa lista de retroceso en las prestaciones laborales, Duarte sumó otra aparentemente inofensiva: aceptó la supresión de corridas de trenes en varias rutas. Los ferrocarrileros descubrieron casi de inmediato que, en realidad, la disminución de corridas preparó el camino para que la empresa pusiera en marcha programas de reajuste masivo de personal, cuyo sinónimo es la palabra despido.

Cuidadosamente, Praxedis ocultó lo inocultable: para octubre de 1992, siete meses después de su triunfo había negociado directamente con Arsenio Farell Cubillas, titular de la Secretaría del Trabajo salinista, la desaparición de cientos de cláusulas del Contrato Colectivo de Trabajo. Y en ese tiempo fue artífice, también con ese funcionario, de la liquidación dolosa de unos 25 mil ferrocarrileros, aceptó la desaparición de los talleres de Apizaco y nunca informó qué hizo el sindicato con el 1.8 por ciento de la liquidación de quienes se acogieron —entre febrero de 1992 y julio de 1993— al obligado retiro voluntario o despido forzoso.

“La gestión de Praxedis no tuvo diferencia alguna con las que le precedieron. Su grupo de trabajo lo conformó con integrantes del grupo Héroe de Nacozari y sólo colocó a algunos ferrocarrileros de la planilla que lo apoyó, y que muy pronto se contaminaron con prácticas charriles. El sindicato no sufrió transformaciones significativas y siguió apoyando a ultranza las políticas estatales como en el caso de la modernización. Nuevamente las ilusiones democratizadoras de los ferrocarrileros disidentes al grupo Héroe de Nacozari se desvanecieron y con ello desapareció la posibilidad de la construcción de un proyecto alternativo de modernización. […] Y en la revisión contractual de 1992 se incrementa la flexibilización del contrato colectivo de trabajo. Praxedis afirmó que estaba a favor de la modernización de la empresa, por lo que aceptó la modificación de 200 cláusulas contractuales del rubro laboral, no económico”, escribió en agosto de 1994 Marco Antonio Leyva Piña, profesor de la UAM-Azcapotzalco e investigador de la revista interna El Cotidiano.

Sin duda, Praxedis Fraustro Esquivel estaba acostumbrado a proceder según le venía en gana. Y aunque no hay claridad en cuanto a algunos señalamientos de corrupción que se le hicieron porque, a su muerte, desapareció mucha documentación oficial de su oficina en el sindicato, acusaciones contra él pesaban y caían en cascada: desfalco en 1976 en la sección 19 del sindicato en Monterrey, contrabando en 1977, porrismo y agresiones en 1983, agresión y pandillerismo en 1984, agresión, gangsterismo y vejaciones en 1985. Se le acumularon como rosario. Pero tuvo una virtud, el cobijo de Lorenzo Duarte y la familia Salinas.

Si en la Secretaría de Comunicaciones y la Presidencia de la República se hicieron de la vista gorda con lo que pasaba en Ferrocarriles, Praxedis perdió el toque para seducir a sus colaboradores: Miranda Servín se convirtió en una piedra dolorosa en el zapato de la cúpula sindical: “En diciembre de 1992 dejé de trabajar en el equipo de Praxedis porque la mayoría de los compañeros que colaboramos con él para derrotar a los charros del grupo Héroe de Nacozari fuimos relegados y traicionados.

”Al llegar a la Secretaría Nacional impuso a personas desconocidas, para nosotros, en puestos relevantes que le correspondían a la Secretaría Nacional. Y en enero de 1993 le entregué a Víctor Flores, secretario nacional tesorero, pruebas documentales de un cuantioso fraude en el que estaba involucrado Praxedis. A Víctor yo lo había denunciado en varias ocasiones por actos de corrupción en el periodo de Peralta; sin embargo, accedió a entrevistarse conmigo y quise darle documentos que me habían hecho llegar sindicalistas inconformes con la nueva dirigencia”.

Praxedis tenía grandes aspiraciones de convertirse en el hombre más poderos del sindicato ferrocarrilero, siempre bajo el ala protectora del corporativismo o del sindicalismo oficialista y estaba convencido que, gracias al apoyo que recibía desde la Presidencia de la República, según él lo hacía ver, nadie se atrevería a tocarlo. Así, cuando Miranda le entregó pruebas del fraude en el que estaba involucrado el líder sindical, Flores no hizo nada. Se guardó los documentos. Ni siquiera se atrevió a solicitar al Comité Ejecutivo Nacional del STFRM que aplicara los estatutos para sancionar al secretario nacional y presentara una denuncia por fraude. “Flores —recuerda Miranda— le tenía pánico, no simple miedo a Praxedis. Nada que ver con el legislador federal priista Víctor Flores que el 1 de septiembre de 1996, agazapado en la llamada zona del Bronx en el Palacio de San Lázaro, que alberga la Cámara de Diputados, agredió a su par perredista Marco Rascón, para intentar quitarle una máscara de cerdo que este último uso para hacer mofa de la ceremonia del informe presidencial de Ernesto Zedillo. Nada que ver con aquel diputado feroz, ruidoso, de lengua vulgar, cuyos señalamientos floridos, con lenguaje de pulquero, captaron los periodistas aquel día: “¡No tienes maaadre! ¡Chinga tu madre! En aquel tiempo de 1992 y 1993, aunque era el tesorero sindical, temblaba de miedo y palidecía cuando Praxedis estaba cerca de él”.

De sus compañeros ex diputados, algunos guardan recuerdos no muy gratos que lo marcan de cuerpo entero. En una ocasión, el panista Javier Paz zarza le comentó a una reportera: “Me dijo que no me metiera en los asuntos de los trabajadores o me partiría la madre. Dos días después, en el estacionamiento del recinto legislativo me abordaron seis tipos, con armas de fuego, pretendiendo intimidarme. Iban de parte de Flores. La situación fue denunciada ante el Pleno en su oportunidad. Lo único que logró fue demostrar su debilidad; si tuviera el apoyo de los ferrocarrileros no actuaría de esa manera. Actualmente hay una corriente muy fuerte en su contra”.

Y el extinto periodista Miguel Ángel Granados Chapa lo pintó de una pieza: “Antes que nadie, Flores buscó a (Vicente) Fox (Quesada), apenas Presidente electo, para rendirle pleitesía de manera semejante a la que expresó a Zedillo. […] Flores encarna las virtudes de colaboración que un gobierno de empresarios desea para los empresarios. Aunque el funcionario lo haya negado expresamente, de esa circunstancia se desprende la conjetura, de que para ser designado líder del Congreso del Trabajo Flores cuenta con el apoyo del secretario Carlos Abascal. […] Pero, practicante del principio filosófico a Dios rogando y con el mazo dando, Abascal no se contenta con la conversión de los líderes priistas dúctiles como Flores y los que aprobaron su proyecto de reformas laborales, sino que está construyendo su propia interlocución, un nuevo sindicalismo que por su moderación pueda ser llamado, con un anglicismo detestable pero de uso avasallador, sindicalismo light”.

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