El honorable señor Nishimura

* Hasta aquí el árbitro japonés Yuichi Nishimura había estado bien. Sobrio, docto, inteligente, equilibrado. Entonces comenzó el partido y Croacia montó una línea a prueba de todo, excepto de la dupla Neymar-Nishimura, que hizo trizas cualquier intento de victoria. Pero los europeos comenzaron mejor. Era como la guerra. Primero aguantar, luego armar la guerrilla, sembrar minas y esas cosas. Horrible pero cierto. Y es que los croatas, según Pasolini, jugarían a algo parecido a los momentos previos de alguna insurrección y el jovencito Neymar sería una especie de imberbe Mozart –no, no tanto, pero sí un Juan Gabriel en su etapa más exitosa-.

 

Miguel Alvarado

“El futbol traduce la necesidad biológica de excitación, de pasión, de extroversión de las personas y ayuda a descargar esa caldera social en la cual se cocinan explosivos ingredientes que forman parte de los disturbios populares”, dice uno de los gestores de la profesionalización del futbol en Colombia, Alfonso Senior.

Mis güevos.

Salta Brasil a la cancha encabezado por Neymar, un lumpen que vale 200 millones de euros “bajita la tenaza porque se entera Hacienda” pero que no juega, ni siquiera, como Dirceu o el mediano Rivelino, blancos arrobos paridos por Yemanyá. Y Neymar es de los nuestros porque es un lumpen, desprotegido amigo del balón que encarna el ejemplo del sí se pudo.

Enfrente están los hijos de la guerra. Croatas vividos en el exilio cuando niños o de plano bajo las balas o las bombas o las botas militares o lo que sea que pueda matar. Pero están parejos. Para más de la mitad de los brasileños, morir en una guerra de castas o en otra del narco y la pobreza da lo mismo. Su censo último, el muy último, señala que son cerca de 198 millones de habitantes. México tiene 115, pero ni la mitad de su territorio. Y en ambos dos, como Vicente Fox dice en su diccionario retórico, todos somos pobres, menos 110 familias, tal vez no tantas.

Pero igual es lo mismo. O sea, igual es lo mismo. Los pinches brasileños, los jugadores, pues, parecen nerviosos y aunque la plantilla vale 502 millones de euros, esto no es Wallstreet ni las montañas michoacanas para negociar como se debe como los sharks bursátiles o los Caballeros Templarios. Aquí no hay negocio posible, todo es transparente como la mar en calma y la luz en lo alto que inspiró a Roberto Carlos una canción. La turba en el estadio debe recordar, porque es muy docta y dada a la mentira, que en 1930 los argentinos que jugaron la final contra la celeste fueron amenazados de muerte en el medio tiempo. Se dejaron ganar, dejaría entrever Luis Felipe Monti, mejor conocido  como “Doble Ancho”, una de las primeras estrellas sudamericanas que eligió luego la nacionalidad italiana nomás para que no le volviera a brillar la mala estrella. Pero el futbol es así, según los intelectuales de Televisa y José Ramón Fernández, y a Monti le volvió a suceder cuando su Italia, o mejor dicho la Italia de Mussolini llegó a la final de 1934 en el estadio Nacional del Partido Nacional Fascista de Roma, enfrentando a Checoslovaquia. Todo fue muy simple. El Ducce se lazó al vestidor de los azurri para echarles la mano y levantarles la moral a los chicos, y llevaba la medicina perfecta. “Si no ganan los mato”, cuenta la leyenda que dijo el dictador ante Vittorio Pozzo y, por supuesto, el apátrida Monti. Italia perdía a 15 minutos del final y el amor a la vida, a la propia, los hizo echarse al abordaje. Allí mismo el futbol dejó de serlo para siempre, aunque ya no lo era desde Montevideo y Vittorio, el entrenador italiano, lo sabía, como lo supieron en 90 minutos los asustados jugadores. Pero Orsi, de nombre Raimundo y nacido en Buenos Aires, la metió a falta de 300 segundos y en la prórroga  el gran Schiavo terminó por salvarles el pellejo a todos.

¿Quién amenazó a Neymar? ¿Los 150 millones de pobres? ¿Los 50 millones de desempleados? ¿Las 70 mil bandas en las favelas? ¿La FIFA? ¿Mojojojo? ¿Peña Nieto? ¿Osorio Chong?

Mientras Rubén Díaz Alamilla, el agresor del niño Owen en el Estado de México, no alcanza fianza pero tampoco castigo ejemplar, el país deja que lo embargue la sensación más acre cuando la pelota rueda por el césped y el delantero observa, a las tres y cuarto de la tarde, que el portero es un hombre triste, que extraña los días en el parque cuando jugaba futbol. Tira y la bola cruza el campo, el silencio que pronuncia la línea de meta.

¿Ah, verdad?

Hasta aquí el árbitro japonés Yuichi Nishimura había estado bien. Sobrio, docto, inteligente, equilibrado. Entonces comenzó el partido y Croacia montó una línea a prueba de todo, excepto de la dupla Neymar-Nishimura, que hizo trizas cualquier intento de victoria. Pero los europeos comenzaron mejor. Era como la guerra. Primero aguantar, luego armar la guerrilla, sembrar minas y esas cosas. Horrible pero cierto. Y es que los croatas, según Pasolini, jugarían a algo parecido a los momentos previos de alguna insurrección y el jovencito Neymar sería una especie de imberbe Mozart –no, no tanto, pero sí un Juan Gabriel en su etapa más exitosa-.

Marcelo, el envanecido lateral del Real Madrid bromeaba con David Luiz del PSG y practicaba un juego de manos fresísima, que pervierte de una vez y para siempre el ejemplo de Garrincha, quien se enteraba un minuto antes quiénes eran los rivales y entonces comenzaba a olvidarlo en una desintegración que incluía a cualquier defensa del mundo que se le pusiera enfrente. Pero no Marcelo, un futbolista multimillonario que anda por ahí, presumiendo su playera blanca mientras parece –ojo, sólo parece- que se olvidan de su barrio. ¿Y eso qué? Este relato, repleto de prejuicios, encontrará pronto su punto final.

Porque de todas maneras, si el barrio pudiera salvarse, ya otros lo habrían hecho. La jodidez sigue allí, germinando buenos futbolistas y mejores capos, orgullosamente brasileños, aunque lo mismo podrían ser mexicanos, salvadoreños.

¿Y las reformas? pregunta un meme de Marcelo en el feis. Pues a las 5:45 de la tarde nadie sabe nada. En el minuto diez se le viene encima el estadio Arena Corinthians al hombre de los calzones Calvin Klein. La FIFA, entidad colosal que lo mismo maquina guerras que vende petróleo, no respeta los símbolos universales o al menos latinoamericanos como El Chavo del Ocho, los narcocorridos y las novelas de Televisa. Maracaná, perdónales, porque ellos saben lo que hacen.

Y Marcelo. Una descolgada croata, finísima concepción de hilado industrial, dos toques como máximo, seco el pase y blanda la recepción, encuentra la fragua de Modric, el mejor del partido junto con Rakitic y extiende hacia el extremo izquierdo. Olic, con su cara de veterano de guerra, le pega al balón y éste rueda suavemente por el cielo esmeralda, entre los ojos de la hinchada y la necesidad de una comida diaria. El balón entra al área y caravanea los pies impolutos del defensa central y el centro delantero, aunque pudieron ser otros, porque desde este palco no se veía bien, el durísimo Thiago y el blasfemo Perisik. La oquedad, el vacío, el brusco descenso hacia la verdad del hombre se cumple apenas en un palmo de 25 metros cuadrados y un marco metálico rodeado de red. Allí, el karma y el darma parecen fundirse en lo que los arcanos conocían como El Camino pero para el estadio y los torcedores ese callejón en el que se han metido tiene nombres y apellidos. Porque el soberbio madridista ha empujado el balón al fondo, lo ha tocado como con el pétalo de una rosa, le ha hablado al oído y convencido con las materias químicas que su cuerpo excreta. El amor y dios son la misma cosa y a Marcelo se le caen los Calvin. Está en shock porque ha traicionado a la patria, a los elementos fundamentales que conforman a un brasileño y se ha puesto del lado de los pobres porque sólo ellos son capaces de marcar un autogol con tal de que se les voltee a ver. Y es que así son los inconformes, los polutos, todos ellos en los que el equilibrio y la razón son explicados por Francis Fukuyama y su benevolente fin de la historia

Está Marcelo. Ni siquiera puede mentarse la madre. De todas maneras el estadio ya lo hace. Monolítico, acude por segundos a la progenitora más desamparada del mundo. Quinientos millones de televidentes ríen. No importa de quién o cómo, pero lo hacen.

El Scratch tardó 22 minutos en girarle un cheque al árbitro. Y éste en corroborar que llegara a su cuenta, en las Islas Malvinas. Así, Neymar se fabricó  un gol bien raro que al final contó y luego el árbitro, en el segundo tiempo, cobró un penal. Un tal Oscar cerró la cuenta y todos supieron enseguida que México nunca podrá ganarle a Croacia y ni siquiera un cachito de Pemex convencerá a Brasil de gestionar el empate. El final es un tres a uno bien vendido.

Afuera los manifestantes en Río y Sao Paulo se rompen la madre con la policía pero el Mundial está en marcha, durará sólo un mes mientras que la miseria brasileña y de paso la mexicana, toda la eternidad, ahora se perfila en el área de Guillermo Ochoa.

Neymar es de los nuestros.

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