Una trágica historia de amor

* Y hay que gritar putooooooooooooo cuando el portero despeja y aunque de reojo afirmemos que las reformas energéticas han sido aprobadas y no tengamos ni puta idea de lo que significan, aquel puto putoooooo que dura menos de tres putos segundos impregna para siempre “esa canción, radar de remolino que se tragaba los vestidos de baño” y ubica maligno al futbol donde comienza el juego del hombre, aunque le falten los proverbiales güevos que en tierra azteca resultan la cosa más inútil pero trascendental afirmados desde las películas de Pedro Infante y pasando por el penal fallado por Hugo Sánchez contra Paraguay, en 1986.

 

Miguel Alvarado

Zamora es una ciudad parecida a Toluca, pero más pequeña y con una catedral muy gótica, con ojo de murciélago en el centro y adentro un órgano de 25 millones de pesos pagado por Martitha Sahagún, esposa del futuro empresario de la mota y derivados, Vicente Fox.

Y tiene su placita central, donde bailan el baile de los viejitos y los que pasan por ahí toman fotos y compran helados, o los inválidos se aparcan en las esquinas y con un vaso de agua piden limosna nomás mirándolo a uno.

Del resto, las paletas de hielo no se derriten aunque hace más calor pero llueve en vertical, como de abajo hacia arriba y nadie conoce el sweet surrender de Sarah McLachlan, que por ahora tocan en el radio y todo lo demás es trágico porque no se ve exactamente enfocado, excepto el árbol iluminado por una farola, a las cuatro de la noche, con la luna casi ebria entre las ramas de un árbol y la iglesia lista como si Batman fuera a aparecer, a salir de sus penumbras.

Y porque cómo mirarte si hay futbol, cómo acordarme de tu pelo rizado pero no tanto, de tus ojos de quién sabe qué color o tu olor ése que no me permite caminar correctamente o mirar el lado rosa de los cuarzos ni encontrar un autobús a Cuernavaca a las 9 y media de la noche sin sentirme culpable porque no importa que jueguen Argelia contra Corea del Sur, no se puede viajar así, con 25 canales a la disposición del que paga y que transmiten 24 horas de puras tonterías alrededor de un cosa llamada Brazuca.

Y tú llamando por teléfono a la mitad de la tercera repetición del tercer partido del sábado y yo acodado en la ventanilla de la terminal, esperando el déjame ver si hay uno por Zempoala.

Y hay que gritar putooooooooooooo cuando el portero despeja y aunque de reojo afirmemos que las reformas energéticas han sido aprobadas y no tengamos ni puta idea de lo que significan, aquel puto putoooooo que dura menos de tres putos segundos impregna para siempre “esa canción, radar de remolino que se tragaba los vestidos de baño” y ubica maligno al futbol donde comienza el hombre, aunque le falten los proverbiales güevos que en tierra azteca resultan la cosa más inútil pero trascendental, afirmados desde las películas de Pedro Infante y pasando por el penal fallado por Hugo Sánchez contra Paraguay, en 1986.

Porque en Suecia sólo conocen a Octavio Paz y a Rocío Cerón. Y desde este lado yo nomás conozco a Rocío Cerón. ¿Qué sabía Paz de futbol? Porque a Paz se le ha visto hasta en cómics de Fantomas, al lado de la Amenaza Elegante y de Juan Rulfo, conspirando con otros intelectuales para crear un mundo mejor. Por eso, nada como la paz del futbol. Rocío Cerón, de quien apenas sé por un chiste, aparece en fotos desde Google y es una chica trompudita y casi malencarada, que escribe versitos y nada más.

El futbol es una trágica historia de amor porque siempre hay un derrotado, un olvido de candomblé en tierra de brujas y mariposas. Porque a quién se le ocurre leer poemas en público cuando la selección mexicana debuta en el Mundial de Brasil. La lógica falla pero al menos una pantalla gigante o un radio de transistores salvaría la cuestión. Y no es que –escojo una página al azar, la de José Pulido- “alguien me haya visto nacer a este cuarto cuando fui arrojado por la sombra de mi padre, con mi cara curtida por la arritmia”, sino que no se puede ir a las escuelas con cara de quién va ganando, cuál es la alineación, por qué no meten al Chicharito, pinche Ochoa la vas a cagar y de plano la sensación de que todo lo bueno se escurre como el agua por los cuatro costados más o menos sudorosos de los panboleros cuerpos. Y no se puede llegar a las escuelas y sentarse ante los públicos más conocedores –hay un señor, una señorita que le están haciendo un flaco favor a los restantes- para decir que llegamos por accidente a la casa del Santo o que las drogas dejaban de ser necesarias.

Nunca entendí por qué los libros no eran primero juguetes y luego lo que eran o por qué había algunos tan terribles que era mejor patearlos, jugar al fut con ellos, incluido el malévolo Baldor.

Allí está Rafa Márquez, el único capitán de a deveras montado en un Titanic que no tardará en derrumbarse cuando la predeterminación los encuentre con su iceberg correspondiente. Saluda a Ochoa con su cara monolítica y observa como al paso al brasileño Neymar, que cobra 22 millones de euros al año más bonos para el Aurrerá, dominando el balón en rictus amazónico, confiado al menos en que su equipo no perderá.

Porque si falta Márquez el equipo se desintegra. Y eso no lo entienden los que leen a las 11:30 sus poemas casi deschavetados, antioníricos, anti fair-play parecidos a “la sombra de tu cuerpo dormido, la sombra de tu cuerpo despierto”. Gilipoesis, dice el editor venezolano Rubén Gerdel, pero a él no le gusta el fut y entonces no sabe nada de nada porque prefiere un café y platicar largo y tendido mientras ese Márquez le rompe la madre a Fred, delantero mañoso y canchero que abre, en el mood del gioco piano, un espacio milimétrico para la llegada de Oscar y Thiago Silva, niño con cara de malo y que no puede ser de otra manera si se trata del mejor central del mundo y que le clava a Ochoa un cabezazo que ni Gordon Banks podría detener.

Esa tarde, la del martes 17 de junio del 2014, Guillermo Ochoa detuvo siete veces siete la metralla del Brasil en una de sus peores versiones pero todavía maravilloso. No hay zicos ni pelés ni zagallos, menos garrinchas o romarios quién sabe por qué, pero aún así arrasaban mientras los mexicanos se defendían. Vaya crónica ésta, tan bermudiana, juandosalesca, sólo porque no encuentro la manera de hacer pasar el tiempo, el mismo que dices que “se posó sobre ellos como una mariposa amarilla con negro y durmió y olvidó su misión de separarlos”.

Y es que, mientras regresamos a casa por la noche, entre calles que no me parecen lo que antes eran, dices que te vas a Nueva York o donde la chingada sea, como si el mundo fuera una esquina a la que se puede llegar en un Circuito Tollocan, pasando por Pilares y La Pila, todos los lunes, por 8 pesitos el pasaje. Y caminamos esas calles sin luz todavía, bajo el efecto de cervezas artesanales invitadas por los partidos de la izquierda y que no te impiden hablar ni escribir tus sánscritos mensajes y acercarte mientras exploro tus ojos y tu cuerpo y miro que “en el trasfondo una mariposa abre las alas, maniática” y me dice usted que: oiga señor: usted es mío.

Pero Márquez. Arrebata el balón a un tal Marcelo y se enfila por el centro. Cuenta siete pasos exactamente. Siete. Y envía un cambio de juego de 40 metros hacia un tal Guardado, que intuye científico la convergencia entre balón, velocidad del aire, fuerza y distancia y obtiene coordenadas como en Google pero humano. Nadie sabe cómo sucede, pero coloca la pierna debajo del balón y éste desciende a dos centímetros de sus dedos y avanza. Hace un quiebre a un fulano llamado Álvez y centra.

Entonces te busco “en una carretera como una cicatriz verde” y me doy cuenta de que no sé andar en bicicleta, que ese día sólo el Canal de las Estrellas podrá salvarme, dos horas al menos, más los análisis de filósofos de aparador, cafecito colombiano que se me va todo por los ojos.

Termina el juego, apago la tele y todo vuelve a ser como es o, mejor dicho, como no es.

Y nomás le digo a usted: que usted es mía: aunque no sea verdad.

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