Balacera a domicilio

* En la esquina de Peñaloza y Natalia Carrasco había un hombre tirado, vestido de blanco y al que le apuntaba media docena de agentes. Dos policías, de la corporación municipal, aguardaban a que otro saliera de debajo de un achaparrado Jaguar, donde se había refugiado. Ya afuera, los dos fueron subidos a patrullas diferentes y conducidos una cuadra atrás, donde el Honda Civic que manejaban minutos antes, había quedado destruido, luego de subirse a un camellón, derrapar e impactarse contra dos postes. El auto estaba allí, como testigo retorcido de una persecución y huida, incluida la balacera y que había terminado con la detención de dos.

 

Miguel Alvarado

Para los habitantes de la colonia Federal, a 15 minutos del centro de Toluca, capital del Estado de México, aquella mañana era similar a todas. Construida para maestros y empleados de gobierno, aquella colonia ha experimentado los últimos meses una escalada violenta que las promesas de Martha Hilda González, alcaldesa priista de la ciudad ni el constante patrullaje han podido, ni siquiera, disimular.

Ese día, 26 de junio del 2014, cerca de las 2:40 de la tarde, la salida de los alumnos de las escuelas cercanas representaba la actividad con mayor movimiento. Largas filas de autos se formaban entre las calles de Natalia Carrasco y otra vialidad, Juan Rodríguez, se congestionaba a la altura del Paseo Colón, a dos cuadras de la Casa de Gobierno que habita el Ejecutivo mexiquense, Eruviel Ávila Villegas.

A lo lejos, cuatro disparos sobresaltan a algunos. La gente se ha acostumbrado al trueno inconfundible de las armas de fuego, a todas horas y sin razones aparentes. Esa vez debería ser igual, pero minutos después un grito primero y el impacto de un auto contra un muro o un poste ponían las cosas en perspectiva.

Eulalia Peñaloza, una calle donde hace años jugaban niños a altas horas de la noche sin mayor apuro, hoy luce blindada. Son pocas las casas donde no se hayan levantado bardas de más de dos metros y medio, instalado cámaras de seguridad, puertas eléctricas y establecido acuerdos con vecinos para vigilarse uno al otro. Hace tres o cuatro meses la alcaldesa era convocada por los colonos de esa zona para enterarla. Robos, secuestros, balaceras y hasta asesinatos mantenían en jaque a sus habitantes. La presidenta municipal prometió mejoras y como acto de compromiso envió patrullas para vigilar las calles a toda hora, lo cual sucedió cotidianamente las siguientes semanas, aunque luego los operativos se hicieron menos frecuentes.

La colonia decidió organizarse y pronto algunas mantas, aunque tímidas, aparecieron colgadas en las esquinas de las calles. Una de ellas, narran los vecinos, anunciaba a ladrones y criminales la decisión de enfrentarlos. Pero hasta las mantas estuvieron poco tiempo. Días después, uno de los vecinos que había colgado aquellos avisos era levantado a las 2 de la tarde, frente a todos, que nada pudieron hacer. Las cosas, entonces permanecieron como siempre. La valentía ciudadana es tan fuerte como un hombre armado. Sin armas, se cree, se puede bien poco.

Pero aquel grito y aquel impacto obligaron a los vecinos a salir, asomarse al menos. Nada vieron en una primera instancia, a no ser los autos que circulaban sobre la avenida Eulalia Peñaloza y que se estacionaban como podían y los conductores abandonaban los vehículos, apresurándose a refugiarse. El grito lo había proferido una mujer, que circulaba en su auto con su hijo y que resultó luego la testigo más cercana.

– ¡Se vienen balaceando, se vienen balaceando! –dijo ella a un amigo, quien consiguió que se detuviera, pues se dirigía a donde llegaba la policía y más de 20 elementos bajaban de camionetas y patrullas.

Y es que en la esquina de Peñaloza y Natalia Carrasco había un hombre tirado, vestido de blanco y al que le apuntaba media docena de agentes. Dos policías, de la corporación municipal, aguardaban a que otro saliera de debajo de un achaparrado Jaguar, donde se había refugiado. Ya afuera, los dos fueron subidos a patrullas diferentes y conducidos una cuadra atrás, donde el Honda Civic que manejaban minutos antes, había quedado destruido, luego de subirse a un camellón, derrapar e impactarse contra dos postes. El auto estaba allí, como testigo retorcido de una persecución y huida, incluida la balacera y que había terminado con la detención de dos. Nadie sabe cómo llegaron los municipales tan pronto… tan pronto y tantos y nadie sabe cómo lograron detener a los escapados.

En pocos minutos las calles fueron cerradas, acordonadas y el tráfico desviado. Pero nadie sabía las razones de la trifulca, perfectamente comprobable porque los cristales de dos autos estacionados a algunos metros habían sido atravesados por la ráfaga. Eran las 2:55 de la tarde.

Desde sus ventanas, los vecinos habían sido testigos de un tiroteo y dos capturas en menos de 10 minutos, justo a las puertas de sus casas, cuando sus hijos llegaban de los colegios. Otros, que preparaban sus autos para salir, presenciaron esa minibatalla a tres metros de distancia. A los dueños de una pequeña tienda, en la esquina de Carrasco y Peñaloza, ni siquiera les dio tiempo de moverse. Todavía con los trapos para limpiar sus coches en las manos, se quedaron parados donde estaban mientras el operativo se realizaba justo debajo de sus propias unidades. Los niños apenas pudieron refugiarse en la entrada del establecimiento y asomados desde allí, a un metro de distancia, miraban cómo el escondido batallaba por su libertad, rodeado por los cuatro costados.

El tiempo contaría la historia completa, hilvanando lo real y matizando la exageración. Dos vecinos que viven en esa misma esquina de la detención, madre e hijo, abordaron su auto y se dirigieron al banco HSBC, a unas cuadras de distancia, sobre la avenida Venustiano Carraza, que representa para Toluca una de las zonas comerciales más transitadas.

Para Jorge Alejandro Cruz Cortés, de 19 años y Elizabeth Cortés, su madre, era un buen día. Retirarían dinero del HSBC, 150 mil pesos, y luego irían a comer a su casa. Así lo hicieron pero sólo lograrían cumplir la primera parte de sus planes, pues al salir de la entidad bancaria se percataron de que un auto Honda los seguía. Se metieron por la calle de Revolución y Juan Rodríguez, donde el joven decidió estrellar su Jetta para llamar la atención y tal vez recibir ayuda. Así lo hizo, contra la puerta de una casa, pero su objetivo apenas fue cumplido. Los perseguidores se bajaron y les exigieron el dinero. Algunos testigos dicen que se los quitaron y acto seguido dispararon cuatro veces contra ellos.

A matar.

La mujer no recibió ningún disparo, aunque eso es parte de lo nebuloso de los hechos, pero del hijo se puede comprobar.

Dos balazos. Dos en la cabeza. Uno de ellos todavía alojado en ella, más de una semana después. El chico recibió atención inmediata pero sigue hospitalizado. La bala que no pudo ser extraída tal vez le cueste la vida, aunque dicen los familiares que permanece estable.

Mientras el joven y su madre se debatían los criminales huyeron. Tomaron la calle de Eulalia Peñaloza pero la policía se había dado cuenta. Estaba allí, en uno de los módulos cercanos y reaccionó sin pensar. Los persiguieron, les dispararon y ocasionaron el encontronazo. Los criminales, al bajar del auto chocado, se llevaron el botín, que fue recuperado cuando sucedió la captura. Asesinos sin más, Ramón Gerardo Urbina de 41 años y Néstor Márquez Muñoz de 24, de Iztapalapa en el DF, debieron ser avisados del retiro. Nadie podría saberlo, fuera de los familiares. Estuvieron allí, detrás de los cuentahabientes a la hora exacta y en el momento justo. ¿La información provino del banco?

El asalto es nada más un esbozo sangriento, la réplica sin discusión de las decisiones del gobierno, la sociedad y los vínculos entre ellos, la dinámica de la desigualdad social, el valor casi bursátil que cotiza la impunidad. La balacera en la colonia Federal de la ciudad de Toluca, los disparos a matar contra dos indefensos pueden trasladarse a Tlatlaya, el más sureño de los municipios del Edomex, ubicado justo en el Triángulo de la Brecha, entre Michoacán y Guerrero. Sólo que allá se mastican palabras mayores.

A las cinco y media de la mañana, del 30 de junio del 2014, un escuadrón policial descubría una bodega resguardada por gente armada, que al ver al batallón abrió fuego. Federales y militares respondieron y el resultado final fue de 22 muertos.

La simpleza de los actos los mimetiza en el listado de muertos y la estadística esconde la tragedia que habita en cada caso. Tlatalaya y sus 22 muertos se equipara a los 150 muertos que apenas se atreven a contabilizar los habitantes de Caja de Agua, una ranchería de diez habitantes en el vecino municipio de Luvianos.

Diez habitantes. Ciento cincuenta muertos durante tres enfrentamientos en poco más de tres años.

La  batalla en Tlatlaya involucró un militar herido, tres mujeres secuestradas liberadas, una más muerta y un arsenal entero confiscado. Lo que el gobierno mexiquense llama “evento”, como si se tratara de un acto público de Eruviel Ávila, resultó una masacre que involucró, según la Secretaría de Seguridad Ciudadana, al cártel de los Guerreros Unidos, aunque después se mencionó a La Familia Michoacana. Versiones locales aseguraban que se trataba de una revancha, pues tres días antes el ejército habría sido emboscado en una acción donde morirían tres. Las incursiones militares son comunes en el sur mexiquense, aunque poco efectivas tratándose de uno de los focos del narco más importantes en el país.

La realidad mexiquense contrasta con la tomadura de pelo que puede resultar una Copa Mundial de futbol, donde el equipo verde selección acaparó por dos semanas la atención pública, hasta que fue eliminado por Holanda. “Venimos tristes”, anunciaba el 30 de junio Miguel Herrera, técnico de la selección luego de la eliminación mundialista. Y se le nota. Cansado, el emocional técnico es el reflejo de lo que el futbol provoca y que no encuentra cauce productivo para el 80 por ciento de los aficionados. Llegaron tristes, es verdad, aun sin enterarse de que la Secretaría de Gobernación había gastado 300 mil pesos en los convivios alrededor de los tres primeros encuentros del equipo. Hasta el secretario federal, Miguel Ángel Osorio Chong, puso de su bolsa 80 mil pesos para las tortas y las aguas, consignaba el diario Reforma. Pero los 300 mil pesos fueron con cargo al erario público: “durante el empate con Brasil los funcionarios comieron tacos de canasta y hot dogs. En el de Croacia se dieron tacos de guisado acompañados de arroz y frijoles. En todas las reuniones, el secretario Osorio ha estado por lapsos. También han asistido el oficial mayor, Jorge Márquez; los subsecretarios Felipe Solís, Lía Limón y Paloma Guillén, así como la titular de la Secretaría Técnica (Setec), María de los Ángeles Fromow”, escribe el portal electrónico sin embargo.mx, cuando cita parte de las comilonas para los servidores públicos.

El futbol como desahogo sustituye los ánimos de protesta y es un desfogue tan efectivo como el cine, el sexo o las compras compulsivas, evasión sin límite que comprueba la sabiduría popular en refranes como el de “pan y circo”.  El futbol provoca guerras, genera insultos en boca de presidentes, impulsa actos suicidas y mueve la economía regional, que en todo caso absorben las grandes empresas y su sociedad con la FIFA, entidad privada dueña del futbol profesional en el mundo.

También genera ambientes propicios para el amor y la convivencia y hasta en Toluca se puede observar cómo un simple Mundial, que se ubicará siempre en la constelación de los deseos porque no es necesario, cumple casi profético la unión entre empresariado y clase política, la perfecta mancuerna que con amor sabe más, se ve mejor y durará lo que tenga que durar, como la reciente boda del empresario Luis Maccise y la diputada federal Laura Barrera, el 17 de junio. El primero, de una familia dueña de periódicos apegados a los esquemas gubernamentales de información y publicidad, busca la concesión para la tercera señala de televisión abierta. La segunda es hija de Heberto Barrera, un político cuya militancia en el inexistente Grupo Atlacomulco es por demás conocido.

La boda fue en el fraccionamiento Grand Reserva de Ixtapan de la Sal, donde el presidente mexicanos Enrique Peña mantiene una residencia, junto a las de su tío, el ex gobernador mexiquense Arturo Montiel; el subsecretario de Gobernación, Luis Miranda y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, entre otras personalidades. Los invitados describen el gasto de la boda, una ceremonia que tal vez nadie en su sano juicio querría tener pero que las alianzas obligan al protocolo del cumplimiento y la buenaventura. Aquel que emprende y triunfa debe tener su ángel de la guarda y si es su esposa, qué mejor.

Los asistentes, describen las notas rosas, fueron encabezados por el propio Peña y su esposa, la actriz de Televisa Angélica Rivera; el general Salvador Cienfuegos, cerca de 20 gobernadores y algunos diputados federales. El gobernador de Puebla, Rafael Moreno, el empresario José Chedraui, el secretario Luis Videgaray y su esposa, Virginia Gómez del Campo; Alfredo del Mazo Maza, director de Banobras; el titular de la PGR, Jesús Murillo y el priista Manlio Fabio Beltrones.

Mientras ellos atestiguaban el amor entre pares, uno que se iba de la vida pública con honores era el vicealmirante Wilfrido Robledo, encargado entre otros asuntos del operativo policiaco en San Salvador Atenco, entre el 4 y 6 de mayo del 2006.

Aplausos para unos y otros.

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