La teoría del lero, lero

* Maradona, para trivializar el asunto, hizo público a su favorito. Dijo, en entrevista banquetera para los medios, que “le voy a Brasil”. Y luego, acercándose a la cámara, aclaró con voz profunda de ché tanguero que “los favoritos de uno nunca ganan”. El genio del futbol mundial, como lo calificó el cronista Víctor Hugo Morales, que para colmo es uruguayo, tuvo la razón y ni la FIFA ni Chiquimarco podrán desdecirlo.

 

Miguel Alvarado

Ya me la Pelé, dicen los chistes en redes sociales que de pronto inundaron los submundos virtuales tras la goleada germana a los brasileños. En lo deportivo, importa poco el resultado, que es una más de las anécdotas para un país que gastó 14 mil millones de dólares para organizar una Copa del Mundo que ni de lejos verán los brasileños.

El deporte profesional es un negocio, como la venta y el consumo de las drogas. El mundo visto como un extenso campo de producción está dividido en sectores. Hay fábricas de cocaína y mariguana, que tienen un patio de maniobras para carga y trasiego, como en cualquier embotelladora de Coca – Cola y finalmente un mercado. Ese mercado no tiene por qué saber de los problemas de la embotelladora y bebe la chispa de la vida sin inhibiciones. Para el Primer Mundo, la droga fumada o inyectada no representa ningún riesgo y se consume despojada de las vidas que ha costado llevarla. Así, las ganancias del deporte profesional no tienen por qué derramarse en un país como el brasileño, porque no es lo mismo que Brasil o Argentina ganen el mundial en un país del Tercer Mundo que en Japón o en Europa. A veces sucede que en Sudáfrica gana un pobre hispano, pero los dineros se reparten. Hablar de que “un país gana la Copa” es ya de por sí exagerado. Ninguna nación ha ganado nada levantando el trofeo. Que el turismo se incrementa es verdad, pero nada del otro mundo. El oro es otro y los gambusinos nunca son obreros.

Maradona, para trivializar el asunto, hizo público a su favorito. Dijo, en entrevista banquetera para los medios, que “le voy a Brasil”. Y luego, acercándose a la cámara, aclaró con voz profunda de ché tanguero que “los favoritos de uno nunca ganan”. El genio del futbol mundial, como lo calificó el cronista Víctor Hugo Morales, que para colmo es uruguayo, tuvo la razón y ni la FIFA ni Chiquimarco podrán desdecirlo. El Diego, Barrilete Cósmico que destrozó la elefantiásica defensa inglesa y se hizo una chaqueta con Peter Shilton, meta de la pérfida Albión en 1986, ha hablado ya con Lionel, su Messi consentido y le ha dicho que Alemania y Holanda son sus favoritos. Maradona, dios de pierna zurda y que hizo del cineasta Kusturica una superestrella, sólo supo patear un balón y eso ha sido suficiente para volverse inmortal. Que un hombre, un ser humano, pues, se gane el Olimpo aunque sea de Boca, pateado un Tango suena a capítulo del Chavo del Ocho, pero producido por la Warner.

La exageración es el futbol.

Y los siete goles clavados a los brasileños sólo son el pálido reflejo de la pérdida de lo elemental para países como el de Friaca. Hace 30 años las derrotas del Scratch las sentía como propias la pobre afición mexica, que apenas recuerda a sus glorias locales se echa a llorar. Luego los brasileños se volvieron millonarios, jetseteros al estilo de Luis Miguel y frecuentaban los bares italianos y se tiraban a las y los modelos de moda. No todos, claro pero los iconos empuercaron, por decirlo poéticamente, la razón fundamental del panbol. Una, la victoria del pobre sobre el rico en condiciones de igualdad. Otra, el poder emanado de una gambeta, la burla pírrica que significa un túnel, un sombrerito, el gol en sí. Luego renacieron las bicicletas, patentadas como invento del chafísimo ronaldismo, desdeñando las viejas piruetas de Eusebio, Pelé y hasta el innombrable Leónidas, un tipo al que dejaron en la banca en 1938, para que no se cansara y los italianos echaron a Brasil de forma vergonzante. Apodado El Diamante Negro, aquel Leónidas da Silva es de hecho reconocido como el inventor de esas bicicletas que el tal Cristiano ha puesto a la venta en los aparadores de la entelequia mercadológica del Real Madrid. El error, aquel fatídico 38, consistió en no meterlo, porque antes los cambios no existían, pues el técnico Pimenta consideró la semifinal de la Copa como un mero trámite.

Ya en 1950 Brasil recibiría el aviso de “prohibido ganar” en tierra propia, cuando lo del maracanazo, pero la goleada del 8 de julio del 2014 fue de antología. Disfrutable por donde se le vea, los millonarios futbolistas de amarillo enseñaron el cobre matizado de estupefacción, alienación infinita, eterno retorno a la senda de la podredumbre. Los millonarios ya ganaron sus millones. Ya no deberían ganar más, ni siquiera en sus reuniones de pókar. Uno debe tener lo suficiente para vivir bien y mejor, comprar en la tienda de la esquina y de perdida obsequiarse una camioneta para salir a dar la vuelta. Gozar de vacaciones a alguna playa y de vez en vez conocer algún país, Colombia por ejemplo y caminar su Bogotá en busca de Manizales o el recuerdo de Manizales o las sombras alargadas de alguna planta oscurecida. Y bueno, ser millonario no está mal, hasta un equipo se llama así, Millonarios.

Pero a los futbolistas brasileños no se les perdona que hayan vendido la candidez. Todavía en 1982 sólo uno de ellos jugaba en el extranjero, Falcao, el verdadero Falcao, a quien llamaban el Rey de Roma. Luego entrenó al América en una de esa maquiavélicas maniobras del destino que lo mismo puso a ese rey en Coapa que a Dirceu en 1979, en su momento y por unos meses nomás, el mejor futbolista del mundo. Era increíble. José Dirceu Guimaraes, compañero de Rivelino, maestro de maestros, vistiendo la casaca amarilla de los cremas. Claro, ni siquiera completó la temporada y tuvo que llevarse de recuerdo, en su maleta, sandías intercambiadas por balones, que era lo que le devolvían sus compañeros cuando el brasileño les enviaba un pase.

Y esa razón, la del pobre frente al rico, la del afrentado por la fuerza del dinero y las influencias de unos se traslada al Scratch, siempre al Scratch y por supuesto siete goles son para festinarse. Porque Garrincha fue cosido a patadas. Porque Pelé tuvo que retirarse de un Mundial, masacrado por los portugueses. Porque Zico jugó contra Francia en 1986 apenas con 15 días de rehabilitación y hasta Ronaldo tuvo que entrar contra Francia, un día después de presentar convulsiones. Que Neymar tiene rota una costilla, pues sí, pero fingió durante cuatro partidos sin ninguna necesidad.

En los siete goles no hay ningún fingimiento. Son, fueron. Están allí en la memoria electrónica. Que el futbol en Brasil no provoque disturbios preocupa. La clase media alcoholizada, estupefacta, asiste a su propio derrumbe apenas quemando camiones. Ni un reclamo por los 15 mil millones de deuda adquirida. Le duele el gol, qué pena. La afición ha perdonado su historia, la única que tiene y que se llama futbol. Está con sus seleccionados y les dice, como dijo Ernesto Guevara cuando todo le sonreía: “hasta la derrota siempre”. Claro, lo del 8 de julio sólo era un piche juego.

Pero siete goles…

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