El largo manto de Salinas y Fidel

* “Cualquier etiqueta que se le ponga contiene una verdad: en 37 años al frente del sindicato Hernández Juárez ha sido un hombre muy moldeable, siempre tranquilo con su chamarra de piel como lucen los obreros que han conseguido un buen pasar gracias a que ha sabido adaptarse a cualquier escenario político, ideología o partido que le permita mantenerse en primer plano. Como si el tiempo se suspendiera, en la historia de ese mundo paralelo que es el sindicalismo aflora un alud de suspicacias, conjeturas, sospechas, morbo y críticas que se levantan desde el flanco mismo de los trabajadores de la empresa telefónica mexicana”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013 y del cual se reproduce un extracto.

 

Francisco Cruz

Conocido por sus colaboradores como Juárez; Pancho, así, a secas, entre familiares y amigos cercanos; Paco-Francisco para las operadoras que lo encumbraron; el cacique de Telmex según sus detractores o visionario, como se autodefinió alguna vez, Francisco Hernández Juárez representa una figura ambigua y polémica marcada por profundas contradicciones que sirve para reseñar, de carne y hueso, la historia del sindicalismo mexicano durante las últimas cuatro décadas.

Bajo cualquier nombre, mote o apelativo, referirse al término de “líder sindical” remite, en primera instancia, a una serie de virtudes públicas pero escasas en el México actual: guía demócrata, dirigente carismático, hombre sensible, idealista o baluarte del sindicalismo moderno. Y, como descarado contrapunto lleno de fantasmas, nos enfrentamos también a una telaraña de vocablos de inconmensurable cercanía: populista, déspota sindical, grillomediatizador, modelo del neocharrismo y monstruo salinista.

Toda esta gama de conceptos, tanto los positivos como los negativos, envuelven el aura de poder que, desde 1976 forma gran parte de la vida de Juárez. Pancho-Paco-Francisco es responsable del destino laboral de 32 mil 500 trabajadores en activo —62 por ciento de la planta de Telmex que representa ocho por ciento del total de los empleados del Grupo Carso, uno de los mayores conglomerados de México que controla gran variedad de empresas de los ramos industrial, comercial, de consumo, inmobiliario y deportivo, propiedad del magnate Carlos Slim Helú, así como de 18 mil jubilados del Sindicato de Telefonistas de la República Mexica (STRM).

El equipo telefonista parece cohesionado en torno a la figura híbrida de Pancho, pero de una de esas dimensiones paralelas también emergen imputaciones o vicios privados difíciles de ocultar: complicidad para no cubrir, desde la privatización de la empresa en 1990, miles de plazas vacantes; explotación de trabajadores sindicalizados; nepotismo; represión; negociaciones en lo oscurito para reducir el monto de las pensiones y hasta denuncias judiciales por malversación de fondos —como aquella que se presentó durante el movimiento de marzo de 1982 ante la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, contra Hernández Juárez y algunos de sus allegados, por disponer de 500 millones de pesos de las cuotas obreras.

Para nadie es secreto que su cercana relación con el entonces presidente Carlos Salinas le permitió sacar ventajas en el proceso de modernización de Teléfonos de México, conocida más por su acrónimo Telmex, y la venta posterior de la empresa a Slim, porque obtuvo garantías de que no habría despidos. Y así pasó, aunque el desencanto llegó pronto —y para quedarse—, porque hasta hoy, al menos, están vacantes 9 mil 500 plazas sindicalizadas. Tampoco hay certeza sobre las 12 mil que quedarán desocupadas en los siguientes cuatro años por igual número de telefonistas en aptitud de solicitar su jubilación.

Cualquier etiqueta que se le ponga contiene una verdad: en 37 años al frente del sindicato Hernández Juárez ha sido un hombre muy moldeable, siempre tranquilo con su chamarra de piel como lucen los obreros que han conseguido un buen pasar gracias a que ha sabido adaptarse a cualquier escenario político, ideología o partido que le permita mantenerse en primer plano. Como si el tiempo se suspendiera, en la historia de ese mundo paralelo que es el sindicalismo aflora un alud de suspicacias, conjeturas, sospechas, morbo y críticas que se levantan desde el flanco mismo de los trabajadores de la empresa telefónica mexicana.

En efecto, Hernández Juárez se mantiene firme en la Secretaría General del STRM desde hace cuatro décadas a través de antiguos métodos del sindicalismo que incluyen represión, despido, hostigamiento a opositores, suspensión de derechos, nepotismo, destitución de delegados, negativa a tramitar prestaciones contractuales y sindicales así como pago del anticipo por antigüedad para deshacerse de los oponentes internos.

Desde sus inicios en la década de 1970 este líder sindical es el botón de muestra de un férreo control corporativo vinculado históricamente, como lo llaman sindicalistas independientes y especialistas en materia laboral, a una relación desigual y a un control inmoral del Estado. En otras palabras, es uno de los responsables de la subordinación de las organizaciones gremiales al gobierno y a los patrones reduciendo su papel al de celoso guardián de la política salarial en turno o simple espectador de funcionarios del gobierno federal que promueven el aniquilamiento de sindicatos y líderes independientes.

La historia de Pancho, Paco, Francisco o Juárez, se remonta a abril de 1976 cuando, siendo prácticamente desconocido, accidentalmente y con un golpe de suerte, se coloca al frente del descabezado y caótico movimiento democratizador o revuelta fratricida del viejo Telmex o monopolio gubernamental telefónico, a través del llamado Movimiento Democrático 22 de Abril. Tal revuelta había iniciado un año antes en el Departamento de Centrales de Mantenimiento para derrocar el grotesco e impúdico liderazgo que desde 1970 estaba bajo resguardo del charro Salustio Salgado Guzmán o Charrustio, como lo llamaban los trabajadores.

Bajo el mando de este cacique no habían faltado las alianzas oscuras, una declarada tendencia a favorecer el endurecimiento del autoritarismo gubernamental, así como las componendas con funcionarios del gabinete del presidente Gustavo Díaz Ordaz, entre ellos el secretario del Trabajo, Salomón González Blanco —encumbrado en forma definitiva de 1958 a 1964, durante el sexenio de Adolfo López Mateos—. Pero todos esos movimientos turbios se fueron al traste cuando Charrustio Salgado, ateniéndose al apoyo gubernamental, se negó a ver brotes de inconformidad, a nivel de insurrección, en el Departamento de Centrales Construcción.

Impreso a mediados de 1975, el editorial del primer número de El Guajolote, órgano oficial del Movimiento Democrático y una de las dos decenas de publicaciones que en ocho años mantuvieron viva la llama de la lucha telefonista, daba las guías que pasaron por alto Salustio y el gobierno echeverrista: “Durante mucho tiempo los telefonistas hemos sido pisoteados en nuestros derechos. […] La dirección del sindicato está en manos de líderes vendidos que pisotean y trafican con nuestros derechos. Cada revisión de convenios departamentales, cada renovación de contratos se hace a nuestras espaldas, no existen asambleas y (a) cada compañera o compañero que protesta se le rescinde su contrato”. Hubo otros órganos internos de difusión, pero todos tenían una línea en común: la lucha contra Salgado, a quien atribuían una “dictadura” que se había prolongado por 11 años.

A El Guajolote deben sumarse Boletín Informativo, primer periódico en la guerra contra Salustio; Alternativa, tribuna del trabajador telefonista; El Callejón; El Hijo del Guajolote, del Movimiento Revolucionario Telefonista; Movimiento 8 de marzo, de la Coordinadora Democrática de los Telefonistas; Gaceta Informativa, El Movimiento 23 de abril, de Monterrey, Nuevo León; Lenin, de la organización marxista-leninista de los telefonistas; El Demócrata, voz y expresión de los telefonistas poblanos y 22 de abril, información y discusión de los telefonistas de la sección 15, de Hermosillo, Sonora.

La lucha interna por democratización había visto luz con movimientos como el de 1958-1959 y del de 1969 en el Departamento Centrales Construcción. Sin embargo, no fue sino hasta la revuelta del Movimiento del 22 de Abril de 1976 que culminó la lucha iniciada un año antes. El objetivo era uno muy claro: expulsar del sindicato telefonista —que desde 1950 había visto pasar las dirigencias formales de Fernando Raúl Murrieta (1950-1952), Jorge Ayala Ramírez (1952-1959), Agustín Avecia Escobedo (1959-1961), Arturo Velasco Valerdi (1961-1962), Manuel Guzmán Reveles (1962-1966) y Antonio Sánchez Torres (1966-1970)— a Salgado Guzmán, quien respondía a intereses de funcionarios del gobierno federal y del Partido Revolucionario Institucional.

Salgado descubriría que el charrismo también tienen sus caminos pedregosos: el destino le jugó en contra a pesar de la mano dura y muy pesada del apoyo que recibía del secretario del Trabajo, González Blanco, especialista en reprimir movimientos sindicales y someter, bajo cualquier recurso, a líderes independientes. Con el apoyo de las operadoras de las centrales Victoria y Madrid en el Distrito Federal —y, desde luego, un paro caótico generalizado que ese abril del 76 se expandió como fuego vivo a 40 ciudades—, aquella lucha encaramó al desconocido Pancho, quien aún no cumplía 23 años de edad, a la dirigencia máxima del sindicato.

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