Charrustio

 

 

* A Hernández Juárez nadie, ni aliados ni enemigos, le regatea lo suertudo ni su éxito; menos, su agudo sentido del oportunismo y la oportunidad. Pero tampoco él puede negar ninguna de las versiones que registran la cercanía con sus tres grandes protectores: los ex presidentes Echeverría y Salinas, así como el extinto y, paradójicamente, inmorible e insustituible líder obrero Fidel Velázquez Sánchez, quien lo introdujo por las intrincadas redes del poder.

 

Francisco Cruz

Buena fortuna es un término corto para el encumbramiento de Hernández Juárez. Según crónicas de la época, telefonista los rebeldes se inclinaban, para sustituir a Salustio, por el liderazgo de César González Aguirre, pero el día de las elecciones éste no llegó. Treinta y dos años después, Juan Guzmán G., en su columna Panorama Laboral que se difunde a través de la agencia noticiosa michoacana Quadratín, retomaría los pormenores de aquella mala suerte de González Aguirre: “Según una anécdota contada por varios telefonistas de aquella época a quien estas líneas escribe, González, el más proyectado a la Secretaría General, pues contaba con un amplio apoyo de las bases, el día de las elecciones, cansado después de varios días de lucha, se retira a dormir y no se presenta en la asamblea electoral, lo que le abrió las puertas al antirreleccionista de Hernández Juárez”.

Apoyado por la anarquía del movimiento —en el que participaban grupos de todas las corrientes y tendencias internas, incluidas las de izquierda, radicales y moderados—, así como la furia de las explotadas y ninguneadas operadoras, el destino puso a Pancho-Paco y sus amigos Mateo Lejarza —quien más adelante sería el ideólogo del sindicato—, y Rafael Marino en el lugar indicado a la hora correcta. Ninguno tenía experiencia sindical. Los tres formaban parte del Ateneo Lázaro Cárdenas, un grupo de estudio, integrado por alumnos de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del Instituto Politécnico Nacional, tutelado por un periodista español que prestaba servicios profesionales al gobierno del presidente Luis Echeverría Álvarez.

No había razones para la suspicacia. Sólo unos cuantos, entre ellos Lejarza y Merino, conocían los acercamientos del echeverrismo—principal promotor de la represión de estudiantes en 1968, de la Guerra Sucia y responsable de la matanza del Jueves de Corpus o El Halconazo de 1971con el jovencito Pancho Hernández Juárez.

Las elecciones internas, producto de la revuelta que derrocó a Salgado Guzmán, aguantaron un recuento de votos vigilado por inspectores de una desconfiada Secretaría del Trabajo, que se interpretó como un enojo de González Blanco porque la situación de le salió de control. Amparados en los lemas “fuera charros”, “democracia” y “no reelección”, el suertudo Hernández Juárez recibió el apoyo de 13 mil 757 telefonistas; es decir, 90.8 por ciento del total de los trabajadores que votaron. La flama de la guerra había alcanzado a Charrustio Salgado y lo quemó. El gobierno resintió la presión de los telefonistas y lo abandonó a su suerte. Su alguna vez poderoso Comité Ejecutivo Nacional, que por 10 años había controlado Telmex, apenas tuvo fuerza para convencer a mil 374 telefonistas, los más beneficiados durante esa década.

Astuto como era y con su característica intuición de depredador político, Echeverría le dio el visto bueno a la naciente dirigencia sindical juarista. Entrado el último año de su gobierno, vio y aprovechó la oportunidad de contar con un nuevo aliado con el que pretendía ampliar su esfera de influencia en la administración siguiente, que recaería en su amigo del alma y subordinado José López Portillo y Pacheco —Jolopo, como se le conocía—, al que esperaba manejar como títere en un teatro guiñol.

Casi de inmediato, Echeverría tendría oportunidad de probar el amargo sabor de la ingratitud y del vocablo ex porque, al llegar a la Presidencia, aquel “dócil” amigo de la juventud se autonombró el último presidente de la Revolución y prácticamente lo expulsó del país, enviándolo como embajador plenipotenciario e itinerante a los rincones más alejados del planeta. Para entonces, con el consentimiento del echeverrismo —que en la cúpula obrera corporativista se interpretó como mensaje violento y claro contra el sindicalismo—, Pancho empezaba a encariñarse con las querencias del encargo.

Otra versión que difunden viejos telefonistas y que no necesariamente choca con la anterior establece: “Integrante del grupo echeverrista del IPN Ateneo Lázaro Cárdenas, Pancho fue impuesto por la Secretaría de Gobernación, desde donde se vetó a los auténticos líderes del Movimiento Democrático 22 de Abril de 1976; llegó a la dirigencia provisionalmente, en lo que se consolidaba el movimiento; es decir, hasta la realización de la Primera Convención Nacional Democrática Telefonista (en julio de 76) y ya vimos lo que le duró su convicción anti-reeleccionista”.

A Hernández Juárez nadie, ni aliados ni enemigos, le regatea lo suertudo ni su éxito; menos, su agudo sentido del oportunismo y la oportunidad. Pero tampoco él puede negar ninguna de las versiones que registran la cercanía con sus tres grandes protectores: los ex presidentes Echeverría y Salinas, así como el extinto y, paradójicamente, inmorible e insustituible líder obrero Fidel Velázquez Sánchez, quien lo introdujo por las intrincadas redes del poder.

Hay evidencias para señalar que Enrique Restituto Ruiz García, conocido como Hernando Pacheco, intelectual español nacionalizado mexicano en 1972 e identificado también por el sobrenombre de Juan María Alponte, lo presentó con el maquiavélico e infame Echeverría. Y éste no podía disimular su interés por Telmex: el 16 de agosto de 1972 su gobierno adquirió 51 por ciento de las acciones de la empresa —el porcentaje restante lo reservó para la iniciativa privada—, una estatización de facto que le permitió consolidarse como un monopolio porque absorbió a pequeñas telefónicas regionales.

Investigadores como Enrique de la Garza Toledo han confirmado que la relación Echeverría-Hernández Juárez existía de alguna manera. En su libro La democracia de los telefonistas, editado por Plaza y Valdés en 2002, escribe que Hernández Juárez, muchachito creyente, al menos en palabras del “sufragio efectivo no reelección” y trabajador de escasas pretensiones, se vinculó con grupos echeverristas. Los grupos estudiantiles que participaron en el Movimiento Restaurador, confirma, tenían relación, a nivel de asesoría, con el ideólogo Juan María Alponte, no otro sino Enrique Restituto Ruiz García, quien los iniciaría en las perspectivas de renovación sindical que venían del Estado y que pretendían superar, incluso, lo logrado por la Confederación de Trabajadores de México (CTM).

Ya idos lo tiempos, en diciembre de 2003, en una entrevista que se publicó en El Siglo de Torreón, Pancho comentaría: “Durante el último año de Echeverría tuvimos una buena relación. Después entró (José López) López Portillo y todo el tiempo me quiso golpear. Tuvimos que hacer hasta dos huelgas por año. Después llegó De la Madrid y la relación fue menos conflictiva. Tuvimos una relación fría y lejana, pero respetuosa. Con Salinas fue cercana e hicimos grandes cosas”. El relato quedó corto. Durante la Convención Democrática de julio de 1976, Pancho le dijo a los telefonistas que se había reunido con Salinas, quien le había ratificado que respetaría al sindicato de telefonistas. Y, como no queriendo la cosa, ya entrado en confianza para reafirmar su poder les dijo, el Presidente de la República “le manda un saludo a los convencionistas”.

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