Feliz cumpleaños

* Al final, o al principio, si uno comienza a caminar desde el otro extremo, una playera de Peña Nieto, al estilo de Warhol recibe al visitante. El local es como todos, sólo que entendió las leyes del mercado –del tianguis, pues- y por menos de 15 dólares uno se puede llevar a su casa un bonito recuerdo del presidente de México. No son las letras con su nombre, en fondo rojo o blanco, como las 15 millones de camisetas que se repartieron en las elecciones del 2012. Es su cara bañada en color, mirando hacia arriba, hasta la victoria siempre, la del Grupo Atlacomulco, le diría al Ché si viviera.

 

Miguel Alvarado

Uno. Enrique Peña cumplió 48 años el 20 de julio. Su vida ha sido plena. Nadie como él ha conocido el éxito o lo que en México, se considera, es. En 1999 participaba en la campaña para la gubernatura del Estado de México que llevaría al priista Arturo Montiel a ganar aquellas elecciones. Lo hizo por poco. Apenas por una diferencia de 150 mil votos sobre el panista José Luis Durán Reveles, quien como nunca antes podía arrebatar el poder al PRI en el Edomex. Caro anhelo pero, como casi todas las oposiciones políticas, ilusorio. Peña fue llamado al gabinete de aquel Montiel que no se cansaba de señalar que los derechos humanos eran para los hombres, no para las ratas, para administrar la entidad. Pronto fue evidente la liviandad en aquel nuevo funcionario, extraído de la nada ante los ojos de la opinión pública, por otra parte desmemoriada y preocupada por lo inmediato, la comida diaria, no perder el trabajo.

 

Dos. Peña daba entrevistas a todo mundo. En la banqueta, preferentemente y cotorreaba con la prensa local, que le preguntaba sin ganas por números que nunca tenía a la mano. A nadie extrañaba la desmemoria de un secretario estatal pues casi todos eran así, se comportaban de la misma manera. El trabajo real descansaba en el equipo de asesores, que presentaban reportes y preparaban las comparecencias ante los diputados, teatro al aire libre que no significaba otra cosa que pérdida, pasatiempo de acrobacias. ¿Trabajo real?

 

Tres. Peña escaló pronto los limbos de la política. Dejaba uno para adentrase en otro, todavía más confuso pero lleno de esperanzas para el joven a quien la vida le ofrecía todo lo que una chica Cosmo cataloga como trendy, necesario o de perdida deseable. Parecía un hombre despreocupado y pronto trascendió su fama de galán de altos vuelos. Coqueto, tenía en público una sonrisa para todos, al menos la mano estirada y encantaba sin ambages porque tenía ese aire de novela de Televisa que después sería una de sus bazas portentosas, a falta de una propuesta intelectual o administrativa. Todavía no existían los tabloides rosas, tan importantes en la vida de Peña en los años por venir y que le darían un impulso electoral sin precedente a cambio de 800 millones de pesos en menos de seis años. Ese negocio, el mejor de su vida, lo ha llevado ahora a romper paradigmas. Las ventas de Pemex y la Comisión Federal de Electricidad, una paraestatal que provee, corrupta y todo, inmanejable y todo, la mayor parte de los recursos para subsidios y excedentes a estados y municipios. No está mal por 8 millones de pesos.

 

Tres. La foto del Ché, la más famosa, la de Korda, se pierde en un mar de camisetas en el mercado de la terminal en Toluca. Icónica, atravesó tres generaciones para todavía confundir al que la mira. Casi todos conocen el nombre del Ché y algunos la historia de aquella foto, pero son los menos los que lo miran sin asociarlo a Benicio del Toro, a Gael García. Ni modo, son los peligros del cine de calidad hecho en Estados Unidos y vendido como contestatario, como si la maquinaria ésa pudiera apuntarse a sí misma, destructora, sin alma. Nunca lo haría. Las torres neoyorquinas mataron a los empleados, no a los dueños del espanto. En la terminal los textiles se han apropiado del alma de otros, incluso de la virgen de Guadalupe, milagrosa y exigente y gracias a dios la han modificado hasta la saciedad. Virgen delgada, no morena sino rubia, porta lentes al estilo de Katie Perry y enseña los muslos, redondos, casi modelados por las pantagruélicas cremas Goicochea, quitando várices y arrugas en un dos por tres que conquista la indignación pero también el apapacho popular. El fervor católico también es risueño y se burla de sí mismo, so pena de perder la eternidad en un instante de pecador derroche y se arriesga a llevarse la playera, con fondo azul o negro, cómo lo prefiere la damita, porque ser virgen en los tiempos del Ché, de las camisetas del Ché, es más un estorbo que una virtud a negociar. Lo impreso, impreso está y no hay nada que pueda retractarlo. Después de Perry las imágenes son cualquier cosa. Carlos Santana, la mota, el Komander, Los Tigres del Norte, El Chapulín Colorado, Oribe Peralta y Memo Ochoa enseñorean los pasillos, ente calcetines -a 3 por 20 varos- y los cigarros chinos, ambulantes pero con la digna marca del Marlboro en sus profundidades cancerígenas. Al final, o al principio, si uno comienza a caminar desde el otro extremo, una playera de Peña Nieto, al estilo de Warhol recibe al visitante. El local es como todos, sólo que entendió las leyes del mercado –del tianguis, pues- y por menos de 15 dólares uno se puede llevar a su casa un bonito recuerdo del presidente de México. No son las letras con su nombre, en fondo rojo o blanco, como las 15 millones de camisetas que se repartieron en las elecciones del 2012. Es su cara bañada en color, mirando hacia arriba, hasta la victoria siempre, la del Grupo Atlacomulco, le diría al Ché si viviera. Son pocas las que hay porque vuelan y además hay cierto resquemor para venderlas. La imagen de Peña en una prenda se asocia a la falta de respeto, a hacer bisne sin su consentimiento. Porque al fin y al cabo es su cara y no recibe regalía ninguna. También pesa aquella parte bien sabida de la impunidad del poderoso. ¿Y si me rompen la madre? ¿Y si me cancelan el contrato? ¿Y si me clausuran el local? Porque el Ché vale más muerto que vivo y con Peña, de este lado de la tarima, todo es pirata, pirateable. El mensaje se ha recibido. Todo se vende. Lo malo es que no tenemos nada. Y nadie se pone su camiseta.

 

Cuatro. No le quedó de otra que aprender las artes del diablo. O las de dios, que a la hora de hacer las cuentas entrega los mismos números, y hacerse de tripas, corazón. Aprendió que el poder no es cuestión de capacidad sino de pertenecer a la familia adecuada y hacer valer derechos tan arraigados en la conducta humana que gustosa acepta la esclavitud siempre y cuando se respeten horarios de oficina, fines de semana futboleros y para los más chidos su dosis de Joe Division, los aullidos de Morrison o del profeta post-apocalíptico Justin Bieber. El poder no se comparte. O sí, si conviene. O no, si no conviene. Lo que sí se comparte es el pastel y los parabienes y las salutaciones públicas. Las privadas no, porque no se sabe lo que pueda suceder. Ese oficio de simulaciones arrincona sin miramientos lo indeseable, inapropiado. De vez en cuando permite un vistazo a lo inútil que resulta la presidencia, la figura del Ejecutivo, realeza de cuento chino que al mexicano le cuesta la mitad del presupuesto federado.

 

Cinco. El cumpleaños 48 del presidente se destacó por su sobriedad. Pública, al menos. No hubo festejos para recordar, como cuando era más joven y era menos temerario, no tenía miedo. Casi toda la corte política realizó su propio ensayo cumpleañero. Eruviel Ávila, por ejemplo, le llevó pastel y mariachis. Lo felicitó y de pasada hizo las paces consigo mismo. Lo que un pastel de chocolate puede llegar a significar en los tiempos de la señorita Laura se confunde con La Higuera del Ché en esa otra historia, la que pudo ser, la que le que falta un paso, cinco minutos, una llamada. El pastel, dedicado también a la plebe, trasmitió la felicidad de un pueblo jodido que mira a su jerarca darle la cara, aunque sea por el Canal de las Estrellas, explicar hasta con manzanas los beneficios de sus políticas económicas y otras lindezas. Peña Nieto es, en verdad, un gestor revolucionario y al paso que va algo hará estallar. Algo.

 

Seis. Eruviel festina. Está de plácemes y lo demuestra con una sonrisa. Un impasse apenas perceptible en su trabajo cotidiano, que consiste en mantener la calma, la neutralidad y aceptar el vasallaje desde la Federación. No hay mal que por bien no venga y sabe que si cumple con eso que sólo puede palparse desde la perspectiva de un negocio privado con el dinero público, está del otro lado. Eso significa continuar su carrera política, que se entiende por obtener presupuesto para sus necesidades personalísimas. Es un hombre bueno metido en una actividad que todo lo pudre. Sólo puede decir que sí o que no, como lo ha demostrado, pero elige decir que sí cuando debe decir que no. La diferencia para él es poco significativa cuando, estadista, ofrece 3 millones de pesos por la captura de seis criminales. Y otros tres millones por un grupo de 12 personas. No hay ningún político o líder sindical. Ni siquiera golpeadores o guardias blancas. Todos malos, eso sí, malos como la ley lo dicta. Como los 23 muertos en Tlatlaya, ejecutados por el ejército combatiendo o formados en el paredón. Porque al final de cuentas nadie se mete al narco sabiendo que lo más probable es que se muera, que se muera pronto y que mejor prefiere eso a vivir jodido, ineducado, explotado. En estos temas todos tienen razón, incluso los que opinan que el narco también trabaja para el gobierno.

 

Siete. Cinco asesinatos diarios en el Estado de México. El índice criminal ha bajado, dice el presidente Peña.

 

Ocho. Después se supo que Arturo Montiel Rojas era tío de sangre de Enrique Peña Nieto. Todavía lo es. De los cinco crímenes, quién sabe.

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