La Generación Gerber

* “Francisco Hernández Juárez forma parte de la gerontocracia sindical mexicana. Desde sus oficinas en la calle de Villalongín, en el Distrito Federal, ha visto pasar a cinco presidentes: López Portillo, Miguel de la Madrid, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, seis si se toman en cuenta los últimos siete meses de Echeverría, y siete, con Enrique Peña Nieto”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, publicado por editorial Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Una vez que Francisco Hernández Juárez se posicionó al frente de los telefonistas, tuvo fuerza para aplastar a los grupos de la izquierda sindical, a los remanentes del charrismo impuesto por Salgado Guzmán y a grupos empresistas como el de Rosina Salinas —quien contaba con el apoyo de la diputada Concepción Rivera, representante del Congreso del Trabajo—.Con este movimiento estratégico, el líder sindical pasa a formar parte de la amplia y compleja telaraña de maniobras que, desde el inicio del sexenio de Echeverría en 1970, operadores políticos presidenciales tejían a fin de controlar a todos los obreros del país.

Como cada presidente de la República en el México posrevolucionario, Echeverría no resistió la tentación de ejercer el poder absoluto e imponer su voluntad omnímoda —su perversidad maligna— en el sindicalismo promoviendo un reemplazo generacional en el que Pancho encajaba muy bien. Sobre todo, intentaba minar a la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y, si era posible, derrocar de una vez y para siempre a su líder nacional, éste sí vitalicio, Fidel Velázquez Sánchez.

Estudiosos del movimiento obrero como Javier García Aguilar, coordinador del libro Historia de la CTM 1936-1990, publicado en 1997, han encontrado indicios sobre las intenciones del presidente: venganza. Se tiene registro de un posible enfrentamiento indirecto entre Velázquez Sánchez y el general jalisciense José Guadalupe Zuno, suegro de Echeverría. La reyerta, que databa de 1972, comenzó cuando Velázquez —en un discurso durante una comida en su honor, organizada por los obreros de la fábrica La Josefina, en Tepeji del Río—, declaró: “En la CTM y en el movimiento obrero se encontrará siempre un ejército dispuesto a la lucha abierta, constitucional o no, en el terreno en que el enemigo nos llame, porque nosotros ya somos mayores de edad”.

Probado ya el mesianismo de Echeverría y su política maniquea, su estilo de gobierno había afectado a los trabajadores que resentían cómo la inflación aumentaba lenta e inexorablemente porque sus aumentos salariales no se sustentaban en la producción y productividad del país, sino en la maquinaria del Banco de México para imprimir dinero. Enterado del señalamiento que afectaba a su yerno, la respuesta del general fue corta y contundente: “Con (Fidel) Velázquez la clase obrera volvió a la esclavitud”.

Lo que haya sido, desde su toma de posesión en diciembre de 1970, Echeverría puso en marcha una campaña abierta contra el viejo líder cetemista, es posible que —como pasaría más adelante en el sexenio de Carlos Salinas (1988-2004)— haya visto en el joven estudiante politécnico Francisco Hernández Juárez a un conveniente sustituto de Velázquez.

Ya desde su época como secretario de Gobernación (1963-1969), un sumiso y astuto Echeverría se había dado a la tarea de formar una casta divina propia con jóvenes que, confiaba, podían gobernar a México por varias generaciones. Conocida como la Generación Gerber, en esa camada destacaban Juan José Bremer de Martino, Ignacio Ovalle Fernández, Fausto Zapata Loredo, Francisco Vizcaíno Murray, Roberto Albores Guillén, José Nelson Murat Casab, Luis Humberto Ducoing Gamba, Carlos Armando Biebrich, Carlos Fabre del Rivero, Francisco Javier Alejo y los no tan jovencitos Porfirio Muñoz Ledo y Sergio García Ramírez.

Aunque no pudieron concretarse todas las ambiciones desbocadas de Echeverría, la Generación Gerber arropó al naciente líder sindical. En el último año del sexenio, el echeverrismo se encargó de reconocer a la dirigencia y legitimar el movimiento que encabezaba Pancho. La pinza la cerró él mismo cuando, del 19 al 31 de julio de 1976 durante la Primera Convención Nacional Democrática (CND) del STRM —la primera después de la revuelta y la huelga del 22 de abril de aquel mismo año—, se dio una información que pasó inadvertida: después de visitar al presidente Echeverría y a otros funcionarios federales —en especial de la Secretaría del Trabajo—, Pancho declaró que el gobierno “ tiene una actitud de respeto al movimiento y que tácitamente” lo mejor era permanecer en el Congreso del Trabajo (CT) —bien conocido como un organismo que reunía a lo más granado de la charrería nacional—.

Los siguientes cuatro años fueron tortuosos para Paco, Pancho. Aun así, en un camino empedrado y cuesta arriba porque se había ido su protector Echeverría —cuyo sexenio terminó el 30 de noviembre de 1976— maniobró para que la III Convención Nacional Democrática del sindicato telefonista aprobara una sugerente propuesta del Departamento de Programación y Recepción de Equipo: “Por esta única vez y sin que cause precedente”, el secretario general podría participar como candidato para dirigir al STRM por otros cuatro años.

Hernández Juárez tomó entonces tiempo para cortejar a algunos de sus adversarios, emprendió una campaña de persecución contra otros, manipuló para que la empresa se deshiciera, vía despido fulminante, de otros más; en fin, hizo lo imposible y consiguió poderes especiales para manejar el sindicato y sentó bases de un esquema de permanencia indefinida en la Secretaría General, a través de un cambio de estatutos que instauraron los originalmente no existía y contra lo que luchaban los juaristas: la reelección. Si nada se interpone en su camino, aquella cláusula especial —“por esta única vez”— sentó precedentes porque, en abril de 2016, Pancho -Paco-Francisco completará su novena reelección consecutiva y 40 años como dirigente sindical. Apenas llegó a los 63 años de edad, pero, desde hace tiempo, Francisco Hernández Juárez forma parte de la gerontocracia sindical mexicana. Desde sus oficinas en la calle de Villalongín, en el Distrito Federal, ha visto pasar a cinco presidentes: López Portillo, Miguel de la Madrid, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, seis si se toman en cuenta los últimos siete meses de Echeverría, y siete, con Enrique Peña Nieto.

Si bien una reforma a los estatutos incluyó una cláusula para separar formalmente al sindicato de la CTM y, por lo tanto del PRI, Pancho acató la medida en lo general, pero en lo particular se fue a refugiar con Fidel Velázquez. Éste y su CTM controlaban, todavía en la década de 1970, las principales oportunidades de movilidad política para líderes sindicales. Hubo quienes intentaron hacer ver en el reconocimiento echeverrista una maniobra incisiva y audaz que, por fin, sentaría bases para liberar a la clase obrera de la CTM. No fue el caso. Más tarde, habría un desencanto generalizado en el gobierno, cuando se hizo visible que Pancho se acogía al espléndido apadrinamiento del viejo zorro Fidel.

Ni Echeverría, ni De la Madrid, ni Salinas, ni Zedillo, cada uno en su momento, ocultaron sus deseos y tentaciones de “jubilar” —para evitar derrocar, deshacerse o relevar— al dirigente cetemista o, como despectivamente lo llamaban algunos, “el lechero de Villa Nicolás Romero” o “el lechero rompehuelgas”. Este tipo de comentarios estuvieron siempre allí, como cuchillos de palo. Nunca hicieron mella en Fidel. Sólo él conocía su poder real. Desde el sexenio de Manuel Ávila Camacho (1940-1946) se sabía intocable e imprescindible.

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