Retrato hablado

* Las verdaderas autoridades controlan la región pero el último semestre las cosas han cambiado. La Familia, dueña absoluta, ha sido desplazada en el poder local pero también ha sido masacrada. A mediados de junio del 2014, 22 muertos o ejecutados por el ejército ponían sobre la mesa la nueva regionalización. Otros seis ejecutados en menos de 15 días, entre ellos el de un niño de 12 años, Juan Diego Benítez, volvían  poner a Luvianos en el mapa visible del narco. El niño muerto, hijo del locutor de Radio Calentana, Indalecio Benítez, terminó por hacer ver a los habitantes del sur que la indignación no consigue nada, pero el silencio y la solapación tampoco. ¿Qué puede hacer la sociedad civil abandonada por su gobierno?

 

Miguel Alvarado

El tianguis de Metepec ha crecido. Ha sorteado incluso la prohibición de vender pulque en la vía pública, actividad tradicional y que ocupaba media calle en el centro de aquella ciudad, que se ha ganado la denominación de “pueblo mágico” porque allí se hace una de las alfarerías más delicadas del país. Artesanos maestros en el uso del barro diseñan árboles de la vida, catrinas y toda clase de fantasmagorías que ahora compiten, al menos en los comercios de la calle principal, con objetos chinos, vistosos y brillantes pero chafas, como el visitante menos enterado puede reconocer. Ese tianguis, que prácticamente paraliza la circulación vial en el centro de aquel municipio, ha crecido en los últimos años y ha duplicado su tamaño debido a la llegada de quienes venden objetos usados. Usuarios del mercado del “Piojo” en Toluca, algunos aprovechan ese lunes para llevar sus cacharros, algunos prácticamente rescatados de la basura. Fritangueros y verduleros conviven sin el menor asomo de inquietud. Incluso lo hacen con las cuadrillas de hombres armados que recorren los pasillos de aquel mercado al aire libre, a unas cuadras de la presidencial municipal donde despacha Carolina Monroy prima hermana del presidente de México, Enrique Peña. Los hombres representan el estereotipo del sicario, al menos el que se vende en las películas. Altos, sebosos, morenos, de sombrero y pantalones de mezclilla con camisas a cuadros, se abren paso discretos entre la muchedumbre pero exhiben las armas, unas en la mano, otras colgadas en la cintura. Algunos policías municipales, extraviados por allí en busca de alimento los observan. No les huyen pero tampoco les preguntan nada. Todo es paz, las autoridades pueden convivir sabiamente con la metralla. Para todos hay espacio, dinero, vida, muerte.

 

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La avenida Las Torres parte en dos a la capital del Estado de México. Es una de las rutas que desahoga el tráfico de la mejor manera cuando no hay alguna obra en sus carriles o cruces. Siempre en reparación, entonces, también será parte del tinglado para el nuevo tren Toluca-México, que tanta ilusión despierta en los ciudadanos, que entienden será más barato y rápido, una especie de Metro pero al estilo toluqueño porque lo construirán Peña Nieto y su equipo de asesores, empresarios de altos vuelos como los de ICA, que al menos deberán entender que los trenes no se construyen siguiendo los parámetros de la Línea 12 en el DF. Por el carril de alta de Las Torres circulan camionetas negras, Patriot unas, llenas de guardaespaldas. Representan ejemplos estrambóticos de lo que significa ganarse la vida. Le cuidan las espaldas a los más importantes, pareciera, o al menos a los que pueden pagar para que otros atajen agresiones. Los guaruras hacen parecer odioso al objeto de sus cuidados. De pronto el imaginario advierte que el personaje en cuestión algo debe, algo tiene, algo lleva, pero casi nunca se cree que ese alguien es, en verdad, una piedra angular, representante del cambio social, científico prominente o en todo caso y debido a la pobreza de México, artista de Televisa. Los guaruras se instalan en las camionetas, que siguen a un auto deportivo en Las Torres. Todos con lentes oscuros, el que maneja y los que van en los flancos se acomodan de manera que abrir la puerta, saltar y disparar sea todo un mismo movimiento. La técnica debe funcionarles, pero es imposible no recordar a los escoltas de los niños Peña Pretelini, abatidos en Veracruz en el 2007.

A 120 kilómetros por hora, una fila de cinco camionetas y un auto deportivo Porsche se pierden en los túneles de Las Torres, buscando la autopista rumbo a México. Pasan un retén, en el carril de baja velocidad, donde policías estatales bajan a los usuarios en busca de maleantes. Todos se bajan pero algunos dejan sus pertenencias arriba, entre ellos dos hombres armados, sonrientes, que disfrutan a su manera el instante que les depara la actividad a la que se dedican. Saben que los agentes no subirán, por precaución, y que ellos están a salvo en tanto no se pasen de listos. Menos de veinte minutos después el cateo ha terminado. Todos suben de nueva cuenta y los dos amigos se carcajean. Bajan en la cuadra siguiente sin mirar a nadie, todavía tensos pero no tanto como para seguir enseñando las armas y una bolsa negra que al principio se disputaban, en broma, apuntándose con sus armas.

 

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¿En Toluca se reúne el narco con las autoridades o directores de alguna dependencia? Lo hacen cotidianamente, según versiones de algunos participantes y hasta de la PGR. ¿Cómo funciona el crimen organizado, entonces, si no se cuentan con las alianzas adecuadas? Ingenuamente, el ciudadano medio todavía considera que hay algunos políticos, uno al menos, que pueden reordenar las cosas. Están enterados de tranzas y triquiñuelas desde las bases, orquestadas desde los escritorios más insignificantes pero de todas formas oscuros, amenazadores. Los ciudadanos sólo saben lo que ven y lo que miran es corrupción en cualquiera de sus niveles o formas. En México no existe la oposición política, ni siquiera hay criminales cuando se ha legalizado desde los usos y costumbres el hábito de los antivalores

 

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Toluca, un municipio donde las autoridades entienden que el crimen y sus consecuencias es cuestión de percepción, prepara con entusiasmos un torneo de futbol internacional, amateur pero bonito, como dice la alcaldesa Martha Hilda González, entre las ciudades hermanadas con la ciudad desde donde ha gobernado el Grupo Atlacomulco. Seis equipos nacionales, seis equipos estatales, algunos locales y al menos 11 escuadras extranjeras jugarán en La Bombonera y el estadio Universitario. Aplicada correctamente la sicología de la enajenación que regala el futbol, el ayuntamiento de Toluca guarda para otra ocasión su opinión acerca de 6 mil 831 delitos patrimoniales, de las 732 violaciones sexuales, de los 34 secuestros, de los 885 secuestros, de las 16 mil 427 averiguaciones por lesiones, de las 23 mil 578 denuncias por robo y, en general, de los 48 mil 487 delitos registrados hasta febrero del 2014, según datos del analista Marco Antonio Durán. Los jerarcas de Toluca son inteligentes. La ciudad registra altas tasas de criminalidad, pero la pelota no se mancha. La suya, pues.

 

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Los antivalores dictan el comportamiento casi animal del ser humano acentuado en los tiempos de crisis y finalmente se instalan como los modelos ejemplares de conducta. Nadie es nada si no obtiene dinero y, con él, poder. Si no hay para comer de nada sirve el conocimiento. Algo falla y también cualquiera puede comunicar, convertirse en fedatario de lo que observa. Pero una cosa es mirar y otra poder narrar, entender lo que se mira. La guerra en Gaza no es igual a la guerra del narco en México, aunque los frentes son tan mortíferos, uno como el otro. La primera, con el rostro ensangrentado es trasmitida en vivo a todo el mundo, incluso a Israel y la segunda, más anónima, deja su reguero cárnico en campos, fosas clandestinas y calles que nunca antes notaron la crueldad de la pobreza, del engañado que trabaja para alguien que nunca dará la cara pero que confecciona una lista de más 100 mil muertos y cerca de 25 mil desplazados. La contradicción. La guerra en Gaza es lo mismo que la guerra en Luvianos, por ejemplo.

 

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Armando Enríquez fue alcalde de Toluca del año 2003 al 2006. Panista siempre y empresario en un negocio de fotocopiadoras -según él- nunca fue un hombre popular. Famoso sí, debido al cargo que ocupaba pero también a las decisiones y actitudes públicas que decidió seguir durante su gestión. Fue él quien cobijó al líder ambulante Gerardo Sotelo, conocido como “Alma Grande, quien organizó para él a los comerciantes e inició un proceso de amasiatos políticos, oscuro thriller al que no le faltó nada. Sexo y política no es una buena combinación y menos si se mezcla con narcotráfico, sobornos, pago de cuotas y la novedosa entrada de los cárteles a la capital del Estado de México. Armando Enríquez entregó una de las obras públicas más criticadas de la ciudad, una serie de puentes en la vialidad Alfredo del Mazo que mantuvo cerrada aquella zona quebrando a los comercios establecidos. Nadie circulaba por allí pero cuando se pudo hacer, Toluca se percató de que los puentes se caían solos y de que el ambulantaje cambiaba. El tianguis de la Terminal o del mercado Juárez fue trasladado, al término de aquel trienio, a las afueras de Toluca en una operación donde “Alma Grande”, quien en sus inicios vendía agujetas en las calles de la ciudad, resultó gestor principal. Enredado luego en líos de faldas, al líder lo encontraron muerto en un anfiteatro de Valle de Bravo, después de ser citado por funcionarios públicos y ex empleados del ayuntamiento de Enríquez, “para arreglar unas cosas”. Antes fue a la cárcel y perdió todo el poder, perdió dinero y mujeres. Al final también perdió la vida.

Alma Grande fue siempre un facilitador y antes de morir, a fines de junio del 2009, abrió las puertas para que algunas organizaciones ambulantes participaran del narcomenudeo. Hasta lugar les consiguió para operar: el nuevo mercado de Autopan, donde aquellos cobran cuotas a nombre de La Familia y últimamente de los Templarios. Enríquez, en “reuniones secretas” obró también como facilitador, según testigos de la época y permitió la extorsión a comerciantes, pero también la venta al menudeo de sustancias. Al ex alcalde nadie nunca lo ha señalado. Nadie nunca lo ha acusado. Nadie nunca lo ha comprobado. Tampoco nadie, nunca, lo ha defendido.

 

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Sentado con su hijo, el 5 de agosto del 2014, miró a tres hombres bajar de un auto y dirigirse a él, que le daba un sorbo a su café, en el centro comercial Interlomas de Huixquiluca, en el Estado de México. Luego cayó, con tres tiros en el tórax y murió casi de inmediato. Era colombiano, de 50 años y se llamaba Jesús Euse Alvarado. Huixquilucan es uno de los municipios más ricos de la entidad pero también uno de los más desiguales. Allí se desarrollan fraccionamientos de superlujo pero también se despliegue la más miserable de las pobrezas. Los contrastes, separados físicamente por un tajo no impiden que la zona rica sea la más violenta y se elija como refugio de capos del narco, tapadera para sus actividades. Allí conviven, entre funcionarios públicos y CEO’s, encerrados casi para siempre en las dizque mansiones y cotos con nombres como Country Club o Herradura. Demasiado poco para líderes de La Mano con Ojos, de operadores del Chapo Guzmán asesinos templarios o de La Familia, resultan sin embargo una muestra física de que en México todo funciona al revés. Huixquilucan fue gobernado por David Korenfeld, actual director de la Comisión de Agua, y por Alfredo del Mazo Maza, director de Banobras, primo hermano de Enrique Peña e hijo de Alfredo del Mazo, ex gobernador del Estado de México. Allí se detuvo a Jesús Alfredo “N”, lugarteniente del Chapo; a  José Gerardo Álvarez Vázquez, “El Indio”; a Édgar Valdez “La Barbie” y a José Jorge Balderas, “El JJ”. Desde allí se envió a La Marquesa, el bosque limítrofe entre el DF y el Edomex, a 24 albañiles para ser ejecutados, en el 2008.

La policía ya investiga el homicidio del colombiano.

 

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En Toluca, el 4 de agosto del 2014, dos hombres armados secuestraron a la dueña de un negocio de pinturas, El Diamante, en la colonia Parques Nacionales, en plena tarde. “Pistoleros”, dice el diario local Tres PM.

 

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En Cuautitlán Izcalli muere asesinado, el 6 de agosto del 2014, el ex regidor local Lázaro Melgarejo, luego de recibir cinco disparos.

 

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El periodista Francisco Cruz describe Luvianos, municipio de Tierra Caliente, en el libro Tierra Narca:

“Desde 2006, el miedo es real. El joven municipio ha cambiado. Es ya un adulto en cuestiones del crimen organizado. Ese año, dos colaboradores del semanario Nuestro Tiempo Toluca, César A. Martínez y Jorge Hernández, hicieron un viaje que abarcó pueblos de Michoacán. Los dos periodistas mostraron el poder de los capos en el Triángulo de la Brecha. Ese año, el Cártel de Sinaloa y Los Zetas, con una violencia sistemática de terror e intimidación, consolidaron una campaña para mantener el control de Luvianos. A finales de ese año, La Familia pondría en marcha su plan de conquista.

Era ya palpable la integración de los pueblos de cada uno de los tres estados. César y Jorge alumbraron parte del lado oculto: “Aquí es la Tierra Caliente michoacana. Es el mediodía. Huetamo, a unos ciento treinta kilómetros al sur de Toluca, se muestra apacible y casi desierto. Los treinta y cinco grados a la sombra, en pleno otoño, imposibilitan actividades al aire libre. Hace calor en serio, pero la paz es rota por una caravana de camionetas que pasa por la pequeña placita central de la población, de unos setenta mil habitantes. Resaltan los AK-47 en hombres de lentes oscuros y sombrero texano. Todo mundo sabe que son asesinos a sueldo. La caravana se pierde rumbo a Tuzantla, otro municipio de Michoacán, con un clima más inmisericorde.

”En las siguientes horas, otros convoyes menos sugerentes vuelven a pasar. Algunos toman rumbo a Ciudad Altamirano y Coyuca de Catalán, la parte guerrerense de una de las zonas más peligrosas del país desde hace años, por el narcotráfico. Para los habitantes de Huetamo eso es normal, sucede casi cada día de cada semana. Están habituados al narcotráfico y a quienes se dedican a esa actividad. No les temen, pues no les hacen daño a ellos, sino a quienes representan a grupos rivales o a los agentes de policía, aunque saben que disparan en el mismo bando. Hace catorce años mataron a nueve judiciales en un retén, antes de llegar a Tuzantla. Buscaban droga, pero se les olvidó que también los narcotraficantes andan armados. Los mataron a todos. Los velaron en la iglesia de San Juan, aquí en Huetamo.

”Desde entonces hay, casi siempre, un grupo de policías que se hacen de la vista gorda. También están los militares, a la entrada del pueblo, pero de allí no pasa su presencia, sólo de vez en cuando. Todos saben quiénes están metidos en eso, y eso es siempre en el negocio de las drogas. Esto sucedió una semana antes de que iniciara un operativo del Ejército en Luvianos en busca de armas y droga, y donde luego de una semana no hubo ningún resultado.

”‘Pero en Luvianos no hay nadie. Todos se fueron. Siempre les avisan cuando van a venir los operativos. Además siempre es lo mismo, movilizan a sus policías, catean unas casas, se llevan a uno o dos y se van. Luego los sueltan, porque no tienen pruebas’, dice sonriente un vecino del municipio, mientras observa sentado, fuera de una tienda, a los militares que detienen a quienes entran al poblado.

”Luvianos fue el primer municipio mexiquense donde el Ejército intervino en forma masiva en la lucha contra el narcotráfico, aunque la orden para irrumpir se dio un día después de que una inexperta célula local de Los Zetas levantó, torturó y, por una decisión que no encajaba en su comportamiento criminal, liberó a dos soldados. Durante toda una semana de octubre de 2007, una partida de al menos trescientos soldados, apoyada por un puñado de agentes del Ministerio Público y de la Policía Federal, se instaló en carreteras y caminos secundarios que comunican a la cabecera municipal con Tejupilco, Bejucos y el pueblo de Nanchititla. Aunque no informaron qué buscaban, catearon catorce casas y predios”.

 

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Enrique Peña, presidente de México, festinaba que los índices de criminalidad habían bajado el 17 de junio de este año. Lo dijo en Nanchititla, la sierra que envuelve protectora la Tierra Caliente. Allí, rodeado de militares, en un atrevimiento feliz e inspirado, Peña apuntaba que “de los 122 delincuentes más peligrosos y buscados, hoy 82 ya no representan una amenaza para las familias o para las comunidades del país”. Los soldados, mirándolo a él, permanecieron inmóviles, nadie dijo una sola palabra mientras el presidente reía para todos lados e inauguraba, como de paso, una base de operaciones del ejército, estacionado allí desde hace años. Luvianos, con su propia base de Marinos, podría explicar mejor al presidente cómo la convivencia, hasta sana, puede desarrollarse entre militares y narcotraficantes, que se ven las caras cotidianamente y todos los días cruzan sus caminos. Allí, en ese cruzar de gestos y a veces balas, los pobladores han aprendido a callar, a veces y otras a ajuarear su suerte, aunque a veces el luto se atraviesa. Hasta el 2014 el cártel de La Familia controlaba la región, luego de sendos enfrentamientos contra Zetas, Pelones y Marranos. El último participante en la cruenta guerra que ha registrado al menos tres batallas con al menos 150 muertos es el cártel de los Templarios, una escisión de La Familia pero “más chingona porque les vale madre”, apunta un vecino.

Y es que con La Familia los de Luvianos habían aprendido aquellas leyes de La Tabla y, obligados o no, ayudaban a los narcos a pasar el día a día. Las verdaderas autoridades, como les llaman a los narcos, acompañaban a los políticos a sus giras, les armaban sus presentaciones, les ponían vehículos y pagaban algunos viáticos. Pero también se las cobraban, en caso de necesidad. Los Templarios, a pesar de lo dicho por el procurador mexiquense Alfredo Castillo, actual comisionado para la Paz en Michoacán sobre la extinción de los narcos, representan el cártel que mejor ha negociado con el gobierno en una trama de corrupción e impunidad y que mantiene un tercio de la economía nacional.

Las verdaderas autoridades controlan la región pero el último semestre las cosas han cambiado. La Familia, dueña absoluta, ha sido desplazada en el poder local pero también ha sido masacrada. A mediados de junio del 2014, 22 muertos o ejecutados por el ejército ponían sobre la mesa la nueva regionalización. Otros seis ejecutados en menos de 15 días, entre ellos el de un niño de 12 años, Juan Diego Benítez, volvían  poner a Luvianos en el mapa visible del narco. El niño muerto, hijo del locutor de Radio Calentana, Indalecio Benítez, terminó por hacer ver a los habitantes del sur que la indignación no consigue nada, pero el silencio y la solapación tampoco. ¿Qué puede hacer la sociedad civil abandonada por su gobierno? Los de Luvianos no lo saben, y si lo saben la respuesta no será la sumisión. La Tierra Caliente mexiquense comparte todo con sus vecinos de Guerrero y Michoacán. También el deseo de emanciparse y formar su propia entidad, un estado calentano que pueda ver para sí mismo ante el abandono oficial al que ha sido sometido por años. Y ese abandono, abonado en la lejanía y las riquezas naturales inexplotadas, permite también a los cárteles instalarse con total impunidad, o casi.

Indalecio Benítez, además de locutor es cocinero y prepara carnes para quien le pague. Él mismo dice que ha realizado comidas para los narcos locales, como todos algo han hecho con ellos. “Si no lo haces, malo. Si lo haces, malo”, sostiene siempre que se le pregunta al respecto. No sabe por qué lo atacaron pero sí que las cosas están cambiando en Luvianos, un municipio que no rebasa los 40 mil habitantes. La procesión fúnebre y los globos blancos no detendrán nada. Hasta político que hasta hace seis meses se creían intocables han sufrido secuestro y tortura, como el ex alcalde perredista Zeferino Cabrera, cuya historia se entreteje en el cambio de administración que experimenta Luvianos, un municipio clave para entender al crimen organizado y su relación política en el Estado de México.

Luvianos ahora se escribe con T.

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