Oráculos

* Tiempos de crisis absolutas ofertan a la clase media cosas bien chafas. Hasta en el consumo se uniforma la necesidad. Una libertad absoluta para mirar se ha adueñado del ente. Los dioses ya no exigen sacrificios sino monedas, tarjetas de crédito o cheques, droga si acaso. Pero son benévolos, no quieren altares y saben que el cielo y el infierno son la misma cosa. Dejan que te cachondees a tu hermana, pero sólo con miradas, que asistas y hasta grites pero nada más.

 

Miguel Alvarado

¿Qué dice el oráculo electrónico de Facebook? ¿Cómo está el mundo? ¿Esto es el mundo, apenas una pálida sombra del movimiento, aunque inútil, de la sociedad o la idea de sociedad que se desplaza? Porque la sociedad se mueve, es el hábito, la costumbre y una de las más serias que se confunde con producir o, en todo caso, con hacer o realizar. Porque quien produce dinero obtiene como de pasada el derecho a no moverse excepto para usar ese dinero hasta que se acaba. Y quien genera trabajo también obtiene esclavitud, pero sin dinero. El trabajo como generador de un bienestar se confunde entonces y delinea el perfil del forzado moderno, vigorizante y encantador. Un esclavo sin grilletes es el mejor de los negocios. Que trabaje pero además pueda pagarse él mismo su casa y sus alimentos, sostener a la familia. Y que gane, que gane muy bien para que acceda a las tecnologías o suministros que él mismo fabrica. ¿Qué es eso? Un loop vitalizado pero también envuelto en papel de baño. Los que trabajan no protestan, o protestan mucho. Los que trabajan mucho no protestan si ganan bien. Si acaso se quejan intravenosamente, pero los lamentos terminan donde comienzan las bondades o lo que parecen serlo.

¿Entonces será eso, el movimiento de ir aunque sea a ninguna parte? ¿La sensación de pertenecer y estar haciendo algo? Y el que nada hace, hace la parada, toma el camión, sube, se sienta, compra un chocolate y escucha al Komander en el estéreo del chofer. Pasa por la Terminal y mira las putas, muy paradas con faldas ajustadas y toda la cosa cerca del hotel, platicando con la policía. Luego los ambulantes, con esa manera de acariciar el suelo, ponen sus mantas y las cubren con las necesidades electrónicas de moda. Hasta relojes despertadores con la forma de un gato hay. También los que huelen a fresa, como los condones y otros que son fosforescentes. ¿De dónde obtiene el dinero? ¿Quién trabaja para otro?

El comerciante se levanta cuando le dicen que viene un policía o, mejor, una patrulla. Se lo dice su cuate el agente, quien le cobra diario una comisión por echarle el grito. Y porque se mueve, algo cambia en ese sinsentido de llevarse un pito a la boca y soplarlo, voltear con la gracia de un ganso, que nadie aquí está para ser modelo de Televisa, y echarle un ojo a los chicleros y los chapulines.

Tiempos de crisis absolutas ofertan a la clase media cosas bien chafas. Hasta en el consumo se uniforma la necesidad. Una libertad totalitaria para mirar se ha adueñado del ente. Los dioses ya no exigen sacrificios sino monedas, tarjetas de crédito o cheques, droga si acaso. Pero son benévolos, no quieren altares y saben que el cielo y el infierno son la misma cosa. Dejan que te cachondees a tu hermana, pero sólo con miradas, que asistas y hasta grites pero nada más.

Los dioses, una verdad del espesor de la ayahuasca.

Uno de ellos llora porque en Face nadie comparte su ilustración y el Jesús se entristece así, de antemano, saliendo al aire, a la arena del Silicon Valley con las lágrimas preparadas, chantajero y pendenciado. La respuesta es patética. Uno pierde la vida, desangra su tiempo mirando aquellas inútiles, ni siquiera pasajeras emisiones pero responde. Yo sí te doy laik, mi Señor, porque eres lo más importante de este mundo y del otro. Cómo no hacerte caso cuando sin ti nada de esto sería posible. El ocio, fundamentalmente religioso o narcocatólico pero también budista, protestante, islámico o judío exigen comportarse como si uno tuviera fe. Que algo pase aunque no sea chido, que algo pase y que sucede a pesar de mí. El control de las eventualidades se ha vuelto un problema de programación neurolingüística y el trabajo real se realiza en la mente, la desmemoria, el olvido, porque todos queremos o quieren saber que han olvidado. Afuera no sucede nada. Ahí están los árboles, el famoso viento en la noche oscura, sin luna pero oscuro, pero viento. No transcurre nada, ni el tiempo, por decir algo más. La mente vacía, entonces, es lúcida. Los ejemplos de cabezas huecas ahora se remiten a políticos y presidentes, actores y presentadores de Televisa y TV Azteca, futbolistas de medio taco o progres de los años 60. La mente juega pasadas muy rudas. Nadie está conforme con lo que percibe, o casi nadie. Lo que se percibe, no lo que se gana. No hay ganancia, no puede haberla, la descompensación no es posible en el universo de los equilibrios. A cada Carlos Salinas corresponde un Enrique Peña, por ejemplo. Para un madreado, madreado y medio. Los picos, los sobrantes funcionarían como compensadores y asunto arreglado.

Así que todo es cuestión de fe, o de comportarse como si uno la tuviera.

¿Qué dice el Face al respecto? Uno de los mejores trucos consiste en hacer creer que tenemos acceso, que poseemos aunque sea información, aunque no sepamos luego qué hacer con ella. Publicarla es ya parte del espejismo. Dice Facebook que se puede sacar el corcho de una botella ayudados por un zapato, que Luis Videgaray reconoce que el salario mínimo es insuficiente pero que el tema es “muy vendedor”, que acompaño a mi presidente y a mi gobernador en una ceremonia ofrecida a una estatua, la de Isidro Fabela, que me integra de lleno al grupo en el poder porque además me pagan y me permiten tomar fotografías. Qué importante me he vuelto, dice uno desde las cajitas de los comentarios y otro pregunta que dónde están los 13 mil pesos que, dice Chuyaffet, gana un maestro. No están ni en la casa de don Emilio; que se amenaza desde Michoacán con publicar un video donde Luis Videgaray se reúne con Nazario Moreno para pedirle un “entre” para la campaña presidencial de Peña Nieto; que los habitantes de Capulhuac le muestran fotos a su alcaldesa, “Lady Fabiola” del estado de sus calles, semejantes a las de Gaza; que un niño toluqueño es campeón mundial de cálculo mental y que el psicólogo Walter Rizo está resuelto a echarle la mano a cualquier que se lea sus mensajitos de patética autoayuda.

¿Qué es eso que dice el Face, tan parecido a la televisión?

Ventana afuera, la tormenta del 12 de agosto se anuncia a las 6:09 de la tarde.

Un niño grita en el consultorio dental cercano y alguien platica en la sala. “Nosotros no lo sabíamos hacer”, dice una voz al menos tranquila, sin menester.

Nosotros tampoco.

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