Minidictadura

* “Fidel Velázquez empleó sus extensas relaciones y apeló a sus amigos y todas sus influencias para consolidar a Pancho Hernández en el sindicato de telefonistas, enseñarle o educarlo en esas extrañas artes del sindicalismo mexicano y guiarlo entre las telarañas del poder verdadero de las esferas gubernamentales. En otras palabras, el recio e imperturbable líder nacional cetemista y pilar del sector obrero priista le prodigó atenciones. Lo llevó de la mano como a un hijo de 27 años —el 22 de abril de 1976 Francisco Hernández Juárez estaba a cinco meses de cumplir esa edad— que recién empieza a caminar”, escribe el periosusta Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, publicado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Aquel 20 de abril de 1987, Salvador Corro precisó, en un reportaje de su autoría, que Hernández Juárez estuvo allí y “esperó que el dirigente cetemista le resolviera el problema […] A partir de entonces decidió caminar de la mano de Fidel. El 20 de septiembre, durante la VII Convención Nacional Ordinaria, a la que asistió el presidente (José) López Portillo, se deshizo en halagos al dirigente cetemista. Le hicieron un homenaje y Velázquez devolvió los cumplidos”.

Por si hubiera alguna duda sobre la intervención de Fidel para allanarle el camino a Pancho, los investigadores Roberto Borja y Fabio Barbosa encontraron que “no puede dudarse que el apoyo del Congreso del Trabajo fue fundamental en los acosos de Telmex que, por lo menos en esta etapa, concluyeron con el acuerdo del 28 de julio de 1982 bajo el largo título de Convenio que celebran la empresa Teléfonos de México y el Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana, […] cuyo fin fue la garantía y corresponsabilidad del Congreso del Trabajo y la Secretaría del Trabajo.

Durante el conflicto, por solicitud del viejo Fidel, envió, protegido por un contingente de granaderos de la policía del Distrito Federal, a un grupo de golpeadores profesionales para desalojar el edificio sindical. Así, por las buenas, los disidentes y otros 500 “telefonistas” contratados por la empresa, se retiraron. Era la época en la que, todavía en muchos casos, las disputas sindicales se resolvían a balazos y a madrazos. Diecinueve días después de la revuelta, Francisco Hernández Juárez retomó su liderazgo.

Allanado, pues, el camino y arropados por Fidel y el Congreso del Trabajo, Pancho, Paco, Francisco y su Comité Ejecutivo Nacional pudieron sentarse, con placer, a dirigir el destino de los telefonistas. Con la protección de Fidel, se hicieron de herramientas para desmantelar a la oposición interna, incluida aquella con la que habían contraído compromisos, con lo que limitaron estatutariamente la participación de sus rivales.

El mensaje de aquellos que el 22 de abril de 1976 habían llegado a la Secretaría General del STRM con las banderas de la “democracia”, la “no reelección” y “fuera los charros” se hizo escuchar muy clarito en todas las oficinas de Telmex: “que los responsables del problema por el que acaba de pasar nuestra organización, los cuales ya están bien identificados y son precisamente los líderes de la llamada disidencia, sean sancionados enérgicamente como lo marcan nuestro estatutos, de tal manera que se les nulifique su participación representativa sindical así como política en nuestro sindicato”.

Obligaron a los comités de las secciones Matriz y Foráneas a reconocer, por escrito, la dirigencia de Francisco Hernández Juárez. Y, en los hechos, los panchistas de cada centro de trabajo se convirtieron en espías de la dirigencia sindical para nulificar a los cabecillas de la disidencia y, además, para mantener un estrecho cerco de vigilancia sobre líderes intermedios. Las medidas le han dado resultados, los complejos métodos de selección del Comité Ejecutivo Nacional, excepto el de secretario general, simulan ser incluyentes. En otras palabras, se sentaron las bases para establecer una minidictadura.

Para todo estaban preparados los telefonistas, pero 1983 los sorprendió una mañana cuando el Comité Ejecutivo Nacional, con Pancho a la cabeza, hizo público el rompimiento con el grupo interno identificado como Línea Proletaria, que tenía una fuerza importante en Coahuila. Después de un par de regaños que recibió directamente de Fidel, ese tema lo incomodaba. Poco se dijo que, en los peores días de marzo de 1982, fue el único grupo interno que apoyó a Hernández Juárez. Presionado por el Congreso del Trabajo y en especial por el líder minero Napoleón Gómez Sada, Pancho se convirtió en un Judas moderno. Cuando encontró la oportunidad, negó cualquier relación con esa facción telefonista, y se refería muy poco a ella.

En una entrevista que concedió en 1987, cuando ya se encontraba bien asentado y sintiendo el apoyo pleno de Fidel, advirtió: “cuando en 1977 ó 1978 tuvieron la contratación los compañeros de Telefónica Nacional en Monclova, donde está enclavada la sección 147 de Mineros, fuimos a verlos para tratar los problemas de la negociación. Los compañeros de los comités locales tenían relación con ellos. […].Ahí conocimos al compañero Francisco Uvences. Yo no sabía si era de Línea Proletaria y que estaba en la dirección sindical. El caso es que ahí se mantuvo la relación. Tuvimos seis o siete intercambios de experiencias y nos pareció muy importante la forma de organización que tenían. […] Resulta que, por azares del destino, el compañero Uvences salió por cuerda de los mineros, que lo corrieron por andar de avanzado allá. Aquí ya no, porque está en el comité ejecutivo, vino y nos aportó sus experiencias”.

Aquella mañana de 1983 la sorpresa fue mayor —incluso se calificó como una gran traición fraternal—, porque el rompimiento se hizo durante la revisión salarial de 1983. Y todavía fue más impactante porque Pancho dio personalmente la información, en una Asamblea General Nacional para tratar asuntos salariales.

Apersonado ante los delegados de STRM, Hernández Juárez declaró: “un grupo de trabajadores integrantes de la llamada Línea Proletaria, últimamente ha incurrido en actitudes que no corresponden al proyecto general del sindicato”. La Dirección Nacional, dijo, no apoya a esta Línea, por lo que sus acciones corren por su cuenta y riesgo. “No se están coordinando con el CEN y las acciones que han efectuado para establecer su propio proyecto para el proceso electoral, están al margen de los organismo oficiales correspondientes, lo que rompe el compromiso que tienen con el sindicato y toca a los trabajadores calificar su conducta”.

Para entonces, Pancho, Paco, Francisco y su grupo —Lejarza y Marino a la cabeza— tenían meses en campaña. Con dos años de anticipación había preparado, a través de la Planilla de los Trabajadores, la segunda reelección, también “por esta única vez”, de Hernández Juárez. El albazo funcionó. Con el rompimiento también le dieron gusto a Fidel Velázquez y, sobre todo, al Congreso del Trabajo, donde algunos líderes obreros como Napoleón Gómez Sada, entonces presidente del organismo y secretario general del sindicato minero, cuestionaban y desconfiaban todavía del trabajo de Hernández Juárez.

Los juaristas tenían listo el largo y complejo mecanismo de reelección que, en los hechos, también se adelantó. Además, sin una oposición articulada, el sindicato entró, entonces sí, en una nueva etapa, porque Pancho y su Comité Ejecutivo Nacional tendrían a su disposición todos los recursos de los trabajadores. Acapararon todo, incluida la Comisión Nacional de Vigilancia y todas las otras comisiones nacionales. Los comicios de 1984 reflejaron el abuso muy al estilo del carro completo priista: 17 mil 295 votos para la planilla oficial, casi 70 por ciento del apoyo total de los telefonistas. El 24 de julio de 1983, los telefonistas avalaron la segunda reelección.

Salvado el obstáculo, la relación prosperó. Y así se demostró, Fidel Velázquez empleó sus extensas relaciones y apeló a sus amigos y todas sus influencias para consolidar a Pancho en el sindicato de telefonistas, enseñarle o educarlo en esas extrañas artes del sindicalismo mexicano y guiarlo entre las telarañas del poder verdadero de las esferas gubernamentales. En otras palabras, el recio e imperturbable líder nacional cetemista y pilar del sector obrero priista le prodigó atenciones. Lo llevó de la mano como a un hijo de 27 años —el 22 de abril de 1976 Francisco Hernández Juárez estaba a cinco meses de cumplir esa edad— que recién empieza a caminar.

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