Lo inolvidable

* “Pancho, Paco, Francisco no era más aquel jovencito lustrador de calzado. Nadie tampoco recordaba los tiempos aquellos del “lidercito” de Telmex que aprovechaba cada fiesta sindical, y vaya si eran famosas, para bailar, valga la palabra, con todas las operadoras que con él querían bailar cuando era un héroe. Tampoco tenía rastros del panadero que pudo ser, ni del aprendiz de mecánico y del Departamento de Centrales Telefónicas Automáticas que llegó a la empresa a los 16 años de edad. Había cortado la melena estudiantil. Poco a poco la memoria colectiva olvidó aquel viejo y destartalado Volkswagen que se le conocía y que, consolidado en la dirigencia, cambió por un Corsar. Y sí, con todo y chofer”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

Poderoso uno, ambicioso el otro, la relación Velázquez – Francisco Juárez se consolidó. De mano de Fidel, los nuevos colegas, el gobierno y las autoridades del Trabajo recibieron al joven audaz y ambicioso David que había derrotado, a pesar de la mano negra, al charro Salustio Salgado Guzmán, a los embates de una parte del oficialismo de la empresa a través de Rosina y, por si fuera poco, había nulificado el “bipartidismo” interno y expulsado de Telmex al ala izquierdista. Si bien no era una apuesta a ciegas, Pancho parecía dispuesto a arriesgarlo todo para ganarlo todo. Fidel tenía capacidad para embelesar a mucha gente, pero cualquier cosa quedaba pequeña cuando se hacía público que la Confederación de Trabajadores de México (CTM), la mayor organización obrera, tenían empresas cuyo valor superaba 200 mil millones de pesos, manejadas por líderes sindicales desde luego controlados por el eterno Fidel.

En un abrir y cerrar de ojos, Pancho se encontró bajo la larga sombra protectora que proyectaba ese monstruo de colmillos tan largos como retorcidos que conocía cada palmo de las entrañas del poder. La interlocución de Fidel brindó a Pancho y a sus telefonistas fortaleza para aguantar, a pie firme, los ataques que salieron desde las oficinas de los presidentes José López Portillo y Miguel de la Madrid, de 1977 a 1988.

Gracias a su dominio del sistema político y al control que ejercía del movimiento obrero organizado, en 1985 Velázquez impuso su voluntad y llevó a Hernández Juárez a la Vicepresidencia del Congreso del Trabajo. Dos años más tarde, en 1987, el líder de los telefonistas llegó a la Presidencia de ese organismo, desde donde se dio el lujo, nacido más de la inexperiencia, de enfrentarse a más de un funcionario federal. Al secretario del Trabajo, por ejemplo, el durísimo Arsenio Farell Cubillas, lo llamó mentiroso.

Pancho, Paco, Francisco no era más aquel jovencito lustrador de calzado. Nadie tampoco recordaba los tiempos aquellos del “lidercito” de Telmex que aprovechaba cada fiesta sindical, y vaya si eran famosas, para bailar, valga la palabra, con todas las operadoras que con él querían bailar cuando era un héroe. Tampoco tenía rastros del panadero que pudo ser, ni del aprendiz de mecánico y del Departamento de Centrales Telefónicas Automáticas que llegó a la empresa a los 16 años de edad. Había cortado la melena estudiantil. Poco a poco la memoria colectiva olvidó aquel viejo y destartalado Volkswagen que se le conocía y que, consolidado en la dirigencia, cambió por un Corsar. Y sí, con todo y chofer.

Con Fidel cuidándole las espaldas, Pancho y sus telefonistas aguantaron a pie juntillas los ataques directos del poderoso Farell, secretario del Trabajo y Previsión Social en el sexenio de Miguel de la Madrid, cuyas líneas políticas tenían una dedicatoria particular: eliminar a los sindicatos independientes, líderes incluidos, y desmantelar, de una vez y para siempre, a las organizaciones gremiales oficialistas.

Enero de 1987 vio el encumbramiento definitivo de Pancho. En los 11 años anteriores hizo de todo por entrar a la elite del sindicalismo y de la política nacional, incluyendo la militancia en las filas del Partido Revolucionario Institucional. No hacía falta que diera a conocer que trataba de emular a su maestro Fidel Velázquez Sánchez. En cada paso que daba él lo sabía y todo mundo lo vio antes que él. Ese año se hizo público que, entre 1976 y 1987, había hecho, al menos, tres viajes a Europa con recursos del sindicato.

Las lecciones de Fidel fueron provechosas. Todavía hay quienes recuerdan el fastuoso arranque, en el auditorio de la CTM, con todo y acarreados, de la Octava Convención Nacional, el 19 de septiembre de 1983 —cuando madrugó a sus rivales y puso los cimientos para la segunda reelección—, inaugurada por un invitado especial: el presidente Miguel de la Madrid, un tecnócrata enemigo de los sindicatos, sin importar sus etiquetas: independientes y oficialistas.

Más recordado —en el pueblo dirían “de aquellas cosas inolvidables que nunca se olvidarán”— sería el discurso que pronunció el 1 de octubre de 1984, a propósito de su segunda reelección —si se toma en cuenta que la de 1976 que propició el derrocamiento de “Charrustio” Salgado Guzmán fue una elección limpia—: “Esta es una magnífica oportunidad para expresar un especial agradecimiento a una organización ejemplar y a un hombre de distinguidas y trascendentes dimensiones sociales. Me refiero a la Confederación de Trabajadores de México y a su secretario general, el compañero Fidel Velázquez, que con su apoyo han fortalecido nuestras luchas. Hay intereses que se beneficiarían si nosotros nos alejamos de la CTM y del Congreso del Trabajo”.

Si fue hipocresía, un acto de agradecimiento puro o una morbosa declaración, la realidad es que Hernández Juárez suplió con palabras su flojo currículum sindical. La respuesta del viejo Fidel, ya de 84 años de edad, fue automática, le pagó con creces aquellas declaraciones públicas. Pancho, Paco, Francisco puso en marcha una campaña incisiva por la Presidencia del Congreso del Trabajo, el máximo organismo de los obreros mexicanos o, como se le llama entre los trabajadores, la casa máxima de la charrería mexicana. Según se desprende de las informaciones del momento, ya convertido en un líder de verdad y atendiendo siempre consejos y recomendaciones de su nuevo padrino político, también se dio a la tarea de formar un bloque con sindicatos pequeñitos, entre los que destacaban los sindicatos Mexicano de Electricidad (SME), así como los de pilotos, sobrecargos y tranviarios.

La cúpula del Congreso del Trabajo vio con recelo el ascenso de Pancho y, aún más, la formación del bloque con los electricistas, pero no pudieron hacer nada por impedirlo. Ninguno se habría atrevido a emprender una campaña contra el nuevo protegido de Fidel. Atados de manos, se sentaron a esperar. Y no tuvieron que hacerlo tanto, la inexperiencia le jugó una mala pasada al impetuoso Hernández Juárez y se llevó entre las patas a Fidel.

Sentado, pues, en enero de 1987 en la silla para “regir” el destino de millones de obreros, solicitó —tomando como base una inflación anual reconocida superior al 100 por ciento— un aumento salarial de emergencia de emergencia para trabajadores de las empresas paraestatales, entre ellas los telefonistas. Amenazas más, amenazas menos, el Gabinete Económico del presidente De la Madrid se lo prometió. Pancho se sentó a esperar, esperar, esperar y esperar. Y esperaría toda la vida. Al final, el gobierno lo ignoró, las negociaciones se empantanaron y el incremento nunca llegó. No llegó nada.

El 18 de febrero el gobierno federal le hizo saber que no estaba en condiciones de dar ningún incremento para los 200 mil empleados de las paraestatales. Atrapado en un callejón sin salida y descubriendo su ingenuidad, Pancho responsabilizó al secretario del Trabajo del incumplimiento a los trabajadores. Y lo llamó mentiroso.

El 20 de abril de 1987, Salvador Corro escribió en la revista Proceso: “Por lo pronto, su imagen de líder obrero diferente a los tradicionales, surgida de su actitud de hace algunos años, se ha deteriorado tanto que pone en riesgo su posición frente al sindicato”.

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