El otro sur

* A 38 grados centígrados el cuenco o valle en el que están ubicados esos municipios lucen verdes pero abandonados. Las carreteras secundarias son suficientes sin embargo para que el transporte local todavía circule por ellas. Esas escenas no son nuevas. Tienen decenios los enormes agujeros y la grava suelta, aunque ahora el deterioro es peor porque ya no son de terracería, que aguantaban más. Los caminos son el menor de los problemas para una comunidad que apenas tiene trabajo o que, en el caso de los cuatro municipios, apenas la dejan hacer algo sin que algún grupo cobre protección, derecho de piso o condicione las actividades.

Miguel Alvarado/ primera parte

Con cerca de 30 ejecutados en un mes, entre ellos un niño en Luvianos, la Tierra Caliente del Estado de México confirma su condición de ingobernable, pues a pesar de la presencia de marinos, ejército y policía estatal, la actividad relacionada con el tráfico de drogas continúa sin mayores dificultades y genera fenómenos que no coinciden con las políticas de seguridad de la Federación y del gobierno del Estado de México, que “blindan” los alrededores y fronteras municipales, como Valle de Bravo, pero no detienen a nadie, a pesar de que los habitantes de aquellas regiones saben desde años quiénes se dedican al narcotráfico.

Luvianos, uno de los centro del narco más importantes en la zona centro del país, es paradójicamente una de las regiones más pobres del Estado de México, junto con otros 13 municipios de la zona, tradicional expulsora de migrantes hacia Estados Unidos. Datos del Centro de Investigación y Estudios Especializados de la Población, de la Universidad Autónoma del Estado de México, indican que la mayoría de los municipios en el sur están despoblados en 30 por ciento, como sucede en Luvianos, pero algunos asentamientos han perdido hasta el 80 por ciento de sus habitantes debido al fenómeno. La gente no se va sólo por la falta de oportunidades y la pobreza a pesar de contar con recursos naturales suficientes, aunque sin recursos para explotarlos. La violencia extrema hace mella en las condiciones de seguridad. El último caso, el asesinato de un niño de 12 años, hijo del locutor en Luvianos, obligó al padre, Indalecio Benítez y su familia, a escapar sin que hasta el momento, luego de un mes de la muerte, exista algún detenido. La migración es un fenómeno arraigado en el sur mexiquense y establece incluso usos y costumbres entre jóvenes, que saben ya que deben irse a cierta edad y seguir los pasos de algunos de sus parientes. Sin embargo es precisamente el fenómeno migratorio hacia EU lo que permite el sostenimiento de  los que se quedan.

El municipio que genera más remesas en el Edomex es Tlatlaya, seguido de Zacualpan y San Simón de Guerrero, todos ellos en el sur mexiquense, según el estudio “Migración y Remesas en el Sur del Estado de México”, del investigador Juan Gabino González Becerril, edita por Papeles de Población de la UEAM, en el 2006.  

La región de Luvianos no es la misma de hace dos años, en el 2012, cuando el narco se infiltraba hasta en las giras presidenciales, donde enviaba “halcones” para enterarse de primara mano sobre los pasos de los aspirantes. Salitre, poblado minúsculo del municipio de Amatepec, a 40 minutos de Luvianos, recibía al aspirante perredista Andrés Manuel López Obrador, quien luego de su mitin preguntaba a los organizadores locales quiénes dominaban esa plaza, Templarios o Familia.

– Es La Familia Michoacana, señor.

– ¿Ah, sí? ¿Y están por aquí ahora?

El organizador levantó la cara y dirigió la vista al fondo del escenario, delimitado por lonas, en la pequeña plaza pública de aquel lugar.

– Son ese grupo que está hasta el fondo.

Lo mismo sucedió con cuanta visita política hubo. Hoy son pocos los que se atreven a ir, pues no es una época electoral ni existen condiciones de seguridad que otorguen certezas, aunque sea. Los casos de extorsión y secuestro en Luvianos no excluyen a los jefes políticos, aunque sean alcaldes o representantes de los gobiernos estatal y federal. Uno de esos casos, el más reciente, involucró al ex alcalde perredista Zeferino Cabrera Mondragón, secuestrado hace poco más de dos meses, cuando pasaba con su esposa algunos días en un rancho de aquella localidad. Días después fue liberado, pero nadie supo qué había sucedido ni quiénes habían sido sus plagiarios.

Pero en Luvianos todo se sabe. Municipio de apenas 70 mil habitante y un territorio de 703 kilómetros cuadrados, es imposible no enterarse. Zeferino, por años un jefe político casi intocable, debió observar y nada más observar, cómo el narco se apoderaba de los municipios sureños. Fue uno de los muchos alcaldes que debieron aprender a convivir con “las verdaderas autoridades”, como se conoce a los jefes de plaza de los cárteles, y a delegar en ellos gran parte de los poderes públicos, incluidas decisiones que tenían que ver hasta con elecciones estatales, pago de quincenas, contratación de personal y adjudicación de obra pública.

Todavía el actual edil de Luvianos, José Benítez, se niega a hablar en público sobre el tema de la seguridad después de que en el 2012, antes de tomar posesión en el cargo, librara una emboscada pistolera en caminos vecinales. Benítez ha trabajo en Luvianos siguiendo las mismas directrices de años anteriores. Hay cosas de las que no se pueden hablar, según él.

A Zeferino le pasó lo mismo. Y su secuestro indica que no hay una garantía ni siquiera para quienes representan un poder público. Luego de que lo levantaron en su rancho, al ex alcalde lo llevaron a una casa en el campo, donde lo retuvieron por unos días, sin hacerle daño, hasta que un operativo policiaco se implementó para buscarlo. La llegada de los agentes obligó a los captores a movilizarse. Dejaron aquella casa y se internaron en la Sierra de Nanchititla, donde se escondieron en peñascos y cañadas hasta que aquella operación terminó. Según los vecinos, A Zeferino le tocó vivir en la intemperie por algunos días y dormir sobre rocas o donde sus captores consideraban que no serían vistos. Después lo soltaron, pero con la condición de que él mismo obtendría el dinero para su rescate y pagaría a los captores lo solicitado, que en una primera “mesa de acuerdo” alcanzaría 100 millones de pesos.

Cabrera no pudo reunir aquella cantidad pero su libertad condicionada le dio oportunidad de acudir en busca de consejo con dirigentes e instancias federales. Las negociaciones finales le devolvieron tranquilidad cuando consiguió que los secuestradores se conformaran con 2 millones de pesos, aunque aún seguía siendo alto para el ex edil, quien decidió tomar consejo de la dirigencia nacional, que lo refirió hacia la Comisión Nacional Antisecuestros encabezada por Renato Sales, nombrado para ese encargo por el presidente de México, Enrique Peña. La instancia terminó de negociar el caso, pero no se hizo público si se hicieron los pagos.

A Zeferino lo trataron bien, dicen algunos, pero otros aseguran lo contrario y apuntan que más que el cobro de un plagio se trató de enviar un mensaje desde el crimen organizado para dar a entender que hay un grupo distinto al de La Familia gobernando la zona o al menos peleando por el poder que ejerce el narcotráfico.

Dos años después, López Obrador regresó al sur mexiquense, ahora como líder del partido Movimiento de Regeneración Nacional. Apenas una pequeña caravana lo acompañó, no más de 6 autos, sin ninguna seguridad, aunque el gobierno del Edomex, militares y marina montaron un discreto dispositivo que “encapsuló” a los de Morena en sus traslados. Un kilómetro adelante, un convoy militar abría paso y un kilómetro más atrás, patrullas custodiaban las espaldas de los viajeros. Obrador evitó las cabeceras y sólo Luvianos y Tejupilco fueron visitados frente a la alcaldía, que permanecieron cerradas mientras el ex perredista hablaba en público. La razón de aquella gira era juntar firmas para oponerse a la reforma energética. Muy puntual y sin salirse de lo programado, el viaje llevó a Obrador a puntos específicos donde cumplió sus arengas. Pero Luvianos, Amatepec, San Simón de Guerrero y Tejupilco son mucho más que cuatro poblados. De salud está “bien, gracias”, diría él mismo.

A 38 grados centígrados el cuenco o valle en el que están ubicados esos municipios lucen verdes pero abandonados. Las carreteras secundarias son suficientes sin embargo para que el transporte local todavía circule por ellas. Esas escenas no son nuevas. Tienen decenios los enormes agujeros y la grava suelta, aunque ahora el deterioro es peor porque ya no son de terracería, que aguantaban más. Los caminos son el menor de los problemas para una comunidad que apenas tiene trabajo o que, en el caso de los cuatro municipios, apenas la dejan hacer algo sin que algún grupo cobre protección, derecho de piso o condicione las actividades. Las casas al pie de carretera son ancestrales y se están cayendo desde siempre. Cada uno los cruces mantiene siempre un hombre, al menos, que implementa una tiendita al aire libre de refrescos o la venta de algunas frutas embolsadas. Son jóvenes casi todos, lugareños y los más viejos, los que se sientan en los pórticos de sus casas, señalan como “halcones”.

– La mayoría sí. Miran quiénes entran y se comunican con sus jefes. Los están monitoreando porque en cada cruce hay un vigía y saben con certeza a dónde se dirigen. Si representan algún peligro o algo, entonces los detienen.

La vegetación cubre el campo e invade las rutas. Los sembradíos se implementan hasta en los cerros más empinados y los bueyes muertos son pasto para los buitres, que se disputan hasta los huesos de cualquier cosa muerta que hallen en los sobrevuelos, que son nada comparados con los del helicóptero Black Hawk, que llegó el 27 de agosto del 2014 a Valle de Bravo

Pero esa actividad –detenerlos- sólo se realiza cuando la zona no está caliente. Ahora, luego de tantos muertos, el narco se ha replegado o al menos ha mantenido una tregua, quietud, aunque del otro lado de la sierra la búsqueda de las células del narco Jonnhy Olacoaga, “El Mojarro”, no la interrumpan los militares.

La presencia de helicópteros de alta tecnología no es nueva en la región. Los narcos los identifican como G3 y los lugareños los describen como naves que vuelan con sensores y radares que facilitan cacerías nocturnas o en condiciones climáticas adversas. Equipados con armas que alcanzan rangos de disparo de hasta un kilómetro, las naves de la Marina han causado decenas de muertos, a quienes cazan de vez en cuando. Esta versión de ataque ha causado más terror que bajas, pero es un ejemplo del poderío militar que de todas maneras no se siente porque, dicen los pobladores “nada más no quieren”.

Luvianos es un paseíllo por la intranquilidad. El convoy de Obrador, encabezado por su camioneta blanca tipo Suburban, arranca en los peatones caras de susto. Allí, en esas mismas calles, por ahora cubiertas de polvo y cerradas por un tianguis al pie de la iglesia, el niño Diego Benítez era masacrado por pistoleros que atacaron a su padre, locutor de Radio Calentana. Las mujeres que observan los autos meten a los niños y toman los celulares. Luego, cuando ven los logos de Morena, consiguen calmarse.

“El problema con Tierra Caliente no es nuevo”, apunta un  integrante de la comitiva de Obrador pero que vive en la zona. “La cosa es que ahora hay demasiados grupos delictivos peleándose el control”.

– ¿Y la gente que los sigue son fuereños?

– Eso también ha cambiado. La gente que forma sus grupos ya son de aquí. Antes, cuando esto empezaba, pues había pistoleros de todos lados pero no eran de aquí.

– La gente ya vio…

– Algunos ya vieron que obtiene dinero luego, luego, aunque no tanto. Porque esa es otra parte. Ni siquiera pagan tan bien como pareciera. A lo mejor contratan desde mil 500 pesos, o hasta menos, para los que andan de “halcones”.

– Pero se enganchan…

– Y ya contratados se salen hasta que los matan o los agarran o hasta que consigan una plaza tranquila y asciendan como jefes. Pero como hay muchos que quieren lo mismo, la mayoría no llega a nada.

– ¿Y para quiénes trabajan?

– Nombres no, pero grupos, pues está La Familia, están Guerreros Unidos, están Los Templarios y otros que por allí aparecen de vez en cuando.

– Entonces, quién rifa en Luvianos y Tejupilco…

– La Familia.

– ¿Los militares?

– Pues ahí andan, dando vueltas hasta Amatepec y Tlatalaya, pero nada más. Ahorita todo anda calmado porque están con el desmadre de la Gendarmería y hasta que no se sepa qué, todo estará tranquilo.

– ¿Es distinto el nivel de violencia de ahora?

– Puta, sí. Es que ahora son más y también se han hecho del poder público. No se puede comparar con algunos años atrás, cuando había violencia, pero no en este nivel. Ahora todos se quieren matar entre sí y a los que no andan en eso, también se los echan nomás para no dejar.

– ¿Y qué hacen las autoridades?

 – Pues lo de siempre. Nada. Pero a la gente le falta información, Yo digo que esto que pasa también podría solucionarse un poco si la gente tuviera acceso a libros o en la tele dijeran otro tipo de noticias. Acá en Tejupilco ya todo es peligroso. Es mejor ni venir, aunque te conozcan.

– ¿Y qué pasó en Tlatlaya?

– Unos dicen que el ejército ejecutó a los 22 que estaban en la bodega ésa. Pero no parece ser muy cierto eso porque… mira… esas gentes, las muertas, no eran de la región, venían de Guerrero y entonces usaban esas bodegas para quién sabe qué chingados. Esta vez la versión del ejército es más confiable, pero nunca se sabe. Nosotros creemos que los encontraron y los enfrentaron o los militares pues ya sabían y se agarraron a tiros. Nomás que fueron muchos los muertos. Tlatalya está más con lo que pasa en Guerrero que por acá.

– ¿Y las elecciones que vienen?

– Ya todos se están moviendo. Ya ves a Obrador, que viene con su nuevo partido. Creemos que no le va a alcanzar para el año que viene pero sí para el 2018, cuando ya sea otra cosa. Pero los políticos ya están sobres y parece que no les importa eso del narco porque es inevitable. En Amatepec, ya está la familia Casique, políticos de allá, preparando a su gente para quedarse en el poder con sus grupos. Lo mismo en Luvianos y aquí en Tejupilco ya se empieza la movilización política.

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