Está bien que llueva

* Esto es Luvianos, capital del narco que no tiene ni 30 cuadras de extensión. Así como así, la avenida principal es terrosa y desdentada, donde los niños andan en bicicleta como si no supieran de enfrentamientos. Hace cinco año miraba los mismos rostros, los mismos juegos felices. Pero las calles eran distintas. Estaban recién barridas y reflejaban el sol en esa calma de las dos de la tarde mientras las casas ondeaban sus banderas estrafalarias de México y de equipos de futbol como los Pumas de la UNAM y el América, entre esculturas de pegasos y águilas rapaces.

 

Miguel Alvarado

I

Son las 4:19 de la madrugada y junto a la ventana de este cuarto pasa un arroyo muy pequeño pero inconmensurable a esta hora.

Me levanto.

Este aquí se llama Otzoloapan y las cuijas cantan en las vigas mientras comen escarabajos, algunos del tamaño de mi puño. La niebla del ensueño no halla acomodo en su propia, inútil metamorfosis que me deja en el otro lado de esta angustia que quiere decir la puerta abierta, los zapatos al pie de la cama, la ropa sucia, los cigarros que saben a todo lo podrido.

Los escarabajos juegan inmóviles en las vigas y las sombras los acunan para que nada los aprese.

¿Y entonces?

¿Cómo se atraviesa este día, todavía sin luz?

 

II

La niña acompaña a la abuela. Las dos se sientan en el suelo, junto a las sillas donde otros esperan también, a 40 grados centígrados, a que un político venga y les hable de esperanza, los llene de vitalidad. No se sabe por qué, son ancianos casi todos y llevan su credencial de elector en la mano, que la usarán luego para poder firmar un pliego contra la reforma energética que no será aceptado en el Congreso mexicano porque atenta contra la elemental soberanía que significan los negocios con petróleo. 

¿Qué es lo que miro mientras llegan las camionetas en convoy, se estacionan detrás de nosotros y descienden los políticos anunciados, que son recibidos con una porra?

Pero por qué.

Qué es esto.

 

No cierres los ojos, todavía no.

 

Debajo del toldo o de la lona se congrega la población indefensa de Luvianos, la que ya no puede decidir por sí misma ni el pan o la marca de la leche que han de comer, la tienda favorita y las horas para el desahucio desparramadas en una plaza construida a fuerzas, con calzador, encerrando una ceiba, un árbol enorme

 

no tan grande pero sí lo único real en esta bruma de sol y paciencia mexicanas

 

para darle realce al palacio municipal, atrancadas sus puertas por ahora, custodiadas por policías estatales vestidos de negro. Ni parece que haya tantos muertos pero sí, los hay y sus sombras son marcas umbrosas en los rostros de casi todos.

Esto es Luvianos, capital del narco que no tiene ni 30 cuadras de extensión. Así como así, la avenida principal es terrosa y desdentada, donde los niños andan en bicicleta como si no supieran de enfrentamientos. Hace cinco año miraba los mismos rostros, los mismos juegos felices. Pero las calles eran distintas. Estaban recién barridas y reflejaban el sol en esa calma de las dos de la tarde mientras las casas ondeaban sus banderas estrafalarias de México y de equipos de futbol como los Pumas de la UNAM y el América, entre esculturas de pegasos y águilas rapaces. Y es que las casas de los narcos a los que les ha ido bien pueden distinguirse porque son grandes y estrambóticas, con entradas enormes diseñadas para tráileres y camiones de carga, que se estacionan o guardan en negocios inútiles de construcción en un pueblo de menos de 20 mil habitantes que prefieren las estructuras de adobe por frescas y duraderas, a excepción de aquella alcaldía amarilla, decididamente fea y un galerón que tal vez sea un mercado y que también está cerrado pero lo custodia un agente con rifle que escribe algo desde su celular, deshaciéndose en sonrisas mientras sus lentes oscuros, de mica roja, resbalan por su cara.

Les ha ido bien pero los narcos locales no están en sus casas porque los buscan, aunque en realidad es otra cosa. El operativo de seguridad simula que los persigue para no incriminar más balaceras o muertos a destajo, y es que nadie quiere arriesgarse. Así que se van a la Sierra, a Nanchititla, allí junto, a 10 kilómetros y allí viven en casitas de campo y cuando todo se pone peor las abandonan y buscan las cañadas, los barrancos, las piedras grandes como techumbres y se meten debajo. La gente del pueblo les lleva la comida y los atiende porque hay algunos a los que les han ayudado, aunque esos ayudados ya tengan sus propios muertos, ejecutados en los bailes públicos o sacados de sus casas para meterles una bala en la cabeza. Pero la comida, la información y la seguridad nunca faltan, no importa quién sea el favorecido.

Como el policía que sonríe, quisiera escribir desde mi teléfono o trazar una raya en el cuaderno que nunca sacaré porque estorba y me reduce la memoria a lo concreto. No podría dibujar al hombre tatuado desde el cuello que entra a la tienda de enfrente. Que compra un refresco y una bolsa de papas. Que luego se recarga en un pilar y se queda viendo como si nadie mirara. No podría, se mueve. Y me mira, mientras le tomo una foto.

 

III

Las casas de los narcos están construidas para no habitarse pero sí diseñadas para la vigilancia. Todas tienen una torre, propia de un castillo medieval y ventanas en su circunferencia por donde se domina el pueblo. Para ellos son mansiones, de tres pisos o más y deben sobresalir, mostrar carácter, así que las pintan de colores pastel, verdes pistache, por ejemplo, porque las casas de los narcos parecen pasteles de cumpleaños, de quinceañeras para precisar algo, o azules claros que reflejan todavía más la intrincada psicología de quien nada tiene y un día amanece comprando todo a cambio de alguien que se ha muerto. Y matan, pues es así, a veces por 150 dólares. Deben matar entonces a destajo y encima, todavía, proteger la espalda de otros que ni sus amigos son.

Que morirse valga la pena, pero eso cómo lo sabemos.

¿Por qué digo esto?

Porque hay una razón formal, lógica, inimputable que los obliga a meterse a ese negocio y que es el hambre o la pobreza de los suyos y la propia. No todos fueron desafortunados, algunos ya nacieron en familias dedicadas al narcotráfico y lo trabajan incansables, en horarios de 9 a 5 con checador incluido y horas extras pagadas con cierta puntualidad.

Pero a las casas las deshabita la desgracia porque entonces por qué están así, deterioradas y calcinándose hasta de noche. En otras bardas, las de los pobladores nativos, se permite la pinta política y allí aparece el rostro del actual alcalde, José Benítez, trazado a la usanza del Ché, un altocontraste sobre fondo amarillo en el que la mirada del funcionario se pierde en la distancia. Amarillo del PRD, un partido de izquierda entregado hoy al proyecto totalitario de Enrique Peña Nieto, no tiene sentido ni siquiera en esta breve mención.

Las casas, te decía, guardan autos importados, desde porsches hasta ferraris que hace algunos meses todavía se enseñoreaban por esas calles empedradas, parejas para que pudieran circular las máquinas bajitas y no pegaran con algún borde asesino. 

El alcalde Benítez no puede hablar, ni siquiera está, pero tampoco quiero hablar con él. Pues qué le pregunto. ¿Es usted narco? ¿Trabaja para los narcos? ¿Los narcos pagan su nómina? ¿Lo obligan o son sus amigos?

Ya sabemos las respuestas.

No quiero contarte lo de los muertos. No por ahora.

 

IV

Algunos policías toman foto de todos y cada uno. Un niño, casi joven, filma todo el tiempo con un celular o una cámara muy pequeña. En Luvianos el árbol de la placita hace la sombra de un barco para los más cansados, que se paran debajo mientras comen un raspado, toman los refrescos. Los policías son altos pero no imponen, aunque llevan sus armas desenfundadas. Lo que más asusta no es la escopeta sino las cámaras fotográficas que usan, simios, en cada cara que se les atraviesa. Uno me toma fotos y yo le tomo fotos al mismo tiempo. Ni siquiera nos miramos a los ojos, ni siquiera reconocemos nuestros gestos. Los dos reímos o sonreímos, como si todo fuera un montaje y al mismo tiempo –es cierto, al mismo tiempo, sincronizados, como si pudiéramos morir o vivir dos veces- volteamos a decirle algo a alguien, al que está a nuestro lado. Hoy nadie disparará pero no venimos a eso, no habrá muertos cuando el calor está tan duro y apenas puedo sostener la cámara, que se queda sin baterías.

Ella –la abuela- fuma un cigarro sin filtro y ella –la nieta- observa aburrida, como casi todos, la concentración. Todos estamos como secos, cada quién cargando sus propias armas. Ellos sus pistolas, la cámara que asemeja un misil y la anciana un cigarro y una niña, los ojos de una niña que sabe pero no, que detrás de nosotros, los sentados allí, llenos de sombreros para el sol, hay algunos que miran de otra manera. Uno, alguien, llega y se compra un pan, recargado en un pilar de los portales, se desabrocha la camisa, se ajusta la hebilla, se calza las botas y algo le dice al de junto –porque aquí siempre hay alguien junto a uno, y uno más después del primero, hasta que las palabras o las cosas llegan a donde tienen que ir- y luego masca aquel bolo seco pero blando, al fin y al cabo masa que apenas se ha cocido.

Ella -la niña- se irá y vivirá en Illinois o Carolina del Norte, adonde van los despatriados de Luvianos y será registrada como una estadística en cuanto envíe las remesas, tenga los hijos allá, desposeídos de la tierra que, aunque sangrante y jodida, es de uno y de nadie más. O se quede y también sea un número, la columna de alguien en un diario o ni siquiera eso. Juega con su suéter y le dice a la abuela que qué hacen allí, mirando un estrado vacío, a dos metros del suelo.

Esto no es el infierno. Todavía no.

 

V

Andrés Manuel López Obrador es un ex candidato presidencial que lo ha ganado todo, excepto las elecciones. Yo creo que nunca ganará cuando a su alrededor el poder le teje historias de esquizofrenia y megalomanía que la mitad del país cree o considera posibles. De eso, yo nada he visto.

Pero hizo su partido, apenas legalizado hace unos días. Lo llamó Morena y algunos que todavía creen en la democracia van con él pero con los ojos cerrados. Alguna vez López Obrador movilizó a la mitad de México y perdió aquella presidencia del 2006 por un margen de 0.56 por ciento de los votos contra Felipe Calderón, quien iniciaría formalmente una guerra contra las drogas con un costo de 60 mil muertos y que hasta ahora se eleva a unos 120 mil.

López es de izquierda o al menos eso pretende y su negocio es la política. Es liviano, ligero, de palabra fácil y voz fuerte cuando se ocupa. ¿Hay alguna diferencia con el resto de los políticos? ¿Son solamente las ganas de que algo cambie, pero ya, como el canal de la tele o la programación musical, así, rápido, con el movimiento de una mano, un botón?

Cuatro jefes de los cárteles del narcotráfico se han reunido y formarán uno solo, que hará frente a los Templarios y La Familia, jefes de jefes en las plazas del sur mexiquense y que han logrado transmutarse desde las piedras, los cerros y las cañadas que los escondieron al principio, en líderes sociales, alcaldes, políticos de poca monta pero muchas armas y, en fin, sombras, marchas fúnebres y todo eso que aquí, en Cuentla, un pueblo de 500 habitantes, no siempre es negro porque no se puede contra el verdor que descansa el corazón del más entristecido.

Aquí la rabia tiene otra forma y es más lenta, como un río que a veces se quedara sin agua.

Está bien que llueva, que se sienta frío.

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