Me quedo aquí

* ¿Qué importancia tiene un músico cuando la sensación de aplastamiento, primero económica y luego con todo lo que ello significa para una sociedad sucede inexorable? Tal vez ninguna, porque cómo medirlo, excepto en el terreno de lo personal, que a fin de cuentas responde al terreno de lo imaginado, del supuesto y en última instancia, a la oferta del mercado de discos al que se tenga acceso.

 

Miguel Alvarado/ poema de Selene Hernández

El México de Enrique Peña se prepara para su aventura privatizadora. Todo se vende y todo se ha comprado, incluyendo aquello que todavía no se anuncia públicamente como el agua o la educación y hasta las canciones populares. El México de Peña es un pasillo gigante donde las trasnacionales abren sus tiendas y ofrecen servicios y bienes que no se necesitan. Mientras la presidencia balbucea los beneficios para la población y reactiva de manera oficial el proyecto del aeropuerto en San Salvador Atenco, esta vez por un costo de 120 mil millones de pesos, las reformas peñistas esperan el momento para ser aplicadas en lo práctico. Peña pasará a la historia, junto con su Grupo Atlacomulco y ni ellos saben de qué tamaño será su desatino pero ya están preparando la contingencia. Un departamento casi fantasma reescribe la historia para el sobrino de Arturo Montiel y la oficializa, le pone sellos y caligramas de todos los metales en busca de la veracidad. Peña, millonario, podrá retirarse en paz y vivir en la bonanza extrajera porque en México no tendrá cabida. La población experimentará lo que significa el capitalismo salvaje en su expresión más acabada sin la ayuda de Francis Fukuyama.

El ABC de la muerte no solo alcanza para que México se polarice de una vez y para siempre. Su reconstrucción, si es posible esa palabra aún, raya en la imposibilidad de un milagro. Los milagros no existen, nunca han existido ni siquiera ateniéndose a la ley de las probabilidades. Ese abecedario se extiende inconmovible y rasga la entraña de los que no pueden morir, no importa que sean estrellas de la música pop o rockeros poetas como Gustavo Cerati, muerto el 4 de septiembre del 2014 luego de cuatro años en coma, explicable sólo con un lenguaje médico.

¿Qué importancia tiene un músico cuando la sensación de aplastamiento, primero económica y luego con todo lo que ello significa para una sociedad sucede inexorable? Tal vez ninguna, porque cómo medirlo, excepto en el terreno de lo personal, que a fin de cuentas responde al terreno de lo imaginado, del supuesto y en última instancia, a la oferta del mercado de discos al que se tenga acceso.

Mal mirado, Cerati era uno de los pocos héroes musicales que cantaban en español y lo hacían bien y con el virtuosismo que su técnica y la tecnología le permitieron. Admirado aunque la mayoría no supiera nada de él, excepto que escribía y cantaba, a Cerati le alcanzó solamente su trabajo para morirse en paz.

 

En la nervadura de este árbol te entierro en paz.

En el recuerdo que tengo de mí vengo a enterrarme sola

a azotar mi ataúd, escuchar el nombre del acantilado.

 

Guardaste la negra llave y nadie habló más de ello.

– Mi pie quedó calcado en la sangre donde bebieron los perros.

 

II

Te encontré enredadera junto a la zarza.

Mis plantas se iluminaron, encontraron la urdimbre de esporas incendiadas.

Mi risa te bastaba. No lloré, ¿recuerdas? y tú seguiste rumbo al callejón que daba al ciruelo.

Ahora me une la sola orfandad: te ofrezco la mitad de mi ventana al precipicio

 

entrego sus ojos

 

en ellos hay rocas que caen sin fin.

 

III

Quedan escondidos los arpones en el muelle.

De ellos hablaste tanto mientras te hundías atado a piedras del monte.

Nunca viste al mar tan cerca como los remolinos de gavilanes en busca de abrevadero.

Tuve que enterrarme contigo muerte abajo, como retoño de peces en el redondel del naranjo.

Me quedas lejos, sobre aguas que agitan las vértebras del viento en agosto.

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