Valle de Bravo secuestrado

* En Valle, la gestión del alcalde Francisco Reynoso comenzó a dar señales sobre el camino que seguiría. Por un lado, abrió las puertas para el desarrollo de eventos y festivales y otorgó facilidades para el desarrollo turístico. Pero eso era fácil. Valle de Bravo está diseñado para eso e incluso la inercia permite que ese sector sigua desarrollándose. Lo que siguió, entonces, fue un escenario de impunidad. Los grupos narcotraficantes llegaron a la cabecera municipal y encontraron en San Juan Atezcapan, una localidad de apenas mil 328 habitantes y que proporcionaba discreción, su propio edén.

 

Miguel Alvarado

Llueve sobre las aguas erizadas del lago en Valle de Bravo, una presa en realidad, que se construyó como consecuencia del Sistema Cutzamala, plan maestro de los años 40 para abastecer de agua al valle de México, que ya crecía ciego, escorbútico, sublaxado hacia cualquier lado y que terminaría por encementar el oriente mexiquense, convirtiéndolo en una sola ciudad interminable que asusta, dicen los que ven aquello desde un avión, porque no se le ve el fin.

En Valle de Bravo no hay nada, además del lago o la presa, que valga la pena. Allí, en las orillas del pueblo, los ricos que México ha dado durante 70 años construyeron casas, algunas tan grandes como una colonia entera en Toluca y emprendieron negocios, casi todos relacionados con la tierra, el turismo y la diversión. Ofrecieron, como no queriendo, cosas que los pobladores no necesitaban y llevaron el progreso a ese municipio, que consistió en hoteles de todas las estrellas, paseos en lancha, bares de nombres impronunciables y restoranes de cocina fusión. Respetaron, eso sí, las calles empedradas y las fachadas de las casas nativas y pudieron convencer a algunos para que vendieran artesanías, sobre todo eso, desde alguna habitación de su casa.

El clima y las bondades innatas de quienes atienden a paseantes con dinero hicieron de Valle de Bravo uno de los sitios más encantadores. Sus bosques, de oyameles y pinos le otorgan una vista de postal que ningún destino en el Edomex puede superar. Allí, a ese pueblo con encanto, mágico por decreto presidencial, llega a vacacionar el poder nacional. Empresarios como el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga o el propio presidente de México, Enrique Peña, mantiene propiedades y van de vez en cuando, a pasarla bien o a hacer negocios. Valle de Bravo es un lujo a fuerzas que sigue creciendo a pesar de que la mitad de lo que se cuenta de ese pueblo es una ficción muy bien elaborada.

Gobernado principalmente por la familia Pichardo Pagaza y sus afines, Valle era una tranquila fuente de riquezas para quien entendiera que los procesos políticos, pero también los empresariales, no están reñidos con el placer o las vacaciones. Los Pichardo, ligados también al Grupo Atlacomulco y amables caciques locales, habían llevado una administración pacífica a la que sólo se le puede reprochar la aplicación de la ley en casos de disputa por tierras, como sucedió con el actual dueño del fraccionamiento Rancho Avándaro, José Luis Chaín, y con comuneros de la región, a quien el empresario arrebató tierras para ampliar su edén. La singular protección al socio y al amigo siempre ha encontrado eco entre políticos y operadores y más si sus intereses apuntan al bien común, al de ellos. El último alcalde que perteneció a la familia Pichardo fue Gabriel Olvera Hernández, adherido al PRI y actual diputado local. Olvera no pudo retener la presidencia municipal para su partido y el PAN, con Francisco Reynoso como aspirante a la alcaldía, ocupó el encargo. Esas elecciones, las del 2012, descubrirían las fracturas internas priistas pero también la llegada de un nuevo poder al municipio o, al menos, su pública presencia.

El PAN ganó esos comicios, aunque con algunos apuros. Francisco Reynoso derrotó a la opción priista, Federico Loza Caballero, por un pequeño margen. La historia electoral de siempre, o de casi siempre, también se presentó en Valle. Reynoso, el panista, obtuvo 37.52 por ciento de la votación, mientras que Loza el 36.76 por ciento. En números reales, eso significó una diferencia de 213 votos, suficientes para finiquitar ese proceso.

Loza perdió la alcaldía porque, entre otras cosas, se pasó de sincero. La campaña que había planeado contemplada ganar la cabecera municipal, creyendo que sería suficiente, pero las comunidades lo hundieron cuando no quiso o no supo entender que la base de la política en México es la promesa. En comunidades rurales como La Cuadrilla, los encargados de conseguir votos exigieron a Loza el compromiso de arreglar calles y entubar el agua. El aspirante priista, paciente hasta en eso, escuchó las peticiones de aquellos promotores que le garantizaban hasta 200 votos para la causa a cambio, solamente, de una promesa. Caballero perfecto aunque pésimo vendedor electoral, Loza respondió que no prometería lo que no podría cumplir y desdeñó a los que, ofendidos, dieron orden de no votar por él.

Pero una versión, está sí, grotesca pero perfectamente alineada a los tiempos de la narcopolítica, señala que La Familia Michoacana patrocinó la campaña del panista Reynoso. La organizó de la manera más simple: copiando las estratagemas, burdas pero finalmente efectivas del propio priismo y repartió tanto dinero como el partido tricolor, sólo que lo pagó de inmediato, sin hacer fila y con un ingrediente infalible por si los 500 pesos no alcanzaran. El miedo hizo el milagro. Y si La Familia Michoacana se decidió por apoyar al PAN fue porque con el PRI no se llegó a un arreglo. Si Loza no supo negociar con el poblado de La Cuadrilla y otros similares, menos lo haría con el sicariato purépecha. Los 213 votos de diferencia fueron suficientes, los narcos no exigen demasiado en eso.

El PRI arrasaría el Edomex en aquellos comicios pero perder Valle de Bravo no estaba en los planes de la maquinaria tricolor. Todavía Eruviel Ávila, gobernador mexiquense, hizo un intento por no perder aquel diamante y ordenó un acercamiento con el ganador panista para ofrecerle hasta 50 millones de pesos para que renunciara a la alcaldía. Si lo hubo, ningún ofrecimiento resultó ni siquiera sugerente para el flamante presidente municipal, quien ya tenía armado su equipo de trabajo y con él comenzó a administrar una de las zonas turísticas más prósperas de México.  

El PRI estaba fuera de la alcaldía y el panorama para el narcotráfico, que dominaba la Tierra Caliente mexiquense, cambiaría radicalmente. A pesar de las señales o, más bien, de las advertencias que a simple vista pudieron observarse en los procesos electorales del 2012 en la región sureña, las autoridades estatales y federales se hicieron de la vista gorda. No era el momento de actuar y, en todo caso, ¿por qué se debía actuar dada la importancia económica y ahora política de la actividad del narco y sus colaterales? Involucrados hasta el cuello, funcionarios de seguridad, alcaldes y hasta secretarios de Estado, el área de influencia del narco se amplió. No solamente estaban en áreas rurales, sino que se apoderaban de municipios de alta plusvalía como Huixquilucan, Tlalnepantla o Cuautitlán Izcalli.

En Valle, la gestión de Francisco Reynoso comenzó a dar señales sobre el camino que seguiría. Por un lado, abrió las puertas para el desarrollo de eventos y festivales y otorgó facilidades para el desarrollo turístico. Pero eso era fácil. Valle de Bravo está diseñado para eso e incluso la inercia permite que ese sector sigua desarrollándose. Lo que siguió, entonces, fue un escenario de impunidad. Los grupos narcotraficantes llegaron a la cabecera municipal y encontraron en San Juan Atezcapan, una localidad de apenas mil 328 habitantes y que proporcionaba discreción, su propio edén. Allí se edificaron mansiones al estilo del narco y de la noche a la mañana el paisaje de San Juan cambió radicalmente, no sólo por esas casas imposibles sino porque comenzaron a aparecer cadáveres y las ejecuciones y plagios desde allí se regaron. Destaca el asesinato de una familia entera, cinco personas, entre ellas dos niños, como parte de un ajuste de cuentas en esa zona. El número de muertos está más o menos cuantificado y algunos señalan que pertenecen a bandas rivales o incluso a trabajadores que ayudaron a construir aquellas residencias. Por el lado de Avándaro, Valle de Bravo observó por 70 años cómo el poder empresarial y político de México se afincaba en las mejores zonas. Por el de San Juan, atestiguó como invitado de piedra el asentamiento del narcotráfico, que llegaba no solo para operar la región, sino para vivir allí.

Es verdad que la administración panista se encontró ya con el fenómeno instalado en esas tierras  y tuvo que encararlo como creyó mejor y que fue tragado por un orden establecido por el PRI pero también por el propio PAN, que ya había ocupado la alcaldía al menos en otras tres oportunidades. No se puede entender la presencia del narco sin atender la connivencia del gobierno o parte de sus funcionarios.

La administración de Reynoso no pudo detener la llegada de funcionarios ligados directamente con la actividad del narco, que atendían al público sin esconder su origen. “Somos un grupo, más que político, un grupo de trabajo diferente que vemos las cosas de otra manera. No somos políticos y venimos de muchos lados para hacernos cargo del gobierno porque hacemos las cosas de otra manera”, diría sin miramientos uno de ellos, quien trabajaba directamente con la oficina del alcalde, en el 2012. Y era verdad.

Repentinamente, Valle de Bravo se escindió. Entre semana la actividad criminal ponía cotos a las actividades comerciales de la cabecera y poblados y sábados y domingos desaparecía para darle cabida al turismo, la fuerza económica que mantiene a ese municipio. Pero las extorsiones, los cobros por seguridad y derechos de piso ya se habían instalado convenientemente. Decenas de halcones deambulaban en calles y carreteras y algunas regiones, como el Pinal del Marquesado fueron elegidos como “nidos” o asentamientos de sicarios y operadores. Los productores de madera de la región fueron extorsionados o expulsados. Ni siquiera se salvó el retiro budista, instalado al pie de Avándaro. Ese Pinal fue escenario de una masacre de narcos por parte del ejército, que comenzó a patrullar la región, el 20 de marzo del 2013. Los sicarios, convertido en dueños del villorio, comían en el tianguis local cuando un aviso los puso en movimiento. Una partida de militares se encontraba cerca. Los narcos abordaron una camioneta, aunque no se ha precisado si iban en busca de los solados o huían. La suerte decidiría por ellos. Kilómetros adelante, en una brecha boscosa, el encuentro fue inevitable. Los soldados los identificaron y abrieron fuego. Los narcos respondieron y huyeron en su vehículo, que volcó metros adelante. Allí los remató el ejército, sin mayores ambages. Finalmente sicarios, nadie los extrañaría.

Esa última acción era sólo un reflejo de lo que sucedía porque antes que en Michoacán, las autodefensas se formaron precisamente en tierras vallesanas. La Familia secuestraba a propietarios de ranchos por los que pedía rescates imposibles. Uno de ellos, retenido por días en una casa en el bosque, fue liberado por sus parientes y pobladores, que lo encontraron y a punta de armas se lo llevaron. Los narcos, desafiados y hasta heridos, fueron al pueblo para recuperar a su presa pero fueron recibidos a balazos por los habitantes, organizados adecuadamente. Esas eran acciones, garbanzos de a libra, incluso acompañadas de suerte y mucho valor, que no podían ser tomadas como ejemplo en otras comunidades. El ejército patrulló en el 2013 como sin querer, mirando nada más y de vez cuando rafagueando sombras. Ese mismo año los soldados encontraban una torre de telecomunicaciones que los narcos habían instalados para interceptar mensajes de la milicia y poder moverse con oportunidad. La llegada de un helicóptero Black Hawk a Luvianos, a una hora de Valle de Bravo, no amedrentó a nadie a pesar del terror que generó aquella nave ultratecnológica y que en el 2014 llegaría a Valle de Bravo luego de una ola de plagios que involucró a extranjeros, pero también al familiar de un funcionario federal.

A principios de agosto del 2014 tres hombres desaparecían. El Edomex tiene el índice más alto de plagios del país, con 40 registrados para julio del 2014. La noticia estaba inserta en el panorama “normal” de esa estadística pero la reacción gubernamental fue distinta. Días después, otros casos se presentaron y en 15 días otras siete personas fueron reportadas como secuestradas.

 Un habitante de la comunidad de Velo de Novia, en Avándaro, tiene una versión al respecto.

“Resulta que hace poco, en Avándaro (a mediados de agosto), específicamente en la comunidad de Velo de Novia, llegó un comando de entre 200 y 300 personas, vestidas de negro y armas, a eso de las 4 de la mañana, en autos particulares en los que sólo algunos decía “Antisecuestro”. Ese grupo de gente llegó a esa colonia y la cerraron. Y entraron casa por casa, tumbando puertas para llevarse a personas que supuestamente están involucradas, de alguna manera, con el narco. Los familiares andan investigando en la Procuraduría del estado y del municipio y federal y nada. Nadie sabe nada de los levantados. No saben si es el gobierno o una célula delictiva la que hizo ese acto, aunque por lo que cuentan y las versiones de la gente, yo pienso que es un grupo profesional de gobierno”.

Esa fue la versión que en Valle de Bravo circuló en la calle, después de los secuestros y justo antes de la entrada de la Gendarmería Nacional, invención de la presidencia mexicana, autónoma y de control federal. Pero Valle de Bravo, tan pequeño, no guarda ningún secreto.

“Después se aclaró el misterio… o más o menos. Resulta que hace unas 3 semanas (principios de agosto del 2014) secuestraron a un empresario que tiene su casa o rancho en Valle, en la comunidad de Cerro Gordo. Éste sale a andar en cuatrimoto con su hijo (o hijastro) y un compañero de su amigo. Lo secuestran en la zona que colinda con Zacazonapan y dicen personas del ayuntamiento que a raíz de ese secuestro, en la región de Lanzaderas, de la nada se llevaron a toda la policía municipal, incluyendo la policía turística. Dicen que para hacerles un examen de confianza y prepararlos. Pero…  según los del ayuntamiento, uno de los jóvenes que iban en la moto con el secuestrado es sobrino de Chong. Por eso después se hizo todo ese desmadre. También secuestraron a tres gabachos, aunque los liberaron tras pagar su rescate. Pero eso no lo sacan. Hay más. Hay un güey, encargado de algunos Oxxo’s. Y la semana pasada, unos encapuchados armados lo balacearon cuando cerraba su Oxxo, que está en la gasolinera de la comunidad de El Durazno, en la desviación de Atezcapan y Colorines. El fulano antes estuvo detenido, junto con otros de Valle, por secuestro y vínculos con el narco. Antes de ser detenido fue policía turístico en Valle. A él lo balacearon, pero no sé sí la libró o ya murió”.

Las versiones de los pobladores contrastan con las de gobierno. Que un sobrino de Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación en el gobierno de Enrique Peña fuera plagiado, explicaría por qué la Gendarmería Nacional se estrenara en Valle de Bravo y la detención de al menos 19 implicados en esa ola de secuestros, aunque la nueva corporación policiaca se comporta más o menos igual que todas en relación con el narco, que funciona como siempre, sin mayores dificultades. Valle de Bravo aguarda, pero no sabe bien qué es lo que se avecina.

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