Audacia salinista

* A pesar de todo y contra todo, la mancuerna Fidel-Francisco o Francisco-Fidel se mantuvo firme hasta que Pancho se encontró providencialmente, a principios de 1988, con su segundo Echeverría en la figura del cuestionado y vituperado Carlos Salinas de Gortari. Uno, el líder sindical telefonista, ambicionaba más, mucho más. Al otro, más conocido como el mandatario del fraude de julio de 1988, además de legitimación, le urgían recursos para consolidar el régimen neoliberal impuesto por su antecesor, Miguel de la Madrid.

 

Francisco Cruz Jiménez

El apoyo caluroso a la familia alcanzó al yerno, Salvador Ochoa García, a quien los disidentes presentaron como propietario de una empresa que surtía muebles a todos los edificios del sindicato; así como al cuñado de Pancho (Hernández Juárez), Jonás Ramírez León, ubicado en las comisiones de Modernización, y de Higiene. Beneficiados por el mismo espíritu filantrópico, se encontraban Francisco Arellano Hernández, en la Gerencia de Foráneas de la Caja de Ahorro del Telefonista; y Reiguel Irene Terrazas Hernández, en Servicios a Clientes; ambos sobrinos del líder.

Según la Red, que nació como un frente contra la pretendida reelección de 2008, Hernández Juárez tampoco salía muy bien librado en cuanto a la transparencia, porque “en los años recientes la rendición de cuentas ha sido anual, pero no en detalle y, de acuerdo con el informe de la Comisión de Finanzas, presentado en la convención ordinaria 32, de septiembre de ese año, de agosto de 2006 a julio de 2007 el sindicato recibió por concepto de cuotas 364 millones 424 mil 823 pesos. […] Toda la estructura del Comité Ejecutivo Nacional ha sido para los familiares, pues Pancho tiene la facultad especial de nombrar a sus comisionados, y no por elección, tal y como lo requiere un sindicato democrático”.

Otras informes apuntan a que el STRM recibe por cuotas entre cuatro y cinco millones de pesos semanales, de los cuales 15 por ciento se destina para el fondo de resistencia, por si llegara a estallar alguna huelga; es decir, unos 750 mil pesos que, multiplicados por 52 semanas anuales, en 20 años han representado algo así como 780 millones de pesos.

En el tiempo que le han permitido sus nueve reelecciones, Juárez se ha dado espacio para crear o desaparecer figuras como la Secretaría General Adjunta y las presidencias colegiadas; así como para imponer una serie de medidas coercitivas y de persecución a movimientos democráticos de trabajadores que reclaman participación, democracia y transparencia.

Ejemplos abundan sobre cómo se levantó un nuevo feudo con todos los vicios del pasado. En junio de 1979, tres años después de encaramarse a la secretaría general y cuando se vislumbraba el camino de la primera reelección, Hernández Juárez y su comité ejecutivo impusieron sanciones a 75 de sus compañeros “rebeldes” y expulsaron a 15 dirigentes de la Línea Democrática. El resultado: vía libre para impulsar la famosa cláusula de “por esta única vez” que permitía la reelección del secretario general del sindicato en los comicios internos. Sus detractores afirman también que el líder de los telefonistas y su estado mayor han perfeccionado mecanismos de cooptación de sindicalistas democráticos y otras prácticas clientelares para los trabajadores leales o subordinados, a través de prestaciones, derechos y beneficios.

 

El precio de la traición

 

A pesar de todo y contra todo, la mancuerna Fidel-Francisco o Francisco-Fidel se mantuvo firme hasta que Pancho se encontró providencialmente, a principios de 1988, con su segundo Echeverría en la figura del cuestionado y vituperado Carlos Salinas de Gortari. Uno, el líder sindical telefonista, ambicionaba más, mucho más. Al otro, más conocido como el mandatario del fraude de julio de 1988, además de legitimación, le urgían recursos para consolidar el régimen neoliberal impuesto por su antecesor, Miguel de la Madrid.

No importa quién buscó a quién. Como pasó con Fidel, el encuentro fue natural. Y sirvió para escribir una pequeña novela de ambición, celos y poder que permitió a Salinas llevar un proceso sin sobresaltos que culminó con la venta de Telmex, una empresa paraestatal rentable, al empresario Carlos Slim, en 1990; mientras que a Pancho le dio la oportunidad de deshacerse —encaja bien la palabra traicionar— del viejo Fidel.

Estudiosos del movimiento obrero vislumbraban, desde principios de 1989, el fin de la hegemonía de la CTM a manos del presidente Salinas. Como pasó con el dirigente del sindicato petrolero Joaquín Hernández Galicia y los gobernadores Mario Ramón Beteta Monsalve, del Estado de México; Xicoténcatl Leyva Mortera, de Baja California, y Luis Martínez Villicaña, de Michoacán, a quienes, en los hechos, destituyó porque los consideraba responsables de su monumental fracaso electoral de 1988, a Fidel Velázquez también se le veía como parte del descalabro. Los cinco conocieron de una forma grotesca y hasta arrabalera los excesos de la mano dura salinista. Fidel tenía un doble problema, también representaba un estorbo para consolidar el neoliberalismo económico impuesto por De la Madrid.

Desde el primer día de su mandato, Salinas declaró una guerra, desde varios frentes, para minar la influencia de Velázquez. La primera estrategia que usó fue mantener en la Secretaría del Trabajo a Farell Cubillas, el verdugo de los trabajadores, quien en 1991 se dio el lujo de propinar a Velázquez  la mayor humillación que de parte de un funcionario que no fuera el Presidente, rechazándole una solicitud para que se reuniera la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos. Su argumento fue que, en los hechos, la CTM y el CT no contaban con la mayoría de afiliados requerida. “Afiliamos a 5.5 millones de trabajadores; si Farell no lo cree, que venga y cuente”, respondió un furioso líder cetemista.

El segundo movimiento, aunque todavía persisten varias versiones de lo que pasó, la madrugada del 10 de enero de 1989 —a un mes y 10 días de su toma de posesión—, Salinas tomó una serie de medidas radicales y envió un mensaje, al menos eso parecía, al sindicalismo mexicano: se instrumentó un aparatoso operativo policiaco-militar para arrestar, sin orden de aprehensión, a Hernández Galicia y encarcelarlo, acusado de delitos prefabricados. Ese mismo día, la sede de la CTM, frente al Monumento a la Revolución en el Distrito Federal, fue rodeada por policías y agentes federales, quienes intentaron irrumpir para “capturar” a Salvador Barragán Camacho, el otro líder petrolero, quien rogó a Fidel para que usara la fuerza cetemista en su apoyo. No tuvo respuesta.

Camaleónico como era, Fidel traicionó a La Quina y a Barragán. Los abandonó a su suerte y los dejó a merced de los rencores de Salinas. En los hechos, dio luz verde para que el gobierno metiera manos en la vida interna del sindicato petrolero, desmantelara el contrato colectivo y despidiera a 80 mil trabajadores. Con el posterior nombramiento de Sebastián Guzmán Cabrera se allanó el camino para el ascenso de Carlos Romero Deschamps. En abril siguiente, la Presidencia de la República le haría cuentas al líder vitalicio del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Carlos Jongitud Barrios. Lo obligó a renunciar por las buenas, con todo y el Comité Ejecutivo Nacional, para imponer a la profesora Elba Esther Gordillo Morales.

Una vez dominados los sindicatos de Petróleos, Educación y Electricistas, y contando, claro, con la lealtad de Farell, Salinas tomó la decisión de seducir al líder telefonista Francisco Hernández Juárez para que abandonara la CTM, rompiera con Fidel Velázquez Sánchez y, al final, levantara otra central obrera que, con el tiempo, tendría fuerza propia para quitar el control del movimiento obrero al Congreso del Trabajo.

Fidel aguantó todo, pero Salinas no le toleraría nunca el revés en las urnas, por más que De la Madrid le hubiera pasado la banda presidencial el 1 de diciembre de 1988. Las presunciones de fraude electoral y de ilegitimidad salinista permanecen hasta hoy. Salinas ha pasado a la historia como el usurpador. Y, en su momento, se convirtió en el ex presidente más repudiado. Como quiera, pasado el rito de la imposición y conocido el tamaño de las dudas sobre su triunfo en 1988, la CTM perdió, todavía más, su interlocución con el Presidente de la República y, por lo tanto, su capacidad de influir en las políticas del gobierno federal.

La decisión medida salinista fue audaz. Lleno de ambición, Pancho cayó en las redes del poder. El oportunismo jamás le habría dejado rechazar un llamado presidencial. Menos, de un priista “encantador” como Salinas, quien llegó a Los Pinos y a Palacio Nacional con la espada desenvainada. Al dirigente telefonista se le puede acusar de muchas cosas, menos, demuestra la historia, la historia, de torpeza. Tampoco le ha faltado suerte.

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