Conexiones

* “Totalmente reprobable, como gobernador voy a combatir ese tipo de cosas”, dijo Eruviel Ávila en el 2010, cuando se le mostró un video donde aparecía Rogelio Cortés Cruz, titular de la Dirección de Seguridad Pública y Tránsito de la SSC regañando a sus policías por usar un cuaderno falso de multas para extorsionar ciudadanos. “Los elementos traen su reglamento personal. A mí no me espanta. No me espanta que agarren un peso o dos pesos, es su problema”, decía Cortés, personaje central en lo que se refiere a la seguridad estatal. Siempre cuestionado, ha podido sin embargo sortear todo tipo de críticas provenientes de todos los sectores, hasta del mismo narco.

Miguel Alvarado

Tejupilco es una de las plazas tomadas por el narcotráfico desde hace años, en el sur del Estado de México. En un calor como de costa, los ancianos se reúnen en las esquinas del portal para jugar lotería, en bancas improvisadas que rodean al que organiza el juego y se encarga de pagar o cobrar las apuestas, que se hacen sobre cartones milenarios, sudados y maltratados como las manos que los manipulan. Marcan las figuras con piedras equivalentes a pesos y el que gana, formando una línea, grita “¡lotería!”. Allí se descartan La Estrella, El Diablo, El Valiente, La Jícara, El Mundo.

El Soldado.

Desde la década pasada, el soldado es una de las figuras  que más se repiten en los parajes de Tejupilco, municipio agrícola y comerciante que tuvo la suerte, buena o mala, de establecerse en un lugar que lo tiene todo, encrucijada geográfica que lo mismo conduce a Toluca, capital del Estado de México, que se interna todavía más al sur, en los territorios más violentos del centro del país. Todavía se recuerda la visita de un secretario del Estado de México a Tejupilco, en el 2007, que acudía para leer los discursos sobre prosperidad que se conocen al pie de la letra de aquí a Colombia. Las autoridades locales armaron un presídium frente a la presidencia donde aparecerían, a las 12 del día, junto a otros personajes como Zeferino Cabrera Mondragón, en ese entonces diputado local y quien siete años más tarde sería secuestrado por el cártel de Guerreros Unidos para liberarlo luego de pagar dos millones de pesos, negociados después de que el rescate pedido alcanzara 100 millones, poco menos de 10 millones de dólares.

Ese año, en el 2007, Zeferino Cabrera se sentaba junto al secretario aquel y, soporífero pero actor, navegaba de punta a punta las líneas escritas por ayudantes de escritorio, talentosos y hasta empáticos con el poder en turno. Zeferino debió fingir poco, pues la llegada de un convoy de camionetas a aquel aquelarre pondría las cosas en su lugar. El secretario, enviado de Enrique Peña, no perdió la compostura pero se le atragantaron las palabras. El discurso aquel, subrayado con enmendaduras de último minuto, se le cayó de las manos mientras observaba una fila india motorizada que se detenía a 15 metros de él. La corte de funcionarios se abrió, literalmente, mientras de una camioneta bajaba un hombre, joven de 24 años que encontraba en su cuerno de chivo la mejor de sus joyas, que ajuareaban manos y cuello bajo ese sol.

– Y buenas tarde, señores –dijo el que se bajó -venimos a presentarnos nosotros, las verdaderas autoridades y a ponernos a las órdenes de los que vienen de Toluca para que nos conozcan.

Parado desde el estribo de la camioneta, su voz sonó clara, sin rencores, hasta divertida. Pero esa no fue la percepción de Zeferino ni del resto de la comitiva que, pálida, observaba sentada mientras el secretario estatal miraba hacia todos lados, buscando un punto de apoyo, la falsa ayuda del gobierno peñanietista, la cerveza prometida para el final de la jornada.

– Yo soy El Z-12 –siguió el hombre, quien, como el estereotipo dicta, gastaba casquete militar y un bigotillo que no terminaba de gustarle y que le restaba estatura a los 1.80 metros que, luego se supo, medía el líder de la plaza de Tejupilco y otros cuatro estados del país. Chato, de anchas fosas nasales, lo cubría un chaleco negro antibalas y una barba de tres días que en aquel rostro de mirada triste apenas era una veladora adolescente. Sus ojos, demasiado juntos, siempre despertaron sospechas pero también imponían, como sucedió en aquel ejercicio improvisado de poder.

– Yo soy el Z-12, encargado de Tejupilco y les damos la bienvenida a los señores secretarios, a quienes les decimos que estamos aquí para trabajar juntos y en los que se les ofrezca –terminó Luis Reyes Enríquez, a quien lo identificaron algunos, con las reservas del caso. Capturado meses después, ese mismo año 2007, perteneció a los Zetas cuando eran el brazo armando del cártel del Golfo. Sargento del ejército primero y sicario después, a Reyes o “El King” se le hizo fácil acudir a echar un vistazo a los enviados de Peña Nieto. Luego de ofrecer apoyo, subió a su camioneta y se fue, seguido por otros seis vehículos, al menos. El acto se suspendió pero no lo del apoyo, eso no, porque resultó demasiado tentador.

Eso, por hacer memoria.

– Pero eso fue una cosa chusca. Los que mandan ahora son los de La Familia y ya sus sicarios y los que trabajan con ellos son de esta región –dice el que bebe frente a mí, mientras pide una jarra con cerveza.

Todavía en el 2008 Tejupilco y algunos municipios de Guerrero, como Arcelia, se encontraba en disputa. Luego, con la llegada de José Manzur a la jefatura de la PGR en la delegación mexiquense, las cosas se arreglaron, a finales de ese mismo año, pero todo tuvo un costo.

El delegado Manzur fue acusado de recibir sobornos de hasta un millón de pesos por parte de los cárteles de los Beltrán Leyva y la misma Familia Michoacana. El funcionario, hábil para hallar interlocución y un gerente para negociar sus pretensiones, era demasiado ambicioso y llevaba prisa, la peor de las combinaciones, así que ofreció el mismo trato a los dos bandos, que según testigos protegidos se pagaron en efectivo. La trampa se descubrió después, cuando ya era demasiado tarde. Los reclamos no se hicieron esperar pero no hubo respuesta que contentara a nadie. El cobro de los daños debió resarcirse a la antigua y José Manzur, primo hermano del actual secretario de Gobierno del Edomex y que lleva el mismo nombre, fue separado de su encargo. Luego desapareció en las entrañas de esa dependencia o en un levantón, dicen otras versiones.

Ese millón de pesos que pagaron por separado los cárteles sólo confirmó. La policía y los sistemas gubernamentales están cooptados por el narco o, como ellos se hacen llamar, crimen organizado. El ex delegado Manzur sólo siguió las reglas de un juego que se habían establecido tiempo atrás y de las que ningún funcionario de seguridad en el Estado de México ha conseguido librarse.

– Aquí manda La Familia –vuelve a decir el hombre que bebe y que vive en los límites de Tlatlaya y Guerrero.

II

Lo llaman Comandante Cronos y es uno de los pocos mandos que puede enorgullecerse de sobrevivir a cualquier cambio en la estructura jerárquica de la policía y del gobierno estatal. Ha aguantado todo pero también ha mantenido intocable el coto de poder que adquirió recién nombrado. No sólo eso, también lo ha ampliado. En las profundidades de la policía se le ubica como uno de los verdaderamente poderosos, dueños absolutos del negocio de la droga y la organización del narcotráfico en la entidad. Cronos está ahí, como jefe máximo, incluso por encima del gobernador Eruviel Ávila pero sumiso a las órdenes de la Federación. Ha conciliado con La Familia Michoacana pero también con los Caballeros Templarios y con quien se le ponga enfrente. A sangre y fuego cumple órdenes federales pero también elabora sus propias agendas. Sabe lo que hace y sabe hacerlo. Es virrey en el Estado de México, como lo es el ex procurador mexiquense Alfredo Castillo, en Michoacán, hoy comisionado para la Paz y aspirante desde ya a la gubernatura de la tierra de Peña Nieto.

Eso dicen los mismos policías.

III

En Neza, el 10 de septiembre del 2014, en el extremo oriente del Estado de México, dos policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana fueron detenidos luego de asaltar una tienda Oxxo. Enrique López Juárez y Juan Carlos Jiménez González derraparon la moto en la que huían, facilitando así su captura. Luego se les encontraron las identificaciones que los acreditan como agentes.

La corrupción de los uniformados es comprensible si se considera que, a pesar de los controles de confianza aplicados, los verdaderos filtros que les garantizan permanencia en las corporaciones recaen en las cuotas. Cada agente, de a pie, en crucero, en moto o en patrulla, debe entregar una cantidad diaria de dinero. Si no se cumple, se tacha al policía de “incapaz”. Al revés, siempre será “de confianza” en una “hermandad” que sigue los protocolos de antiguas corporaciones, ya desaparecidas, en el Distrito Federal.

“Totalmente reprobable, como gobernador voy a combatir ese tipo de cosas”, dijo Eruviel Ávila en el 2010, cuando se le mostró un video donde aparecía Rogelio Cortés Cruz, titular de la Dirección de Seguridad Pública y Tránsito de la SSC regañando a sus policías por usar un cuaderno falso de multas para extorsionar ciudadanos. “Los elementos traen su reglamento personal. A mí no me espanta. No me espanta que agarren un peso o dos pesos, es su problema”, decía Cortés, personaje central en lo que se refiere a la seguridad estatal. Siempre cuestionado, ha podido sin embargo sortear todo tipo de críticas provenientes de todos los sectores, hasta del mismo narco, como sucedió a finales de diciembre del 2012, cuando narcomantas aparecieron al lado de un ejecutado – en un paréntesis donde hubo 11 asesinados, entre ellos 4 decapitados- y que señalaban complicidad de funcionarios públicos con el cártel de Guerreros Unidos y el líder, Mario Casarrubias Salgado. Entre los mencionados se hallaban Ernesto Némer, actual subsecretario de Desarrollo Social y el propio Rogelio Cortés Cruz, junto con Juan Jesús Estrada Estrada, comandante de la SSC y Sergio Castañeda Rivas, quien perteneció al Grupo de Intervención. “La Secretaría de Seguridad Ciudadana se reserva su derecho de manifestar cualquier comentario respecto al tema, toda vez que los hechos ya están asentados en una carpeta de investigación que la Procuraduría General de Justicia del Estado de México inició y que será la autoridad ministerial la que proporcione información respecto al caso”, publicó en un comunicado la dependencia. Cortés no es el único que ha recibido esos mensajes. También el ex director de la SSC, Salvador Neme Sastré, fue señalado por La Familia de recibir dinero de parte de los Caballeros Templarios.

Juan Jesús Estrada Estrada estuvo en los enfrentamientos de San Salvador Atenco y detuvo y presentó ante el MP a 30 personas y ha sido señalado por recibir sobornos de hasta millón y medio de dólares por permitir la operación de cárteles en el sur mexiquense, como coordinador de subdirecciones metropolitanas de la SSC, asegura la Agencia Quadratín.

Nada se ha probado y tampoco nadie declaró o desmintió algo públicamente. Hay cosas que sobran. Pero el narcotraficante Mario Casarrubias, ése sí, fue detenido en Toluca por policías federales, en mayo del 2014.

La SSC también fue involucrada en pagos de narcos en el 2009, una especie de nómina secreta que se descubrió cuando se capturó al narcotraficante René Calderón López, “El Enero”. En un apartado llamado “Para pagar la ley” se apuntaban cantidades destinadas a la policía, y entre esos estaba el nombre de Cronos.

IV

Tampoco es así, que se llega a Luvianos o Tejupilco y se respire un ambiente específico. Se puede andar, caminar como si nada aunque eso tampoco es del todo cierto. Luvianos representa todavía más tensión que otros pueblos del sur, pero nunca tanto como San Salvador Atenco luego de los enfrentamientos en mayo del 2006. Un terror líquido, el salvaje silencio o los ruidos amortiguados de los que no saben con quiénes están hablando o se cruzan en sus caminos se posaban en las calles. Ni siquiera voltear era pertinente. Allí se caminó, durante muchos días, con los ojos abajo y la furia en la piel. Luvianos no es así. Es más directo, casi franco. Las cosas se resuelven de otra forma. Siempre violento, el sur mexiquense se volvió más cuando el narco tomó el control y se apersonó en forma de sicario en la vida cotidiana. La trastocó poco a poco, hasta engullirla y vomitarla luego, ya mascada, en una paz de mentiras, impuesta a como dé lugar y luego vuelta otra vez a mascar pero esta vez para no devolverla. Que otros paguen es la manera de resolver las cosas. Aquí no hay falsos positivos, como en Colombia, cuando su ejército asesinó inocentes para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate, en el 2008. En Luvianos ni en México se les llama así a esos que siempre serán falsos, siempre positivos, casi siempre inocentes. Cadáveres sembrados o presuntos culpables está bien. “Oficiales caídos en cumplimiento del deber”, “valientes militares”, “civiles que pasaban”, en todo caso “desconocidos” o “suicidas”.

– Aquí manda todavía La Familia, pero dentro de poco ya no, o no sé, no depende de ellos –dice en Tejupilco el que bebe cerveza mientras se levanta y hace que busca un billete, antes de irse rumbo a la Presidencia.

– A’i la pagas, cocho, ni que fuera tanto.

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