Poder eterno

* El 19 de septiembre de 1994, Carlos Salinas regresó aquellos halagos: “no se trata de un líder sindical más, tampoco de un sindicato común y corriente; al contrario, este sindicato de telefonistas es, sin lugar a dudas, uno de los pilares de la transformación del sindicalismo mexicano, ejemplo de las luchas de la defensa de sus derechos. [Hernández Juárez] es un líder modernizador, con visión y, además, con un compromiso sindical honesto y democrático”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz

En esas condiciones y con esos “atributos”, cuando el país literalmente ardía en 1988 por las sospechas de fraude electoral, en septiembre de ese año Pancho (Hernández Juárez) termina por legitimar a Salinas, invitándolo como testigo de honor a la XII Convención Nacional del STPRM, en la que rendiría su informe anual de labores como secretario general. El líder sindical consintió, apapachó y entregó su destino político-sindical al candidato presidencial priista y se dio el tiempo para decirle a los telefonistas: “El proceso que se definió el 6 de julio nos beneficia a todos. […] Podemos comprobar lo acertado de haber planeado, desde el inicio, que lo más conveniente para los telefonistas era concertar con quien más posibilidades tenía de llegar a la primera magistratura del país”.

El 19 de septiembre de 1994 Salinas regresó aquellos halagos: “no se trata de un líder sindical más, tampoco de un sindicato común y corriente; al contrario, este sindicato de telefonistas es, sin lugar a dudas, uno de los pilares de la transformación del sindicalismo mexicano, ejemplo de las luchas de la defensa de sus derechos. [Hernández Juárez] es un líder modernizador, con visión y, además, con un compromiso sindical honesto y democrático”.

Valga, pues. Para el 10 de enero de 1989, mientras Salinas propinaba el primer golpe a la CTM, Pancho tenía ya listo el plan para romper con Fidel y el Congreso del Trabajo. Aunque se le reconocería hasta el 26 de abril de 1990, también existía la propuesta de crear —inicialmente con las asociaciones sindicales de Pilotos Aviadores (ASPA) y Sobrecargos de Aviación (ASSA), así como los sindicatos Mexicano de electricistas (SME), Técnicos y Manuales de la Industria Cinematográfica (STIC), telefonistas y la Alianza de Tranviarios de México— la Federación de Sindicatos de Empresas de Bienes y Servicios (Fesebes), que luego se independizaría, dando forma a una nueva central obrera. El proyecto se concretizaría el 28 de noviembre de 1997 con la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), dejando la preparación de nuevos líderes sindicales a cargo del Instituto Nacional de Solidaridad (Insol).

Para el 14 de abril de 1989, la Presidencia de la República tenía listo el proyecto de privatización de Teléfonos de México, que tomaría forma en septiembre —cuando Salinas se lo comunicó a los telefonistas sindicalizados en su convención anual— y se concretaría con su venta al mejor postor, en diciembre de 1990, con el apoyo incondicional del sindicato. Si Francisco Hernández Juárez respondía a Salinas y se corrompió, como en algún momento lo denunció el hoy extinto Fidel Velázquez, o si era blanco del odio de sus enemigos, es cuestión de cada quien; sin embargo, vale la pena repasar algunas informaciones jamás desmentidas.

Los encuentros Salinas-Pancho se hicieron tan frecuentes que se convirtieron en una rutina. Desde el inicio de su administración el 1 de diciembre de 1988, Salinas tenía claro el papel que jugaría el sindicato de Telmex para consolidar el neoliberalismo mexicano. Le eran familiares las formas para ganarse la lealtad y hasta la sumisión de sus allegados. Mantuvo al líder telefonista pegadito a él. Este se rindió a los hechizos y aceptó gustoso el llamado meloso presidencial. Bastaba que le dieran guías de la postura que debía adoptar. Pancho se había convertido en el más ferviente impulsor de la privatización de Telmex. A su manera, dejó testimonios de esa cercanía, recogidos algunos en 1995 por el periodista Rafael Rodríguez Castañeda en el libro Operación Telmex, contacto en el poder, de editorial Grijalbo.

En una visita a Washington, Salinas le dijo a Enrique Iglesias, director del Banco Interamericanos de Desarrollo (BID): “Este es mi amigo Francisco Hernández Juárez, espero que puedan ayudarlo”. Y lo ayudaron. Ya privatizado Telmex, los trabajadores telefonistas se quedaron con un paquete de las acciones de la empresa por unos 324 millones 953 mil 222 dólares, que se liquidaron a través de un fideicomiso de Nacional Financiera (Nafinsa) por 325 millones de dólares. Las acciones terminarían más tarde en manos de Slim porque los trabajadores sindicalizados descubrieron muy pronto que su dirigencia usaba el reparto de los beneficios como una forma de chantaje y se hizo casi imposible que los recibieran quienes no colaboraban con la empresa.

Palabras más, palabras menos que recoge Rodríguez Castañeda, Hernández Juárez fue muy elocuente y lengua suelta con algunos periodistas. Durante el último día de una gira de trabajo en la que acompañó al presidente Salinas a Washington: “Necesito ir a un centro comercial a comprar unos pinches tenis porque Claudio X. González —el magnate— quiere que vaya a correr con él […] Y para comprarle cosas a mis hijas. Además, en el avión (presidencial) me dieron este fajote de dólares —eran billetes de 100— y mejor me los gasto, no vaya a ser que me los pidan al regreso”. Y se los gastó, según se pudo constatar al día siguiente, allí mismo en Washington.

Cuánto le dieron en aquel avión presidencial, sólo Pancho —caballo de Troya sindical de aquel sexenio— lo supo, pero el señalamiento lo hizo en una plática con el periodista José Carreño Carlón, entonces director del periódico oficial El Nacional. Concretada la venta, el sindicato recibiría, vía un crédito especial a través del Banco Internacional, 5 por ciento de las acciones serie “A”, propiedad del gobierno federal, de aquellas que había comprado, en su momento, el presidente Luis Echeverría Álvarez.

El mayor legado de Pancho será siempre el sindicato telefonista. Este personifica todos sus contrastes y contradicciones. En su estudio Sindicatos y política en México: el caso de la privatización de Telmex, la investigadora Judith Clifton, profesora de comunicación política en la Universidad de Leeds, Reino Unido, encontró que “Hernández Juárez se convirtió poco a poco en el vocero del gobierno al adoptar fervientemente la retórica de Salinas acerca de la necesidad de reformar al Estado. […] Como podía esperarse, resultó más difícil persuadir a las bases del STRM para que cooperaran —o al menos no se opusieran— en la privatización. […] Se prohibió a los trabajadores tener reuniones durante las horas de trabajo; quienes se resistieron o demostraron oposición fueron despedidos”.

Al menos 200 telefonistas corrieron esa suerte entre abril y octubre de 1989. “Entre ellos al menos 20 delegados sindicales y líderes locales que habían cuestionado la privatización y la estrategia de Hernández Juárez. […] Este estaba totalmente en contra de los desilusionados telefonistas y en varias ocasiones les advirtió que serían despedidos si no cooperaban. […] Esta dura línea que adoptaron la administración y los dirigentes sindicales generó el enojo entre muchos trabajadores quienes se quejaban de trabajar en condiciones parecidas a las de una requisa. […] Sin embargo, durante este periodo, la oposición no fue muy unida, en parte por las políticas extremadamente hostiles del gobierno hacia muchos sindicatos del resto del país”.

Temerosos, los telefonistas se reflejaban en dos espejos. El primero, el de la minera Cananea, en Sonora, donde 300 trabajadores fueron despedidos después de declararse en huelga en agosto de aquel 1989. De su lado, la empresa fue declarada en quiebra. Un mes más tarde, los 5 mil 400 obreros de la siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas, en Michoacán, corrieron la misma suerte de sus compañeros sonorenses. Así, por la buena, aceptaron la democracia limitada, muy cercana al absolutismo, que les ofreció Pancho, Paco, Francisco.

“El 31de diciembre de 1991, Salinas invitó a algunos dirigentes del STRM a Los Pinos para celebrar el año nuevo y los elogió por estar a la vanguardia de los cambios de la sociedad mexicana”. En sus anotaciones, Clifton precisa: “En 1992 Salinas los comisionó para escribir un libro acerca del nuevo sindicalismo y la Reforma del Estado, el cual fue publicado en una serie de folletos ideológicos por el Fondo de Cultura Económica. […] este libro” fue coescrito con la ideóloga del sindicato Xelhuantzi López.

El 29 de julio de 2012, listos todos los detalles para su novena reelección, Francisco Hernández Juárez asentó, que durante los cuatro años anteriores preparó su salida del gremio, “pero no funcionó, la gente me pide que me quede y yo, francamente, estoy dispuesto a seguir trabajando para mis compañeros en estos momentos que son especialmente difíciles para la empresa y los telefonistas”. Recordó en ese contexto que en agosto de 2008 —cuando anunció también por enésima ocasión que “mi partida es definitiva”—, entró en vigor una reforma estatutaria y se nombró a Jorge Castillo Magaña como secretario general adjunto, pero la transición sindical no funcionó, “Castillo se impacientó, me quiso sacar y eso a la gente no le gustó”.

Los retos para el período que terminará, si todo transcurre en la normalidad sindical, en 2016 incluyen: “En 1990 teníamos 42 mil trabajadores, actualmente hay 32 mil 500. La empresa no ha cubierto 9 mil 500 vacantes”. Si es una réplica del viejo sistema corporativista mexicano parece estar fuera de discusión, pero hay una realidad inocultable: Fidel logró sostener a la CTM y al Congreso del Trabajo como las principales organizaciones del movimiento obrero, Pancho se ha quedado en el camino de replicar esa situación con la Fesebes, con todo y la UNT. Hoy, según las estadísticas más optimistas, sólo 10 por ciento de los trabajadores mexicanos están incorporados a una organización sindical, 62 por ciento no tiene ninguna prestación social y 46 por ciento no cuenta siquiera con un contrato laboral.

Francisco Hernández Juárez —Pancho, Paco, Juárez, el visionario Francisco— podría aparecer en un cuento de hadas, en una comedia o en un drama de Hollywood. Fue un humilde estudiante que, sin proponérselo, se encumbró a la Secretaría General del sindicato de Telmex enarbolando las banderas de la democracia, del antirreeleccionismo y de la defensa de la autonomía sindical. A su llegada, casi de inmediato, adoptó una decisión  muy parecida a la de una pareja de recién casados en una alcoba matrimonial para ganarse la confianza de su maestro Fidel. Consentido, sucumbió a la compleja naturaleza del poder. Terminó eternizándose en el poder. Se volvió inmensamente poderoso.

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