Escuela de traidores

* “Enemigo de la democracia y de los trabajadores —obreros, maestros o burócratas, la denominación era lo menos importante—, Alemán, un político de mano dura y corrupto, creó la Dirección Federal de Seguridad (DFS), un cuerpo de inteligencia policíaca que operaba desde la Secretaría de Gobernación, que usó para espiar y controlar a personajes de todos los sectores, aunque estaba obsesionado con algunos, como los líderes sindicales independientes y los periodistas. Hoy todavía es considerado uno de los presidentes más corruptos emanados de las filas del Partido Revolucionario Institucional”, escribe el periodista Francisco Cruz en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

Francisco Cruz

Reconocido en diciembre de 1943 por el presidente “caballero” Manuel Ávila Camacho con quien firmó un “pacto de unidad” que lo definía como único, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) no se ha desviado ni un poquito de la intención que lo vio nacer: responder, siempre y en todo momento, al margen de los maestros, a los intereses supremos de la Presidencia de la República. Fue un binomio perfecto. Bajo esta alianza, el gobierno federal encontró en el gremio a un incondicional, una manera segura de cooptar votos a favor del partido oficial, el PRI, cueste lo que cueste.

Como a todos los líderes gremiales a través del Pacto de Unidad que nació al inicio de su gobierno para evitarse desasosiegos en el marco de la Segunda Guerra Mundial, Ávila Camacho exigió de los maestros sumisión absoluta, ciega. Y le fue concedida. Sería este el primer elemento que allanaría el camino al poder político y económico de los dirigentes porque, cambio, la organización ganó el derecho de asignar a discreción las plazas de maestros e incidir en las políticas educativas, sin contar los puestos que obtuvo dentro de la Frente Magisterial Independiente

Secretaría de Educación Pública y en el Congreso de la Unión. Ya después, lo haría en otras áreas: el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), la Lotería Nacional o el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Como lo ha señalado en algunas ocasiones el investigador Gerardo Peláez Ramos, autor de la Historia del SNTE y Diez años de luchas magisteriales (1979-1989), no es gratuito que los cacicazgos tengan carta de naturalización en la organización. El sindicato magisterial nació con la intervención oficial, en momentos en que se buscaba aplacar a un sindicalismo en efervescencia; bajo la dirección del Partido Comunista de México el sindicalismo magisterial alcanzó entre 1935 y 1937 los mejores momentos de su historia: logró construir el Frente Único Nacional de Trabajadores de la Enseñanza (FUNTE), la Confederación Nacional de Trabajadores de la Enseñanza (CNTE) y la Federación Mexicana de Trabajadores de la Enseñanza (FMTE).

Nunca más volvió a ser lo mismo. Empeoró. Entre el 28 de febrero y el 3 de marzo de 1949, en una decisión autoritaria, el presidente Migue Alemán Valdés —el cachorro de la Revolución, para sus aduladores, o el ratón miguelito, para quienes le conocieron sus mañanas largas— giró instrucciones para imponer al ingeniero Jesús Robles Martínez como primer jefe máximo del SNTE. Un año antes, Alemán había tomado una decisión similar y, en uno de sus arrebatos, dio el visto bueno para que el folclórico Jesús Díaz de León tomara el Sindicato Nacional de Trabajadores de Ferrocarriles Nacionales de México al folclórico maquinista Jesús Díaz de León, por quien se impondría a los líderes corporativistas —oficialistas corruptos— el vocablo de charro, para expulsar a los sindicalistas de izquierda, democráticos y comunistas del gremio ferrocarrilero. Y en 1950 el mandatario haría lo mismo en el sector minero-metalúrgico, con Jesús Carrasco. Su poder no tenía límites.

Enemigo de la democracia y de los trabajadores —obreros, maestros o burócratas, la denominación era lo menos importante—, Alemán, un político de mano dura y corrupto, creó la Dirección Federal de Seguridad (DFS), un cuerpo de inteligencia policíaca que operaba desde la Secretaría de Gobernación, que usó para espiar y controlar a personajes de todos los sectores, aunque estaba obsesionado con algunos, como los líderes sindicales independientes y los periodistas. Hoy todavía es considerado uno de los presidentes más corruptos emanados de las filas del Partido Revolucionario Institucional. La Presidencia de la República era conocida como “la cueva de Alí Babá”.

Ávila Camacho y Alemán dejaron sentadas las bases para que, desde entonces, siete presidente de PRI —Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Pacheco, Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León— tuvieran a su merced a los maestros mexicanos. Con los panistas Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa la situación cambió, para peor: la dirigencia sindical se hizo parte del Estado mismo. Tres líderes se proclamaron “vitalicios”… hasta que el Presidente de la República en turno los dejó.

Durante el V Congreso Nacional Ordinario que se realizó en Veracruz en 1950, Robles Martínez se encargó de mostrar el rostro real. Los maestros se habían convertido en el brazo electoral del PRI: “Nuestro sindicato, en su oportunidad”,  dará su apoyo decidido “al candidato que elijan las fuerzas revolucionarias. […] Para que en lo sucesivo no tengamos que lamentar la desautorización de un movimiento de huelga semejante a la de Nayarit, es necesario que cada sección cumpla con el artículo 86 de nuestros estatutos y que los dirigentes de las secciones estudien concienzudamente el Estatuto Jurídico que, propiamente, es la Ley del Trabajo que nos rige, a fin de que no planteen problemas ilegales precipitando movimientos que, de antemano, sepamos que serán declarados ilícitos”.

En otras palabras y como lo demostraría la historia, Robles limitó a su máxima expresión la movilidad de sus compañeros de la cúpula sindical en los estados, desarticuló su capacidad para exigirle, de incrementos salariales a mejoras en sus prestaciones, al gobierno. Y él mismo tomaría las riendas de una campaña para aplastar los movimientos comunista y lombardista que tenían influencia entre los maestros.

En noviembre de 1952, a unos días del término del alemanismo y como un regalo a su benefactor, Robles fue más audaz cuando, en los hechos, prohibió cualquier tipo de disidencia: para consolidar la autoridad del Comité Ejecutivo Nacional, el máximo órgano de decisión del sindicato, hubo, dijo, necesidad de “proscribir del seno del magisterio las pugnas de carácter ideológico…”. La cúpula del SNTE decidió seguir una línea de franca, leal y constante colaboración con el gobierno.

A dos semanas de la toma de posesión del presidente Adolfo Ruiz Cortines —del 17 al 19 de noviembre de 1952, durante el III Congreso Nacional Ordinario del SNTE, en Durango—, Robles Martínez cedió la Secretaría General del sindicato a su amigo el “pistolero” Manuel Sánchez Vite. Reprimida violentamente la oposición, allí se quedaron los dos a manejar el destino de los maestros, que para entonces ya eran 10 mil, por lo menos a esos se les descontaban sus cuotas respectivas. Sin decirlo, sin plasmarlo en documentos porque no hacía falta, se arrogó el nombramiento de líder vitalicio del magisterio. E informes publicados en junio de 1953 daban cuenta de la fortuna personal de Robles. El diario ABC publicó un artículo con una historia turbulenta y un encabezado que no dejó nada a la imaginación: “La fortuna de Robles Martínez. Miseria y voracidad en el magisterio. Lista de las propiedades adquiridas por el líder Robles Martínez a costa de los maestros”.

El papel de Robles en el control de los maestros fue claro. Aquel mismo noviembre en Durango, al rendir su último informe de labores y dejar su lugar, al menos formalmente, hizo algunos señalamientos clave: “Finalmente, consideramos necesario puntualizar que todo movimiento que se produzca en nuestras filas, por parte de elementos carentes de representación, a pretexto de pugnar por demandas en favor de los maestros, pero con las finalidades ocultas de turbar la tranquilidad del país o menoscabar la autoridad del nuevo régimen, se estimará de carácter demagógico y deberá ser enérgica y radicalmente combatido por el Comité Ejecutivo Nacional, siendo éste, en consecuencia, la única autoridad autorizada para intervenir en el planteamiento y resolución de los problemas del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación”.

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