De Eruviel y otros demonios

* Aparece Eruviel Ávila en el centro de un círculo muy rojo, quizás alfombra o efecto televisivo, en un escenario adaptado para que hable de pie, ante un público heterogéneo, iluminado por una azul fosforescencia que apenas permite distinguir ese interior como una fábrica automotriz. A Eruviel eso no le importa. Ha cumplido tres años administrando la heredad presidencial, la nación chiquita de Peña Nieto y debería responder. El juego de la comparecencia pública ya ni siquiera es perverso. Sólo TV Mexiquense trasmite aquel hecho y, por lo que se observa, se trata de un programa pregrabado por lo que el mandatario se conduce desde el desparpajo, con el desenfado de quien cursa por el terreno de lo cumplido pero con creces, sin contrapesos.

Miguel Alvarado

I

Todavía no lo alcanza la denominación de progreso. Por eso es un campo de flores amarillas, moradas y rosas sin fin crecidas entre los cultivos y terrenos bardeados a medias, que aún no han sido vendidos y donde luego habrá otra clase de plantas, éstas de concreto, diseñadas por manos alarifes copiadoras de fachadas, reproductoras ergonómicas a la buena de dios. Porque el progreso para San Pablo Autopan, un pueblo de Toluca a 15 minutos del centro de la capital mexiquense, siempre estará relacionado con el ecosistema de las castas y el mestizaje toluqueño que impone, incluso por las buenas, una dirección, formas definidas aunque impropias.

II

El pueblo reproduce desde la abstracción de miles de casas, edificios, calles trazadas por una mano desatinada, servicios apenas suficientes, siempre pensados a futuro desde el ahora destructor. Autopan, pueblo otomí, no necesita 30 millones de pesos “para dignificar el mercado de la colonia Aviación”, que anuncia la alcaldía como una de sus magnas obras y que hasta la fecha es sólo un hato de intenciones deschavetadas porque ese tianguis, que funciona sólo los viernes de cada semana, es regenteado por el narcomenudeo en un tercio de sus instalaciones. Detrás de aquella plaza las castas emergen, palpables en su latinoamericana luminiscencia y prueban, a su manera, que el abismo social en México es tan insondable como las razones que lo hacen posible. Allí, por ejemplo, pueden convivir sin enojarse las propiedades de la familia Manzur, uno de cuyos integrantes es José Manzur, actual secretario de Gobierno en el Edomex y docto postulante para suceder como mandatario a Eruviel Ávila. También, de la nada, crece la casona blanca y fantasmal del diputado local priista Fernando Zamora, un antiguo líder sindical del magisterio, figura única al frente de 80 mil profesores y que luego cabalgó en solitario, llanero de bajo perfil, por cargos populares que terminaron por encumbrarlo aunque nada más en lo económico. Es aceptado que ayuda a los vecinos. Que pavimenta la calle. Que se ocupa de drenajes y acerbos eléctricos y vela por la seguridad en la cuadra aunque no puede abarcar mucho y se limita al territorio que su casa implica. Así todos, incluso él, estarán satisfechos. Esos políticos cuya riqueza no alcanzan a disimular en la Nación Peña Nieto escogieron Autopan porque un día los ejidos serán valorados de otra manera. Allá, en esa extensión tornasolada, campesina pero fragmento también de una ciudad que desde ahora se declara perdida, habrá un estadio de futbol de primer mundo, una red vial que reduce cualquier distancia a precios razonables, pagaderos en casetas de peaje y transporte público y, en fin, una hilera filosa de centros comerciales que sustituirán al comercio local.

Fernando Zamora y José Manzur viven tranquilos, tutankamónicos porque han cumplido sus deberes, dado a sus familias, disfrutado y pagado por vivir como eligieron. Más allá de los muros donde habitan se dibuja otro México, aterrizado como por casualidad en la colonia Aviación.

Otro México. Así, luvianizado.

III

Sucede que llueve y las calles de Autopan se reducen, espejeadas en la suma del fragmento, a trazos determinados desde un principio por la primera casa levantada al estilo Toluca y que sustituye de golpe el barro ancestral por ladrillos o los convenientes materiales prefabricados. Uno busca, dicen allí, la seguridad de los montes o la cercanía de los ríos. Nada de eso existe pero sí laderas, verdes como jamás un cerro han visto los ojos. Y entre el polvo que se mete por la ventanillas del auto, endomingado y soleado después del agua, se desenrolla como una serpiente el asentamiento de El Canal, una calle larga de 7 kilómetros o más que un decreto municipal la ha convertido en colonia. No hay nada, sólo casas seriadas a lo largo del barrial, a lo largo del cerro, que en sus faldas cobija las flores, una estación de gas, veredas que aparcan al término de un auto listo para la chatarra.

La entrada a El Canal está pavimentada en los primeros 100 metros. Después todo es polvo, los cultivos ordenados, como dicen los creyentes, sobre la uña de dios o el dedo de Tezcatlipoca, Nuestro Señor el Desollado señalando algo, como se ve en la iglesia del pueblo, donde un cristo negro –ése puro, ése reverenciado- es la transubstanciación del hijo trino. Pero ese espejo que humea no alcanza para reflejar el caserío desordenado. Nada es más simple que una hilera de casas. No son las mansiones al estilo Manzur ni existen puertas de 7 metros de altura como le gustan a Fernando Zamora. El pobre le copia al rico pero siempre pervive la escala humana. Las que destacan lo hacen porque su pequeñez de castillo o fortaleza no alcanza para mayores reducciones o ridículos. Humanas, sí, pero barrocas con torres innecesarias para el sol o puertas semi-redondas que se deben pasar agachado. Apenas se trazan proyectos de tiendas, una peluquería, una tintorería, dos misceláneas, una de vinos y licores. Aquí no hay espacio para el Oxxo, no por ahora. En ese Canal el cerro verdea entre algunos árboles, incluso cuando los muertos comenzaron a aparecer, en septiembre del 2014.

IV

No quieren que vean que son invisibles.

Mientras Servando Gómez “La Tuta”, gobierna Michoacán apuntalado con asesorías desde la Federación, en Autopan la realidad es miserable a veces, como cuando se cuentan los cadáveres porque en dos años, al menos, han desaparecido 20 personas. Las dos últimas regresaron hace días, pero son las que más se recordarán porque no volvieron solas ni tampoco completas. Llegaron, nadie sabe cómo, a la calle larguísima de El Canal y allí los hallaron los que trabajan temprano.

Un joven. Jorge. Otros dicen que Pedro. Otros que no tiene nombre. Porque nadie sabe, ni la policía ni cuando llega la ambulancia, cuando recoge el cuerpo. La realidad es lo que es en esos dos metros que ocupa el cuerpo de Jorge o Pedro, porque tiene los brazos estirados, los zapatos fuera del pie, como anunciando algo, porque alguien los aventó. Jorge o Pedro no tiene nombre, nadie lo conoce, nadie quiere o lo puede identificar. Apareció a principios de septiembre del 2014 tirado, al pie del cerro ése y fue hasta que un vecino lo movió para ver si estaba vivo que se dieron cuenta de que esa muerte era algo más que alguien allí. Porque nada más darle vuelta apareció el charco oscuro de la sangre como una gelatina. Y nada más darle vuelta algo salió de su cuerpo, vestido, eso sí, pero con la camisa abierta. Despeinado, hinchado, Jorge o Pedro presentaba una herida en el pecho, una irónica abierta como en canal y desde allí un relleno de papel periódico, anticlimático menaje de anuncios y noticias hecho pelotas para rellenar el hueco de una carne ya absurda porque nada había dentro. Algo faltaba pero no una nota.

“Gracias”, decía la nota. Gracias por los órganos, pues. Sí, le faltan, dijeron los de la ambulancia, “pero no sabemos cuáles”.

Entre el papel periódico algunos billetes también aparecieron, hechos bolas y pues ya secos, firmes gracias a la sangre que se coaguló durante horas.

Todos son jóvenes, esos 20 desaparecidos.

Arriba, por el cerro, como que sí, como que las nubes se erizan.

V

Huichochitlán es uno de los 17 puntos en Toluca donde se consume más drogas, según estudios del Centro de Integración Juvenil municipal. Esas drogas son la mota, la coca, las metanfetaminas y los inhalables.

“Ven, vamos a caminar”, le dijeron a la joven que estaba recluida en un centro de desintoxicación en ese pueblo. Ella no quería estar y había amenazado con escaparse. Aunque para ella ya no, siempre existirá alguien, algunos que deban ejercer de muros, puertas encadenadas. En San Cristóbal observa los ladrillos, la arañada pared y piensa que afuera estaría mejor, escuchando incluso los cohetes, lo que supone libertad cada quince de septiembre.

– No quiero ir a caminar, pero me voy a ir.

Los custodios entonces la molieron a golpes, para que no se fuera. Luego tiraron el cuerpo al canal de aguas negras, donde fue hallada días después porque los perros ladraban, histerizados por el olor.

Ella tenía cafés los ojos, la boca abierta como una iglesia.

VI

Esta vez un árbol es usado para amarrar un cuerpo. Allí permanece días hasta que los animales lo localizan. El hombre tampoco tiene nombre y también le faltan las entrañas. Al ejecutado le extirparon algunos órganos y lo rellenaron con piedras. Los homicidas intentan ser educados y en la misiva que pende del cuerpo se puede leer “gracias por cooperar. Nosotros lo necesitábamos más que tú”.

No hay dinero esta vez y sólo los de El Canal constatan el levantamiento. Oficiales de la Secretaría de Seguridad Ciudadana dicen -sólo eso- que “lo del tráfico de órganos está bien duro”. En el Edomex aumentaron 14 por ciento las ejecuciones en tres años. Uno cree que sería un fracaso de las políticas públicas del gobierno de Eruviel Ávila pero no es así. La seguridad, al menos la pública, nunca ha estado en la agenda del gobernador priista, a quien ahora guiñan con la posibilidad de una campaña para las elecciones presidenciales, dentro de algunos años. La constante promesa de abatir los índices jamás se ha cumplido. Una mujer hallada en un canal de aguas negras y dos jóvenes sin órganos no cambiará nada porque su valor, para el gobierno, radicaba en el voto y el pago de impuestos. Muertos, a menos de que se incluyan en el padrón electoral, son polvo de cualquier denominación.

IX

Aparece Eruviel Ávila en el centro de un círculo muy rojo, quizás alfombra o efecto televisivo, en un escenario adaptado para que hable de pie, ante un público heterogéneo, iluminado por una azul fosforescencia que apenas permite distinguir ese interior como una fábrica automotriz. A Eruviel eso no le importa. Ha cumplido tres años administrando la heredad presidencial, la nación chiquita de Peña Nieto y debería responder. El juego de la comparecencia pública ya ni siquiera es perverso. Sólo TV Mexiquense trasmite aquel hecho y, por lo que se observa, se trata de un programa pregrabado por lo que el mandatario se conduce desde el desparpajo, con el desenfado de quien cursa por el terreno de lo cumplido pero con creces, sin contrapesos. Al mismo tiempo, las redes sociales se llenan de halagos y parabienes. Ávila, porque piensa en grande, renta aplausos desde la web.

El público, al que se hace pasar por espontáneo, aparece convenientemente disfrazado. El auditorio de Eruviel es una pasarela cosplay donde niñas disfrazadas de escolares conviven frente a tipos con cascos de obrero, operarios bien comidos de máquinas de última generación que lo mismo pueden ser ingenieros en plan de irse a trabajar nada más terminado aquel aquelarre o pacientes expertos en el arte de la caravana. Allí están las chicas de la tercera edad, los profesores, los burócratas, las castas, pues, en las que un gobierno como el de Eruviel fundamenta su administración: reúne indígenas, criollos, mestizos, rubios, morenos, niños, mujeres, hombres para convivir en la definición de la individualidad. Los mismos pero distintos: escuchados, aplaudidos, representantes de 15 millones de habitantes.

Nadie tiene derecho a réplica. Nadie se mueve, sólo aplauden, agitan sus manos.

El gobernador luce impecable. No tiene un solo titubeo. Su memoria es elefantiásica y los datos brotan de él como un Google, Fire Fox de carne y hueso y aborda los temas más escabrosos desde su mesianato. Se adelanta. Tiene la respuesta a preguntas que no le podrán hacer en este falso vivo de su Tercer Informe.

De pronto Tlatlaya y sus 22 ejecutados luce lejano, alquimia mediática en la tierra prometida de Ávila Villegas donde sólo caben los parques públicos y robóticos avances en medicina, guardianes de la clase media, quizás menos; donde el aeropuerto es amplia carretera para un supermundo que apenas él mismo se imagina; donde Atenco no existe o lo hace de otra manera, más esclavo pero feliz, somatizado entre la turbosina y los lagos artificiales.

Actor, el Ejecutivo domina su pequeño círculo rojo, de no más de un metro de diámetro y parece que es él quien opera las cámaras, que giran a voluntad siempre apuntando a la cara del señor. Acaricia con su voz de ex diputado pero también amenaza como sólo un estadista puede hacerlo.

Y es que la inseguridad es el tema fundamental y señala, con la precisión de un cirujano, que los delitos de alto impacto han bajado 18 por ciento. Ese gesto de Tercer Mundo, de categórica seguridad de pepenador, lo obliga a recoger los restos que su propia administración ha barrido y ocultado debajo ni siquiera de la alfombra: “pero no estoy satisfecho”, dice como al azar y se estrecha las manos él mismo, a falta de que incluso ni él crea lo pronunciado mientras gira la cabeza hacia la cámara, emperejilado, y su bien peinado cabello reluzca como en un comercial del mejor de los champús.

“Pero no estoy satisfecho” suena a demasiado, incluso para la Televisión Mexiquense cuyo programa con mayor rating tiene que ver con videos de música ranchera y banda norteña: dos puntos, equivalente a los infomerciales de Televisa o TV Azteca.

Pero no está satisfecho, remata casi homérico, sonriendo de oreja a oreja: “y a los delincuentes les digo que vamos por ustedes”.

Ávila se habrá enterado de su pifia demasiado tarde. El resto de la velada es puro show, video-adornos, selecta participación ciudadana, los lugares comunes. ¿Qué se cree Eruviel? ¿Un conductor de Televisa?

A los delincuentes les digo que vamos por ustedes.

Por ustedes o por ellos, no importa demasiado. Es el Tercer Informe de Gobierno.

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