Cueste lo que cueste

* “En febrero de 1980, Vanguardia Revolucionaria hizo público lo que en verdad pensaba de los maestros que no se sometían a la dictadura de Carlos Jonguitud. Durante la presentación de su informe como secretario general saliente en Chetumal, José Luis Andrade Ibarra, hizo un análisis de la disidencia: “Enanos celosos de la estatura de Jonguitud. […] Fracasados que no tuvieron el cariño de los padres y que por eso llegan a traicionar e intrigar. […] Seres malformados (…) ciegos de poder (que) continuarán enfrentando emboscadas. […] Durdo con ellos, que no nos detengan las consecuencias”. Y el 13 de noviembre de 1981, el brazo derecho de Jonguitud, su protegida la maestra Elba Esther Gordillo Morales, sentenció: “Los pararemos cueste lo que cueste, a costa de lo que sea”. Esa fue la forma de hacer política sindical”, escribe el periodista Francisco Cruz Jiménez en el libro Los Amos de la Mafia Sindical, editado por Planeta en el 2013.

 

Francisco Cruz Jiménez

A decir verdad, después de aniquilar a los lombardistas y comunistas insertos en el gremio, Robles Martínez se sentó cómodamente a instalar su maximato, Con el apoyo de los gobiernos de Ávila Camacho, Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos, tuvo la fuerza suficiente para manejar a los maestros durante 21 años. Después de controlar a Sánchez Vite —conocido como el gángster sindical—, impuso como líderes magisteriales a Enrique W. Sánchez, Alfonso Lozano Bernal, Alberto Larios Gaytán, Édgar Robledo Santiago, Félix Vallejo Martínez y Carlos Olmos Sánchez.

Así, de ser un sindicato como cualquier otro, el SNTE se transformó en un engranaje político-electoral, una escuela perfecta para forjar traidores. De esto último son ejemplo cristalino los casos de Carlos Jonguitud Barrios, Elba Esther Gordillo Morales y Juan Díaz de la Torre, quienes fueron apoyados e impuestos en y por los gobiernos priistas. Maestro rural, el ascenso de “Don Carlos”— como se le llamaba al interior del gremio— comenzó en la década de los años cincuenta cuando fue nombrado secretario particular de Manuel Sánchez Vite (1952-1955), posteriormente ostentó los cargos de secretario de Organización y de Acción Social del Comité Ejecutivo Nacional del PRI (1970- 1976), director del ISSSTE (1976- 1980), gobernador de San Luis Potosí (1979-1985), líder del SNTE (1972-1989) y senador por su natal San Luis Potosí (1988.1991).

No obstante, se toma a la década de los años sesenta como el tiempo clave en el que Jonguitud, exhibiendo aires y formas de superioridad, inició su despegue definitivo, pues empezó a hacerle sombra a su jefe Sánchez Vite—secretario general del sindicato, comandado por Jesús Robles Martínez— a través de un movimiento magisterial que seguía todas sus órdenes al pie de la letra y que pronto se reveló como un grupo de choque para enfrentar a la disidencia magisterial. A través de esta organización, Jonguitud acaparó el poder necesario que el sindicato le otorgara un número cada vez más creciente de plazas magisteriales, hacer nombramientos y obtener cargos políticos; siempre dentro de la institucionalidad priista y bajo las órdenes superiores del Presidente de la República.

La sagacidad para forjar su trayectoria dentro del SNTE hizo que el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez lo considerara como su candidato para quitarle el liderazgo sindical a Jesús Robles Martínez y Manuel Sánchez Vite. Echeverría no se anduvo por las ramas. La noche del 22 de septiembre de 1972 ofreció todo su respaldo para que Jonguitud, su hombre de confianza Eloy Benavides Salinas, y sus golpeadores tomaran en forma violenta la sede del sindicato en la ciudad de México, desconocieran a la dirigencia formal y convocaran, de inmediato, a un Congreso Nacional Extraordinario, en el que Benavides, el títere aceptado por la Presidencia de la República, fue elegido secretario general, en sustitución del líder formal: Carlos Olmos Sánchez.

Gerardo Peláez lo reseñó en 1989 en su estudio Historia de Vanguardia Revolucionaria grupo dominante del SNTE: “El 23 de septiembre de 1972, los televidentes, radioescuchas y lectores de diarios se encontraron con una noticia fuera de lo común: el edificio del SNTE había sido ocupado, la noche anterior, por representantes de la ‘apertura democrática’ que ajustaban cuentas con los emisarios del pasado,  de acuerdo con el lenguaje usado en el sexenio echeverrista. De esta manera, el viejo y anquilosado dominio de Jesús Robles Martínez sobre el gigantesco sindicato magisterial fue golpeado contundentemente y destruido al poco tiempo”.

El Frente Magisterial Independiente tenía su visión y Peláez la hizo pública: “El único cambio efectivo es, sin duda, el que ahora nuestro sindicato sea encabezado por Carlos Jonguitud, un lumpen proletario, un desclasado, un pistolero con título de profesor dispuesto a hacer prevalecer sus puntos de vista a como ‘dé lugar’, augurando para el SNTE el resurgimiento del pistolerismo, al estilo de 1956, cuando él apedreaba y lanzaba cohetes y cubetadas de aguas contra los maestros que protestábamos contra las traiciones de los dirigentes sindicales”

En síntesis, Jonguitud encabezaba una camarilla de viejos líderes charros que se habían hecho de poder a la sombra protectora de Manuel Sánchez Vite, el socio de Robles Martínez. Pero el grupo de le salió de control. Una semana más tarde, una llamada de la Presidencia de la República bastó para que el Tribunal Federal de Conciliación y Arbitraje reconociera al Comité Ejecutivo Nacional encabezado por los golpistas. A principios del año siguiente, 1973, Carlos Jonguitud asumió formalmente el poder y fue elegido secretario general en un congreso que se efectuó en La Paz, Baja California Sur y en el que no tuvieron acceso la oposición ni maestros que identificados como roblistas o roblesmartinista. Sólo incondicionales.

Allí, en un hotel de La Paz, la nueva dirigencia del SNTE ya sin roblistas dio a conocer la Declaración de La Paz, que más tarde se adoptaría como declaración de principios del llamado Movimiento 22 de Septiembre, que en agosto de 1974 daría forma a Vanguardia Revolucionaria, el poderoso grupo operativo que se encargaría de controlar a los maestros para garantizar el liderazgo moral vitalicio de Jonguitud en el SNTE. Lo de la declaración de principios era un mero decir, porque el lema real de los jonguitudistas tenía otras connotaciones: comprar más conciencias a menor precio. Astuto como era, a Jonguitudno le costó trabajo adaptarse a la política echeverrista y mover los hilos del sindicato a favor del partido. Con esa habilidad se ganó el respaldo del sucesor de Echeverría: José López Portillo, el autollamado “último Presidente de la Revolución”.

Una vez en el camino del poder, no tardó en convertirse en el nuevo cacique del SNTE y seguir con la línea de autoritarismo y represión que había iniciado Robles Martínez para abatir la inconformidad de la disidencia. En este ajuste de “criterios”, varios fueron los docentes que perdieron la vida, ejecutados con arma de fuego. Entre ellos destacan los casos de Misael Núñez Acosta (1981), en el Estado de México; Pedro Palma (1981), en Hidalgo; Celso Wenceslao López Díaz (1987), en Chiapas. Del asesinato o desaparición de maestros democráticos o disidentes en aquella época hay registro de, por lo menos, 152, pero la represión, hostigamiento y persecución a través de Vanguardia Revolucionaria se extendió a los estados de Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Guerrero, Chihuahua, Morelos, Chiapas y Michoacán.

En febrero de 1980, Vanguardia Revolucionaria hizo público lo que en verdad pensaba de los maestros que no se sometían a la dictadura de Jonguitud. Durante la presentación de su informe como secretario general saliente en Chetumal, José Luis Andrade Ibarra, hizo un análisis de la disidencia: “Enanos celosos de la estatura de Jonguitud. […] Fracasados que no tuvieron el cariño de los padres y que por eso llegan a traicionar e intrigar. […] Seres malformados (…) ciegos de poder (que) continuarán enfrentando emboscadas. […] Durdo con ellos, que no nos detengan las consecuencias”. Y el 13 de noviembre de 1981, el brazo derecho de Jonguitud, su protegida la maestra Elba Esther Gordillo Morales, sentenció: “Los pararemos cueste lo que cueste, a costa de lo que sea”. Esa fue la forma de hacer política sindical.

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