Los responsables

* Valle de México. Ecatepec. Tecámac. Una banda de niños de 14 años, en el 2012, confiesa por separado haber asesinado hasta a sesenta personas. ¿Sesenta son muchas si se compara la densidad poblacional? ¿Si se compara la población de Iguala con la del valle de México? ¿Si se compara la población de San Pedro Limón en Tlatlaya? ¿Cuánto es demasiado? ¿Una es demasiado? ¿Las víctimas tienen nombre? ¿Sabe Eruviel Ávila sobre esas víctimas? De cualquier manera, existe un expediente, averiguaciones previas. Hay una historia que ninguna ficción puede narrar.

 

Miguel Alvarado

Ecatepec es el segundo municipio más poblado del país, con casi 2 millones de habitantes, detrás de Iztapalapa, en El DF. Por allí pasa el Río de los Remedio o Canal de la Compañía, una autopista de aguas negras para el valle de México que todos los años inunda parte del valle de Chalco. También es útil para otras cosas. Es un enorme tiradero de cadáveres, por ejemplo.

 

II

Eruviel Ávila, gobernador priista del Estado de México, habla de cualquier cosa, menos de seguridad pública. Su entidad, la más poblada del país, es también la más insegura. Los datos oficiales respaldan ese panorama pero no lo reflejan fielmente. La agenda de Ávila Villegas incluye reuniones con líderes sociales como la dirigencia estatal de los boy scouts mexiquenses, por ejemplo, o el reparto de cobijas en comunidades susceptibles de frío. Un día antes, anuncia internet gratuito en cinco pueblos mágicos. De pronto le sale lo estadista o lo que se confunde con ese concepto tan manido, desarticulado. Desde Acambay, en 29 de octubre, Ávila dice en micrófono abierto “que cada quien asumamos nuestra responsabilidad, que todos los gobernadores, que todos los presidentes municipales, hagamos la parte que nos corresponda, que le entreguemos las mejores cuentas al señor presidente pero, sobre todo, a la gente en materia de seguridad, que todos cumplamos cabalmente con la misión que tenemos en materia de seguridad pública y estoy cierto que si todos nos aplicamos y si todos hacemos lo que nos corresponde, vamos a entregar en esta materia las mejores cuentas”. De Tlatlaya, por ejemplo, nada. De Ecatepec, por ejemplo, nada.

 

III

El 29 de octubre del 2014 los Gigantes de San Francisco en Estados Unidos ganan el séptimo juego de la Serie Mundial de Beisbol 2014. En el  Kauffman Stadium derrotan al Reales de Kansas 3 a 2. Y es que tienen un pitcher fenómeno, Madison Bumgarner, hombre de hielo, ganador de tres juegos en la serie final. Él solo puede con todo, como en los tiempos de Ruth. En México, a la misma hora, cerca de las nueve y media de la noche, los padres de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, Guerrero, terminaban una reunión de cinco horas con el presidente de México, Enrique Peña. La reunión había terminado a las siete, pero Peña y su gabinete se habían retirado sin firmar la minuta correspondiente. Les costó dos horas a los padres que regresaran. Un pliego de 10 puntos, como de aire, fue el acuerdo final, tambaleante como las investigaciones.

 

IV

A las 11 de la noche la Presidencia de Peña anuncia triunfalista que “en una reunión que duró cerca de cinco horas, escuché con atención las demandas, peticiones y preocupaciones de los padres, familiares y compañeros de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Todos ellos, con quienes comparto una absoluta indignación, tienen mi solidaridad y respaldo. Las investigaciones de este caso llegarán hasta las últimas consecuencias. Las familias y el pueblo de México tienen mi palabra: seguiremos hablando con transparencia y buscando la verdad de los hechos”.

 

V

Nadie le creyó. Ni siquiera él mismo, que apareció demudado. Su rostro lució como golpeado. Nunca antes el presidente había aparecido tan demacrado. Su expresión contradecía sus palabras. No hay nada qué decir. Un gobierno sin brújula, perdido, sin éxito. Pensó que era lo mismo gobernar México que el Estado de México. Que era lo mismo Ayotzinapa que San Salvador Atenco. Y por una vez en su vida pública tuvo razón. Atenco y Ayotzinapa son lo mismo. El Estado de México y México son lo mismo. Peña y su grupo, el de Atlacomulco, nunca lo han entendido. Ahora ya es tarde. También habrá una fosa, política, pero fosa al fin y al cabo, para ellos. Demudado, cansado, sí, pero al menos tenía la posibilidad de una noche de descanso, seguridad irrestricta, como al él le gusta decir, la compañía de su familia y comida, la que él quiera.

 

VI

A las 11 de la noche, los padres de los normalistas, cansados y sin esperanzas reales, dieron su propia conferencia de prensa. Campesinos obligados a hablar ante cientos de miles, ante reporteros indiferentes, ante el valemadrismo del aparato oficial, de lo que se denomina sistema; obligados a hablar sin tener las palabras, sólo la angustia; obligados a hablar desde las tarimas de los inexistentes derechos humanos en México, desde la desolación de la fosa o las páginas de los diarios. “No le creemos al presidente”, dijeron. David Flores, líder de los normalistas de Ayotzinapa, exigió dejar de buscar a sus compañeros en fosas y denunció que ni siquiera las promesas de Peña fueron suficientes ni concretas. No hubo nada. No hay hechos, no hay nada. “Y estamos dispuestos a dar la vida por ellos”.

 

VII

Hay otros que ni siquiera pueden expresar su angustia. Valle de México. Ecatepec. Tecámac. Una banda de niños de 14 años, en el 2012, confiesa por separado haber asesinado hasta a sesenta personas. ¿Sesenta son muchas si se compara la densidad poblacional? ¿Si se compara la población de Iguala con la del valle de México? ¿Si se compara la población de San Pedro Limón en Tlatlaya? ¿Cuánto es demasiado? ¿Una es demasiado? ¿Las víctimas tienen nombre? ¿Sabe Eruviel Ávila sobre esas víctimas? De cualquier manera, existe un expediente, averiguaciones previas. Hay una historia que ninguna ficción puede narrar.

 

VIII

En México se perpetran seis feminicidios a diario, según datos de Amnistía Internacional. En Ecatepec una orden de un juez de Zinacantepec que investiga los asesinatos de dos niñas de 14 años para dragar el río de los Remedios puso al descubierto casi 7 mil restos óseos de seres humanos. El gobierno del Estado de México se ha negado a practicar los estudios correspondientes para determinar sus características alegando que cada uno de ellos cuesta 4 mil pesos, pero que además, “son huesos de animales”, según la postura oficial de la Procuraduría estatal, que luego ratificaría José Manzur, secretario de Gobierno mexiquense. Eruviel Ávila tiene su propia respuesta para los 922 feminicidios pendientes de resolver en el Estado de México. Esa respuesta, “eruveliana” desde sus formulación y el entorno en la que fue lanzada, revela la lealtad kafkiana, de mazmorra, al modelo peñista de la simulación, del montaje telenovelero, del paisaje renderizado. Es una explicación barata pero directa de Tlatelolco, Atenco, Ayotzinapa, de Paulette Gebara, Tlatlaya y de por qué un hombre como Peña Nieto es presidente de un país como México.

“Hay cosas más graves que atender”, les dijo al Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio en mayo del 2014, quienes apuntan que hay mil 500 mujeres asesinadas en la entidad entre el 2007 y el 2013 y seiscientas menores de 20 años desaparecidos en lo que va de su administración.

 

IX

“No somos sus ovejas para que nos maten cuando se les dé la gana”.

“El sufrimiento no se negocia”.

“Tuvimos la necesidad de venir a exigirle y a preguntarle por qué su gobierno actúa de esa manera”.

“Mi hijo no fue desaparecido, fue raptado por los policías”.

“¿Quiénes son los de las fosas? Tienen nombre, tienen a su familia y a lo mejor los están buscando, también están sufriendo”.

 

 

X

Estadísticas del Secretariado Ejecutivo Nacional, dice el portal local Métrica reporta 200 secuestros para el Estado de México los primeros cuatro meses del 2014, que lo ubican en el segundo lugar nacional en ese aspecto. El discurso de Eruviel Ávila tampoco incluye el tema de los secuestros, ni siquiera cuando los afectados pertenecen a los círculos afectivos del presidente de México, como sucedió hace meses con una familia de políticos en Metepec, Estado de México.

 

X

El periodista Francisco Cruz, autor de los libros Tierra Narca; Negocios de Familia, la Biografía no Autorizada de Enrique Peña y Los Junior del poder para editorial Planeta, dice de las ejecuciones de Tlatlaya que todo es terriblemente confuso, y que no está claro que los 22 masacrados, jóvenes de entre 15 y 23 años, hayan sido sicarios, como dice el informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Se soslaya, esconde, dice, el factor guerrillero. Hay otra versión que indica que los soldados matadores del batallón 102 del ejército mexicano en realidad iban a vender armas a ese grupo de supuestos sicarios a la famosa bodega de San Pedro Limón. El control del armamento en México pasa siempre por las manos de las fuerzas armadas y las policías. Ellos necesariamente las distribuyen y así habría sucedido la madrugada del 30 de junio del 2014. Pero lago pasó que se desató un tiroteo y los compradores terminaron muertos. Los guerrilleros fueron ejecutados.

 

XI

Era cuestión de tiempo que el violento sur mexiquense, unido geográficamente con Guerrero y Michoacán en el Triángulo de la Brecha estallara e incendiara al país con la mayor crisis social y de seguridad de las últimas décadas. Pobreza, guerrilla, corrupción política, inequidad, narcotráfico, incomunicación, crimen, ignorancia, mala voluntad, ejército, marina, simulación y una larga lista de ítems fueron mezcla que pacientemente se baten todavía. No habrá revolución. Es otra cosa.

 

XII

El portal electrónico local Métrica recopila que en el Edomex hay mil 487 homicidios dolosos en lo que va del 2014.

 

XIII

Los enfrentamientos en el sur mexiquense continúan. Uno de los bandos, es claro, está formado por soldados pero de los otros se sabe sólo lo que los soldados, marinos o policías informan, Pueden ser cualquiera. La información es solo migajas, incluso la de primera mano. El 30 de octubre del 2014 una versión del ejército indicaba que un grupo delictivo en Luvianos los había enfrentado. Los muertos no eran tantos esta vez. Había seis, quizás cuatro detenidos, según datos de la Agencia MVT, la misma que publicara fotografías de los cadáveres en la bodega de Tlatlaya.

Este nuevo enfrentamiento se había registrado en la localidad de Cerro de la Culebra, la mañana de ese jueves, cuando el ejército localizó a un grupo de personas. El paralelismo con Tlatlaya es evidente, excepto que esta vez el gobernador mexiquense no ha felicitado al ejército. Tal vez lo haga en las siguientes horas o días. La lección, si la hubo, no significa nada para otros actores. El diario local Tres PM reportaba: “al momento de intentar acercarse para realizar una revisión, los sujetos que se encontraban en ese lugar dispararon contra los elementos militares, por lo que éstos repelieron la agresión, lo que desató un enfrentamiento por varios minutos. Durante la refriega, cinco presuntos delincuentes perdieron la vida, mientras se logró capturar a cuatro personas, así como decomisar armas largas y cortas, cartuchos útiles y droga que transportaban esas personas. Personal de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México acudieron al lugar para apoyar a los elementos del Ejército Mexicano e iniciar con las investigaciones para verificar si este grupo se encuentran relacionados con otros ilícitos que se presentan en la región sur del estado. Hasta el momento, las autoridades estatales y federales no han informado oficialmente si este hecho se presentó de manera aislada o forma parte de operativos específicos contra el crimen organizado que se realizan de manera conjunta en la zona sur del Estado de México”.

El enfrentamiento de Luvianos, a pocas horas de Tlatlaya y Arcelia, se presenta entre rumores de todo tipo que incluye una liga inevitable con Iguala y el narco-corredor del estado de Morelos, donde ubican al ex alcalde José Luis Abarca en Cuernavaca o bien en una comunidad llamada Las Lajas, en Ajuchitán, Guerrero, donde recientemente se registraron actos de violencia y ajusticiamientos entre narcotaxistas.

Calaverita 2014 para Enrique Peña Nieto

 

Gonzalo Ramos Aranda

 

Presidencia, en un aprieto,

“calaca”, tras Peña Nieto,

en narco fosa lo atrapa,

por el tema Ayotzinapa.

 

Solo salvará el pellejo,

en este caso complejo,

si encuentra a los estudiantes,

¡claro que vivos!, cuanto antes.

 

Ponerse contra la muerte,

jugar lotería, sin suerte,

las cartas ya están echadas,

hay que dejarse de habladas.

 

Investigar bien el caso

si no, las sombras y ocaso,

miro de luto “Los Pinos”,

por múltiples desatinos.

 

Iguala, calores tiernos,

en la tumba… los infiernos,

La Parca nunca perdona,

Enrique, por ti, se asoma.

 

* México, DF; 19 de octubre del 2014.

Reg. SEP Indautor No. (en trámite).

El Barco Ebrio

*

Las ejecuciones militares de Tlatlaya terminaron por revelar la verdadera inteligencia del gobernador priista del Estado de México, Eruviel Ávila Villegas, quien no sabe qué hacer cuando no reparte cobijas para el frío o se reúne con líderes de opinión, como los dirigentes estatales de los boy scouts. Veintidós ejecutados y Ávila no es quién para abrir la boca. Lo sería, seguramente, si el Toluca, el equipo de futbol profesional de la ciudad, obtiene el campeonato de liga o algún cantante de Televisa le solicitara una donación para el denostado Teletón de Emilio Azcárraga, vetado incluso por la propia ONU. El gobernador del Estado de México da pena y él lo sabe, porque tampoco es tan tonto. Simulador, eso sí, apuesta a que Ayotzinapa le ayude para que Tlatlaya y su torturadura Procuraduría estatal se olviden. A Eruviel se le vienen en cascada otros casos, los homicidios de Los Remedios en Ecatepec, por ejemplo.

 

*

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos documentó las ejecuciones de civiles a manos del ejército y las torturas de la Procuraduría contra las tres sobrevivientes la madrugada del 30 de junio del 2014. Avaló que el ejército se enfrentó a sicarios del narcotráfico que secuestraban en la zona sur mexiquense y de Guerrero. Bueno.

 

*

Reveló que esos sicarios tenían entre 15 y 23 años.

Que eran 22. Que escaparon dos, los jefes, y que a uno de ellos le decían “El Comandante”.

Que fueron ejecutados, sí, pero que eran sicarios, “malos”, narcos.

 

*

Pero hay una versión, que puede tomar forma y que es la que preocupa en realidad a los involucrados, incluyendo al gobierno del Estado de México y que indica que el batallón 102 o al menos esos soldados habrían pactado la venta de armas a un grupo guerrillero. Que algo había salido terriblemente mal y allí los habían ejecutado con las mismas armas previamente pagadas, porque incluso hasta granadas estaban allí, en ese paquete de entrega inmediata. Luego actuaron como si nada, limpiaron y la vida siguió su curso. La versión de la CNDH desvía la historia guerrillera, que tomará forma a partir, incluso, del rumbo de Ayotzinapa, porque en esa región todo está conectado.

¿No eran narcos?

 

*

Hace menos de un mes la detenida ex esposa de Servando Gómez Martínez, “La Tuta”, manejaba su Passat gris en Almoloya de Juárez, Estado de México. Los vecinos de la localidad la reconocían perfectamente como la esposa del famoso narcotraficante michoacano, líder de los Caballeros Templarios y hasta le ayudaban allanándole los obstáculos locales, quitándole los molestos conos o señalamientos viales que obstaculizan las calles en aquel municipio. “La señora Tuta”, Ana Patiño, visitaba en el penal del Altiplano a su hijo, Huber Gómez Patiño, preso desde mediados de junio del 2014 y se hacía acompañar de su hija, la joven Alejandra Sayonara Gómez Patiño, a quien se describe como elegantemente vestida. Iban solas. La esposa manejaba. No llevaban escoltas. Se bastabas solas. La hija era una asidua de las redes sociales y amiga de cantantes gruperas como la fallecida Jenny Rivera.

 

*

Ana Patiño fue detenida recientemente y la hija, Alejandra, dejada en libertad, luego de una breve detención. Ellas vivían prácticamente en el Estado de México porque su hijo estaba en Almoloya de Juárez, a 20 minutos de la ciudad de Toluca. Eso hasta Eruviel Ávila lo sabía. El reciente video donde el narcotraficante Servando, “La Tuta”, parece despedirse del mundo que lo vio encumbrase y poner de cabeza a todo un país es de lo más extraño. Parece el preludio del fin para el narcotraficante, mandado hacer ex profeso por el virrey Alfredo Castillo, como golpe final para Michoacán en un momento adecuado, cuando la Federación y el vapuleado gobierno de Enrique Peña más necesitan de un triunfo. “La Tuta” es uno de los personajes prefabricados del peñismo, el Bin Laden mexicano, desechable, les da lo mismo vivo que muerto.

 

*

Hace dos semanas, en la esquina de Instituto Literario y Benito Juárez, en pleno centro de Toluca, a las doce del día, un estudiante de secundaria fue levantado por un grupo armado que no tuvo ninguna dificultad en llevarse al joven, a quien subió a un auto, frente a un grupo de policías municipales, que observaron el movimiento, sin intervenir. Quienes hicieron algún intento por hacerlo fueron los vendedores de periódicos instalados afuera de la cafetería TOK’S pero fueron rápidamente disuadidos por las armas que les fueron mostradas. Secuestro o venganza, aquello todavía no tiene explicación oficial pero algunos ya especulan que el estudiante estaba inmiscuido en algún tipo de crimen y que el levantón obedece a revancha. La ley no sirve para nada. La ley de la calle. El ojo por ojo.

 

*

Lectores de esta columna envían de nuevo consideraciones acerca de Jaime Efraín Hernández González, secretario ejecutivo del Sistema Ejecutivo del Sistema Estatal de Seguridad Pública. Aquí la nueva entrega.

“Efraín, en aras de “tapar el sol con un dedo”, ha instruido que nadie, tratándose de persona ajena a su gente más cercana tenga acceso al piso donde se ubica su oficina. Hay mucho hermetismo, ¿qué pretende conseguir con cerrar las puertas? No con ello podrá ocultar su ignorancia, su desconocimiento e inexperiencia en temas de seguridad; su ineptitud de liderar una dependencia; su inconsciencia y omisiones para cumplir acuerdos, bastaría con preguntarles a los presidentes municipales del estado si se les ha dado cabal cumplido a los Acuerdos que se toman en los Consejos Municipales de Seguridad Pública; su torpeza para hacer política de alto nivel. De llegar siempre tarde a los eventos, de demostrar una total desorganización. Lo de él es la grilla barata: hablar mal a espaldas incluso de sus propios colaboradores y de “amigos”; y de frente, sonreírles.  A él le gusta el chisme de pasillo, que alentado por sus pupilos, es un ir y venir de cuanta patraña y cizaña sea necesaria. Sería muy interesante charlar con los servidores públicos del Secretariado Ejecutivo y preguntarles si sienten una mínima lealtad hacia él; si es respecto o es indiferencia lo que sienten hacia él.

“Resulta de mucho interés saber exactamente lo que pasa dentro del Secretariado Ejecutivo porque, a poco más de un año, le han renunciado intempestivamente tres personajes; muy recientemente, la renuncia hermética de un Director General. ¿Será acaso que ellos no sucumbieron a sus bajos intereses, a su juego de poder, a sus malévolos planes?

“¿Qué tan cierto es que su gente más cercana juegan un papel de Celestina porque le conocen y le saben, cosas muy personales (ellos hablan de deslices, de romances fuera del matrimonio) y que es por eso, que JAIME ha sucumbido a sus malsanos deseos de poder y les ha proyectado en un muy corto plazo, una carrera meteórica? De no ser nadie, ahora alardean de tener cargos dentro del Gobierno del Estado.

“Maestro Manzur, ¿no le resulta incómodo aguantar a un personaje de este tipo por el simple hecho de tener una amistad con él? ¿Y que él se sienta plenamente seguro en el cargo porque ha declarado ser su amigo? ¿No le resulta más redituable y fructífero poner a la cabeza del Secretariado Ejecutivo a una persona capaz en todos los sentidos? ¿Hay o no compromiso con el señor Gobernador?”.

Servidos.

Ríos y calles que se van

Miguel Alvarado

 

No quiero que veas que soy invisible

que escarbo en tu nombre

los botes abiertos de la basura

donde guardan las averiguaciones previas

la boca sucia de tus asesinos

las calles donde te encontraron.

 

No quiero hacerlo pero lo hago.

No quiero hacerlo pero lo hago.

Perdóname.

No quiero que veas que eres invisible

que verifico cada punto, cada coma de tu expediente

y que dios no aparece

en tu belleza ni en tu silencio.

 

En el rostro llevaba la notable ausencia de las flores.

Apocalipsis, ahora

* Puede que AMLO tenga algún tipo de relación con José Luis Abarca y su esposa; que supiera de sus antecedentes y nexos con la delincuencia organizada; que lo hubiera apoyado o promovido para alcanzar la presidencia de ese municipio; que fuera parte de su estructura político-electoral; supiera del asesinato que cometiera contra un opositor, del PRD además; y si todo esto fuera cierto por supuesto que sería condenable y, legalmente, lo hiciera hasta cómplice. Pero de todo esto será el propio líder de Morena quien tendrá que responder, tanto si lo requiere la autoridad como si no.

 

Jorge Hernández

Las acusaciones en contra de Andrés Manuel López Obrador, líder del partido Movimiento de Regeneración Nacional, sobre tener vínculos con el ex presidente de Iguala, José Luis Abarca, y señalado autor intelectual de la desaparición de 43 estudiantes normalista hace casi un mes, ilustran la pobreza moral y ética de los partidos políticos y la clase política en general.

No debería sorprendernos, si admitimos que el ejercicio de la política y la investidura de político eluden por necesidad ambas cualidades. Para ser político se requiere hacer a un lado todo escrúpulo moral o ético, y para ejercer la política, también.

Puede que el tabasqueño, efectivamente, tenga algún tipo de relación con José Luis Abarca y su esposa; que supiera de sus antecedentes y nexos con la delincuencia organizada; que lo hubiera apoyado o promovido para alcanzar la presidencia de ese municipio; que fuera parte de su estructura político-electoral; supiera del asesinato que cometiera contra un opositor, del PRD además; y si todo esto fuera cierto por supuesto que sería condenable y, legalmente, lo hiciera hasta cómplice. Pero de todo esto será el propio líder de Morena quien tendrá que responder, tanto si lo requiere la autoridad como si no.

Lo que vemos, sin embargo, no es un intento de reclamo moral contra Obrador, aunque así lo disfracen, sino un intento de linchamiento político en el contexto del río revuelto en que se ha convertido el caso Ayotzinapa.

Algún efecto tendrán los señalamientos, en su imagen, en su partido y en sus votantes, pero en ningún caso ayudarán al país a salir de este apocalipsis que estamos viviendo ya.

Porque los tiempos que corren urgen, justamente, a elevarse por el mundano nivel del político y la política para alcanzar algo que pocos  o ninguno de nuestra clase política posee: estatura de estadista y verdadero líder.

Quienes lo acusan son, como él mismo, políticos. Y en su conjunto, sin distinciones de partido ni doctrinarias, tan responsables como él, si admitimos que al menos lo son por omisión. Porque además de Obrador sabían del perfil de Abarca el CISEN y obviamente la Presidencia, así como el gobernador ya separado del cargo y no se diga las dirigencias del PRD de antes y ahora.

¿Por qué nadie dijo ni hizo nada? Porque son políticos, porque todos hicieron cálculos y fabricaron escenarios para saber hasta dónde podrían sacar ventaja de esa información y esa relación, fuera política, fuera económica. De tal manera que la misma acusación y los mismos reclamos en contra de López Obrador deberían hacérselos ellos mismos, todos ellos a sí mismos.

Por esto los señalamientos y reclamos contra el líder de Morena, si bien efectivos para restarle votos y simpatías, así como  desviar la atención del asunto central –el rescate de los jóvenes desaparecidos, vivos o fallecidos-, no servirán en absoluto para abonar en esta tarea por demás titánica y social, antes que sólo política.

Pero si nada le aportan deberían servir para otro propósito, la oportunidad del tabasqueño y de otros, muchos otros –el sacerdote Alejandro Solalinde tendría que ser uno de ellos- para erigirse precisamente en esa figura que tanto nos falta: el estadista, el líder y el visionario que demanda el país.

Y no porque los mexicanos sigamos dependiendo ni necesitando del Gran Tlatoani, sino porque el grado de putrefacción que hemos alcanzado ya no da para más. Somos y tenemos, bien señaló el Departamento de Estado norteamericano, un Estado fallido. No existen el Estado de Derecho y las instituciones están petrificadas. En estas condiciones, que son también nuestros grandes retos, necesitamos con urgencia del estadista capaz de verlo y asumirlo,  de actuar en consecuencia.

 

Calles repletas

* Ayotzinapa, en Guerrero, tiene 43 muertos recientes. El Estado de México, donde hay una ciudad que se llama Toluca, tiene 46, recientes, en un pedacito de agua, un kilómetro apenas, el canal de Los Remedios, tumba movediza que parte, desintegra el valle de México, ese que asusta a los extranjeros porque nunca se acaba. De esos 46 muertos no se habla mucho, aunque se sabe. Porque algunos dicen que son sesenta.

Miguel Alvarado

Marcharon por todo el país gritando y de verdad indignados, unos llorosos, otros riéndose, de la mano de las novias porque también la proximidad de la muerte es un buen lugar para quererse. Y llegaban a las plazas públicas donde el miedo y el cansancio se encargaban de apretujarlos, sacarles de encima las mantas pintadas de rojo, las consignas que los demás, los que son viejos, llevaron cuando les tocó lo mismo. Y que ahora ven mientras callan porque saben.

Ayotzinapa, en Guerrero, tiene 43 muertos recientes. El Estado de México, donde hay una ciudad que se llama Toluca, tiene 46, recientes, en un pedacito de agua, un kilómetro apenas, el canal de Los Remedios, tumba movediza que parte, desintegra el valle de México, ese que asusta a los extranjeros porque nunca se acaba. De esos 46 muertos no se habla mucho, aunque se sabe.

Porque algunos dicen que son sesenta.

Otras vez los hoyos, esas bocas retorcidas donde dios está enterrando.

Ahora dicen que les disparan a los estudiantes de Toluca, allí donde nos sentamos la tarde en que leíste tus poemas. Que están los militares y que disparan. Que está la policía y que dispara. En este minuto nadie sabe si es verdad y nadie se mueve mientras los que marchan envían los mensajes.

Estamos bien, son policías los que nos llenan de rumores, de falsa metralla, dicen los estudiantes.

Han pasado cuatro minutos y las calles del centro de Toluca, llenas de miedo, se han vaciado.

Vuelvo a tu carta, a tus poemas.

Mientras leo, lloro.

II

El taxi atraviesa el centro de Toluca.

A Metepec.

¿A Metepec, a las once de la mañana? ¿Por dónde quiere que me vaya?

Muertos azucarados exhiben en los portales sus sonrisas enhebradas de brillante caries, sus ropas como luciérnagas. Son los preludios de Día de Muertos y todos los años, a la misma hora toneladas de azúcar adquieren la misteriosa forma de los fantasmas. Espantos de chocolate y amaranto los acompañan en los estantes y las brujas norteamericanas les hacen los mandados entre pedacitos de turrón y papel picado de todos los colores.

En otros lados venden la sangre, envasada y debidamente tratada para la marcha zombi. Pero este año esa caminata por la ciudad no ha sido la única ni la más numerosa. Por ahora parece una frivolidad aquel maquillaje y la prolija elección de las heridas, abiertas con papel servilleta en el simulacro ideal para un día de sol y viento, sin lluvia, pero mucho silencio. Los monstruos, los de verdad, aguardan esperando el momento, la atroz llamada que los desplaza.

No hay nada, sólo miedo.

Y odio. Y miedo.

Y odio.

Los muertos, todos jóvenes, toman las calles y se apretujan. Las caras, todas sus caras representan la ola, el pacífico mar de una tarde de octubre enrojecido, escurrido en el tranquilo calor. Y si entonces uno pudiera decirles, mientras ellos hacen citas para el cine, que no se disfracen solamente, que no se siente sólo en el cine y coman sus palomas o se besen, que no sólo salgan ni solamente vean el futbol, armen la fiesta alcohólica.

Algunas cosas o casi todas ya no se pueden, solamente.

Esa misma fecha estudiantes de la escuela rural de Tenería avanzaban por la tarde por las mismas calles en protesta por las desapariciones de Ayotzinapa. Los comercios cerraron porque algunos dijeron que habría saqueos. Luego, llegando al centro, algunos dijeron que había balaceras. Nada era cierto.

Ese día el taxista iba por el centro de Toluca. Tomaba la avenida Morelos, la más grande de la ciudad y sintonizaba el noticiero para enterarse de los cortes del tráfico, los bloqueos. Pero en ese informativo sólo anunciaban la alineación del Barcelona, la injusta derrota de los Reales de Kansas City, el estado del tiempo, pretexto para otras cosas, para entablar la plática buscada ¿Hace frío en Nueva York? ¿Se inunda el metro en Times Square, sobre la Calle 42? Dices que las excusas sobre viento y marejadas son la peor manera de iniciar conversación y te creo.

¿Tiene prisa por llegar a Metepec?

Alguien saca una mano y la ventana del auto al lado refleja las caras de los que esperan el paso. No hay prisa porque en realidad no hay camino. Todo está aquí y todo llega, de pronto, a este centro de tiempo ajeno.

Es que tengo que ver por dónde nos vamos, porque van a cerrar las calles, por los estudiantes.

¿Vienen de Texcoco?

No, vienen de Tenango.

Hace meses los de Tenería marchaban con los ambulantes, sacados a golpes de las calles por la alcaldesa Martha González. Los esperaba la policía en un retén demasiado obvio que los vendedores de fruta habían anticipado y comunicaban a dulceros y semilleros. Al fin, hace meses, la marcha aquella avanzó elongándose como animal multicolor de escamas frutales y en los ojos los higos oscuros de la mañana.

Y en el vientre las semillas y los dulces.

Nadie los detuvo. No había policías, ni siquiera halcones, informantes en penumbras.

Los de Tenería enviaron apenas a 20 jóvenes, que cantaron desanimados mientras portaban sus pancartas, al Ché arrugado ya pero siempre allí, como excusa ni pretexto. Nadie preguntó por qué eran tan pocos.

Luego, una hora más tarde se supo que el resto de los de esa escuela habían llegado a la Terminal de la ciudad y allí se enfrentaban a la policía en un motín creado, sí, por ellos, pero que abriría el paso para que los comerciantes pudieran llegar. A ellos los madrearon antes de que se llevaran un camión para volver a Tenango mientras el resto podía sentarse a platicar lo que no se negocia con las autoridades locales.

Por fin el taxista encuentra una frecuencia con la información que busca. El inicio de la marcha será a las seis de la tarde.

Y es que vienen de Tenango y siempre vienen. Y siempre marchan y no arreglan nada.

El conductor vislumbra la avenida que busca, atestada de autos y que no permite el paso. Se mete adrede, se empantana solo en ese atasco de metales y silbidos justificándose para darle la razón al noticiero.

En el Estado de México hay mil 800 desaparecidos a la fecha.

– Por eso a los estudiantes se los madrean –dice de pronto, mientras sube el volumen al radio.

Encerrado en mí, no dejo de verte.

¿Atrocidades institucionales?

* ¿Qué hará el Estado mexiquense? ¿El titular de la PGJEM avala estos métodos, propios de un probable Estado de Terror? ¿Está la sociedad de la entidad conforme con estas prácticas? Lo más grave que puede ocurrir es que, a pesar de que estos hechos son de conocimiento público, no pase nada, que todo siga igual, que las violaciones sigan ocurriendo y la supuesta instancia impartidora de justicia penal continúe con la violación a los derechos humanos garantizados en la Constitución Política y en convenios internacionales firmados por nuestro país.

 

Luis Zamora Calzada

Realmente difícil de entender por qué ocurre, entre “personas”, actuaciones contrarias a lo que puede ser la esencia del ser humano, como las descritas en narraciones oficiales dignas de ser parte de una novela de terror y ficción plasmadas en los numerales que integran la recomendación 51/2014 de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), titulado “sobre los hechos ocurridos el 30 de junio de 2014 en Cuadrilla Nueva, Comunidad de San Pedro Limón, Municipio de Tlatlaya, Estado de México”, visible en la página principal de internet de la CNDH.

A manera de ejemplo, su numeral 314 narra que “la madrugada siguiente refiere que las trasladan a otro lugar cercano, ya que el trayecto duró alrededor de 20 minutos, en donde la meten a un baño con tres hombres, quienes le dicen que ahí ““ellos hacían hasta que los muertos hablaran””; en este lugar le jalan el cabello, le pegan en las costillas, y con una bolsa de una tienda ““como de mandado””, la asfixiaron en nariz y boca, sin poderse mover porque le colocaron los brazos y piernas cruzadas por la espalda. Intercalaban la interrogación y la bolsa durante varios minutos, alrededor de tres veces, hasta que uno dijo ““esa vieja se nos va a morir””. Posteriormente, metieron su cabeza a la taza del baño, alrededor de cuatro veces. Le decían que tenía que decir que las personas que fallecieron ““habían matado a diez””, a quienes pusieron en bolsas negras, y que ella daba de comer a los secuestrados”.

Lo anterior forma parte del apartado denominado “Responsabilidad de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México” (PGJEM), que por sí misma refleja violaciones  a la Ley Orgánica de la PGJEM al reglamento de la misma ley y, por supuesto, a derechos humanos garantizados en la Carta Magna de nuestro país.

Ante estas atrocidades, ¿qué hará el Estado mexiquense? ¿El titular de la PGJEM avala estos métodos, propios de un probable Estado de Terror? ¿Está la sociedad de la entidad conforme con estas prácticas?

Lo más grave que puede ocurrir es que, a pesar de que estos hechos son de conocimiento público, no pase nada, que todo siga igual, que las violaciones sigan ocurriendo y la supuesta instancia impartidora de justicia penal continúe con la violación a los derechos humanos garantizados en la Constitución Política y en convenios internacionales firmados por nuestro país.

 

Indiferencia normalista

 

En algunos sectores sociales, a partir de los lamentables hechos de la muerte y desaparición de estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa ocurrieron reacciones inentendibles por su significado asociado a la criminalización.

En Toluca, Ixtapan de Sal, Tonatico, Coatepec Harinas, entre otros municipios, corrió entre los comerciantes la voz de que “ahí vienen los normalista”. Muchos cerraron sus negocios para evitar supuestos saqueos que construyeron en su imaginario, vinculando la imagen del estudiante normalista al de sujetos peligrosos, delincuentes.

Se asegura que en Coatepec Harinas las reacciones de mucha gente fueron apersonarse en el inmueble de la presidencia municipal para defenderlo de los “normalistas” que provocarían desmanes; según las narraciones recogidas, se reflejaba enojo en la gente reunida, dispuestos a responder con violencia contra los estudiantes, que jamás llegaron.

No puede pasar desapercibido que en nuestra entidad funcionan 36 normales estatales y la Normal Rural de Tenería, ubicada en Tenancingo, que por razones naturales ha suspendido labores en apoyo a los alumnos de Ayotzinapa. Mientras, en las estatales no ha existido manifestación alguna, como la solidaridad expresada de otras instituciones educativas del Estado de México.

La indiferencia que se percibe de los normalistas estatales es preocupante, algunos docentes de este nivel educativo aseguran que mientras no haya un orden de “arriba”, ellos no pueden emprender acción alguna.

Suponiendo sin conceder que la solidaridad requiera de “permiso de los de arriba” para manifestarlo, ¿qué tipo de futuro maestro se está formando en estas escuelas? Parece increíble, de ser cierto el comentario -la sensibilidad inherente a los lamentables hechos ha generado la solidaridad nacional e internacional, sin ser explicable desde cualquier razonamiento- que en las instituciones formadoras de docentes estatales pueda ordenarse que pase desapercibido a pesar de que los afectados son hermanos de profesión.

Lo anterior explica en parte los miedos inducidos en los profesores, provenientes de su probable formación, que se superaría con información, tal y como aseguró un docente: “a los maestros nos tendrán miedo cuando sepan que no tenemos miedo, pero para ello tenemos que leer, por el bien de nuestros alumnos”. Usted que piensa, amable lector.

Tlatlaya: el horror

* Mujeres sobrevivientes a la ejecución de Tlatlaya, el 30 de junio del 2014, narran las torturas a las que fueron sometidas por funcionarios de la Procuraduría mexiquense. Ahora presas en Tepic, Nayarit, las mujeres cuentan a la CNDH una versión de aquel enfrentamiento y los días posteriores.

 

Miguel Alvarado

“Los elementos militares de la Base de Operaciones de San Antonio del Rosario del Batallón 102/o de la Secretaría de la Defensa Nacional que privaron de la vida arbitrariamente a las víctimas al interior de la bodega, con un uso arbitrario, irracional de la fuerza, son responsables por la violación al derecho humano a la protección a la vida, derecho fundamental que es prerrequisito para el disfrute de los derechos humanos, que otorga sentido al sistema de protección de la persona, y el cual comprende el derecho a no ser privado de la vida arbitrariamente”, dice el dictamen de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre la ejecución de 22 personas en Tlatlaya, Estado de México. Esa matanza tiene nombres y rostros en un escenario de sangre y arbitrariedades que costó la vida a 22 personas durante un enfrentamiento con el ejército mexicano el 30 de junio del 2014.

LA CNDH documentó también abusos y agresiones sexuales por parte de la Procuraduría estatal contra tres mujeres presentes aquella madrugada y avala la versión del ejército cuando su investigación apunta que, efectivamente, se enfrentó a una banda criminal donde no cabía el término de “guerrilleros”. La ejecución, de cualquier manera, existió para la CNDH.

El batallón 102 del ejército mexicano desató una de las peores matanzas de los últimos años en el Edomex y la culpa directa, hasta hoy, recae en tres soldados acusados de desobedecer órdenes, presos ya desde las leyes militares. Ningún alto mando o funcionario de primer rango ha sido tocado. El informe de la CNDH representará lo más cercano a una explicación por parte del gobierno federal sobre Tlatlaya, sólo una recomendación. El general encargado de la 22 Zona Militar, José Luis Sánchez León, fue removido junto con otros mandos pero ninguno ha sido responsabilizado. La CNDH dice que no cuenta con elementos para probar esa responsabilidad. Los militares al mando desaparecieron en las entrañas de esa burocracia uniformada.

El documento de la CNDH, “Recomendación No. 51/2014 Sobre los hechos ocurridos el 30 de junio de 2014 en Cuadrilla Nueva, comunidad San Pedro Limón, Municipio de Tlatlaya, Estado de México”, sobre la carretera Los Cuervos-Arcelia, entre las comunidades de Ancón de Curieles e Higo Prieto, apunta que todo sucedió a las 4:50 de “la madrugada del 30 de junio de 2014, lugar que por su cercanía a otros municipios, como Tlalchapa, Tlapehuala, Apaxtla de Castrejón y Arcelia, todos en el estado de Guerrero, tiene fuerte presencia de grupos de la delincuencia organizada”.

La Comisión acepta formalmente que 15 de los supuestos sicarios combatidos por los soldados fueron ejecutados después de desarmados en una bodega de San Pedro Limón; que hubo tortura y agresiones sexuales por parte de personal de la Procuraduría del Edomex en contra de tres mujeres presentes en la escena de los hechos y que además esa misma dependencia integró mal las carpetas de investigación.

Mientras el gobernador mexiquense, el priista Eruviel Ávila, felicitaba a los soldados ese mismo día, el drama de Tlatlaya era un escenario de muerte. “Podemos ver que el ejército mexicano actúa con firmeza con acciones concretas y el gobierno del Estado de México le reconoce su participación y le agradece la acción decidida y contundente del día de ayer”, diría en Neza el 1 de julio, durante la firma de un convenio. El funcionario ni siquiera se disculpó. Días después cerró públicamente el tema y dejó en manos de la PGR y la Federación las investigaciones. Habló sobre ello apenas el 21 de octubre, después de la publicación del documento de la CNDH, para decir que no había leído la recomendación pero que la examinaría cuidadosamente. Por su lado, eso fue todo.

La investigación no revela el nombre de ninguno de los involucrados, a quienes se les identifica con claves, pero afirma que esos datos los conocen las autoridades correspondientes, a quienes se les entregaron por separado. Además, 19 cadáveres fueron devueltos a familiares que los reclamaron, excepto el de tres personas, que se depositaron en la fosa común en calidad de desconocidos.

Según la Secretaría de la Defensa Nacional, fueron tres los militares que mataron a “algunos” de los capturados. El informe de la CNDH indica que si bien a los tres soldados, junto con otros 5 relacionados, se les inició una averiguación previa y se les dictó formal prisión, “el personal militar involucrado causó baja del 102/o Batallón de Infantería y alta en diversos organismos de la Secretaría de la Defensa Nacional. Además, a la fecha de emisión de la presente recomendación no se ha iniciado una investigación en contra de AR40, u otros elementos militares que estuvieron presentes en el lugar”. Y contabiliza que al menos cuatro personas fueron heridas a causa del enfrentamiento, otras tres también fueron lesionadas durante fuego cruzado y las 12 restantes fueron asesinadas o, como escribe el informe de manera textual, “privadas arbitrariamente de su vida por personal militar, incluyendo dos adolescentes”.

Los ochos soldados involucrados son identificados como AR1, AR2, AR3, AR4, AR5, AR6, AR7 y AR8, respectivamente, donde AR1 sería el teniente de Infantería Ezequiel Rodríguez Martínez, a quien le tocó atender un llamado que denunciaba la presencia de sujetos en una bodega a 50 kilómetros del lugar. Rodríguez decidió ir sin avisar a sus superiores, según declaraciones de él mismo, y llevar como apoyo a siete soldados, tres de los cuales, al llegar y enfrentarse a los supuestos narcotraficantes, entraron en la bodega donde remataron, al menos, a una decena de personas. Rodríguez señala que esos tres hombres no obedecieron las órdenes. La batalla duró menos de 8 minutos, según los propios soldados. Pero las versiones se encuentran. Ezequiel dice ser desobedecido y los tres soldados aseguran que el teniente dio una “orden roja”, tirar a matar y que ellos la cumplieron al pie de la letra, pues su superior también había ordenado no dejar vivo a nadie.

La CNDH repasa que dos mujeres fueron detenidas y presas “por acopio de armas de fuego y posesión de cartuchos de armas de fuego de uso exclusivo” y enviadas al penal federal femenil Noroeste en Tepic, Nayarit. Ellas, se supo de inmediato, eran Cynthia Estefani Nava y Patricia Flores, en un principio catalogadas como secuestradas por el grupo en la bodega.

Las investigaciones de la Comisión hallaron obstáculos en la Procuraduría mexiquense, que no les entregó material fotográfico de detalles individuales de una sección conocida como Zona 1, “muro norte, donde se encontraron los cadáveres de las víctimas V1, V2, V3, V4 y V5”. El Instituto de Servicios Periciales de la Procuraduría estatal alegó que no tenían más fotos a pesar de que algunas habían sido publicadas en medios de comunicación.

 

La bodega y la matanza

 

La CNDH concluye que cinco soldados entraron a la bodega y la describe lo mejor que puede. Apunta, por ejemplo, que “en su lado poniente, esto es, al frente de la bodega, existen dos cuartos tipo accesorias en obra negra. Estos cuartos al frente serán importantes para el desarrollo de la narrativa de las víctimas sobrevivientes, ya que fueron llevadas a éstos por algunos elementos militares. Adicionalmente, debe señalarse que en la bodega no existen medidas de seguridad (puertas), lo que permite el libre acceso hacia el interior de la misma, y una visibilidad parcial del interior de ésta”.

La construcción tenía el piso de tierra suelta, no había muebles pero sí una porción de grava en el centro de la estructura, que se iluminaba con luz natural ayudada por láminas claras. No hay electricidad. A la hora del combate la luz de la luna iluminaba apenas, dice la Comisión.

Las víctimas, cuyos nombres conoce la CNDH pero no los hará públicos, tienen al menos un lugar de origen. Así, había una niña de 15 años, originaria de Arcelia, víctima que detonó las conjeturas sobre las ejecuciones, y dos jóvenes de 17 años. El resto eran varones de entre  17 y 50 años, la mayoría no pasaba de los 25. Todos eran originarios de Guerrero y sólo uno era de San Pedro Limón, Tlatlaya, en el Estado de México. Había cuatro del municipio de Ajuchitán; cuatro de Totoloapan;  tres de Tlalchapa; seis de Arcelia y cuatro sin lugar de origen. Uno de los testigos afirma que dos personas escaparon de la bodega, los jefes, entre ellos uno conocido como “El Comandante”.

Los sobrevivientes señalan que había dos jóvenes de entre 17 y 20 años, que decían estar secuestrados y que permanecieron con las manos atadas durante el enfrentamiento. Ellos dos también fueron ejecutados por los soldados. La madre de uno de ellos confirmaría los dichos de los testigos. Que vio a su hijo por última vez la noche del 27 de junio, cuando cenaban en su casa. Que luego el hijo salió a dormir al domicilio de un conocido, pues iría a trabajar temprano al otro día en “actividades de pavimentación”. El hijo no llegó a su casa la noche siguiente y su compañero le comunicó a la madre que éste no se había presentado a la labor. El desenlace es la misma tragedia. “Empezó a preguntar en la comunidad de Tenancingo, municipio de Tlalchapa, Guerrero, por su hijo, y unos vecinos del lugar le dijeron que lo habían visto el viernes 27 de junio aproximadamente a las 23 horas con unas mujeres que lo habían entregado a integrantes de la organización criminal 1. Esas mujeres fueron a su casa y la amenazaron de que “no hiciera nada”, porque si no la persona de Apodo 1 la iba a matar; fue hasta el martes 1 de julio de 2014, que esas mismas mujeres la buscaron para decirle que recogiera el cuerpo de su hijo en el Servicio Médico Forense de Toluca, porque había muerto en una “balacera”. No se puede establecer una verdad, al menos desde lo oficial, pero más familiares de los muertos aportaban datos similares.  Seis padres indicaron que sus hijos fueron secuestrados entre enero y junio del 2014, obligados a trabajar para un cártel.

Sobre el enfrentamiento las versiones varían. La primera, emitida por la Sedena, narra que los ocho soldados patrullaban esa zona a las 5:30 de la mañana. Al pasar por la bodega, uno de los militares vio una persona armada. Los soldados fueron recibidos a balazos y uno cayó herido. Luego de unos minutos los agresores dejaron de disparar. Los soldados entraron en la bodega y vieron a las tres mujeres, dos de ellas atadas, refugiadas detrás de una camioneta gris y una escondida en el asiento del copiloto de una unidad blanca. A las 6:40 llegaron los refuerzos militares.

Una de las sobrevivientes tiene su propia crónica. Fue ella quien desató la investigación sobre las ejecuciones. Es madre de la niña Érika Gómez Esquivel, de 15 años. La madre fue entrevistada por la revista Esquire pero a la CNDH le contó que su hija “se juntaba con malas amistades” desde febrero del 2014, cuando se salió de su casa, en compañía de una amiga. La madre estaba en San Pedro Limón porque le habían dicho que allí estaba Érika, quien viajaba en “una camioneta de instalación de servicios de televisión, acompañada de un joven”. El 29 de junio una llamada le diría que la niña estaba bien y que podría verla frente al hospital de San Pedro Limón. Allí la encontró, acompañada de tres hombres en una camioneta negra. Uno de ellos, empistolado, obligó a subir a la madre y todos se dirigieron a la bodega, donde estaban más hombres con armas cortas, tatuados. Le quitaron el celular y la sentaron en un rincón. Ella dice que había otras dos mujeres. La hija, dice, se quedó en la camioneta negra.

Pasadas las horas, alguien gritó que “ya nos cayeron los contras”. Luego comenzaron a disparar. Una voz desde afuera decía que “¡ríndanse, somos el ejército!” y otra informaba que “¡ríndanse, les vamos a perdonar la vida!”.

La CNDH dice que la mujer se quedó resguardada en la esquina superior izquierda de la bodega, “lugar al que llegaron dos mujeres y dos hombres. Estos últimos les tendieron las cobijas a las mujeres y les dijeron que se acostaran boca abajo para que les amarraran las manos hacia atrás, indicándoles que dijeran que estaban secuestradas, y a ella le dijeron que “ella no dijera nada porque le iba a ir peor”. Momentos después, llegaron unos militares hasta donde estaban y las mujeres amarradas gritaron “¡no disparen, somos secuestradas!”, por lo que las desamarraron y las llevaron a otra área, en donde fueron interrogadas por elementos del ejército”.  Hasta ahí el relato varía en algunos detalles entre la declaración ministerial y lo recabado por la CNDH pero presenta el mismo desarrollo”.

Luego, la madre, maestra de escuela también, vio que su hija estaba herida, junto con dos muchachos, gracias a que un carro militar alumbraba dentro. Le tomó el pulso. Eran las siete de la mañana. También que algunos jóvenes están vivos. Luego, todo cambia. Los militares sacan a los jóvenes uno por uno y los ejecutan junto a una de las paredes. Confirma que fueron tres los soldados que al principio entraron a la bodega. Fueron ellos quienes encontraron a las mujeres atadas y a ella misma también.

Antes de ejecutarlos, los hombres fueron interrogados. Un soldado con una lámpara pregunta edad y apodo. Luego, alguien les disparaba. El diario de Toluca, Alfa, en la columna “Malditas Dudas”, pregunta si ese soldado era el capitán Carlos Manuel García Laine, también encargado de ese batallón y representante del ejército en actos públicos en el sur estatal.

“Ella pudo escuchar cómo se quejaban. Señala que en total los elementos militares habrían disparado a aproximadamente nueve personas. Ante las preguntas del representante social de la Federación aclaró que a las personas rendidas que les dispararon en el muro de lado izquierdo de la bodega, las hincaban. Después de herir a esas personas, los militares, que eran aproximadamente tres, caminan por el lado derecho de la bodega y en ese lugar ya no los podía ver, sin embargo, continuó escuchando disparos. Al concluir los disparos, el militar que las estaba cuidando las llevó a ella y a las otras cuatro personas que se encontraban ahí a la caseta ubicada del lado derecho de la bodega. Aproximadamente a las 7 horas llegó una persona que describe “alta, de bigote, con uniforme diferente al de los demás militares”, se acercó a los dos jóvenes y les preguntó en qué trabajaban y su edad, y les dijo que “los acompañara, que les iban a tomar una foto”, y los sacó de dicho cuarto. En ese momento escuchó disparos provenientes del fondo del cuarto, y ve entrar de nuevo a la persona uniformada pero ya sin los dos muchachos. Refiere que este militar se dirigió en tono molesto con ella indicando que “si no cooperaba, él se encargaría de llevarla a la cárcel”’.

 

Cynthia y Patricia

 

Las otras dos mujeres que habían permanecido amarrados diciendo que estaban secuestradas también tienen su historia. La CNDH considera que sus declaraciones fueron obtenidas con tortura para saber la relación que tenían con los ejecutados y “se autoincriminaran, pero también para que no declararan respecto a la forma en la que se había dado muerte a las 22 personas que fallecieron al interior de la bodega”. Ellas son Cynthia Estefani Nava y Patricia Flores.

Una de ellas, secuestrada por 8 hombres armados, entre el 16 y el 21 de junio mientras estaba en un balneario en Cuauhlotitlán, en Arcelia, Guerrero, refiere en parte la misma historia. Sostiene que había sido secuestrada mientras estaba en compañía de Érika Gómez González, quien conocía ya a los pistoleros. Durante el cautiverio es violada y obligada a beber y drogarse. Sus secuestradores elegían el monte para transitar porque “había mucha ley”. Días después llegan a la bodega donde unos 20 hombres beben y se drogan. Los relatos coinciden en lo general pero la mujer precisa que los militares paran a cinco hombres contra la pared, heridos y desarmados y los matan uno por uno. Otro más es ejecutado. Luego arrastran los cuerpos, los juntan. También dice que dos jefes de la banda “se dieron a la fuga”. A uno de ellos lo llamaban “El Comandante”. A ella los militares la encerraron en un cuarto junto con otros dos jóvenes, los secuestrados, a quienes sacaron luego “para tomarles una foto” pero ya no regresaron. Quedaron tirados en la bodega, también ejecutados. Relata que uno de los militares ordenaba que “los que estén vivos o heridos vuélvanles a disparar”.

La otra mujer también habría sido secuestrada de la misma forma, en Palmar Chico, Edomex, el 27 de junio del 2014, aunque luego dijo a la PGJEM que estaba contratada con los armados porque necesitaba dinero y a ellos les ofrecía sexoservicio. La CNDH recabó una versión donde ella caminaba en Tlapehuala, Guerrero y es subida a la fuerza a una camioneta. El resto de la historia es similar a la de la otra testigo.

Lo mismo pasa con pobladores que vive en las cercanías. Uno de ellos declara “que cuando se escuchaba, ¡pum! ¡pum! su esposa le decía “están matando a los guachitos, viejo”, refiriéndose a los jóvenes armados. Indicó que ese sonido de dos tiros pausados, lo escuchó alrededor de unas diez o doce veces. Dejó de escuchar detonaciones alrededor de las 5:00 o 5:30. Sin embargo, manifestó que alrededor de las 6:00 horas, “como que despertó alguien de los que estaba tirados” porque se escuchó de nuevo la ráfaga “¡Tatatatatatatatatata!” y posteriormente se escucharon otros tiros pausados y detonantes, como los del ejército. Para las 6:15 horas ya no se volvieron a escuchar detonaciones”. Pero confirma que dos personas, los jefes, habían huido. Una camioneta los esperaba mientras algunos soldados los perseguían.

Otro testigo, la esposa de uno de los hombres armados, recibió la llamada de su esposo avisándole  que los detendrían y que podría necesitar un abogado. Algunos testigos indirectos describen a los jóvenes de las camionetas en las cuales supuestamente secuestraban como no mayores de 25 años, vestidos con uniformes militares o playeras de la Marina pero con huaraches.

La CNDH concluye que hubo 15 ejecutados porque “la posición predominante del victimario fue de frente a su víctima, esto de acuerdo con las características de las heridas que presentaron los 22 cadáveres, encontrándose la boca del cañón a más de 60 centímetros”. Una de las víctimas estaba desnucada. Los otros fueron muertos durante el combate. La PGR concluye lo mismo: “durante el enfrentamiento el personal del ejército mexicano ingresó en el inmueble realizando por lo menos siete disparos más” y especula que al menos dos ejecuciones y el acomodo de cuerpos se realizaron cuando ya estaban presentes otros batallones del ejército como el 41 de Chilpancingo y el 34 de Ciudad de Altamirano, basados en poblaciones cercanas. Una de las sobrevivientes declara a la Marina que hay otras casas de seguridad, con 10 ó 12 secuestrados en las inmediaciones. Una búsqueda inmediata durante tres horas no arroja resultados.

 

Las torturas de la Procuraduría

 

Las sobrevivientes, Cynthia y Patricia,  fueron trasladadas a Toluca para rendir declaración. Llegaron a la Fiscalía de Asuntos Especiales, donde “fueron maltratadas por personal adscrito a dicha agencia, con la finalidad de que confesaran su relación con algunas de las personas que fallecieron el 30 de junio de 2014, así como otros presuntos miembros de la delincuencia organizada, pero también, para que omitieran declarar respecto a la forma en la que se había dado muerte a las personas al interior de la bodega”.

El reporte 21338A000/IV/664/14 de la Unidad de Derechos Humanos de la Subprocuraduría Jurídica de la PGJEM, firmado por la agente del Ministerio Público adscrito a la Mesa Cuatro de la Fiscalía de Asuntos Especiales trata de exculpar a la PGJEM asegurando que los agentes ministeriales no violaron ningún tipo de derechos y que las declaraciones de las mujeres fueron realizadas voluntariamente. Las versiones de Cynthia y Patricia son otras.

Una afirma que lo primero que los agentes le pidieron fue la contraseña de su muro en Facebook mientras se encontraba en una oficina, llevada allí por un abogado calvo, de unos 35 años. En ese lugar había otras tres personas, entre ellas una mujer, que le hacían preguntas. “El oficial calvo le dice que la iban a hacer hablar, que tenía una forma de hacer hablar a la gente sin que se le notaran los golpes”.

El relato de la sobreviviente es el comienzo de una pesadilla. “Otra de las personas abrió la computadora y la buscó en Facebook, mientras otro la sujetaba. En esta red social abrieron la fotografía de un varón, que era su hermano y le dijeron: “ha de ser tu macho”. La bajaron de la silla a jalones y el que abrió su Facebook la sostuvo de las manos. El hombre calvo le pateaba los costados de su cuerpo, y la amenazó de hacerle daño a su familia, diciéndole que “no les costaba nada poner sus manos en las armas”. Posteriormente la levantaron del cabello y la sentaron en la silla, preguntándole “quién era el (líder) de ahí” (con palabras altisonantes), y que ella era la mujer de alguno de ellos, que debía decir a qué “sicarios” conocía. Cuando ella contestaba que no sabía le pegaban en la cara y en la cabeza con los nudillos. Además, le mostraron la fotografía de una mujer, que al parecer era la pareja de un presunto delincuente, para que la identificara, y al responder que no sabía le decían: “ahora resulta que te vienes a hacer la inocente”. Esto duró aproximadamente 30 minutos. Después, la amenazaron de no decir nada de lo ocurrido, amenazándola que de lo contrario “su hija quedaría en un orfanato”.

Al otro día en la madrugada es trasladada a otro lugar, a unos 20 minutos de las instalaciones anteriores. Allí es torturada con toda formalidad. La meten a un baño donde se encuentran tres hombres que le dicen a bocajarro que ellos hacían que hasta los muertos hablaran. La golpean. Le jalan el cabello, le pegan en las costillas y “con una bolsa de una tienda “como de mandado”, la asfixiaron en nariz y boca, sin poderse mover porque le colocaron los brazos y piernas cruzadas por la espalda. Intercalaban la interrogación y la bolsa durante varios minutos, alrededor de tres veces, hasta que uno dijo: “esa vieja se nos va a morir”. Posteriormente, metieron su cabeza a la taza del baño, alrededor de cuatro veces. Le decían que tenía que decir que las personas que fallecieron “habían matado a diez”, a quienes pusieron en bolsas negras, y que ella daba de comer a los secuestrados”.

La mujer refiere también que un hombre la amenaza con violarla, después de hacerle preguntas sexuales y de bajarse el pantalón. Le ordena que se incline y es cuando la sobreviviente se quiebra. Acepta firmar cualquier cosa, sin asesoría de un abogado, sin leer los papeles que le habían dado, incomunicada.

La segunda sobreviviente relata que al llegar a Toluca, a lo que ella cree son las oficinas de la Procuraduría, es llevada a una oficina donde también le piden su contraseña de Facebook. Dice que no la recuerda y la trasladan a otra estancia donde una abogada, que se le había acercado inicialmente desde la bodega en Tlatlaya, la llama “mentirosa”. Recuerda haber sido llevada a otro edificio, donde la meten a un baño, junto con la primera sobreviviente. Allí las dividen, cada una en uno. En el baño que le toca hay seis hombres y uno de ellos le dice que si “quiere que la traten como persona o como animal, aquí sabemos pegarle a las personas sin que se note”. Entre todos le comienzan a dar golpes en la cabeza con los nudillos y las palmas, y la insultaban, hasta que uno de ellos sacó una bolsa de una tienda “como de mandado”, y la agarraron de los pies y manos y otra persona las jalaba, al tiempo que le tapaban la nariz y boca con la bolsa de plástico. En ese momento sintió que quería llorar, y que no podía respirar, ya que hicieron esta maniobra de asfixia en cinco ocasiones. Al intentar librarse, el que la tomaba de las manos le preguntaba “si ya iba a hablar”. Después, sacaron una lista con nombres y le dijeron que lo que le preguntara, tendrían que decir que sí; la enfocaron con una cámara de videograbación y le hacían preguntas sobre personas”.

En otro cuarto, otra persona le hace preguntas sexuales, la insulta por su trabajo, el sexoservicio, y recibe amenazas de violación. Luego la llevan a otra habitación y le dan un montón de papeles para firmar. Algo similar le sucedió a la madre de Erika, llevada en calidad de testigo a la PGJEM, pues narra que una persona le dijo que “si no cooperaban, las iban a violar”.

De cualquier manera, la CNDH señala que no es posible determinar quiénes son los funcionarios mexiquenses involucrados, pero apunta que las torturas fueron realizadas en las instalaciones de la Procuraduría.

La Comisión recomienda, entre otros, al gobernador del Edomex, Eruviel Ávila, lo que dicta el protocolo. Que pague daños a los afectados. Que instruya al personal de la PGJEM para que se porten bien. Que los ministeriales reciban cursos de capacitación, incluyendo conocimientos sobre derechos humanos. Que colabore con la CNDH para saber quiénes fueron. Y eso es todo.

Al conocerse la balacera el 30 de junio, el gobierno especulaba sobre el grupo de criminales al que pertenecían los muertos. Se mencionó a Guerreros Unidos y luego a La Familia Michoacana pero esa información no se comprobó. Después voces públicas como el periodista Francisco Cruz, autor de los libros “Tierra Narca” y “La Biografía no Autorizada de Enrique Peña”, señalaron que los muertos pueden estar relacionados, más que con el narco, con grupos guerrilleros afines a autodefensas de Guerrero. Las siglas del ERPI, el EPR y FAR-lp se unieron en una conexión mucha más compleja, profundizada después por la desaparición de 43 normalistas en Iguala, detenidos por policías municipales.

Tlatlaya exhibe al gobierno mexiquense como Iguala a la Federación y a los partidos políticos. Pero no se dan por enterados.

El Barco Ebrio

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El diputado perredista Octavio Martínez no tiene idea todavía de lo que ha destapado el hallazgo de cuerpos humanos en el río de Los Remedios, donde había 21 cuerpos, 16 de ellos de mujeres, diría después la también diputada local perredista, Ana Yurixi Leyva. Pero si Martínez tiene idea, deberá entender que las muertes de aquellas mujeres están relacionadas con el narcotráfico en una zona, Ecatepec, donde aquella actividad –qué raro- está protegida por autoridades policiacas y locales. La tierra del actual gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, es ahora un cementerio de aguas negras donde apenas se “descubre” la cantidad de mujeres asesinadas. El narcotráfico, los gobiernos y las policías actúan de la mano, coordinadas y el Estado de México no es la excepción, con sus 922 casos de feminicidio.

 

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El diputado Octavio Martínez ha tratado lo mejor posible ese caso, al darlo a conocer a la opinión pública. De todas maneras se sabe en los pasillos del Congreso estatal que habría recibido amenazas intimidatorias. Muy grave, pues. Lo que sí recibió fue un “regaño” por parte de la Procuraduría estatal, que lo reconvino por las denuncias que realizó. La PGJEM primero lo llamó irresponsable; después el secretario de Gobierno, José Manzur, señaló que los restos hallado eran de animales y después que el dragado de aquel río, el de Los Remedios, era parte de un programa de limpieza y no la orden de un juez que buscaba los cuerpos de jovencitas asesinadas por una banda de narcomenudistas. Octavio Martínez es toda una figura en Ecatepec, donde será postulado por el PRD para la alcaldía local. Pero si Martínez es conocido, lo es más el abogado Carlos Mata, defensor de uno de los asesinos ya presos. Los relatos que ha contado sobre el salvajismo de los adolescentes criminales eriza la piel. Mata está dispuesto a contar las historias porque sabe lo que significan. Defiende casos indefendibles pero al hacerlo pone al descubierto una de las escenas más podridas de la sociedad mexiquense.

 

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Uno que no conoce los límites y que sostiene que el mundo es de los aventados es el tío de sangre del presidente, Enrique Peña, el exgobernador mexiquense Arturo Montiel Rojas, quien ya hace  campaña interna para conseguir una diputación federal plurinominal. Dicen los que saben que habla y mucho con el presidente nacional del PRI, otro exgobernador mexiquense, César Camacho Quiroz, a quien le pide de todas las maneras, todas amables, claro, que le eche la mano para que se le haga un lugarcito en aquella selecta lista tricolor, que tiene como misión seguir administrando la parte de miseria mexicana que le corresponde.

 

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Montiel se placea, él solito, por algunos sitios públicos como el estadio de futbol de La Bombonera, donde se tomó “la foto p’al Face” con algunos aficionados y admiradores. También acude a eventos públicos y se sienta en presídiums todavía muy discretos. Pero sabe que tiene las canicas en la bolsa. Fue aplaudido a rabiar por unos cinco minutos en una de las despedidas de Peña, en el teatro Morelos, en el 2011, por ejemplo. Él hizo a Peña, aunque no le quedó tan bien. Y si no, al menos se lo presentó a Carlos Salinas.

 

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La aspiración de Montiel es legal, pero nada más, y llega en el momento más inoportuno para su partido. César Camacho, ahogado en una de las crisis de credibilidad más severas del tricolor y donde el tema de Ayotzinapa amenaza con quitarle lo obtenido con Peña, declara el 22 de octubre desde su trinchera que va con todo contra la corrupción, que se compromete con la legalidad, la transparencia y la rendición de cuentas. Estos políticos son un espectáculo circense. Payasos, sí, pero ensangrentados.

 

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Desde Zitácuaro, Michoacán, reportan la desaparición de niños, secuestrados la mayoría por un grupo de personas disfrazadas de payasos y que viajan en una camioneta blanca. Llegan a las escuelas, los atraen y se los llevan. Hace una semana hicieron esa operación en un centro escolar pero los padres pudieron rescatar a los niños, no a todos. Días después, en una presa cercana a esa cabecera municipal, aparecieron 20 de ellos muertos, abiertos desde la garganta hasta el abdomen, abiertos quirúrgicamente.

 

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A los cuerpos los rellenaron con dinero, dicen que no más de 5 mil pesos y una nota que dice “gracias por la donación”. Los padres y la ciudadanía afirma que en los casos están involucrados trabajadores de Protección Civil y empleados del ayuntamiento. El alcalde de Zitácuaro, Juan Carlos Campos Ponce, niega todo, incluso las muertes. Zitácuaro es una frontera michoacana con el Estado de México, a una hora y media de Toluca, la capital mexiquense.

 

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Los niños o jóvenes asesinados para extraerles los órganos no aparecen solamente en Zitácuaro. Es un caso que tiene algunos meses en la comunidad de San Pablo Autopan, donde se afirma que hay al menos 20 muchachos desaparecidos y cuatro, al menos, encontrados muertos con dinero en su cuerpo y la consabida nota de agradecimiento.

 

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Luego de Tlatlaya, Ayotzinapa y las muertas de Los Remedios, resulta una frivolidad la preparación de las elecciones del 2015, donde ya todos los partidos han elegido a sus candidatos. Así, los frívolos aspirantes comienzan el juego de siempre. Aparecen en tele, en radio, en redes sociales todos bien vestidos y trajeados o haciendo una labor de suma importancia. Las palabras, las mismas, las frases y las promesas, las mismas. Las caras y los apellidos, los mismos. Lo que ha cambiado es el electorado, que se le percibe golpeado, harto, dolorido, manchado de sangre, hambriento. ¿De qué tamaño es por ejemplo, la fosa líquida de Los Remedios? ¿O río Lerma y su Verdiguel hipercontaminado? ¿Cuántos narcofosas hay en el sur mexiquense, en Luvianos o Amatepec, por ejemplo?

 

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Al gobernador Eruviel Ávila se le perfila como aspirante a la presidencia de México. En otra frivolidad de la política, pero ésta grave porque se impulsa a un hombre chato, gris, sin decisiones propias, pero sobre todo ajeno a la ciudadanía. Hace mucho que se sabe que cualquiera puede ser presidente de México, como los ejemplos últimos pero también la historia nos lo recuerda, pero uno más egresado de la escuela peñista terminará de partir, desintegrar al país. Nadie necesita en el poder a Eruviel Ávila, pero tampoco a la gran mayoría política de cualquier partido.

Polvo en el silencio

* Libros así, Polvo en el Silencio, de Juan Carlos Barreto (Toluca, IMC, 2014) y luego las cosas afuera y las que pasan adentro prologan una eternidad que termina por suceder y sucede pero de otra manera, como si el dictado de eso que ordena experimentara interferencias, como una canción escuchada al paso, por la calle, en la tienda de las televisiones.

 

Miguel Alvarado

Paisajes así, sacados de una serie de televisión que retrata la mexicana miseria, casi siempre en ciudades agigantadas de suciedad y pena, con hombres y mujeres y a veces niños caminando por allí vestidos de Dior o calzando Panam, de mano limosnera entre el tráfico de audis o camiones atestados o vacíos y las ventanas abiertas, algunas que no existen, por donde se mete el viento, los árboles.

Fosas así, tan de moda porque hay para todos.

Vistas así, palabras de todas maneras ruidosas como un desgarro de nubes o cenizas, cigarros a medias a las cuatro de la noche y la urgencia por alargar, terminar nunca de “nombrar lo que corresponde y deje aullar el silencio”.

Libros así, Polvo en el Silencio, de Juan Carlos Barreto (Toluca, IMC, 2014) y luego las cosas afuera y las que pasan adentro prologan una eternidad que termina por suceder y sucede pero de otra manera, como si el dictado de eso que ordena experimentara interferencias, como una canción escuchada al paso, por la calle, en la tienda de las televisiones.

O las que no las dices, como si eso estuviera permitido, como una tristeza que gusta.

Palabras así apenas se hallan en un tiempo donde la mayoría se ocupa porque sí y porque así debe ser, de sí misma. Que entienden liberadas del yugo de quien las dijo, las escribe y entonces… ¿qué, entonces? El entorno está allí, el polvo y el silencio.

O por ejemplo las que viven en un soplo del tiempo, observadas casi de reojo “como contemplaste el río en que bañaste los pies de tu infancia y veas, María de la Luz, la luz del agua”. Entonces observamos y fumamos. Fumo yo, porque tal vez ya no fumes y sigas ocupando cacharros electrónicos comprados en Sanborn’s que ningún bien te hacen.

O el poso de los días, caminata semanal a las entrañas de una ciudad que no expele. Dices mierda, como si rezaras porque sabes que al final es lo mismo, que “da igual, sobreviene el naufragio”.

Ruidos así, circulares.

Paisajes así, sacados de retratos de millares de rostros, unos sonrientes porque a veces se vale la risa y otros como si no pudieran imprimirse ni siquiera en la serigrafía de tarjetas de presentación o camisetas arrebatadas como un capricho.

“No hago nada, pienso”. Yo también pienso que no hago nada.

Uno se hunde pero luego sale, hasta desdeñoso y se agarra. Naufragios como esos de lluvias o soles o las hojas secas o blancas de árboles y libretas. Hojas, pues. Ojas, pues.

Esos como hundimientos, ruidos así, circulares.

No hay nada qué decir porque ya lo dijiste todo.

 

* Juan Carlos Barreto.

Polvo en el Silencio.

IMC, Toluca, México; 2014.